La Habana. Año X.
6 al 12 de AGOSTO de 2011

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A Lichi, en el ámbito de la amistad

Reynaldo González • La Habana

“El sitio en que tan bien se está”. Verso convidante a silencios y palabras dichas en la discreción. Discreción y silencios sobrentendidos, ámbito que la amistad permite. No estás, pero nos tenemos. Como ayer, construimos un espacio que soslaya desencuentros. En la distancia estuve al tanto del percance definitivo, luego de la esperanza que resultó pequeña. El paréntesis habanero te restituyó algunas fuerzas y creímos que enfrentarías con triunfo los andariveles de la ciencia, más intrincados que los de la poesía. Fefé no sabía cómo responderme, pedía lo que sobre los airados párrafos de la llamada “guerrita de los emailes” te pedí: energía positiva, una comunión fervorosa que burlara obstáculos. En aquellos días regalaste lecciones, tendiste puentes. En La Habana o en México, con la sapientísima Sareska, el diálogo construyó vasos comunicantes, los de siempre. Hablamos de tu salud sin perder el rumbo de nuestros libros, tú con el juguete nuevo, El retablo del conde Eros, la manera en que te documentaste para apropiarte un ambiente de operísticos y saltimbanquis, boxeadores, tahúres y meretrices. Nos divertimos y creímos de nuevo en muchas cosas que ya no eran. Pero sí era la amistad porque sí, porque “la eternidad por fin comienza un lunes”. Nos veremos aquí o allá. Mejor allá y aquí, con salud, la que llevas, si hasta me parece que engordaste con el aire del malecón. Por encima de tantos laberintos teníamos el ámbito del afecto, sitio mítico en que tan bien se está, y el respeto de “lo que no se osa decir” lezamiano. Desde tu imitación, el viejo tío lanzaba su acento asmático. Intercambiamos libros y abrazos, eras el dueño de los reclamos sentimentales, en mí abrazabas a La Habana, ya sé, nadie la quiere más que tú. Lo saben tus primos musicantes, la sala de cine, la copa dispuesta a la conversación, la observación para el dato menudo y la sorpresa de lo ya conocido. En un Sábado del libro de la Plaza de Armas, sin aviso, tu sonrisa abierta, ¿no te atemoriza besarme en público? decías imperioso, achinando más los ojos. Contigo la amistad era un universo, sin afueras ni adentros. He pedido esa utopía, insisto en la ocasión pública y en el rincón de las confesiones. Que no haya adentros ni afueras. Reclamo la ruptura de incordios que ya son manías. Ahora, Lichi, dime qué hago.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.