|
Una instalación de
vastas proporciones
—ocupa seis paredes y
parte del suelo en dos
espacios rectangulares
de puntal alto— emplazó
a principios de agosto
Manuel Mendive en la
sede del Comité
Provincial de la Unión
de Escritores y Artistas
de Matanzas, para
saludar el medio siglo
de existencia de la
organización.
Bajo el título La
foresta mágica, el
artista quiso reflejar
nuevamente su visión de
las relaciones del
hombre y la naturaleza
por un lado, mientras
por otro llama la
atención acerca de la
necesidad de preservar
la memoria de sus
antepasados como uno de
los más preciados
legados de la forja de
la nación cubana.
Al decir de los críticos
y artistas presentes en
el acto inaugural —que
contó con las palabras
del historiador Eusebio
Leal y la poetisa Nancy
Morejón—, Mendive
decanta sus elementos
visuales y los integra
desde una nueva
perspectiva.
Los signos sagrados y
profanos del monte, sus
mitos y realidades,
aparecen allí
transmutados
metafóricamente en una
atmósfera done la
evocación supera los
límites de la
representación.
Alternando con una serie
de maderas pintadas en
las que se advierte una
síntesis de los códigos
que han hecho relevante
su pintura, cuelgan en
la pared garabatos
(horquillas) de diversas
dimensiones, que
recuerdan el instrumento
del cual se vale Elegguá
(orisha del panteón
yoruba) para abrir los
caminos. Para sostener
ese andamiaje, el
artista llevó tierra al
recinto, sobre la cual
plantó jícaras
policromas que asemejan
cauríes (caracoles
utilizados en las artes
adivinatorias del
ifaísmo).
Hubo quien recordó, ante
el conjunto, el origen
de Mendive como creador,
en el campo escultórico,
en correspondencia con
las soluciones y
procedimientos de esa
especialidad aplicados
en la concepción
instalativa, que en su
apertura sumó esculturas
vivientes, como las que
suelen verse en los muy
celebrados performances
mendivianos.
Sin embargo, no hay
referencias rituales de
carácter puntual.
Mendive se vale de los
elementos de las
culturas yoruba y bantú
acriolladas en el largo
y definitorio proceso de
transculturación que dio
lugar a la identidad
insular para hablar en
términos contemporáneos
y aludir, sobre todo, a
una responsabilidad
ética.
“El arte —declaró
Mendive a La
Jiribilla— no puede
permanecer ajeno a las
grandes preocupaciones
de este mundo. El ser
humano no puede vivir de
espaldas a la
naturaleza, ni negar las
raíces que lo han
llevado a ser lo que es.
Busco la armonía, la
paz, el equilibrio, la
convivencia y quisiera
que ese mensaje fuera
compartido por todos los
que se adentren en este
bosque”.
Graduado en la Academia
de San Alejandro en
1963, con estudios
posteriores en el
Instituto de Etnología y
Folclor y la Universidad
de La Habana (Historia
del Arte), Mendive tuvo
un temprano
reconocimiento
internacional cuando
mereció el Premio
Montparnasse en el
parisino Salón de Mayo
de 1968. Por la solidez
e irradiación de su obra
fue distinguido en 2001
con el Premio Nacional
de Artes Plásticas. |