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Mi padre no pudo
encontrar nunca dónde
fijar su residencia; fue
un abonado de
provincias, inestable y
errante. Con él conocí
más de 200 pueblos.
Temía a los valles
cálidos y solo pasaba
por ellos como viajero;
se quedaba a vivir algún
tiempo en los pueblos de
clima templado: Pampas,
Huaytará, Coracora,
Puquio, Andahuaylas,
Yauyos, Cangalla...
Siempre junto a un río
pequeño, sin bosques,
con grandes piedras
lúcidas y peces menudos.
El arrayán, los lambras,
el sauce, el eucalipto,
el capulí, la tara, son
árboles de madera
limpia, cuyas ramas y
hojas se recortan
libremente. El hombre
los contempla desde
lejos; y quien busca
sombra se acerca a ellos
y reposa bajo un árbol
que canta solo, con una
voz profunda, en que los
cielos, el agua y la
tierra se confunden.
Las grandes piedras
detienen el agua de esos
ríos pequeños; y forman
los remansos, las
cascadas, los remolinos,
los vados. Los puentes
de madera o los puentes
colgantes y las oroyas,
se apoyan en ellas. En
el sol, brillan. Es
difícil escalarlas
porque casi siempre son
compactas y pulidas.
Pero desde esas piedras
se ve cómo se remonta el
río, cómo aparece en los
recodos, cómo en sus
aguas se refleja la
montaña. Los hombres
nadan para alcanzar las
grandes piedras,
cortando el río, llegan
a ellas y duermen allí.
Porque de ningún otro
sitio se oye mejor el
sonido del agua. En los
ríos anchos y grandes no
todos llegan hasta las
piedras. Solo los
nadadores, los audaces,
los héroes; los demás,
los humildes y los niños
se quedan; miran desde
la orilla, cómo los
fuertes nadan en la
corriente, donde el río
es hondo, cómo llegan
hasta las piedras
solitarias, cómo las
escalan, con cuánto
trabajo, y luego se
yerguen para contemplar
la quebrada, para
aspirar la luz del río,
el poder con que marcha
y se interna en las
regiones desconocidas.
Pero mi padre decidía
irse de un pueblo a
otro, cuando las
montañas, los caminos,
los campos de juegos, el
lugar donde duermen los
pájaros, cuando los
detalles del pueblo
empezaban a formar parte
de la memoria.
A mi padre le gustaba
oír huaynos1;
no sabía cantar, bailaba
mal, pero recordaba a
qué pueblo, a qué
comunidad, a qué valle
pertenecía tal o cual
canto. A los pocos días
de haber llegado a un
pueblo averiguaba quién
era el mejor arpista, el
mejor tocador de
charanga, de violín y de
guitarra. Los llamaba y
pasaban en la casa toda
una noche. En esos
pueblos solo los indios
tocan arpa y violín. Las
casas que alquilaba mi
padre eran las más
baratas de los barrios
centrales. El piso era
de tierra y las paredes
de adobe desnudo o
enlucido con barro. Una
lámpara de kerosene nos
alumbraba. Las
habitaciones eran
grandes; los músicos
tocaban en una esquina.
Los arpistas indios
tocan con los ojos
cerrados. La voz del
arpa parecía brotar de
la oscuridad que hay
dentro de la caja; y el
charango formaba un
torbellino que grababa
en la memoria la letra y
la música de los cantos.
En los pueblos, a cierta
hora, las aves se
dirigen visiblemente a
lugares ya conocidos. A
los pedregales, a las
huertas, a los arbustos
que crecen en la orilla
de las aguadas. Y según
el tiempo, su vuelo es
distinto. La gente del
lugar no observa estos
detalles, pero los
viajeros, la gente que
ha de irse, no los
olvida. Las tuyas
prefieren los árboles
altos, los jilgueros
duermen o descansan en
los arbustos amarillos;
el chihuaco canta
en los árboles de hojas
oscuras: el saúco, el
eucalipto, el lambras;
no va a los sauces. Las
tórtolas vuelan a las
paredes viejas y
horadadas; las torcazas
buscan las quebradas,
los pequeños bosques de
apariencia lejana;
prefieren que se les
oiga a cierta distancia.
El gorrión es el único
que está en todos los
pueblos y en todas
partes. El viuda-pisk'o
salta sobre las grandes
matas de espino, abre
las alas negras, las
sacude, y luego grita.
Los loros grandes son
viajeros. Los loros
pequeños prefieren los
cactos, los árboles de
espino. Cuando empieza a
oscurecer se reparten
todas esas aves en el
cielo; según los pueblos
toman diferentes
direcciones, y sus
viajes los recuerda
quien las ha visto, sus
trayectos no se
confunden en la memoria.
Cierta vez llegamos a un
pueblo cuyos vecinos
principales odian a los
forasteros. El pueblo es
grande y con pocos
indios. Las faldas de
los cerros están
cubiertas por extensos
campos de linaza. Todo
el valle parece sembrado
de lagunas. La flor azul
de la linaza tiene el
color de las aguas de
altura. Los campos de
linaza parecen lagunas
agitadas; y, según el
poder del viento, las
ondas son menudas o
extensas.
Cerca del pueblo, todos
los caminos están
orillados de árboles de
capulí. Eran unos
árboles frondosos,
altos, de tronco
luminoso; los únicos
árboles frutales del
valle. Los pájaros de
pico duro, la tuya,
el viuda-pisk'o,
el chihuaco, rondaban
las huertas. Todos los
niños del pueblo se
lanzaban sobre los
árboles, en la tarde y
al mediodía. Nadie que
los haya visto podrá
olvidar la lucha de los
niños de ese pueblo
contra los pájaros. En
los pueblos trigueros,
se arma a los niños con
hondas y latas vacías;
los niños caminan por
las sendas que cruzan
los trigales; hacen
tronar sus hondas,
cantan y agitan el
badajo de las latas.
Ruegan a los pájaros en
sus canciones, les
avisan: “iEstá
envenenado el trigo!
¡Idos, idos! ¡Volad,
volad! Es del señor
cura. ¡Salid! ¡Buscad
otros campos!”. En el
pueblo del que hablo,
todos los niños estaban
armados con hondas de
jebe; cazaban a los
pájaros como a enemigos
de guerra; reunían los
cadáveres a la salida de
las huertas, en el
camino, y los contaban:
veinte tuyas,
cuarenta chihuacos,
diez viuda pisk'os.
Un cerro alto y
puntiagudo era el vigía
del pueblo. En la cumbre
estaba clavada una cruz;
la más grande y poderosa
de cuantas he visto. En
mayo la bajaron al
pueblo para que fuera
bendecida. Una multitud
de indios vinieron de
las comunidades del
valle; y se reunieron
con los pocos comuneros
del pueblo, al pie del
cerro. Ya estaban
borrachos, y cargaban
odres llenos de
aguardiente. Luego
escalaron el cerro,
lanzando gritos,
llorando. Desclavaron la
cruz y la bajaron en
peso. Vinieron por las
faldas erizadas y
peladas de la montaña y
llegaron de noche.
Yo abandoné ese pueblo
cuando los indios
velaban su cruz en medio
de la plaza. Se habían
reunido con sus mujeres,
alumbrándose con
lámparas y pequeñas
fogatas. Era pasada la
medianoche. Clavé en las
esquinas unos carteles
en que me despedía de
los vecinos del pueblo,
los maldecía. Salí a
pie, hacia Huancayo.
En ese pueblo quisieron
matarnos de hambre;
apostaron un celador en
cada esquina de nuestra
casa para amenazar a los
litigantes que iban al
estudio de mi padre;
odiaban a los forasteros
como a las bandas de
langostas. Mi padre
viajaría en un camión,
al amanecer; yo salí a
pie en la noche. La cruz
estaba tendida en la
plaza. Había poca
música; la voz de unas
cuantas arpas opacas se
perdía en la pampa. Los
indios hacen bulla
durante las vísperas,
pero en esa plaza
estaban echados, hombres
y mujeres; hablaban
junto a la cruz, en la
sombra, como los sapos
grandes que croan desde
los pantanos.
Lejos de allí, ya en la
cordillera, encontré
otros pueblos que
velaban su cruz.
Cantaban sin mucho
ánimo. Pero estaban bien
alumbrados; centenares
de velas iluminaban las
paredes en las que
habían reclinado las
cruces.
Sobre el abra, antes de
pasar la cumbre, recordé
las hileras de árboles
de capulí que orillan
los muros en ese pueblo;
cómo caían, enredándose
en las ramas, los
pájaros heridos a honda;
el río pequeño,
tranquilo, sin piedras
grandes, cruzando en
silencio los campos de
linaza; los peces
menudos en cuyos
costados brilla el sol;
la expresión agresiva e
inolvidable de las
gentes.
Era un pueblo hostil que
vive en la rabia, y la
contagia. En la esquina
de una calle donde
crecía yerba de romaza
que escondía grillos y
sapos, había una tienda.
Vivía allí una joven
alta, de ojos azules.
Varias noches fui a esa
esquina a cantar
huaynos que jamás se
habían oído en el
pueblo. Desde el abra
podía ver la esquina;
casi terminaba allí el
pueblo. Fue un homenaje
desinteresado. Robaba
maíz al comenzar la
noche, cocinaba choclos
con mi padre en una olla
de barro, la única de
nuestra casa. Después de
comer, odiábamos al
pueblo y planeábamos
nuestra fuga. Al fin nos
acostábamos; pero yo me
levantaba cuando mi
padre empezaba a roncar.
Más allá del patio seco
de nuestra casa había un
canchón largo cubierto
de una yerba alta,
venenosa para las
bestias; sobre el
canchón alargaban sus
ramas grandes capulíes
de la huerta vecina. Por
temor al bosque tupido,
en cuyo interior
caminaban millares de
sapos de cuerpo
granulado, no me acerqué
nunca a las ramas de ese
capulí. Cuando salía en
la noche, los sapos
croaban a intervalos; su
coro frío me acompañaba
varias cuadras. Llegaba
a la esquina, y junto a
la tienda de aquella
joven que parecía ser la
única que no miraba con
ojos severos a los
extraños, cantaba
huaynos de
Querobamba, de Lambrama,
de Sañayca, de Toraya,
de Andahuaylas... de los
pueblos más lejanos;
cantos de las quebradas
profundas. Me
desahogaba; vertía el
desprecio amargo y el
odio con que ese pueblo
nos miraba, el fuego de
mis viajes por las
grandes cordilleras, la
imagen de tantos ríos,
de los puentes que
cuelgan sobre el agua
que corre desesperada,
la luz resplandeciente y
la sombra de las nubes
más altas y temibles.
Luego regresaba a mi
casa, despacio, pensando
con lucidez en el tiempo
en que alcanzaría la
edad y la decisión
necesarias para
acercarme a una mujer
hermosa; tanto más bella
si vivía en pueblos
hostiles.
Frente a Yauyos hay un
pueblo que se llama Cusi.
Yauyos está en una
quebrada pequeña, sobre
un afluente del río
Cañete. El riachuelo
nace en uno de los pocos
montes nevados que hay
en ese lado de la
cordillera; el agua baja
a saltos hasta alcanzar
el río grande que pasa
por el fondo lejano del
valle, por un lecho
escondido entre las
montañas que se levantan
bruscamente, sin dejar
un claro, ni una
hondonada. El hombre
siembra en las faldas
escarpadas inclinándose
hacia el cerro para
guardar el equilibrio.
Los toros aradores, como
los hombres, se
inclinan; y al fin del
surco dan la media
vuelta como bestias de
circo, midiendo los
pasos. En ese pueblo, el
pequeño río tiene tres
puentes: dos de cemento,
firmes y seguros, y uno
viejo de troncos de
eucalipto, cubiertos de
barro seco. Cerca del
puente viejo hay una
huerta de grandes
eucaliptos. De vez en
cuando llegaban bandadas
de loros a posarse en
esos árboles. Los loros
se prendían de las
ramas; gritaban y
caminaban a lo largo de
cada brazo de árbol;
parecían conversar a
gritos, celebrando su
llegada. Se mecían en
las copas altas del
bosque. Pero no bien
empezaban a gozar de
sosiego, cuando sus
gritos repercutían en
las rocas de los
precipicios, salían de
sus casas los tiradores
de fusil; corrían con el
arma en las manos hacia
el bosque. El grito de
los loros grandes solo
lo he oído en las
regiones donde el cielo
es despejado y profundo.
Yo llegaba antes que los
fusileros a ese bosque
de Yauyos. Miraba a los
loros y escuchaba sus
gritos. Luego entraban
los tiradores. Decían
que los fusileros de
Yauyos eran notables
disparando en la
posición de pie porque
se entrenaban en los
loros. Apuntaban; y a
cada disparo caía un
loro; a veces, por
casualidad, derribaban
dos. ¿Por qué no se
movía la bandada? ¿Por
qué no levantaban el
vuelo al oír la
explosión de los balazos
y al ver tantos heridos?
Seguían en las ramas,
gritando, trepando,
saltando de un árbol a
otro. Yo hacía bulla,
lanzaba piedras a los
árboles, agitaba latas
llenas de piedras; los
fusileros se burlaban; y
seguían matando loros,
muy formalmente. Los
niños de las escuelas
venían por grupos a
recoger los loros
muertos; hacían sartas
con ellos. Concluido el
entrenamiento, los
muchachos paseaban las
calles llevando cuerdas
que cruzaban todo el
ancho de la calle; de
cada cuerda colgaban de
las patas veinte o
treinta loros
ensangrentados.
En Huancapi estuvimos
solo unos días. Es la
capital de la provincia
más humilde de todas las
que he conocido. Está en
una quebrada ancha y
fría, cerca de la
cordillera. Todas las
casas tienen techo de
paja y solamente los
forasteros: el juez, el
telegrafista, el
subprefecto, los
maestros de las
escuelas, el cura, no
son indios. En la falda
de los cerros el viento
sacude la paja; en el
lecho de la quebrada y
en algunas hondonadas
crece la k'eñwa,
un árbol chato, de
corteza roja. La montaña
por donde sale el sol
termina en un precipicio
de rocas lustrosas y
oscuras. Al pie del
precipicio, entre
grandes piedras, crecen
también esos árboles de
puna, rojos, de hojas
menudas; sus troncos
salen del pedregal y sus
ramas se tuercen entre
las rocas. Al anochecer,
la luz amarilla ilumina
el precipicio; desde el
pueblo, a gran
distancia, se distingue
el tronco rojo de los
árboles, porque la luz
de las nubes se refleja
en la piedra, y los
árboles, revueltos entre
las rocas, aparecen. En
ese gran precipicio
tienen sus nidos los
cernícalos de la
quebrada. Cuando los
cóndores y gavilanes
pasan cerca, los
cernícalos los atacan,
se lanzan sobre las alas
enormes y les clavan sus
garras en el lomo. El
cóndor es inerme ante el
cernícalo; no puede
defenderse, vuela
agitando las alas, y el
cernícalo se prende de
él, cuando logra
alcanzarlo. A veces, los
gavilanes se quejan y
chillan, cruzan la
quebrada perseguidos por
grupos de pequeños
cernícalos. Esta ave
ataca al cóndor y al
gavilán en son de burla;
les clava las garras y
se remonta; se precipita
otra vez y hiere el
cuerpo de su víctima.
Los indios, en mayo,
cantan un huayno
guerrero:
Killinchu yau,
Wamancha ya u,
urpiykitam
k'echosk'ayki
yanaykitam k 'echosk'ayki.
K'echosk'aykim,
k'echosk'aykim
apasak'mi apasak'mi
killincha
wamancha.2
El desafío es igual, al
cernícalo, al gavilán o
al cóndor. Junto a las
grandes montañas, cerca
de los precipicios donde
anidan las aves de
presa, cantan los indios
en este mes seco y
helado. Es una canción
de las regiones frías,
de las quebradas altas,
y de los pueblos de
estepa, en el sur.
Salimos de Huancapi
antes del amanecer.
Sobre los techos de paja
había nieve, las cruces
de los techos también
tenían hielo. Los toros
de barro que clavan a un
lado y a otro de las
cruces parecían más
grandes a esa hora; con
la cabeza levantada,
tenían el aire de
animales vivos solo
sensibles a la
profundidad. El pasto y
las yerbas que orillan
las acequias de las
calles estaban helados;
las ramas que cuelgan
sobre el agua,
aprisionadas por la
nieve, se agitan
pesadamente con el
viento o movidas por el
agua. El precipicio de
los cernícalos es muy
visible; la vía láctea
pasaba junto a la
cumbre. Por el camino a
Cangallo bajamos hacia
el fondo del valle,
siguiendo el curso de la
quebrada. La noche era
helada y no hablábamos;
mi padre iba delante, yo
tras él, y el peón me
seguía de cerca, a pie.
Íbamos buscando al gran
río, al Pampas. Es el
río más extenso de los
que pasan por las
regiones templadas. Su
lecho es ancho, cubierto
de arena. En mayo y
junio, las playas de
arena y de piedras se
extienden a gran
distancia de las orillas
del río, y tras las
playas, una larga faja
de bosquebajo y florido
de retama, un bosque
virgen donde viven
palomas, pequeños
pájaros y nubes de
mariposas amarillas. Una
paloma demora mucho en
cruzar de una banda a
otra del río. El vado
para las bestias de
carga es ancho, cien
metros de un agua
cristalina que deja ver
la sombra de los peces,
cuando se lanzan a
esconderse bajo las
piedras. Pero en verano
el río es una tempestad
de agua terrosa;
entonces los vados no
existen, hay que hacer
grandes caminatas para
llegar a los puentes.
Nosotros bajamos por el
camino que cae al vado
de Cangallo.
Ya debía amanecer.
Habíamos llegado a la
región de los lambras,
de los molles y de los
árboles de tara.
Bruscamente, del abra en
que nace el torrente,
salió una luz que nos
iluminó por la espalda.
Era una estrella más
luminosa y helada que la
luna. Cuando cayó la luz
en la quebrada, las
hojas de los lambras
brillaron como la nieve;
los árboles y las yerbas
parecían témpanos
rígidos; el aire mismo
adquirió una especie de
sólida transparencia. Mi
corazón latía como
dentro de una cavidad
luminosa. Con luz
desconocida, la estrella
siguió creciendo; el
camino de tierra blanca
ya no era visible sino a
lo lejos. Corrí hasta
llegar junto a mi padre;
él tenía el rostro
agachado: su caballo
negro también tenía
brillo, y su sombra
caminaba como una mancha
semioscura. Era como si
hubiéramos entrado en un
campo de agua que
reflejara el brillo de
un mundo nevado.
“iLucero grande,
werak'ocha, lucero
grande!”, Llamándonos,
nos alcanzó el peón;
sentía la misma
exaltación ante esa luz
repentina.
La estrella se elevaba
despacio. Llegamos a la
sombra de un precipicio
alto, cortado a pico en
la roca; entramos en la
oscuridad como a un
refugio. Era el último
recodo del torrente. A
la vuelta estaba el río,
la quebrada amplia,
azul; el gran Pampas
tranquilo, del invierno.
De la estrella solo
quedó un pozo blanco en
el cielo, un círculo que
tardó mucho en diluirse.
Cruzamos el vado; los
caballos chapotearon,
temblando de alegría, en
la corriente cristalina.
Llegamos a los bosques
de lúcumos que crecen
rodeando las casas de
las pequeñas haciendas,
cerca de Cangallo. Eran
unos árboles altos, de
tronco recto y con la
copa elevada y frondosa.
Palomas y tuyas
volaban de los árboles
hacia el campo.
De Cangallo seguimos
viaje a Huamanga, por la
pampa de los indios
morochucos.
Jinetes de rostro
europeo, cuatreros
legendarios, los
morochucos son
descendientes de los
almagristas excomulgados
que se refugiaron en esa
pampa fría,
aparentemente
inhospitalaria y
estéril. Tocan charango
y wad'rapucu,
raptan mujeres y vuelan
en la estepa en caballos
pequeños que corren como
vicuñas. El arriero que
nos guiaba no cesó de
rezar mientras
trotábamos en la pampa.
Pero no vimos ninguna
tropa de morochucos en
el camino. Cerca de
Huamanga, cuando
bajábamos lentamente la
cuesta, pasaron como
diez de ellos;
descendían cortando
camino, al galope.
Apenas pude verles el
rostro. Iban
emponchados; una alta
bufanda les abrigaba el
cuello; los largos
ponchos caían sobre los
costados del caballo.
Varios llevaban
wad'rapucus a la
espalda, unas trompetas
de cuerno ajustadas con
anillos de plata. Muy
abajo, cerca de un
bosque reluciente de
molles, tocaron sus
cornetas anunciando su
llegada a la ciudad. El
canto de los
wad'rapucus subía a
las cumbres como un coro
de toros encelados e
iracundos.
Nosotros seguimos viaje
con una lentitud
inagotable.
Notas:
1. Canción y baile
popular de origen
incaico.
2. Oye,
cernícalo, / oye,
gavilán, /voy a quitarte
a tu paloma, / a tu
amada voy a quitarte. /
He de arrebatártela, /
he de arrebatártela, /
me la he de llevar, me
la he de llevar, / ioh
cernícalo! / ioh
gavilán!
Fragmento de la novela
Los libros profundos,
de José María Arguedas.
Colección ALBA.
Bicentenario. Fondo
Editorial Casa de las
Américas, 2010.
José María Arguedas
(1911-1969). Nació
en Andahuaylas, región
del Perú ubicada en el
departamento de Apurímac.
Su notable labor de
escritor estuvo
comprometida con sus
intereses de etnólogo,
antropólogo y educador,
por lo que reflejan sus
obras el carácter de la
naturaleza andina, la
conflictiva relación
entre el hombre
indígena, el blanco y el
mestizo; el pasado inca
y la realidad de un Perú
que busca formar parte
del progreso del mundo
moderno, a pesar de los
rezagos de la
colonización. Entre sus
obras más relevantes se
encuentran El sueño
del pongo, Amor
mundo y todos los
cuentos,
Diamantes y pedernales,
Todas las sangres;
además de numerosos
estudios de corte
etnológico y
antropológico. |