La Habana. Año X.
13 al 19 de AGOSTO de 2011

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Dolores Rondón, leyenda del Camagüey
Josefina Ortega • La Habana

Se cuenta que hacia mil ochocientos sesentitantos a los concurrentes del Cementerio General del Camagüey —abierto al servicio público en mayo de 1814—, les llamó la atención una tablilla de cedro pintada de blanco hincada a la tierra sobre una fosa común. En ella se leía en caracteres negros este moralizante poema a manera de epitafio, de autor desconocido:  

Aquí Dolores Rondón

finalizó su carrera,

ven mortal y considera

las grandezas cuáles son:

el orgullo y presunción

la opulencia y el poder,

todo llega a fenecer

pues solo se inmortaliza

el mal que se economiza

y el bien que se puede hacer. 

Pronto creció la curiosidad sobre la ocurrente décima y más cuando se supo que al deteriorarse la tablilla en cuestión era remozada por manos anónimas, presuntamente las mismas que ponían flores en la sepultura. Dadas las circunstancias no es de extrañar que el misterioso suceso se convirtiera en una de las leyendas más conocidas de la ciudad principeña. Pero, ¿quién era Dolores Rondón? ¿Por qué esta original forma de evocarla?

Habría que esperar hasta 1881 para conocer el nombre del autor de esos versos. En ese año una gacetilla aparecida en el periódico camagüeyano La Luz los transcribió y los atribuyó al joven mulato Juan de Moya, hombre humilde quien además de barbero tenía aficiones literarias. 

Con el correr del tiempo, tras una continuada búsqueda en archivos o registros por los estudiosos del tema, la imaginación popular completó el melodrama.  

Separadas las dos familias  

A Dolores Rondón se le tiene por hija ilegítima de un catalán llamado Vicente Rams, con una mulata. Situación que este ocultaba con celo por su condición de hombre casado y de figura preeminente en la sociedad principeña. 

Así, como era costumbre en estos casos, —y aunque sostuvo económicamente a su hija natural—, mantuvo separadas a las dos familias.  Mientras la “legítima” vivía en la aristocrática plaza de San Francisco, la “otra” lo hacía en la humildísima calle de Hospital entre Cristo y San Luis Beltrán.  

“Dolores Rondón —como dijo el poeta Roberto Méndez en su libro Leyendas y tradiciones del Camagüey— nunca podría aspirar, gracias a la doble moral de esos tiempos, a convertirse en Dolores Rams”.

Tal vez aquí comenzó su tragedia 

Por cierto, desaparecida la fosa común en que yacían los restos de la Rondón, el alcalde Pedro García Agrenot, en 1935, motivado por el interés de la ciudadanía, ordenó la construcción de un túmulo en el que están grabados los inspirados versos del epitafio que dieron inicio a la leyenda llegada hasta nuestros días.  

Una especie de Cecilia Valdés 

“Dolores o Lolita, una belleza criolla en toda la línea, como se ha idealizado en la mente de muchos, ha pasado a ser una especie de Cecilia Valdés, Amalia Batista y María la O, todas en una pieza. Hay quienes le atribuyen una bonita voz, gracia y picardía, en fin, un encanto de alegría y hermosura, orgullo de la barriada en que vivió”, escribe Ariel García Suárez en su volumen Yo veía un pueblo grande.  

Dicen que próxima a la casa de la agraciada joven, había una barbería, cuyo propietario, como es de suponer, no era otro que el mismísimo Juan de Moya, a quien se le atribuye un amor apasionado por la Rondón desde que eran niños. 

Al parecer, el fígaro le dispensaba a su vecina piropos y le enviaba poemas y obsequios junto con exaltadas misivas de amor. Pero la joven, a quien tildaban de presumida y vanidosa, le respondía con desaires. Distintos narradores cuentan que ella se casó con un oficial del ejército español y se mudó a un barrio distinguido, tal como siempre soñó, donde asistía con su flamante esposo al exclusivo Casino Español.   

Pero por esas cosas de la vida y de la muerte se asegura que la dicha le duró poco y en un viaje del matrimonio, el esposo falleció. A partir de entonces poco se conoció de Dolores Rondón, quien apareció un día en Puerto Príncipe, —ella, tan altanera—, pobre y enferma de viruelas, en una cama del hospital para mujeres, donde su único amparo fue aquel fiel enamorado que en otra época desdeñó.  

“Quiso, pues, el barbero —al decir del poeta camagüeyano Roberto Méndez— poner un aleccionador epitafio sobre la fosa donde yacía la que en otro tiempo fue su amada y colocó la ya citada tabla que él mismo restauraba cada año, mientras la salud y la vida se lo permitieron.”

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.