|
Los cubanos de entonces
—todavía quedamos unos
cuantos— creímos casi
unánimemente que el
triunfo de la Revolución
de 1959 garantizaba el
fin de la discriminación
racial en el país.
Cuando esa Revolución,
que comenzó apenas
siendo una revolución
política, que condujo
al derrocamiento de la
tiranía batistiana,
avanzó hasta proclamar
su carácter socialista,
después de haber hecho
una profunda reforma
agraria, de haber
estatalizado todas las
propiedades de empresas
extranjeras radicadas en
el país y toda la gran
propiedad burguesa
nacional, dedujimos que
se había hecho el cambio
necesario para que ese
logro fuera
irreversible, porque la
discriminación tenía un
sustento económico.
El gran poeta cubano
Emilio Ballagas, el
poeta puro de Júbilo y
fuga, el autor de dos
memorables poemas de
amor como son “Nocturno
y elegía” y “Elegía sin
nombre”, fue también uno
de los poetas blancos
cubanos que escribieron
poesía negra. En 1934
publicó su Cuaderno
de poesía negra.
Ballagas terminó sus
días como poeta
católico: recibió el
Premio Nacional de
Poesía en 1951 por su
libro Cielo en
rehenes. En su
Órbita de la poesía
afrocubana, Ramón
Guirao incluyó un poema
de Ballagas que no
figuraba en su
Cuaderno… El poema
se titulaba “Actitud” y
tenía la impronta de
Nicolás Guillén. No es
muy extenso, así que voy
a reproducirlo
íntegramente:
¡Compañero!
¡Compañero!
¿Compañero?
¿Compañero yo de un
blanco?
Lo dudo.
¿Compañero yo de un
blanco?
No trago…
¿Compañero yo de un
blanco?
¡Cuento!
A la hora del apuro,
“¡Que benga el negro!”
A la hora de l’ahogo,
“¡Sálbame,
hemmano!”
A la hora ‘e la pelea,
“¡Que benga el negro!”
A la hora ‘e lo mameye,
“¡Corre,
moreno!...”
Y el negro duda y
sonríe.
“¡Ta bien!”
El negro sonríe y duda.
“¡Ta bien!”
El negro sonríe y mira,
el negro calla y medita
y se arma de
precaución.
A la hora de la lija,
“Quítate, negro…”
En
el salón de lo blanco,
“pa fuera, negro”.
A la hora de la fietta,
“záfate, negro,
no sea relambío,
¡Date tu lugá!”
Y en la mesa del
banquete
el negro e’ un invitao
a la cosina.
El negro
sonríe,
“Ta bien.”
Y duda el moreno
“Ta bien…”
Y baja la bemba,
“Ta bien…”
¿Compañero?
Beremo…
¿Camarada?
Lo dudo…
¿Compañero?
Pue’
ser…
El que te reclama
tiene la piel blanca
pero es hombre rojo…
Ese ‘e otro cantar…
—
¡Ah!
Lo que teme este negro a
quien el blanco convoca
como compañero, ya lo
había sufrido antes el
negro de Cuba.
Carlos Manuel de
Céspedes, en el mismo
momento en que se alza
en armas contra el
régimen colonial
español, libera a sus
esclavos y los invita a
combatir por la que
deberá ser la patria de
todos los cubanos, de
blancos y de negros.
Cuando, casi 30 años
después, Martí convoca a
continuar la guerra por
la independencia, coloca
la condición de cubano
por encima de cualquier
distinción racial,
ahondando en la
perspectiva
integracionista del
Padre de la Patria.
Negros y mulatos, así
como los cimarrones
“apalencados”,
participaron masivamente
en las luchas por la
independencia. Entre
ellos hay mambises de la
mayor envergadura,
empezando por el mulato
Antonio Maceo, el mayor
de los generales
cubanos.
Pero la república “con
todos y para el bien de
todos” prevista por
Martí, emerge en 1902
desnaturalizada por la
intervención
norteamericana de 1898.
Habían desaparecido José
Martí y Antonio Maceo.
Además del Titán, habían
muerto los restantes
grandes líderes negros
del mambisado: José
Maceo, Flor Crombet,
Guillermón Moncada.
Quintín Banderas,
general de las tres
guerras, ya en su vejez,
le solicitó a Estrada
Palma una pensión de
ciento y tantos pesos,
que el Presidente le
negó y le ofreció, en
cambio, un puesto de
cartero, lo que humilló
hondamente al general.
Banderas estuvo entre
los alzados de 1906
contra la extensión del
mandato presidencial de
Estrada Palma: fue
sorprendido durmiendo y
muerto a machetazos por
los soldados del
gobierno.
Fueron los interventores
quienes establecieron
las primeras normas
discriminatorias en
Cuba, que fueron bien
recibidas por la
burguesía cubana,
heredera del racismo
decimonónico que, con la
esclavitud, había sido
el instrumento de la
consolidación de la
riqueza de sus
ancestros. La naciente
república, que ya no era
la de Martí, no fue
hostil a esas normas
racistas.
La prensa hegemónica
presentaba las
religiones de origen
africano como
manifestaciones de
barbarie que conducían
al delito.
A pesar de ser una
asamblea condicionada
por la intervención y
por ello no
verdaderamente libre, la
Constituyente de 1901
realizó algunos actos
que disgustaron
enormemente al general
Wood.
La Enmienda Platt, cuya
aprobación el
interventor estableció
como requisito para
proclamar la
independencia de Cuba,
fue aprobada solo por un
voto. Disgustó mucho a
Wood que los
constituyentistas
aprobaran la condición
de votantes para hombres
de cualquier color tanto
alfabetizados, como
analfabetos. Wood
pretendía excluir a
quienes no sabían leer,
entre los cuales había
clara mayoría negra,
porque apenas habían
transcurrido 15 años
desde la abolición de la
esclavitud, y los
esclavos escasísimas
veces eran educados.
La república, gobernada
por hombres de la
segunda y tercera filas
del mambisado, pero
también por antiguos
autonomistas y puros
empresarios, no fue muy
diferente en su
discriminación al negro.
El hombre cubano de
color, que había estado
bien presente “a la hora
‘e la pelea’”, en la
independencia tenía que
“darse su lugar”, el que
se le destinaba, que era
el más bajo de la
sociedad.
Las promesas del Partido
Liberal a los hombres de
color, porque en sus
filas militaban con
preferencia los negros y
mulatos, eran muy
generosas a la hora de
las elecciones, pero ahí
quedaban cuando los
políticos ejercían el
poder. Escribía Evaristo
Estenoz, oficial mambí y
fundador de la
Agrupación Independiente
de Color, que en 1908 se
inscribiría como Partido
político:
“Porque a nosotros si se
nos da una escoba o una
chapa de mensajero, se
nos exige que tengamos
los conocimientos de los
señores Gómez o Morúa, o
las heroicidades del
gran Maceo.”1
Estaba aludiendo a las
figuras de Juan
Gualberto Gómez y Martín
Morúa Delgado, las dos
mayores personalidades
de la intelectualidad de
color en los primeros
años de la república y,
por supuesto, al general
Antonio.
Los Independientes
creyeron que su
“protesta armada”
obligaría al presidente
José Miguel Gómez a
negociar, como había
ocurrido con alzamientos
anteriores. Pero esos
otros alzados eran
blancos. El gobierno de
Gómez ordenó al general
Monteagudo la represión
de los alzados, que no
tenían armas para una
guerra, y que fueron
masacrados sobre todo en
la franja negra
oriental, donde fueron
centenares los ultimados
por el ejército. El
Partido Conservador
apoyó resueltamente la
represión ordenada por
los liberales.
El trauma de 1912
reprimió toda acción
independiente de negros
y mulatos y los obligó a
encauzar sus esfuerzos
únicamente a través de
los partidos burgueses
hegemónicos y a
subordinarse a ellos, y
acentuó aún más la
represión y la negación
de los componentes
negros de nuestra
cultura.
La Revolución
antimachadista determinó
el fin del bipartidismo
liberal-conservador, que
se alternaba en el poder
desde 1902.
Consecuencia innegable
de esa Revolución que
apenas se enunció antes
de frustrarse fue, sin
embargo, la Constitución
de 1940, en su momento,
una de las más
progresistas de América.
En ella, por primera
vez, la discriminación
racial era considerada
un delito. Su artículo
20 rezaba:
“Todos los cubanos son
iguales ante la ley. La
república no reconoce
fueros ni privilegios.
[…] Toda discriminación
debido al sexo, raza,
color o clase, y
cualquier otra que
atente contra la
dignidad humana, es
declarada ilegal y
punible.”
Como dice el viejo
refrán español, este
artículo “bien reza y
mal ofrece”, porque la
discriminación se
mantuvo y nunca fue
castigada. De todos
modos, ya al menos
figuraba como delito en
la legislación cubana.
Habría que decir que en
la lucha contra la
discriminación racial el
hombre cubano de color
ha tenido dos opciones:
la alternativa que
llamaremos “negrista” y
la alternativa
“integracionista”.
La alternativa
“negrista” ha sido
francamente minoritaria
en nuestra historia.
Acaso ningún ideólogo la
haya propuesto con más
vehemencia que Juan René
Betancourt, quien tuvo
un cierto protagonismo
en la vida cubana en los
años 50 del pasado siglo
y que, en 1959 publicó
un libro titulado El
negro, ciudadano del
futuro.
Betancourt distinguía
los “líderes negros” de
los “líderes de los
negros”. Para él, estos
últimos eran los que
habían jerarquizado la
lucha por el negro por
encima de cualquier
otra.
Desde su perspectiva,
líderes de los negros,
en Cuba, solo habían
existido dos: José
Antonio Aponte y
Evaristo Estenoz. Ni
Maceo ni Juan Gualberto
Gómez cabían en la
rigurosísima tipología
de Betancourt, porque
habían colocado la
nación, la patria, por
encima de la raza. O, al
menos, al mismo nivel.
Esto es, habían
batallado por Cuba en su
integridad y creyeron
que esa batalla
satisfaría las
necesidades y los
anhelos del cubano de
color.
En torno a la acción
patriótica de Juan
Gualberto, Betancourt es
terminante:
“Terminada la guerra
[los negros] arribaron a
la república
desorganizados, sin
tierras y sin economía.
Y Juan Gualberto fue el
que los condujo, a
través del Directorio de
Sociedades de Color, a
luchar y a morir por una
causa que no era su
causa, por cuanto en
ella no estaba
garantizada e incluida
su propia felicidad.”2
Betancourt no deja de
reconocer la grandeza de
Don Juan. Cita una carta
que, a raíz de la muerte
de José Martí, Julio
Sanguily le escribe
desde su prisión en La
Cabaña:
“El único hombre que
realmente reúne las
condiciones para
sustituir a Martí es
Juan Gualberto Gómez.
Sí, Usted y solo Usted.
Valor, gran
inteligencia, sobrada
instrucción y gran
práctica de las cosas
del mundo. Solo en su
contra en esta sociedad
hoy tan corrompida hay
una cosa: su color.”3
Betancourt ve la causa
de los prejuicios que
desconocieron los
méritos de Gómez en el
hecho de que:
“En
nuestro país, los que
hacen, aplican y
ejecutan las leyes son
los propios
discriminadores. […] Y
a ellos mismos queremos
confiarle la casación de
un mal del cual son
productores
y comitentes.”
Porque Betancourt está
persuadido de que:
“La ley no cambia ni
modifica la realidad,
sino la regula y se
ajusta a ella. La
discriminación forma
parte del medio social y
no hay ley que pueda
desarraigarla. Su razón
de ser estuvo
ayer en la historia que
no puede modificarse, y
hoy en el
desequilibrio económico
entre las dos
razas el cual no puede
la ley superar."4
La ley revolucionaria sí
puede iniciar este
cambio, porque puede
empezar a desaparecer
ese “desequilibrio
económico entre la dos
razas”. Acaso Betancourt
esté pensando, como lo
hizo Rafael Serra hace
cien años, en la
conformación de una
burguesía negra.
Betancourt se proclama
sin ambages “negrista”,
pero la perspectiva más
constante entre los que
en Cuba han combatido la
discriminación racial,
ha sido la
“integracionista”.
Betancourt menciona a
José Antonio Aponte
entre los líderes
negristas. “Más malo que
Aponte”, fue el
slogan del
colonialismo español,
que satanizó la acción
del hombre negro que
protagonizó la primera
insurrección cubana
contra la dominación
española.
Nuestra burguesía
plattista, que
reivindicó la acción del
anexionista Narciso
López como precursora de
muestra independencia,
mantuvo a Aponte en el
más absoluto olvido.
La Revolución Haitiana
influyó, sin duda, en
Aponte, pero un
historiador blanco,
conservador y muy
objetivo en sus
apreciaciones, como
Ramiro Guerra, ve en la
conspiración de Aponte
un proyecto que quería
abolir la esclavitud, la
discriminación racial y
proclamar la
independencia de España,
pero no cree que el
líder negro pretendiera
establecer una república
al estilo de Haití.
Eduardo Torres Cuevas,
por su parte, señala
que:
“... lo que más había
atemorizado de la
conspiración de Aponte
era que, aunque se
presentó como una
conspiración que solo
quería repetir el
fenómeno de Haití, había
sido en realidad
un
movimiento que buscaba
integrar a diversos
sectores sociales, con independencia de la
raza y de la condición
social.”5
Esa perspectiva
integradora se arraiga
en otros líderes negros,
porque creo que ella es
conditio sine qua non
de la afirmación de
la cubanidad. Es la
perspectiva de Maceo y
de Juan Gualberto Gómez.
Como hizo el
colonialismo español con
Aponte, la burguesía
cubana conservadora y
liberal levantó ante los
Independientes de Color
el espantajo de Haití y
presentó la “protesta
armada” como una “guerra
de razas”. Quisiera
citar la memorable
intervención de uno de
los mambises blancos
históricos, Salvador
Cisneros Betancourt,
marqués de Santa Lucía,
expresidente de la
República en Armas,
votante contra la
Enmienda Platt y senador
de la república en 1910,
cuando se opone a la
“Enmienda Morúa”, que
ilegalizó al Partido
Independiente de Color.
Dijo Cisneros Betancourt
en el senado de la
república:
“Yo suplicaría a los
compañeros que han
presentado la enmienda
que la retirasen […]
porque la considero
perjudicial para el
país… Empieza ofendiendo
a la raza negra que no
ha dado motivos para que
se le niegue el
derecho a votar, sea
cual fuere su modo de
pensar. Los negros en la
guerra eran más que los
blancos y jamás hubo
una rebelión de los
negros contra los
blancos…
“Los negros jamás harán
por dividirse de los
blancos, los negros irán
siempre junto con los
blancos y nosotros por
consiguiente les abrimos
las puertas para que
ellos hagan eso. Es por
eso que les pido que
dejemos todo tranquilo
como está, que no
hagamos ninguna ley
contra los
negros, que
quienes forman un
partido integrado por
negros, si nos vencen,
pues bien que ellos
formen el gobierno.”6
Se dice que Estenoz no
apoyaba la protesta
armada de los
Independientes de Color,
pero aceptó
disciplinadamente lo que
había decidido la
mayoría del partido.
El alzamiento, en esos
primeros años de la
república, había sido
una forma de
negociación. El PIC no
quería la guerra que sus
enemigos proclamaron
para aplastarlo. No
estaba preparado para
esa guerra. Quería
negociar y que fuera
abolida la Enmienda
Morúa.
La brutal represión
contra los
Independientes de Color
culminó en el fin del
movimiento, pero
también, en el de la
ascendencia de José
Miguel Gómez sobre
negros y mulatos
cubanos, quien pierde la
reelección en 1913,
cuando emerge como
presidente el general
Mario García Menocal,
conservador, seguramente
como consecuencia de la
abstención del cubano de
color en esas
elecciones.
Una época está
terminando. El gran
culturólogo que ha
devenido el abogado
blanco Fernando Ortiz,
expondrá en sucesivas y
terminantes obras la
enorme significación de
las diversas culturas
negras llegadas a Cuba
desde África, en la
conformación de lo que
él mismo llamará la “cubanidad”.
Ortiz escribirá
permanentemente sobre lo
que llama la cultura
“blanquinegra” cubana.
El narrador y musicólogo
blanco Alejo Carpentier
arremeterá en un famoso
artículo contra la
perspectiva conservadora
del gran músico cubano
Eduardo Sánchez de
Fuentes, quien negaba la
cubanía de
manifestaciones como la
rumba, que acusaban la
huella africana. Acaso
no se había estudiado
bien la habanera, y el
autor de la más famosa
de ellas, “Tú”, no sabía
que la huella de África
estaba también en su
obra. El joven músico
mulato Amadeo Roldán
presentará en 1925 su
“Obertura sobre ritmos
cubanos” que sinfoniza
por vez primera esos
ritmos negros.
Carpentier, aun en sus
umbrales de gran
narrador, publicará la
novela negrista ¡Ecué
Yamba-O!, en
1933.
El más importante
escritor mulato de la
nueva generación,
Nicolás Guillén,
construye una poesía que
llama mulata y que es,
dice, igual que Cuba.
Guillén es portador de
una tradición
integracionista que
viene de Martí a Juan
Gualberto, de Juan
Gualberto a Lino Dou y
de ahí al poeta, que
afirma la blanquinegra
cultura cubana. Guillén
especifica la diferencia
entre lo negro y lo
mulato (que son iguales
en la perspectiva
racista norteamericana),
porque sabe que no se
puede desconocer la
huella española en
nuestra cultura. Al
resultado de esa fusión
(“todo mezclado”) es a
lo que llamará “color
cubano”.
Guillén, militante
comunista desde sus 35
años, cree que es la
revolución socialista la
que puede producir
realmente el fin de la
discriminación racial en
Cuba.
El libro que publica en
1964 se llama Tengo
y es su celebración de
la triunfante Revolución
Cubana. En el poema que
da título al libro,
escribe:
Tengo,
vamos a ver,
que
siendo un negro
nadie
me puede detener
a
la puerta de un dancing
o de un bar.
O
bien en la carpeta de un
hotel
gritarme
que no hay pieza
una mínima pieza y
no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde
yo pueda descansar.
Parecía que la
discriminación racial
había terminado.
Guillén no vivió lo
suficiente —pese a que
vivió 87 años— para
escucharle decir a Fidel
Castro, en un Congreso
de escritores y artistas
convocado después de su
muerte, que la
discriminación racial
todavía existía en Cuba.
Eran años en que Cuba
resistía las
consecuencias de la
desaparición de la Unión
Soviética, que implicó
una honda crisis de su
economía y se
enfatizaron otra vez
ciertas desigualdades.
Tengo un compañero que
ha dicho, alguna vez,
que está harto de ver
cómo termina la Guerra
de los Diez Años y el
negro sigue
discriminado; se
establece la república,
y el negro sigue
discriminado; llega la
Revolución Socialista y
todavía sobrevive la
discriminación racial.
Pareciera que mi amigo
está aproximándose al
criterio de Betancourt,
que veía a Juan
Gualberto Gómez instando
al hombre7
cubano de color a luchar
por una causa que no era
la suya. Pero creo que
él sabe que no es así.
Los logros del ser
humano no se consiguen
de golpe, y la
desesperación no los
acerca. Desde los
inicios de su batalla
contra la esclavitud, el
pensamiento
antidiscriminatorio y su
praxis han avanzado
enormemente.
A pesar de los pesares,
no fue la misma la
situación del negro en
la mutilada república de
1902, que en tiempos de
la dominación colonial;
no es la misma la
situación actual del
hombre cubano de color,
que en los primeros años
del siglo XX.
Juan René Betancourt
afirma que Juan
Gualberto le pedía al
negro cubano su
“aculturación”, esto es,
el abandono de su
cultura negra y la
asunción de la cultura
del blanco. Creo que
Betancourt exagera,
incluso para la
perspectiva de un mulato
matancero educado en
París, como fue Juan
Gualberto.
En cualquier caso, en la
Cuba del siglo XXI, lo
que hay que pedirle al
negro es la
transculturación, como
hay que exigírsela al
blanco. Hay que enseñar
la cultura española, la
moderna cultura
universal y, del mismo
modo, hay que enseñar en
las escuelas las
culturas africanas que
contribuyeron a
conformar la cubana, y
sentirnos orgullosos de
esa herencia.
Hay que hacer
“activismo” integrador,
porque la discriminación
puede prohibirse por la
ley, pero mientras
exista el prejuicio en
la mente del hombre,
este se enmascarará para
ejercer subrepticiamente
la discriminación.
Mientras más se
erradiquen los
prejuicios, mucho más
difícil y mucho menos
frecuente será el
ejercicio de la
discriminación.
No creo, como piensa
algún compañero, que
debe prestarse
programáticamente mayor
atención económica a los
afrodescendientes pobres
que a los blancos
pobres. Creo que esa
atención debe darse a
todos los pobres cubanos
y que el programa de
actualización económica
que actualmente se
impulsa, debe tener
entre sus metas la
eliminación de la
pobreza en el país.
Hasta ahora hemos
tendido a eliminar la
riqueza, a veces tomando
por riqueza posiciones
económicas que realmente
no clasifican como tal.
Creo que la única línea
de trabajo posible es la
“integracionista”: la de
Aponte, la de Céspedes,
la de Martí, la de
Maceo, la de Juan
Gualberto, la de Estenoz,
la de Fernando Ortiz, la
de Carpentier, la de
Guillén, la de Fidel.
Tenemos que impulsarla
negros, mulatos y
blancos.
Notas:
4-Ídem.
|