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En Francia, la gran
prensa, sea de derecha o
de izquierda, o incluso
comunista como es el
caso del periódico
L’Humanité, es
propiedad de los grandes
grupos económicos y
financieros. Dos
multinacionales —los
grupos Dassault y
Lagardère —cuya
principal actividad es
la venta internacional
de armas y cuyo comercio
es la guerra, controlan
el mundo de la prensa y
de la edición. El grupo
Dassault posee más de 70
periódicos y el grupo
Largardère, cerca de 50.
¿Por qué el gran capital
económico y financiero
invierte en el sector de
la prensa escrita que es
estructuralmente
deficitario? Es
económicamente absurdo
pero ideológicamente
primordial. El objetivo
de esos inversionistas
ya no es generar
ganancias, sino reducir
el marco convencional
del debate permitido, el
cual solo acepta los
pensamientos
convencionales.
Las elites mundiales,
gracias al control que
ejercen sobre las
transnacionales de la
información, imponen a
la humanidad una visión
de la realidad regida
por un marco ideológico.
Las barreras doctrinales
se destinan a descartar
todo pensamiento
alternativo que pusiera
en tela de juicio el
orden global actual.
Así, el papel de los
medios ya no es brindar
una información objetiva
a los ciudadanos sino
defender el orden
establecido, mediante la
desinformación y la
censura.
Tomemos el ejemplo de
las sanciones económicas
contra Cuba para
ilustrar esta realidad:
Como lo subraya el
profesor Paul Estrade,
la prensa menciona, a
veces, la existencia de
un “embargo” en sus
comentarios sobre las
dificultades que sufre
el pueblo cubano.
Siempre del mismo modo:
lo más brevemente
posible. No puede negar
su existencia, pero, en
sus análisis, actúa como
si no existiese. Así, no
es necesario para ella
recordar los orígenes,
sus motivaciones
cambiantes, su carácter
ilegal, sus modalidades
perversas, su duración
insoportable, sus
efectos deplorables.
Desde 1960, EE.UU.
impone sanciones
económicas unilaterales
a Cuba, las cuales
afectan todos los
sectores de la sociedad
así como a todas las
categorías de la
población. Son totales
desde el 3 de febrero de
1962 tras la decisión
del presidente John F.
Kennedy de aislar
completamente la Isla.
Esta red de sanciones no
tiene equivalente por su
duración, su densidad y
sofisticación. Es a la
vez retroactivo —se
aplica para hechos que
ocurrieron antes de la
aprobación de la
legislación— y
extraterritorial —se
extiende a otras
naciones y entra
entonces en conflicto
con las normas del
derecho internacional.
Fueron establecidas en
plena Guerra Fría con el
objetivo de derrocar al
gobierno revolucionario
liderado por Fidel
Castro, las sanciones
siguen vigentes más de
medio siglo después.
El triunfo de la
Revolución Cubana en
1959 y la llegada al
poder de Fidel Castro
suscitaron la inmediata
hostilidad por parte de
EE.UU., cuyo fiel
aliado, el dictador
Fulgencio Batista,
acababa de ser
derrocado. La
administración
Eisenhower había hecho
todo lo posible para
mantener al autor del
golpe de Estado del 10
de marzo a la cabeza de
la nación e impedir la
toma del poder
revolucionaria. El 23 de
diciembre de 1958, a
pocos días de la huida
del general Batista, el
Consejo de Seguridad
Nacional, que constató
el ineludible progreso
de la ofensiva de los
insurrectos de la Sierra
Maestra sobre La Habana,
había proyectado,
mediante la voz del
presidente Dwight D.
Eisenhower, “una acción
militar que pudiera ser
necesaria en Cuba”.
Allen Dulles, director
de la CIA, precisó el
objetivo: “Tenemos que
impedir la victoria de
Castro”. Pero era
demasiado tarde.
Las primeras medidas
económicas y sociales
del gobierno
revolucionario no fueron
del agrado de
Washington. En efecto,
el dominio de las
multinacionales
estadounidenses sobre
todos los sectores de la
economía cubana era tal
que resultaba imposible
emprender toda política
de reforma sin afectar
sus intereses. No
obstante, como lo
recordaría Ernesto Che
Guevara, salvo la
reforma agraria, todas
las medidas económicas y
sociales de envergadura
que tomó el gobierno
revolucionario sólo
constituían respuestas a
la agresión
estadounidense.
La reforma agraria del
17 de mayo de 1959 se
basaba en los
fundamentos jurídicos de
la Constitución de 1940.
En efecto, el Artículo
24 autorizaba la
expropiación por razones
de utilidad pública, con
una indemnización, y el
Artículo 90 prohibía los
latifundios y limitaba
sustancialmente la
concentración de
tierras.
EE.UU. no era el único
país afectado por las
nacionalizaciones. La
mayor parte de las
naciones europeas
también tenían intereses
en Cuba. Esas se
realizaron en
conformidad con el
derecho internacional
que estipula que todo
estado soberano dispone
del derecho de
nacionalizar las
empresas presentes en su
territorio nacional a
cambio de una
indemnización. Los
importes de las
compensaciones se
fijaron a partir de las
últimas declaraciones
fiscales de las
empresas, las cuales,
eran por razones obvias,
a menudo inferiores al
valor real de los
bienes.
Todas las naciones
afectadas por el proceso
de expropiación
negociaron con el
gobierno cubano y
aceptaron los acuerdos
globales de
compensación, con la
excepción de EE.UU.
El 17 de marzo de 1960,
un mes antes de la
reanudación de las
relaciones entre La
Habana y Moscú, la
administración
Eisenhower tomó la
decisión formal de
derrocar al gobierno
cubano. La nueva
política exterior
estadounidense se
basaría en varios
pilares: la cancelación
de la cuota azucarera
cubana, la ruptura de
los suministros de
combustibles tales como
el petróleo, el
mantenimiento del
embargo sobre las armas
impuesto en marzo de
1958, y la elaboración
de una campaña de
terrorismo y sabotaje
así como la organización
de una fuerza
paramilitar destinada a
invadir la Isla y
derrocar a Fidel Castro.
El 5 de julio de 1960,
Washington impuso las
primeras medidas
coercitivas, y
Eisenhower canceló la
cuota de exportaciones
de azúcar cubano.
En 1961, Washington
rompió sus relaciones
con La Habana. En 1962
el presidente Kennedy
decretó un embargo total
sobre Cuba, incluyendo
las medicinas y los
productos alimenticios,
en violación con el
derecho internacional.
Durante 30 años, la
retórica diplomática
estadounidense
estigmatizó la alianza
entre La Habana y Moscú
para justificar el
estado de sitio
económico contra la Isla
del Caribe. En 1992,
tras la desintegración
de la Unión Soviética,
en vez de normalizar las
relaciones con el
gobierno de Fidel
Castro, la
administración de George
H. W. Bush ratificó la
Ley Torricelli que
agrava las sanciones
contra Cuba, y demostró
así que era imposible
explicar el conflicto
entre ambas naciones
mediante el marco de la
Guerra Fría.
Así, por ejemplo, a todo
barco que entra en un
puerto cubano se le
prohíbe entrar a estados
durante los 180 días que
siguen la fecha del
desembarco, otorgando
así, otra vez, un
carácter
extraterritorial y, por
consiguiente, contrario
al derecho
internacional, a las
sanciones contra Cuba.
La Ley Torricelli prevé
también sanciones para
los países que aportan
una asistencia a Cuba.
Así, España concede una
ayuda de cien millones
de dólares a Cuba,
EE.UU. disminuye su
propia ayuda a la altura
de la misma suma.
En 1996, se aprobó la
Ley Helms-Burton, una
aberración jurídica por
su carácter
extraterritorial y
retroactivo. Así, el
Título III, y más
precisamente el artículo
302, permite que los
tribunales
estadounidenses persigan
las empresas extranjeras
que se instalarían en
las propiedades
nacionalizadas que
pertenecían a personas
que, en el momento de la
estatización, disponían
de la nacionalidad
cubana. En efecto, solo
adquirieron la
ciudadanía
estadounidense después
del proceso de
expropiación y su exilio
a EE.UU. No obstante, el
derecho estadounidense
está claro al respecto:
las demandas judiciales
solo son posibles si la
persona afectada por un
proceso de
nacionalizaciones es
ciudadano estadounidense
durante la expropiación
y que esta se haya
desarrollado en
violación del derecho
internacional. Ahora
bien, ninguna de estas
dos condiciones se
cumplió.
En 2004, la
administración Bush
aprobó el primer informe
de la Comisión de
Asistencia para una Cuba
Libre. Así, entre 2004 y
2009, los cubanos que
vivían en EE.UU. no
tenían derecho a visitar
a sus familiares más de
14 días cada tres años.
Cuestionado sobre el
carácter cruel de estas
medidas que dividen a
las familias, Daniel W.
Fisk, subsecretario de
estado para los Asuntos
Interamericanos, dijo a
guisa de respuesta:
“Cada individuo puede
decidir del momento en
que quiere viajar una
vez cada tres años y le
toca a él tomar la
decisión. Entonces, si
tiene un miembro de su
familia que se está
muriendo, le toca a él
elegir el buen momento
para viajar”.
En 2006, la Comisión de
Asistencia para una Cuba
Libre publicó un segundo
plan, complementario del
de 2004. El nuevo plan
prevé aplicar los
títulos III y IV de la
ley Helms-Burton a
algunos países.
Washington incluso ha
designado su blanco
prioritario: Venezuela y
su presidente Hugo
Chávez, primer socio
comercial de Cuba,
mencionado 15 veces en
el informe
Una cifra para ilustrar
la obsesión de EE.UU.
contra Cuba: Tras las
solicitudes de Max
Baucus, senador del
Montana, el Departamento
del Tesoro admitió haber
realizado, desde 1990,
solo 93 investigaciones
relacionadas con el
terrorismo
internacional. En el
mismo tiempo, efectuó
otras diez mil 683 “para
impedir que los
norteamericanos ejerzan
su derecho de viajar a
Cuba”. Luego de las 93
investigaciones sobre el
terrorismo, el
Departamento del Tesoro
infligió un total de
nueve mil 425 dólares de
multa a los inculpados.
En cambio, demandó un
total de ocho millones
de dólares a los
turistas estadounidenses
que habían visitado la
Isla.
Desde el 30 de
septiembre de 2004 y la
aplicación estricta de
las Reglas de Control de
los Bienes Cubanos de la
OFAC, un fabricante de
automóviles japonés que
quisiera comercializar
sus productos en el
mercado estadounidense
debe demostrar al
Departamento del Tesoro
que sus carros no
contienen un gramo de
níquel cubano. Del mismo
modo, un chef
francés que deseara
investir el primer
mercado económico
mundial debe demostrar a
esa misma entidad que su
producción no contiene
un gramo de azúcar
cubano.1
A veces, la aplicación
de esas sanciones toma
un giro menos racional.
Así, todo turista
estadounidense que
consumiera un tabaco
cubano o un vaso de ron
Havana Club, durante un
viaje al extranjero
arriesga también una
multa de un millón de
dólares y diez años de
prisión. Otro ejemplo:
un cubano que reside en
Francia no puede en
teoría comerse una
hamburguesa en Mc
Donald’s.
La retórica diplomática
para justificar la
hostilidad de EE.UU.
hacia Cuba cambió según
las épocas. En un primer
tiempo, las
nacionalizaciones y sus
indemnizaciones
constituyeron la manzana
de la discordia. Luego,
fue la alianza con la
Unión Soviética la que
se volvió en el
principal obstáculo para
la normalización de las
relaciones entre ambos
países. Después, en los
años 1970 y 1980, fue la
intervención cubana en
África, en Angola y en
Namibia más
precisamente, para
ayudar a los movimientos
de liberación nacional a
conseguir su
independencia y para
luchar contra el
apartheid en África del
Sur, la que suscitó la
ira de Washington.
Finalmente, desde el
desmoronamiento de la
Unión Soviética,
Washington esgrime el
argumento de los
derechos humanos y de la
democracia para mantener
el estrangulamiento
económico en la nación
cubana.
En realidad, para
entender el verdadero
objetivo de Washington
en sus relaciones con
Cuba, resulta necesario
remontarse al siglo XIX
y prestar atención a las
advertencias de José
Martí, quien había
denunciado “el Norte
revuelto y brutal que
nos desprecia”que anhelaba
anexar la Isla del
Caribe.
El estado de sitio
económico del cual es
víctima el pueblo cubano
recuerda que EE.UU. —que
aplica así medidas de
guerra en tiempos de paz
contra una nación que
jamás ha representado
una amenaza para la
seguridad nacional de
EE.UU. —no ha renunciado
a su vieja aspiración
neocolonial de integrar
a Cuba en el seno de su
Unión. Washington se
niega a admitir la
realidad de una nación
latinoamericana
definitivamente
emancipada de su tutela
y no acepta el hecho de
que la soberanía
nacional en Cuba
constituye el patrimonio
único y exclusivo del
pueblo cubano. Las
sanciones económicas
demuestran también que
la lucha por la
autodeterminación,
iniciada en 1868 por
Carlos Manuel de
Céspedes, Padre de la
Patria, es una batalla
cotidiana no acabada.
Martí, a la vez
visionario y hombre de
su tiempo, lo había
dicho: “La libertad
cuesta muy cara y es
necesario o resignarse a
vivir sin ella, o
decidirse a comprarla
por su precio”.
Nota:
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