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Se cuenta que hacia mil
ochocientos
sesentitantos a los
concurrentes del
Cementerio General del
Camagüey —abierto al
servicio público en mayo
de 1814—, les llamó la
atención una tablilla de
cedro pintada de blanco
hincada a la tierra
sobre una fosa común. En
ella se leía en
caracteres negros este
moralizante poema a
manera de epitafio, de
autor desconocido:
Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera,
ven mortal y considera
las grandezas cuáles
son:
el orgullo y presunción
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer
pues solo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se puede
hacer.
Pronto creció la
curiosidad sobre la
ocurrente décima y más
cuando se supo que al
deteriorarse la tablilla
en cuestión era remozada
por manos anónimas,
presuntamente las mismas
que ponían flores en la
sepultura. Dadas las
circunstancias no es de
extrañar que el
misterioso suceso se
convirtiera en una de
las leyendas más
conocidas de la ciudad
principeña. Pero, ¿quién
era Dolores Rondón? ¿Por
qué esta original forma
de evocarla?
Habría que esperar hasta
1881 para conocer el
nombre del autor de esos
versos. En ese año una
gacetilla aparecida en
el periódico camagüeyano
La Luz los
transcribió y los
atribuyó al joven mulato
Juan de Moya, hombre
humilde quien además de
barbero tenía aficiones
literarias.
Con el correr del
tiempo, tras una
continuada búsqueda en
archivos o registros por
los estudiosos del tema,
la imaginación popular
completó el melodrama.
Separadas las dos
familias
A Dolores Rondón se le
tiene por hija ilegítima
de un catalán llamado
Vicente Rams, con una
mulata. Situación que
este ocultaba con celo
por su condición de
hombre casado y de
figura preeminente en la
sociedad principeña.
Así, como era costumbre
en estos casos, —y
aunque sostuvo
económicamente a su hija
natural—, mantuvo
separadas a las dos
familias. Mientras la
“legítima” vivía en la
aristocrática plaza de
San Francisco, la “otra”
lo hacía en la
humildísima calle de
Hospital entre Cristo y
San Luis Beltrán.
“Dolores Rondón —como
dijo el poeta Roberto
Méndez en su libro
Leyendas y tradiciones
del Camagüey— nunca
podría aspirar, gracias
a la doble moral de esos
tiempos, a convertirse
en Dolores Rams”.
Tal vez aquí comenzó su
tragedia
Por cierto, desaparecida
la fosa común en que
yacían los restos de la
Rondón, el alcalde Pedro
García Agrenot, en 1935,
motivado por el interés
de la ciudadanía, ordenó
la construcción de un
túmulo en el que están
grabados los inspirados
versos del epitafio que
dieron inicio a la
leyenda llegada hasta
nuestros días.
Una especie de Cecilia
Valdés
“Dolores o Lolita, una
belleza criolla en toda
la línea, como se ha
idealizado en la mente
de muchos, ha pasado a
ser una especie de
Cecilia Valdés, Amalia
Batista y María la O,
todas en una pieza. Hay
quienes le atribuyen una
bonita voz, gracia y
picardía, en fin, un
encanto de alegría y
hermosura, orgullo de la
barriada en que vivió”,
escribe Ariel García
Suárez en su volumen
Yo veía un pueblo grande.
Dicen que próxima a la
casa de la agraciada
joven, había una
barbería, cuyo
propietario, como es de
suponer, no era otro que
el mismísimo Juan de
Moya, a quien se le
atribuye un amor
apasionado por la Rondón
desde que eran niños.
Al parecer, el fígaro le
dispensaba a su vecina
piropos y le enviaba
poemas y obsequios junto
con exaltadas misivas de
amor. Pero la joven, a
quien tildaban de
presumida y vanidosa, le
respondía con desaires.
Distintos narradores
cuentan que ella se casó
con un oficial del
ejército español y se
mudó a un barrio
distinguido, tal como
siempre soñó, donde
asistía con su flamante
esposo al exclusivo
Casino Español.
Pero por esas cosas de
la vida y de la muerte
se asegura que la dicha
le duró poco y en un
viaje del matrimonio, el
esposo falleció. A
partir de entonces poco
se conoció de Dolores
Rondón, quien apareció
un día en Puerto
Príncipe, —ella, tan
altanera—, pobre y
enferma de viruelas, en
una cama del hospital
para mujeres, donde su
único amparo fue aquel
fiel enamorado que en
otra época desdeñó.
“Quiso, pues, el barbero
—al decir del poeta
camagüeyano Roberto
Méndez— poner un
aleccionador epitafio
sobre la fosa donde
yacía la que en otro
tiempo fue su amada y
colocó la ya citada
tabla que él mismo
restauraba cada año,
mientras la salud y la
vida se lo permitieron.” |