La Habana. Año X.
16 al 22 de JULIO de 2011

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Stravinski en el Auditorio de Calzada y D
Josefina Ortega • La Habana

“Para mí la música es una función cotidiana
que me siento llamado a llenar.
Compongo porque para eso estoy hecho y
no sabría vivir de otro modo”.
(Igor Stravinski)

Cuenta Alejo Carpentier en la revista Social, en mayo de 1930, que cierta vez varios compositores jóvenes estaban reunidos en París escuchando los resultados de la última labor de Igor Stravinski (1882-1971) cuando apareció de pronto el prolífico creador ruso. Una corbata de colores chillones se asomaba al escote de su pulóver. Alguien dijo en tono jocoso:

— ¡Qué hermosa corbata, maestro!

Stravinski respondió tranquilamente:

—Quien compone la más bella música del mundo, tiene el derecho de usar las más hermosas corbatas.

“Aquel día tuvimos la sensación muy neta  —dijo el autor de El siglo de las luces— de que solo aquel hombre, sobre la faz de la Tierra, podía pronunciar tales palabras sin ponerse en ridículo.”

Mordaz en algunas ocasiones, se evocan frases de este mago del sonido que hicieron época. Un día, le preguntaron cuándo podía recibir a un colega cuya obra le resultaba desagradable. Stravinski hojeó su agenda con atención, fecha por fecha, y respondió: ¡Nunca!

Sin embargo, ya en su madurez se muestra generoso con ciertos músicos jóvenes que representan una tendencia opuesta a la suya: en este caso el atonalismo. Al escuchar una partitura del atonalista francés Pierre Ovules —narra Carpentier—, el genial músico declaró: “Si yo tuviera su edad, esa es la música que escribiría”. 

Con fama de incendiario  

Inmensa era la admiración que profesaba Alejo Carpentier por esta extraordinaria figura de la vanguardia musical del siglo XX, a quien dedicó más de 30 artículos a lo largo de su existencia desde 1923, aun cuando su música no había sido escuchada en La Habana.

El influjo del gran compositor ruso se delimitaba a la sazón al círculo  parisino que había aclamado o censurado algunas de sus piezas más arriesgadas como “El pájaro de fuego”, de 1910, y “La consagración de la primavera”, de 1913.

No es de extrañar entonces que al propio Carpentier le correspondiera el mérito, junto con Amadeo Roldán y un grupo de osados ejecutantes, el dar a conocer —como precisa el poeta y ensayista Roberto Méndez— “algunas obras del creador ruso al minúsculo y escandalizado grupo de melómanos habaneros en unos Conciertos de música nueva, organizados en 1926, en los que también se interpretaron partituras de Satie, Poulenc, Ravel y Malpiero”.

Sin embargo, habría que esperar 20 largos años para que el famoso músico —cuya trayectoria como artista fue comparada con la del pintor Picasso— se presentara por primera vez en La Habana, invitado a dirigir conciertos al frente de la Orquesta Filarmónica, en el teatro Auditórium de la calle Calzada, en el Vedado. Aquello sería todo un acontecimiento. La Habana le abrió sus puertas.

No hay que olvidar que para esa época, el terrible Igor, como lo llama Carpentier, ya era muy popular en Cuba, pues la Filarmónica, desde su creación, había estrenado muchas de sus obras, a lo que hay que agregar que a partir de la década de los 20, Roldán y Caturla experimentaron su influencia, a tal punto, que hay quienes afirman que “La rebambaramba”, de Roldán es la “Petruchka” de América.

“De modo que —al decir de Roberto Méndez— el genio ruso con fama de incendiario encontró un auditorio en La Habana tan bien preparado como en cualquier pequeña ciudad europea y tal vez con menos prejuicios.” 

Hermosa corbata  

En su edición del 3 de marzo de 1946, fecha del debut de Stravinski en la capital cubana, el Diario de la Marina anunciaba a bombo y platillo que existía un interés inusitado por este concierto “que permitirá al público de La Habana aplaudir (…) al primer compositor del mundo en la era moderna. Las contadísimas localidades disponibles pueden ser adquiridas en la taquilla del teatro”.

El programa de ese día y el del siguiente estaría compuesto por la obertura de la ópera “Ruslán y Liudmila”, de Glinka; la “Sinfonía número dos”, de Chaikovsky; y selecciones de los ballets “Petruchka” y “El pájaro de fuego”, del propio Stravinski.

Durante su segunda visita, que tuvo lugar los días 4 y 5 de marzo de 1951, el célebre músico confecciona un programa basado exclusivamente en piezas suyas: “Oda”, “Suites 1 y 2”, “Concierto en re para orquesta de cuerdas” y el “Divertimento” derivado de “El beso del hada”.

Por cierto, en el referido artículo de Social, de mayo de 1930, Carpentier afirma que el autor de “Petruchka”, “hombre actual, no puede asistir con los brazos cruzados al espectáculo de su época. (…) sin dejar de ser el enorme Stravinsky, hoy puede recorrer la historia de la música, jugando magistralmente con los estilos más catalogados, sin perderse… Cada uno de estos estilos es una ‘hermosa corbata’ más que anuda a su antojo, para demostrar, sin que podamos afirmar lo contrario, que ‘escribe la más bella música del mundo…’”.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.