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“El sitio en que tan
bien se está”. Verso
convidante a silencios y
palabras dichas en la
discreción. Discreción y
silencios
sobrentendidos, ámbito
que la amistad permite.
No estás, pero nos
tenemos. Como ayer,
construimos un espacio
que soslaya
desencuentros. En la
distancia estuve al
tanto del percance
definitivo, luego de la
esperanza que resultó
pequeña. El paréntesis
habanero te restituyó
algunas fuerzas y
creímos que enfrentarías
con triunfo los
andariveles de la
ciencia, más intrincados
que los de la poesía.
Fefé no sabía cómo
responderme, pedía lo
que sobre los airados
párrafos de la llamada
“guerrita de los emailes”
te pedí: energía
positiva, una comunión
fervorosa que burlara
obstáculos. En aquellos
días regalaste
lecciones, tendiste
puentes. En La Habana o
en México, con la
sapientísima Sareska, el
diálogo construyó vasos
comunicantes, los de
siempre. Hablamos de tu
salud sin perder el
rumbo de nuestros
libros, tú con el
juguete nuevo, El
retablo del conde Eros,
la manera en que te
documentaste para
apropiarte un ambiente
de operísticos y
saltimbanquis,
boxeadores, tahúres y
meretrices. Nos
divertimos y creímos de
nuevo en muchas cosas
que ya no eran. Pero sí
era la amistad porque
sí, porque “la eternidad
por fin comienza un
lunes”. Nos veremos aquí
o allá. Mejor allá y
aquí, con salud, la que
llevas, si hasta me
parece que engordaste
con el aire del malecón.
Por encima de tantos
laberintos teníamos el
ámbito del afecto, sitio
mítico en que tan bien
se está, y el respeto de
“lo que no se osa decir”
lezamiano. Desde tu
imitación, el viejo tío
lanzaba su acento
asmático. Intercambiamos
libros y abrazos, eras
el dueño de los reclamos
sentimentales, en mí
abrazabas a La Habana,
ya sé, nadie la quiere
más que tú. Lo saben tus
primos musicantes, la
sala de cine, la copa
dispuesta a la
conversación, la
observación para el dato
menudo y la sorpresa de
lo ya conocido. En un
Sábado del libro de la
Plaza de Armas, sin
aviso, tu sonrisa
abierta, ¿no te
atemoriza besarme en
público? decías
imperioso, achinando más
los ojos. Contigo la
amistad era un universo,
sin afueras ni adentros.
He pedido esa utopía,
insisto en la ocasión
pública y en el rincón
de las confesiones. Que
no haya adentros ni
afueras. Reclamo la
ruptura de incordios que
ya son manías. Ahora,
Lichi, dime qué hago. |