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Cuando Fernando Rendón
dice Colombia,
versifica. Poeta y
militante, una misma
cosa. Hablamos de un
escritor latinoamericano
y no podría ser de otra
manera. Escucharle
hablar de su país,
desangrado por una de
las guerras más
prolongadas de la
historia humana y que ha
dejado medio millón de
muertos, ciudades
desoladas y campos
baldíos, es releer sus
versos en que la
esperanza asoma, embiste
y se esfuma para, a
veces, no volver nunca.
A ratos, la línea dura
de los generales
bombardea a fondo la
resistencia de la vida;
tras la tormenta, la
hora suprema, la oleada
del sueño que brota para
aumentar la sed y
derribar la muerte. En
Colombia, la sangre no
ha dejado de cruzar bajo
los puentes; pero Rendón
nadó a contracorriente y
desde 1991, en Medellín,
ciudad-cartel, el verso
ha sido otra vez tregua.
Hablamos de un país
latinoamericano y no
podría ser de otra
manera, más real y menos
maravillosa.
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Sobre la guerra civil
que vive Colombia desde
hace décadas, usted ha
dicho que la percibe
como un conflicto sin
solución visible. ¿Cómo
entender el surgimiento
allí de un Festival de
Poesía que constituye un
fenómeno de masas y,
años atrás,
estrechamente
relacionado, la
asociación de escritores
colombianos en torno a
la revista Prometeo?
Mi oficio, mi vida y mi
pasión han sido siempre
la poesía. Muy temprano
entendí que en un país
donde no existe libertad
de expresión, de
pensamiento o de
reunión, la poesía tenía
que jugarse, tenía que
encontrar un cauce como
fuere. La reunión de los
poetas alrededor de la
revista Prometeo,
que dirijo desde 1982,
permitió entre muchas
cosas la reflexión
compartida sobre el tipo
de tareas que podíamos
desarrollar los
escritores en aquel
contexto, encaminadas a
la transformación social
pero también a la
promoción de la poesía
como forma distinta de
expresión, de
pensamiento y de vida.
Públicamente, tales
expresiones no eran
permisibles. Quien lo
hacía era asesinado. Más
de cuatro mil dirigentes
o militantes de la Unión
Patriótica habían sido
aniquilados y estaba en
pleno auge la guerra del
cartel de Medellín
contra el estado
colombiano. Sin embargo,
decidimos, en un momento
de mucho miedo y de
extrema convulsión en
todo el país, convocar
al primer Festival de
Poesía de Medellín, en
1991.
Durante estos 21 años
han sido de un forcejeo
total, en medio de una
realidad hostil a la
vida, con políticos
bastante enemigos de la
cultura y totalmente
ignorantes del hecho
poético. Pero hemos ido
acumulando esfuerzos y
trabajo de gestión, de
posicionamiento del
Festival en el mundo, al
punto de que hemos
logrado la vinculación
de más de mil poetas de
160 países. Y todo esto
se debe a que la poesía
está en condiciones de
responder a las
preguntas de la
población, de los
jóvenes; preguntas que
el sistema ya no es
capaz de responder. El
Festival es ya un
bastión espiritual del
pueblo colombiano y de
otros pueblos porque a
partir de él han surgido
experiencias similares
en El Salvador, Bolivia,
Costa Rica…
Como parte de este
contexto, la izquierda
colombiana es percibida
como un conjunto
disperso, desmovilizado.
¿Quizá el cansancio por
esta misma percepción de
irreversibilidad del
conflicto?
No creo que cansancio,
propiamente, pero sí
hubo un momento de mucha
desesperanza, de
desintegración de la
izquierda posterior al
genocidio de la Unión
Patriótica durante los
80 y 90. Ahora, a raíz
de la fundación del Polo
Democrático Alternativo,
que tiene antecedentes
en otras iniciativas
políticas de izquierda,
se reactivó hace unos
ocho años la esperanza
de desarrollar un
movimiento político más
amplio. Sin embargo, en
este último tiempo
otra vez se ha producido como
un momento de
desaliento. Así han sido
los ires y venires de la
política de izquierda en
Colombia. El FDI sigue
siendo la única
alternativa, la única
oposición política al
gobierno de la derecha.
Esperamos que el pueblo
reaccione en noviembre y
tenga la izquierda, por
fin, una representación
que al menos le permita
debatir en el Senado y
en la Cámara los grandes
problemas de la nación
colombiana.
El Festival ha logrado
sostener y proyectar,
incluso fuera de la
geografía continental,
una tradición
latinoamericana que
durante décadas ha
vinculado a la poesía
con el sueño
revolucionario. Y creo
que ha sido porque, como
mismo los
revolucionarios
nicaragüenses usaron el
cómic para comunicar
ideas de transformación
social a una población
que adoraba aquellos
productos, se trata de
un fruto autóctono de
esa ciudad: un Festival
de Poesía, como forma de
comunicación de ideas y
estados del alma, en una
región poética por
excelencia…
Durante el Festival,
Medellín vive una
especie de tregua.
Cuando en 1991 se fundó
el Festival, no solo se
carecía de libertad de
expresión sino que
Medellín entera estaba
aterrorizada. Más
recientemente, cuando ya
fue muerto Pablo Escobar
y el cartel ha perdido
fuerza, las bandas
criminales han
protagonizado una
especie de
reencauzamiento de
grupos paramilitares por
el control del mercado
de la droga en la
ciudad. La gente sigue
entonces en un miedo
constante, sobre todo
con el futuro de la
juventud. El Festival va
a todos esos lugares y
barrios que en el resto
del año no pueden cruzar
fronteras, por leyes de
las pandillas. El
respeto que los poetas
reciben siempre desde
todos los actores
políticos y sociales ha
sido considerable. Las
personas, durante el
tiempo que dura el
Festival, se sienten
acompañadas,
interpretada por los
poetas. Es un público
que, aun en medio de ese
contexto, donde son
víctimas y cómplices
muchas veces, ha crecido
espiritualmente con
poesía, ha encontrado
puntos de contacto con
personas de otras
regiones del mundo que
pueden estar en una
situación similar o
peor. Es la cultura del
país que vendrá.
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¿Cómo entender la
cultura y, sobre todo,
la legitimidad de la
producción artística en
medio de la asfixia que
produce una guerra?
Haciendo sitio no solo a
la poesía política. Toda
clase de artes poéticas,
de leyendas del mundo,
coexisten en una riqueza
increíble. Es esa
multiplicidad que ha
convertido a Medellín en
una especie de relámpago
para el mundo, un
territorio para el
espíritu.
Desde ese reconocimiento
que ya tiene, la
coordinación gigantesca
que ha logrado el
Festival de Poesía de
Medellín durante 20 años
lo convierte en una voz
autorizada entre las
experiencias que
intentan una conexión
similar. ¿Cuántos
desafíos debe sortear
aún una red que se
propone la
transformación social de
nuestro continente desde
la actividad intelectual
y artística?
Primero, sobrepasar el
acumulado anterior que
las limita a recoger
firmas y realizar
campañas por Internet.
Fueron eficaces, pero ya
estamos en condiciones
de pasar a otro momento.
Es importante que
logremos una red mundial
porque la realidad
social de América Latina
no puede desligarse del
contexto internacional.
Ninguna realidad nos es
ajena. Para oponer a la
guerra y a la
expoliación la
globalización del amor,
de la imaginación
creadora de los pueblos
es imprescindible la
cercanía de quienes
buscan lo mismo en todo
el mundo.
Desde 1830, cuando murió
Bolívar, la historia
colombiana es la
continua historia del
escalamiento de los
latifundistas,
expoliadores,
comerciantes. Las
fuerzas conservadoras
asesinaron a Gaitán y, a
raíz del bogotazo, los
cañones se viraron
contra el pueblo. Cinco
candidatos
presidenciales fueron
asesinados en cuatro
años. El miedo
desmovilizó y silenció.
La historia de Colombia
ha sido también un
continuo saqueo de sus
recursos naturales y
también de vidas. Ahora,
en el continente se
perciben otra vez
esperanzas de cambio y
en Colombia aun son solo
aires. Mientras, la
poesía es como una
energía dislocante de la
realidad que ha
acompañado al pueblo
durante estos años
difíciles. Vendrá una
nueva época,
necesariamente, donde el
mundo que ha estado
oprimido toma conciencia
civil, despierte y
reaccione. Una nueva
civilización despierta
para la vida y la
belleza. |