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En los días 16,
23 y 30 de junio
de 1961, en
La
Habana, en el
Salón de Actos
de la Biblioteca
Nacional,
se efectuaron reuniones en las
que participaron
las figuras más
representativas
de la
intelectualidad
cubana. Ante
el Presidente de
la República,
Dr. Osvaldo Dorticós
Torrado, el
Primer Ministro,
Dr. Fidel
Castro Ruz, el
Ministro de
Educación, Dr.
Armando Hart
Dávalos,
los miembros del
Consejo Nacional
de Cultura y
otras figuras
representativas
del Gobierno
revolucionario,
artistas
y escritores
discutieron y
expusieron
ampliamente sus
puntos de vista
sobre distintos
aspectos
relacionados con
la posibilidad
de creación y la
vida
cultural del
país.
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Compañeros y
Compañeras:
Después de tres sesiones
en las que se
discutieron distintos
problemas relacionados
con la cultura y el
trabajo creador; en las
que se plantearon muchas
cuestiones interesantes
y se expresaron los
diferentes criterios
representados, nos toca
a nosotros cubrir
nuestro turno. No lo
haremos como la persona
más autorizada para
hablar sobre la materia,
pero sí, tratándose de
una reunión de ustedes y
nosotros, por la
necesidad de que
expresemos aquí algunos
puntos de vista.
Teníamos mucho interés
en estas discusiones, y
creo que lo hemos
demostrado con eso que
podría llamarse «una
gran paciencia». Pero en
realidad no ha sido
necesario realizar un
esfuerzo heroico porque,
para nosotros, ha sido
una discusión
instructiva y diría
sinceramente que también
ha resultado amena.
Desde luego que en este
tipo de discusión no
somos nosotros, los
hombres de Gobierno, los
más aventajados para
opinar sobre cuestiones
en las cuales ustedes se
han especializado. Por
lo menos... este es mi
caso.
El hecho de ser hombres
de Gobierno y agentes de
esta Revolución no
quiere decir que estamos
obligados (aunque acaso
lo estemos) a ser
peritos en todas las
materias. Es posible que
si hubiésemos llevado a
muchos de los compañeros
que han hablado aquí a
alguna reunión del
Consejo de Ministros a
discutir los problemas
con los cuales estamos
más familiarizados, se
habrían visto en una
situación similar a la
nuestra.
Nosotros hemos sido
agentes de esta
Revolución, de la
Revolución
económico-social que
está teniendo lugar en
Cuba. A su vez esa
Revolución económica y
social tiene que
producir inevitablemente
también una Revolución
cultural en nuestro
País.
Por nuestra parte hemos
tratado de hacer algo
(quizás en los primeros
instantes de la
Revolución había otros
problemas más urgentes
que atender). Podríamos
hacernos también una
autocrítica al afirmar
que habíamos dejado un
poco de lado la
discusión de una
cuestión tan importante
como esta. No quiere
decir que la habíamos
olvidado del todo; esta
discusión —que quizás el
incidente a que se ha
hecho referencia aquí
reiteradamente
contribuyó a acelerar—,
ya estaba en la mente
del Gobierno. Desde
hacía meses teníamos el
propósito de convocar a
una reunión como esta
para analizar el
problema cultural. Los
acontecimientos se han
ido sucediendo y sobre
todo los últimos fueron
la causa de que no se
hubiese efectuado con
anterioridad. Sin
embargo, el Gobierno
Revolucionario había ido
tomando algunas medidas
que expresaban nuestra
preocupación por ese
problema. Algo se ha
hecho y varios
compañeros del Gobierno
en más de una ocasión
han insistido en la
cuestión. Por lo pronto
puede decirse que la
Revolución en sí misma
trajo ya algunos cambios
en el ambiente cultural;
las condiciones de
trabajo de los artistas
han variado.
Yo creo que aquí se ha
insistido un poco en
algunos aspectos
pesimistas; creo que
aquí ha habido una
preocupación que se va
más allá de cualquier
justificación real sobre
este problema. Casi no
se ha insistido en la
realidad de los cambios
que han ocurrido con
relación al ambiente y a
las condiciones actuales
de los artistas y de los
escritores. Comparándolo
con el pasado es
incuestionable que los
artistas y escritores
cubanos no se pueden
sentir como en el pasado
y que las condiciones
del pasado eran
verdaderamente
deprimentes en nuestro
País para los artistas y
escritores. Si la
Revolución comenzó
trayendo en sí misma un
cambio profundo en el
ambiente y en las
condiciones, ¿por qué
recelar de que la
Revolución que nos trajo
esas nuevas condiciones
para trabajar pueda
ahogar esas condiciones?
¿Por qué recelar de que
la Revolución vaya
precisamente a liquidar
esas condiciones que ha
traído consigo?
Es cierto que aquí se
está discutiendo un
problema que no es un
problema sencillo. Es
cierto que todos
nosotros tenemos el
deber de analizarlo
cuidadosamente. Esto es
una obligación tanto de
ustedes como de
nosotros. No es un
problema sencillo puesto
que es un problema que
se ha planteado muchas
veces y se ha planteado
en todas las
revoluciones. Es una
madeja, pudiéramos
decir, bastante enredada
y nada fácil de
desenredar. Es un
problema que tampoco
nosotros vamos
fácilmente a resolver.
Los distintos compañeros
que han hablado
expresaron aquí un
sinnúmero de puntos de
vista y los expresaron
con sus argumentos. El
primer día había un poco
de temor a entrar en el
tema y por eso fue
necesario que nosotros
les pidiéramos a los
compañeros que abordaran
el tema; que aquí cada
cual dijera lo que le
inquietaba.
En el fondo, si no nos
hemos equivocado, el
problema fundamental que
flotaba aquí en el
ambiente era el problema
de la libertad para la
creación artística.
También cuando han
visitado a nuestro País
distintos escritores,
sobre todo escritores
políticos abordaron esta
cuestión más de una vez.
Es indudable que ha sido
un tema discutido en
todos los países donde
han tenido lugar
evoluciones profundas
como la nuestra.
Casualmente, un rato
antes de volver a este
salón, un compañero nos
traía un folleto donde
en la portada o al final
aparece un pequeño
diálogo sostenido por
nosotros con Sartre y
que el compañero
Lisandro Otero recogió,
en el libro que lleva
por título
Conversaciones en la
Laguna (Revolución,
martes 8 de marzo de
1960).
Una cuestión similar nos
planteó en otra ocasión
Wright Mills, el
escritor norteamericano.
Debo confesar que en
cierto sentido estas
cuestiones nos agarraron
un poco desprevenidos.
Nosotros no tuvimos
nuestra conferencia de
Yenan con los artistas y
escritores cubanos
durante la Revolución.
En realidad esta es una
revolución que se gestó
y llegó al Poder en un
tiempo, puede decirse
«record». Al revés de
otras revoluciones, no
tenía todos los
principales problemas
resueltos.
Una de las
características de la
Revolución ha sido, por
eso, la necesidad de
enfrentarse a muchos
problemas
apresuradamente. Y
nosotros somos como la
Revolución, es decir,
que nos hemos
improvisado bastante.
Por eso no puede decirse
que esta Revolución haya
tenido ni la etapa de
gestación que han tenido
otras revoluciones, ni
los dirigentes de la
Revolución la madurez
intelectual que han
tenido los dirigentes de
otras revoluciones.
Nosotros creemos que
hemos contribuido en la
medida de nuestras
fuerzas a los
acontecimientos actuales
de nuestro País.
Nosotros creemos que con
el esfuerzo de todos,
estamos llevando
adelante una verdadera
Revolución y que esa
Revolución se desarrolla
y parece llamada a
convertirse en uno de
los acontecimientos
importantes de este
siglo. Sin embargo, a
pesar de esa realidad,
nosotros que hemos
tenido una participación
importante en esos
acontecimientos, no nos
creemos teóricos de las
revoluciones ni
intelectuales de las
revoluciones. Si los
hombres se juzgan por
sus obras tal vez
nosotros tendríamos
derecho a considerarnos
con el mérito de la obra
que la Revolución en sí
misma significa. Y sin
embargo no pensamos así
y creo que todos
debiéramos tener una
actitud similar,
cualesquiera que
hubiesen sido nuestras
obras. Por meritorias
que puedan parecer
debemos empezar por
situarnos en la posición
honrada de no presumir
que sabemos más que los
demás, de no presumir
que hemos alcanzado todo
lo que se pueda
aprender, de no presumir
que nuestros puntos de
vista son infalibles y
que todos los que no
piensen exactamente
igual están equivocados.
Es decir, que nosotros
debemos situarnos en esa
posición honrada; no de
falsa modestia, sino de
verdadera valoración de
lo que nosotros
conocemos porque si nos
situamos en ese punto,
creo que será más fácil
marchar acertadamente
hacia delante, y que si
todos adoptamos esa
actitud tanto ustedes
como nosotros,
desaparecerán actitudes
personales y
desaparecerá esa cierta
dosis de personalismo
que ponemos en el
análisis de los
problemas. En realidad,
¿qué sabemos nosotros?
Nosotros todos estamos
aprendiendo. En
realidad, todos tenemos
mucho que aprender y no
hemos venido aquí a
enseñar; nosotros hemos
venido también a
aprender.
Había ciertos miedos en
el ambiente y algunos
compañeros han expresado
esos temores.
Al escucharlos teníamos
a veces la impresión de
que estábamos soñando un
poco. Teníamos la
impresión de que
nosotros no habíamos
acabado de poner bien
los pies sobre la
tierra. Porque si alguna
preocupación, si algún
temor, nos embargan hoy,
es con respecto a la
Revolución misma. La
gran preocupación que
todos nosotros debemos
tener es la Revolución
en sí misma. ¿O es que
nosotros creemos que
hemos ganado ya todas
las batallas
revolucionarias? ¿Es que
nosotros creemos que la
Revolución no tiene
peligros? ¿Cuál debe ser
hoy la primera
preocupación de todo
ciudadano? ¿La
preocupación de que la
Revolución vaya a
desbordar sus medidas,
de que la Revolución
vaya a asfixiar el arte,
de que la Revolución
vaya a asfixiar el genio
creador de nuestros
ciudadanos, o la
preocupación de todos no
ha de ser la Revolución
misma? ¿Los peligros
reales o imaginarios que
puedan amenazar el
espíritu creador o los
peligros que puedan
amenazar a la Revolución
misma?... No se trata de
que nosotros vayamos a
invocar este peligro
como un simple
argumento; nosotros
señalamos que el estado
de ánimo de todos los
ciudadanos del País y
que el estado de ánimo
de todos los escritores
y artistas
revolucionarios, o de
todos los escritores y
artistas que comprenden
y justifican a la
Revolución, debe ser:
¿qué peligros pueden
amenazar a la Revolución
y qué podemos hacer por
ayudar a la Revolución?
Nosotros creemos que la
Revolución tiene todavía
muchas batallas que
librar, y nosotros
creemos que nuestro
primer pensamiento y
nuestra primera
preocupación deben ser:
¿qué hacemos para que la
Revolución salga
victoriosa? Porque lo
primero es eso: lo
primero es la Revolución
misma y después,
entonces, preocuparnos
por las demás
cuestiones. Esto no
quiere decir que las
demás cuestiones no
deban preocuparnos, pero
que en el ánimo nuestro,
tal como es al menos el
nuestro, nuestra
preocupación fundamental
ha de ser la Revolución.
El problema que aquí se
ha estado discutiendo y
vamos a abordar, es el
problema de la libertad
de los escritores y de
los artistas para
expresarse.
El temor que aquí ha
inquietado es si la
Revolución va a ahogar
esa libertad; es si la
Revolución va a sofocar
el espíritu creador de
los escritores y de los
artistas.
Se habló aquí de la
libertad formal. Todo el
mundo estuvo de acuerdo
en que se respete la
libertad formal. Creo
que no hay duda acerca
de este problema.
La cuestión se hace más
sutil y se convierte
verdaderamente en el
punto esencial de la
discusión cuando se
trata de la libertad de
contenido. Es el punto
más sutil porque es el
que está expuesto a las
más diversas
interpretaciones. El
punto más polémico de
esta cuestión es: si
debe haber o no una
absoluta libertad de
contenido en la
expresión artística. Nos
parece que algunos
compañeros defienden ese
punto de vista. Quizás
por temor a eso que
estimaron prohibiciones,
regulaciones,
limitaciones, reglas,
autoridades, para
decidir sobre la
cuestión.
Permítanme decirles en
primer lugar que la
Revolución defiende la
libertad; que la
Revolución ha traído al
País una suma muy grande
de libertades; que la
Revolución no puede ser
por esencia enemiga de
las libertades; que si
la preocupación de
alguno es que la
Revolución vaya a
asfixiar su espíritu
creador, que esa
preocupación es
innecesaria, que esa
preocupación no tiene
razón de ser.
¿Dónde puede estar la
razón de ser de esa
preocupación? Sólo puede
preocuparse
verdaderamente por este
problema quien no esté
seguro de sus
convicciones
revolucionarias. Puede
preocuparse por este
problema quien tenga
desconfianza acerca de
su propio arte; quien
tenga desconfianza
acerca de su verdadera
capacidad para crear. Y
cabe preguntarse si un
revolucionario
verdadero, si un artista
o intelectual que sienta
la Revolución y que esté
seguro de que es capaz
de servir a la
Revolución, puede
plantearse este
problema; es decir, el
si la duda cabe para los
escritores y artistas
verdaderamente
revolucionarios. Yo
considero que no; que el
campo de la duda queda
para los escritores y
artistas que sin ser
contrarrevolucionarios
no se sienten tampoco
revolucionarios.
(APLAUSOS).
Y es correcto que un
escritor y artista que
no sienta verdaderamente
como revolucionario se
plantee ese problema; es
decir, que un escritor y
artista honesto, que sea
capaz de comprender toda
la razón de ser y la
justicia de la
Revolución sin
incorporarse a ella se
plantee este problema.
Porque el revolucionario
pone algo por encima de
todas las demás
cuestiones; el
revolucionario pone algo
por encima aun de su
propio espíritu creador:
pone la Revolución por
encima de todo lo demás
y el artista más
revolucionario sería
aquel que estuviera
dispuesto a sacrificar
hasta su propia vocación
artística por la
Revolución. (APLAUSOS).
Nadie ha supuesto nunca
que todos los hombres, o
todos los escritores, o
todos los artistas
tengan que ser
revolucionarios, como
nadie puede suponer que
todos los hombres o
todos los
revolucionarios tengan
que ser artistas, ni
tampoco que todo hombre
honesto, por el hecho de
ser honesto, tenga que
ser revolucionario. Ser
revolucionario es
también una actitud ante
la vida, ser
revolucionario es
también una actitud ante
la realidad existente, y
hay hombres que se
resignan a esa realidad,
hay hombres que se
adaptan a esa realidad y
hay hombres que no se
pueden resignar ni
adaptar a esa realidad y
tratan de cambiarla, por
eso son revolucionarios.
Pero puede haber hombres
que se adapten a esa
realidad y ser hombres
honestos, sólo que su
espíritu no es un
espíritu revolucionario;
sólo que su actitud ante
la realidad no es una
actitud revolucionaria.
Y puede haber, por
supuesto, artistas y
buenos artistas, que no
tengan ante la vida una
actitud revolucionaria y
es precisamente para ese
grupo de artistas e
intelectuales para
quienes la Revolución en
sí constituye un hecho
imprevisto, un hecho
nuevo, un hecho que
incluso puede afectar su
ánimo profundamente. Es
precisamente para ese
grupo de artistas y de
intelectuales que la
Revolución puede
constituir un problema.
Para un artista o
intelectual mercenario,
para un artista o
intelectual deshonesto,
no sería nunca un
problema; ese sabe lo
que tiene que hacer, ese
sabe lo que le interesa,
ese sabe hacia dónde
tiene que marchar. El
problema existe
verdaderamente para el
artista o el intelectual
que no tiene una actitud
revolucionaria ante la
vida y que, sin embargo,
es una persona honesta.
Claro está que quien
tiene esa actitud ante
la vida, sea o no sea
revolucionario, sea o no
sea artista, tiene sus
fines, tiene sus
objetivos y todos
nosotros podemos
preguntarnos sobre esos
fines y esos objetivos.
Para el revolucionario
esos fines y objetivos
se dirigen hacia el
cambio de la realidad;
esos fines y objetivos
se dirigen hacia la
redención del hombre. Es
precisamente el hombre,
el semejante, la
redención de sus
semejantes, lo que
constituye el objetivo
de los revolucionarios.
Si a los revolucionarios
nos preguntan qué es lo
que más nos importa,
nosotros diremos: el
pueblo y siempre diremos
el pueblo. El pueblo en
su sentido real, es
decir, esa mayoría del
pueblo que ha tenido que
vivir en la explotación
y en el olvido más
cruel. Nuestra
preocupación fundamental
siempre serán las
grandes mayorías del
pueblo, es decir, las
clases oprimidas y
explotadas del pueblo.
El prisma a través del
cual nosotros lo miramos
todo, es ése: para
nosotros será bueno lo
que sea bueno para
ellas; para nosotros
será noble, será bello y
será útil, todo lo que
sea noble, sea útil y
sea bello para ellas. Si
no se piensa así, si no
se piensa por el pueblo
y para el pueblo, es
decir, si no se piensa y
no se actúa para esa
gran masa explotada del
pueblo, para esa gran
masa a la que se desea
redimir, entonces,
sencillamente, no se
tiene una actitud
revolucionaria.
Al menos ése es el
cristal a través del
cual nosotros analizamos
lo bueno, lo útil y lo
bello de cada acción.
Comprendemos que debe
ser una tragedia cuando
alguien entienda esto y
sin embargo tenga que
reconocerse incapaz de
luchar por ello.
Nosotros somos o creemos
ser hombres
revolucionarios. Quien
sea más artista que
revolucionario, no puede
pensar exactamente igual
que nosotros. Nosotros
luchamos por el pueblo y
no padecemos ningún
conflicto porque
luchamos por el pueblo y
sabemos que podemos
lograr los propósitos de
nuestras luchas. El
pueblo es la meta
principal. En el pueblo
hay que pensar primero
que en nosotros mismos y
esa es la única actitud
que puede definirse como
una actitud
verdaderamente
revolucionaria. Y para
aquellos que no puedan
tener o no tengan esa
actitud, pero que son
personas honradas, es
para quienes existe el
problema a que hacíamos
referencia, y de la
misma manera que para
ellos la Revolución
constituye un problema,
ellos constituyen
también para la
Revolución un problema
del cual la Revolución
debe preocuparse.
Aquí se señaló, con
acierto, el caso de
muchos escritores y
artistas que no eran
revolucionarios, pero
que sin embargo eran
escritores y artistas
honestos, que además
querían ayudar a la
Revolución, que además a
la Revolución le
interesaba su ayuda; que
querían trabajar para la
Revolución y que a su
vez a la Revolución le
interesaba que ellos
aportaran sus
conocimientos y su
esfuerzo en beneficio de
la misma.
Es más fácil apreciar
esto cuando se analizan
los casos peculiares y
entre esos casos
peculiares hay muchos
que no es fácil
analizar. Pero aquí
habló un escritor
católico. Planteó lo que
a él le preocupaba y lo
dijo con toda claridad.
Él preguntó si podía
hacer una interpretación
desde su punto de vista
idealista de un problema
determinado o si él
podía escribir una obra
defendiendo esos puntos
de vista. Él preguntó
con toda franqueza si
dentro de un régimen
revolucionario él podía
expresarse de acuerdo
con esos sentimientos.
Planteó el problema en
una forma que puede
verse como simbólica.
A él lo que le
preocupaba era saber si
podía escribir de
acuerdo con esos
sentimientos o de
acuerdo con esa
ideología que no era
precisamente la
ideología de la
Revolución. Que él
estaba de acuerdo con la
Revolución en las
cuestiones económicas o
sociales, pero que tenía
una posición filosófica
distinta de la filosofía
de la Revolución. Y ese
es un caso digno de
tenerse muy en cuenta,
porque es precisamente
un caso representativo
del género de escritores
y de artistas que
muestran una disposición
favorable hacia la
Revolución y desean
saber qué grado de
libertad tienen dentro
de las condiciones
revolucionarias, para
expresarse de acuerdo
con sus sentimientos.
Ese es el sector que
constituye para la
Revolución un problema,
de la misma manera que
la Revolución constituye
para ellos un problema y
es deber de la
Revolución preocuparse
por esos casos; es deber
de la Revolución
preocuparse por la
situación de esos
artistas y de esos
escritores, porque la
Revolución debe tener la
aspiración de que no
sólo marchen junto a
ella todos los
revolucionarios, todos
los artistas e
intelectuales
revolucionarios. Es
posible que los hombres
y las mujeres que tengan
una actitud realmente
revolucionaria ante la
realidad no constituyan
el sector mayoritario de
la población; los
revolucionarios son la
vanguardia del pueblo,
pero los revolucionarios
deben aspirar a que
marche junto a ellos
todo el pueblo; la
Revolución no puede
renunciar a que todos
los hombres y mujeres
honestos, sean o no
escritores o artistas,
marchen junto a ella; la
Revolución debe aspirar
a que todo el que tenga
dudas se convierta en
revolucionario. La
Revolución debe tratar
de ganar para sus ideas
la mayor parte del
pueblo; la Revolución
nunca debe renunciar a
contar con la mayoría
del pueblo; a contar, no
sólo con los
revolucionarios, sino
con todos los ciudadanos
honestos que aunque no
sean revolucionarios, es
decir, que aunque no
tengan una actitud
revolucionaria ante la
vida, estén con ella. La
Revolución sólo debe
renunciar a aquellos que
sean incorregiblemente
reaccionarios, que sean
incorregiblemente
contrarrevolucionarios.
Y la Revolución tiene
que tener una política
para esa parte del
pueblo; la Revolución
tiene que tener una
actitud para esa parte
de los intelectuales y
de los escritores. La
Revolución tiene que
comprender esa realidad
y, por lo tanto, debe
actuar de manera que
todo ese sector de
artistas y de
intelectuales que no
sean genuinamente
revolucionarios,
encuentre dentro de la
Revolución un campo
donde trabajar y crear y
que su espíritu creador,
aun cuando no sean
escritores o artistas
revolucionarios, tenga
oportunidad y libertad
para expresarse, dentro
de la Revolución. Esto
significa que dentro de
la Revolución, todo;
contra la Revolución
nada. Contra la
Revolución nada, porque
la Revolución tiene
también sus derechos y
el primer derecho de la
Revolución es el derecho
a existir y frente al
derecho de la Revolución
de ser y de existir,
nadie. Por cuanto la
Revolución comprende los
intereses del pueblo,
por cuanto la Revolución
significa los intereses
de la Nación entera,
nadie puede alegar con
razón un derecho contra
ella.
Creo que esto es bien
claro. ¿Cuáles son los
derechos de los
escritores y de los
artistas revolucionarios
o no revolucionarios?
Dentro de la Revolución:
todo; contra la
Revolución ningún
derecho. (APLAUSOS).
Y esto no sería ninguna
ley de excepción para
los artistas y para los
escritores. Este es un
principio general para
todos los ciudadanos. Es
un principio fundamental
de la Revolución. Los
contrarrevolucionarios,
es decir, los enemigos
de la Revolución, no
tienen ningún derecho
contra la Revolución,
porque la Revolución
tiene un derecho: el
derecho de existir, el
derecho a desarrollarse
y el derecho a vencer y
¿quién pudiera poner en
duda ese derecho de un
pueblo que ha dicho:
PATRIA O MUERTE, es
decir, la Revolución
o la muerte?
La existencia de la
Revolución o nada; de
una Revolución que ha
dicho: VENCEREMOS, es
decir, que se ha
planteado muy seriamente
un propósito y por
respetables que sean los
razonamientos personales
de un enemigo de la
Revolución, mucho más
respetables son los
derechos y las razones
de una Revolución tanto
más cuanto una
Revolución es un proceso
histórico, cuanto una
Revolución no es ni
puede ser obra del
capricho o de la
voluntad de ningún
hombre, cuanto una
Revolución sólo puede
ser obra de la necesidad
y de la voluntad de un
pueblo, y frente a los
derechos de todo un
pueblo, los derechos de
los enemigos de ese
pueblo no cuentan.
Cuando hablábamos de los
casos extremos, nosotros
lo hacíamos
sencillamente para
expresar con más
claridad nuestras ideas.
Ya dije que entre esos
casos extremos hay una
gran variedad de
actitudes mentales y hay
también una gran
variedad de
preocupaciones. No
significa necesariamente
que albergar alguna
preocupación signifique
no ser revolucionario.
Nosotros hemos tratado
de definir actitudes
esenciales.
La Revolución no puede
pretender asfixiar el
arte o la cultura cuando
una de las metas y uno
de los propósitos
fundamentales de la
Revolución es
desarrollar el arte y la
cultura, precisamente
para que el arte y la
cultura lleguen a ser un
real patrimonio del
pueblo. Y al igual que
nosotros hemos querido
para el pueblo una vida
mejor en el orden
material, queremos para
el pueblo una vida mejor
también en todos los
órdenes espirituales;
queremos para el pueblo
una vida mejor en el
orden cultural. Y lo
mismo que la Revolución
se preocupa por el
desarrollo de las
condiciones y de las
fuerzas que permitan al
pueblo la satisfacción
de todas sus necesidades
materiales, nosotros
queremos desarrollar
también las condiciones
que permitan al pueblo
la satisfacción de todas
sus necesidades
culturales.
¿Que el pueblo tiene un
nivel bajo de cultura?
¿Que un alto porcentaje
del pueblo no sabe leer
ni escribir? También un
porcentaje alto del
pueblo pasa hambre o al
menos vive o vivía en
condiciones duras. Vivía
en condiciones de
miseria. Una parte del
pueblo carece de un gran
número de bienes
materiales que le son
indispensables y
nosotros tratamos de
propiciar las
condiciones necesarias
para que todos esos
bienes materiales
lleguen al pueblo.
De la misma manera
debemos propiciar las
condiciones necesarias
para que todos esos
bienes culturales
lleguen al pueblo. No
quiere decir eso que el
artista tenga que
sacrificar el valor de
sus creaciones, y que
necesariamente tenga que
sacrificar su calidad.
Quiere decir que tenemos
que luchar en todos los
sentidos para que el
creador produzca para el
pueblo y el pueblo a su
vez eleve su nivel
cultural a fin de
acercarse también a los
creadores. No se puede
señalar una regla de
carácter general; todas
las manifestaciones
artísticas no son
exactamente de la misma
naturaleza, y a veces
hemos planteado aquí las
cosas como si todas las
manifestaciones
artísticas fuesen
exactamente de la misma
naturaleza. Hay
expresiones del espíritu
creador que por su
propia naturaleza pueden
ser mucho más asequibles
al pueblo que otras
manifestaciones del
espíritu creador. Por
eso no se puede señalar
una regla general,
porque ¿en qué expresión
artística es que el
artista tiene que ir al
pueblo y en cuál el
pueblo tiene que ir al
artista?, ¿se puede
hacer una afirmación de
carácter general en ese
sentido? No. Sería una
regla demasiado simple.
Hay que esforzarse en
todas las
manifestaciones por
llegar al pueblo, pero a
su vez hay que hacer
todo lo que esté al
alcance de nuestras
manos para que el pueblo
pueda comprender cada
vez más y mejor. Creo
que ese principio no
contradice las
aspiraciones de ningún
artista; y mucho menos
si se tiene en cuenta
que los hombres deben
crear para sus
contemporáneos.
No se diga que hay
artistas que viven
pensando en la
posteridad, porque,
desde luego, sin el
propósito de considerar
nuestro juicio infalible
ni mucho menos, creo que
quien así proceda se
está autosugestionando.
(APLAUSOS).
Y eso no quiere decir
que quien trabaje para
sus contemporáneos tenga
que renunciar a la
posteridad de su obra
porque, precisamente
creando para sus
contemporáneos,
independientemente
incluso de que sus
contemporáneos lo hayan
comprendido o no, es
como las obras han
adquirido un valor
histórico y un valor
universal. Nosotros no
estamos haciendo una
Revolución para las
generaciones venideras,
nosotros estamos
haciendo una Revolución
con esta generación y
por esta generación,
independientemente de
que los beneficios de
esta obra beneficien a
las generaciones
venideras y se convierta
en un acontecimiento
histórico. Nosotros no
estamos haciendo una
Revolución para la
posteridad; esta
Revolución pasará a la
posteridad porque es una
Revolución para ahora y
para los hombres y las
mujeres de ahora.
(APLAUSOS).
¿Quién nos seguiría a
nosotros si estuviésemos
haciendo una Revolución
para las generaciones
venideras?
Trabajamos y creamos
para nuestros
contemporáneos sin que
eso le quite a ninguna
creación artística el
mérito de aspirar a la
eternidad.
Estas son verdades que
todos debemos analizar
con honradez. Y creo que
hay que partir de
ciertas verdades
fundamentales para no
sacar conclusiones
erróneas. Y no vemos
nosotros que haya motivo
de preocupaciones para
ningún artista o
escritor honrado.
Nosotros no somos
enemigos de la libertad.
Nadie aquí es enemigo de
la libertad. ¿A quién
tememos?, ¿qué autoridad
es la que tememos que
vaya a asfixiar nuestro
espíritu creador? ¿O es
que tememos a los
compañeros del Consejo
Nacional de Cultura? En
las conversaciones
tenidas con los
compañeros del Consejo
Nacional de Cultura,
hemos observado puntos
de vistas y sentimientos
que son muy ajenos a las
preocupaciones que aquí
se plantearon acerca de
limitaciones, dogales, y
cosas por el estilo,
impuestos al espíritu
creador.
Nuestra conclusión es
que los compañeros del
Consejo Nacional están
tan preocupados como
todos ustedes por que se
logren las mejores
condiciones para que el
espíritu creador de los
artistas y de los
intelectuales se
desarrolle. Es un deber
de la Revolución y del
Gobierno Revolucionario
contar con un órgano
altamente calificado que
estimule, fomente,
desarrolle y oriente,
sí, oriente ese espíritu
creador; lo consideramos
un deber y esto ¿acaso
puede constituir un
atentado al derecho de
los escritores y de los
artistas? ¿Esto puede
constituir una amenaza
al derecho de los
escritores y de los
artistas por el temor de
que se cometa una
arbitrariedad o un
exceso de autoridad? De
la misma manera podemos
albergar el temor que al
pasar por un semáforo el
policía nos agreda. De
la misma manera podemos
albergar el temor a que
el juez nos condene. De
la misma manera podemos
albergar el temor de que
la fuerza existente en
el Poder Revolucionario
cometa un acto de
violencia contra
nosotros.
Es decir, que tendríamos
entonces que
preocuparnos de todas
esas cosas y sin
embargo, la actitud del
ciudadano no es la de
creer que el miliciano
va a disparar contra él,
de que el juez lo va a
sancionar, de que el
Poder va a ejercer la
violencia contra su
persona.
La existencia de una
autoridad en el orden
cultural no significa
que haya una razón para
preocuparse del abuso de
esa autoridad, porque
¿quién es el que quiere
o el que desea que esa
autoridad cultural no
exista? Por el mismo
camino podría aspirar a
que no existiera la
Milicia, que no
existiera la Policía,
que no existiera el
Poder del Estado y que
incluso no existiera el
Estado, y si a alguien
le preocupa tanto que no
exista la menor
autoridad estatal,
entonces, que no se
preocupe, que tenga
paciencia, que ya
llegará el día en que el
Estado tampoco exista.
(APLAUSOS).
Tiene que existir un
Consejo que oriente, que
estimule, que
desarrolle, que trabaje
para crear las mejores
condiciones para el
trabajo de los artistas
y de los intelectuales y
¿quién es el primer
defensor de los
intereses de los
artistas y de los
intelectuales si no ese
mismo Consejo? ¿Quién es
el que propone leyes y
sugiere medidas de
diferente carácter para
elevar esas condiciones,
sino el Consejo Nacional
de Cultura? ¿Quién
propone una Ley de
Imprenta Nacional para
subsanar esas
deficiencias que se han
señalado aquí? ¿Quién
propone la creación del
Instituto de Etnología y
Folklore, sino
precisamente el Consejo
Nacional? ¿Quién aboga
porque se dispongan de
los presupuestos y de
las divisas necesarias
para traer libros que
hace muchos meses que no
entran en el país; para
adquirir material para
que los pintores y los
artistas plásticos
puedan trabajar? ¿Quién
se preocupa por los
problemas económicos, es
decir, por las
condiciones materiales
de los artistas? ¿Qué
organismo es el que se
preocupa por toda una
serie de necesidades
actuales de los
escritores y de los
artistas? ¿Quién
defiende en el seno del
Gobierno los
presupuestos, las
edificaciones y los
proyectos, precisamente
encaminados a elevar el
nivel de las condiciones
en que ustedes vayan a
trabajar? Es
precisamente el Consejo
Nacional de Cultura.
¿Por qué mirar a ese
Consejo con reservas?
¿Por qué mirar a esa
autoridad como una
supuesta autoridad que
va precisamente a hacer
lo contrario, a limitar
nuestras condiciones, a
asfixiar nuestro
espíritu creador?
Se concibe que se
preocuparan de esa
autoridad aquellos que
no tuvieran problemas de
ninguna clase; pero en
realidad quienes puedan
apreciar la necesidad de
toda la gestión y de
todo el trabajo que
tiene que hacer el
Consejo, no lo mirarían
jamás con reserva,
porque el Consejo tiene
también una obligación
con el pueblo y tiene
una obligación con la
Revolución y con el
Gobierno Revolucionario,
que es cumplir los
objetivos para los
cuales fue creado, y
tiene tanto interés en
el éxito de su trabajo
como cada artista lo
tiene en el éxito del
suyo.
No sé si se me quedarán
algunos de los problemas
fundamentales que aquí
se señalaron. Se
discutió mucho el
problema de la película.
Yo no he visto la
película, aunque tengo
deseos de ver la
película, tengo
curiosidad por ver la
película. ¿Que fue
maltratada la película?
En realidad creo que
ninguna película ha
recibido tantos honores
y que ninguna película
se ha discutido tanto.
Aunque nosotros no hemos
visto esa película nos
hemos remitido al
criterio de compañeros
que la han visto, entre
ellos el criterio del
compañero Presidente, el
criterio de distintos
compañeros del Consejo
Nacional de Cultura. De
más está decir que es un
criterio y es una
opinión que merece para
nosotros todo el
respeto; pero hay algo
que creo que no se puede
discutir y es el derecho
establecido por la Ley a
ejercer la función que
en este caso desempeñó
el Instituto del Cine o
la Comisión Revisora.
¿Se discute acaso ese
derecho del Gobierno?
¿Tiene o no tiene
derecho el Gobierno a
ejercer esa función?
Para nosotros, en este
caso, lo fundamental es,
ante todo, precisar si
existía o no existía ese
derecho por parte del
Gobierno, se podrá
discutir la cuestión del
procedimiento, como se
hizo; determinando si no
fue amigable, si pudo
haber sido mejor un
procedimiento de tipo
amistoso; se puede
discutir hasta si fue
justa o no justa la
decisión. Pero hay algo
que yo no creo que
discuta nadie y es el
derecho del Gobierno a
ejercer esa función,
porque si impugnamos ese
derecho entonces
significaría que el
Gobierno no tiene
derecho a revisar las
películas que vayan a
exhibirse ante el
pueblo.
Y creo que ese es un
derecho que no se
discute. Hay además algo
que todos comprendemos
perfectamente: que entre
las manifestaciones de
tipo intelectual o
artístico hay algunas
que tienen una
importancia en cuanto a
la educación del pueblo
o a la formación
ideológica del pueblo,
superior a otros tipos
de manifestaciones
artísticas. Y no creo
que nadie pueda discutir
que uno de esos medios
fundamentales e
importantísimos es el
cine como lo es la
televisión. Y, en
realidad, ¿pudiera
discutirse en medio de
la Revolución el derecho
que tiene el Gobierno a
regular, revisar y
fiscalizar las películas
que se exhiban al
pueblo? ¿Es acaso eso lo
que se está discutiendo?
Y ¿se puede considerar
como una limitación o
una fórmula prohibitiva
el derecho del Gobierno
Revolucionario a
fiscalizar esos medios
de divulgación que tanta
influencia tienen en el
pueblo?
Si nosotros impugnáramos
ese derecho del Gobierno
Revolucionario
estaríamos incurriendo
en un problema de
principios porque negar
esa facultad al Gobierno
Revolucionario sería
negarle al Gobierno su
función y su
responsabilidad, sobre
todo en medio de una
lucha revolucionaria, de
dirigir al pueblo y de
dirigir a la Revolución;
y a veces ha parecido
que se impugnaba ese
derecho del Gobierno y
en realidad si se
impugna ese derecho del
Gobierno nosotros
opinamos que el Gobierno
tiene ese derecho. Y si
tiene ese derecho puede
hacer uso de ese
derecho. Lo puede hacer
equivocadamente, no
pretendemos que el
Gobierno sea infalible.
El Gobierno actuando en
ejercicio de un derecho
o de una función que le
corresponda no tiene que
ser necesariamente
infalible. Pero ¿quién
es el que tiene tantas
reservas con respecto al
Gobierno, quién es el
que tiene tantas dudas,
quién es el que tiene
tantas sospechas, con
respecto al Gobierno
Revolucionario y quién
es el que desconfía
tanto del Gobierno
Revolucionario que aun
cuando estime que está
equivocada una decisión
suya, encuentra un
verdadero motivo de
terror en pensar que el
Gobierno pueda siempre
equivocarse? No estoy
afirmando ni mucho menos
que el Gobierno se haya
equivocado en esa
decisión; lo que estoy
afirmando es que el
Gobierno actuaba en uso
de un derecho. Trato de
situarme en el lugar de
los que trabajaron en
esa película; trato de
situarme en el ánimo de
los que hicieron la
película y trato de
comprender incluso su
pena, su disgusto, su
dolor, de que la
película no se hubiese
exhibido. Cualquiera
puede comprender eso
perfectamente, pero hay
que comprender que se
actuó en uso de un
derecho. Y que fue
criterio que contó con
el respaldo de
compañeros competentes y
compañeros responsables
del Gobierno y que en
realidad no hay razón
fundada para desconfiar
del espíritu de justicia
y de equidad de los
hombres del Gobierno
Revolucionario porque el
Gobierno Revolucionario
no ha dado razones para
que alguien pueda poner
en duda su espíritu de
justicia y de equidad.
No podemos pensar que
seamos perfectos,
incluso no podemos
pensar que seamos ajenos
a pasiones. Pudieran
algunos señalar que
determinados compañeros
del Gobierno sean
apasionados o no sean
ajenos a pasiones; y los
que tal cosa crean
¿pueden verdaderamente
asegurar que ellos
tampoco sean ajenos a
pasiones?
Y ¿se le pueden impugnar
actitudes de tipo
personal a algunos
compañeros sin aceptar
que las opiniones
propias puedan estar
inspiradas también en
actitudes de tipo
personal? Aquí podríamos
decir aquello de que
quien se sienta perfecto
o se sienta ajeno a las
pasiones tire la primera
piedra.
Creo que ha habido
personalismo y pasión en
la discusión. ¿En estas
discusiones no ha habido
personalismo y no ha
habido pasión? ¿Es que
todos vinieron acá
absolutamente despojados
de pasiones y de
personalismos? ¿Es que
todos, absolutamente,
hemos venido despojados
de espíritu de grupo?
¿Es que no ha habido
corrientes y tendencias
dentro de esta
discusión? Eso no se
puede negar. Si un niño
de seis años hubiese
estado sentado aquí, se
habría dado cuenta
también de las distintas
corrientes y de los
distintos puntos de
vista y de las distintas
pasiones que se estaban
confrontando.
Los compañeros han dicho
muchas cosas. Han dicho
cosas interesantes.
Algunos han dicho cosas
brillantes. Todos han
sido muy «eruditos».
Pero por encima de todo
ha habido una realidad,
la realidad misma de la
discusión y la libertad
con que todos han podido
expresarse y defender
sus puntos de vista. La
libertad con que todos
han podido hablar y
exponer aquí sus
criterios en el seno de
una reunión amplia y que
ha sido más amplia cada
día; de una reunión que
nosotros consideramos
como una reunión
positiva; una reunión
donde pudimos disipar
toda una serie de dudas
y de preocupaciones. ¿Y
que ha habido querellas?
¿Quién lo duda? ¿Y que
ha habido guerras y
guerritas aquí entre los
escritores y artistas?
¿Quién lo duda? ¿Y que
ha habido críticas y
supercríticas? ¿Quién lo
duda? ¿Y que algunos
compañeros han ensayado
sus armas y han probado
sus armas a costa de
otros compañeros? ¿Quién
lo duda?
Aquí han hablado los
heridos, expresando su
sentida queja contra lo
que consideraron como
ataques injustos.
Afortunadamente no han
pasado los cadáveres,
sino los heridos.
Incluso compañeros
todavía convalecientes
de las heridas
recibidas. Y algunos de
ellos presentaban como
una evidente injusticia
el que se les hubiese
atacado con cañones de
grueso calibre sin poder
siquiera ripostar el
fuego. ¿Que se han
producido críticas
duras? ¡Quién lo duda! Y
en cierto sentido aquí
se planteó un problema
que no vamos a tener la
pretensión de dilucidar
en dos palabras. Pero
creo que de las cosas
que se plantearon aquí,
una de las más correctas
es que el espíritu de la
crítica debía ser
constructivo, debía ser
positivo y no
destructor. Eso, hasta
lo que nosotros
entendemos. Pero esto,
por lo general, no se
tiene en cuenta. Por
algo la palabra
crítica ha venido a
hacerse sinónimo de
ataque, cuando realmente
no significa semejante
cosa. Cuando a alguien
dicen: «Fulano te
criticó», ese alguien se
enoja antes de preguntar
qué es lo que realmente
se dijo de él. Es decir:
piensa que se le
destruyó. Si, en
realidad, a cualquiera
de nosotros que hemos
estado un poco ajenos a
esos problemas o a esas
luchas —a esos ensayos y
pruebas de armas— nos
explican el caso de
algunos compañeros que
casi han estado al borde
de una depresión
insalvable a causa de
críticas demoledoras
contra ellos dirigidas,
es posible que
simpaticemos con las
víctimas porque tenemos
tendencia a simpatizar
con las víctimas.
Nosotros que,
sinceramente, sólo
deseamos contribuir a la
comprensión y a la unión
de todos, hemos tratado
de evitar palabras que
pudieran herir o
desalentar a nadie; pero
es incuestionable un
hecho: que pueden darse
casos de esas luchas o
controversias en que no
existan igualdad de
condiciones para todos.
Eso, desde el punto de
vista de la Revolución,
no puede ser justo. La
Revolución no le puede
dar armas a unos contra
otros. La Revolución no
le debe dar armas a unos
contra otros y nosotros
creemos que los
escritores y artistas
deben tener todos
oportunidad de
manifestarse. Nosotros
creemos que los
escritores y artistas a
través de su Asociación
deben tener un magazine
cultural, amplio, al que
todos tengan acceso. ¿No
les parece que eso sería
una solución justa? Pero
la Revolución no puede
poner esos recursos en
manos de un grupo; la
Revolución puede y debe
movilizar esos recursos
de manera que puedan ser
ampliamente utilizados
por todos los escritores
y artistas. Ustedes van
a constituir pronto la
Asociación de Artistas,
van a concurrir a un
Congreso. Ese Congreso
debe celebrarse con
espíritu verdaderamente
constructivo y tenemos
confianza en que ustedes
son capaces de
realizarlo con ese
espíritu. De él surgirá
una fuerte Asociación de
Artistas y Escritores a
donde deben acudir todos
con espíritu
verdaderamente
constructivo; porque si
alguien piensa que se le
quiere eliminar; si
alguien piensa que se le
quiere ahogar, nosotros
podremos asegurarle que
está absolutamente
equivocado.
Ya es hora de que
ustedes, organizadamente
contribuyan con todo su
entusiasmo a las tareas
que les corresponden en
la Revolución y
constituyan un organismo
amplio, de todos los
escritores y artistas.
No sé si en el congreso
se discutirán las
cuestiones aquí
planteadas; pero sabemos
que el congreso se va a
reunir, y que sus
trabajos, así como los
que haya de realizar la
Asociación de Escritores
y Artistas, serán buen
tema de conversación
para nuestras próximas
reuniones. Creemos que
debemos volvernos a
reunir; por lo menos
nosotros no quisiéramos
privarnos del placer y
de la utilidad de estas
reuniones, que para
nosotros han constituido
también un motivo de
atención sobre todos
estos problemas. Tenemos
que volvernos a reunir.
¿Qué significa eso? Que
tenemos que seguir
discutiendo estos
problemas. Es decir que
va a haber algo que debe
ser motivo de
tranquilidad para todos
y es conocer el interés
que tiene el Gobierno
por los problemas y al
mismo tiempo la
oportunidad que va a
haber en el futuro, de
discutir en asambleas
amplias todas las
cuestiones. Nos parece
que esto debe ser un
motivo de satisfacción
para los escritores y
para los artistas y con
ello nosotros también
seguiremos tomando
información y
adquiriendo mejores
conocimientos.
El Consejo Nacional de
Cultura debe tener
también otro órgano de
divulgación. Creo que
eso va situando las
cosas en su lugar. Y eso
no se puede llamar
cultura dirigida, ni
asfixia al espíritu
creador artístico.
¿Quién que tenga los
cinco sentidos y además
sea artista de verdad
puede pensar que esto
constituya asfixia del
espíritu creador? La
Revolución quiere que
los artistas pongan el
máximo esfuerzo en favor
del pueblo. Quiere que
pongan el máximo de
interés y de esfuerzo en
la obra revolucionaria.
Y creemos que es una
aspiración justa de la
Revolución.
¿Quiere decir que vamos
a decir aquí a la gente
lo que tiene que
escribir? No. Que cada
cual escriba lo que
quiera, y si lo que
escribe no sirve, allá
él. Si lo que pinta no
sirve, allá él. Nosotros
no le prohibimos a nadie
que escriba sobre el
tema que prefiera. Al
contrario. Y que cada
cual se exprese en la
forma que estime
pertinente y que exprese
libremente la idea que
desea expresar. Nosotros
apreciaremos siempre su
creación a través del
prisma del cristal
revolucionario. Ese
también es un derecho
del Gobierno
Revolucionario, tan
respetable como el
derecho de cada cual a
expresar lo que quiera
expresar.
Hay una serie de medidas
que se están tomando,
algunas de las cuales
hemos señalado. Para los
que se preocupaban por
el problema de la
Imprenta Nacional, les
informamos que se está
considerando una ley que
regula su
funcionamiento, creando
diferentes editoriales
que atenderán las
diversas necesidades de
ediciones, subsanando
las deficiencias
existentes en la
actualidad.
Efectivamente, la
Imprenta Nacional,
organismo recién creado,
que tuvo que surgir en
condiciones de trabajo
difíciles, porque tuvo
que empezar a trabajar
en un periódico que de
repente se cerraba (y
nosotros estuvimos
presentes el día en que
ese periódico se
convirtió en el primer
taller de impresión del
país, con todos sus
obreros y redactores) y
que además ha tenido que
atender a la publicación
de obras de urgencia,
como fueron numerosas de
tipo militar, tiene
deficiencias que serán
subsanadas. No habrá ya
que formular las quejas
que se han expuesto, en
esta reunión, acerca de
la Imprenta Nacional.
También se están tomando
los acuerdos pertinentes
a los efectos de
adquirir libros, de
adquirir material para
el trabajo, es decir,
resolver todos los
problemas que han
preocupado a los
escritores y a los
artistas y en lo cual el
Consejo Nacional de
Cultura ha insistido
mucho; porque ustedes
saben que en el Estado
hay distintos
departamentos y
distintas instituciones
y que dentro del Estado
cada cual reclama y
aspira a poder contar
con los recursos
necesarios para
satisfacer sus
aspiraciones y cumplir
sus funciones
cabalmente. Nosotros
queremos señalar algunos
aspectos en los cuales
se ha avanzado ya y que
debe ser motivo de
aliento para todos
nosotros, como ha sido
el éxito alcanzado, por
ejemplo, con la Orquesta
Sinfónica, que ha sido
reconstruida,
reintegrada totalmente y
que no solamente ha
alcanzado niveles
elevados en el orden
artístico, sino también
en el orden
revolucionario, porque
hay ya 50 miembros de la
Orquesta Sinfónica que
son milicianos.
El Ballet de Cuba
también se ha
reconstruido y acaba de
hacer una gira por el
extranjero donde cosechó
la admiración y el
reconocimiento de todos
los países visitados.
Está teniendo éxito el
Conjunto de Danza
Moderna y ha recibido
también elogios
valiosísimos en Europa.
La Biblioteca Nacional
por su parte está
desarrollando una
política en favor de la
cultura, empeñada en
despertar el interés del
pueblo por la música,
por la pintura. Ha
constituido un
departamento de pintura
con el objeto de dar a
conocer las obras al
pueblo. Un departamento
de música, un
departamento juvenil;
una sección, también,
para niños.
Nosotros, poco antes de
pasar a este Salón,
estuvimos visitando el
departamento de la
Biblioteca Nacional,
para niños: vimos el
número de niños que ya
están asociados, el
trabajo que se está allí
desarrollando y los
adelantos que ha logrado
la Biblioteca Nacional
constituye un motivo
para que el Gobierno le
facilite los recursos
que necesite para seguir
desarrollando esa labor.
La Imprenta Nacional es
ya una realidad y con
las nuevas formas de
organización que se le
van a dar es también una
conquista de la
Revolución que
contribuirá
extraordinariamente a la
preparación del pueblo.
El Instituto del Cine es
también una realidad.
Durante toda esta
primera etapa
fundamentalmente se han
hecho las inversiones
necesarias para dotarlo
de los equipos y
materiales que necesita
para trabajar. Al menos
la Revolución ha
establecido las bases de
la Industria del Cine,
lo cual constituye un
gran esfuerzo, si se
tiene en cuenta que no
se trata de un país
industrializado el
nuestro y ha significado
sacrificios la
adquisición de todos
esos equipos. Además si
en cuanto al cine no hay
más facilidades, esto no
obedece a una política
restrictiva del Gobierno
sino sencillamente a la
escasez de los recursos
económicos actuales para
crear un movimiento de
aficionados que permita
el desarrollo de todos
los talentos en el cine
y que será puesto en
práctica cuando se pueda
contar con esos
recursos. La política en
el Instituto del Cine
por su parte será objeto
de discusión y además de
emulación entre los
distintos equipos de
trabajo. No se puede
juzgar todavía en sí la
labor del ICAIC. El
Instituto del Cine no ha
podido todavía disponer
de tiempo para realizar
una obra que pueda ser
juzgada, pero ha
trabajado y nosotros
sabemos que una serie de
sus documentales ha
contribuido grandemente
a divulgar en el
extranjero la obra de la
Revolución. Pero lo que
interesa destacar es que
las bases para la
industria del cine ya
están establecidas.
Se ha realizado también
una labor de publicidad,
conferencias, etc., de
extensión cultural a
través de los distintos
organismos; pero, en
fin, esto no es nada
comparado con lo que
puede hacerse y con lo
que la Revolución aspira
a desarrollar.
Hay todavía una serie de
cuestiones por resolver
que interesan a los
escritores y artistas.
Hay problemas de orden
material, es decir, hay
problemas de orden
económico. No existen
actualmente las
condiciones de antes.
Hoy no existe aquel
pequeño sector
privilegiado que
adquiría las obras de
los artistas, aunque a
precios de miseria, por
cierto, ya que más de un
artista terminó en la
indigencia y en el
olvido. Quedan por
encarar y resolver esos
problemas, que debe
resolver el Gobierno
Revolucionario y que
deben ser preocupación
del Consejo Nacional de
Cultura, así como
también el problema de
los artistas que ya no
producen y están
completamente
desamparados,
garantizándole al
artista no sólo las
condiciones materiales
adecuadas, al presente,
sino también la
seguridad para el
futuro. En cierto
sentido ya con la
reorganización que se le
dio al Instituto de los
Derechos Autorales se ha
logrado mejorar
considerablemente las
condiciones de vida de
una serie de autores que
eran miserablemente
explotados y cuyos
derechos eran burlados.
Estos cuentan hoy con
ingresos que ha
permitido a muchos salir
de la situación de
pobreza extrema en que
se encontraban.
Son pasos que ha dado la
Revolución; pero que no
significan sino algunos
pasos que deben preceder
a otros pasos que habrán
de crear mejores
condiciones aún.
Hay la idea también de
organizar algún sitio de
descanso y de trabajo
para los artistas y los
escritores. En cierta
ocasión, cuando
andábamos peregrinando
por todo el territorio
nacional, se nos ocurrió
la idea en un lugar muy
hermoso, de Isla de
Pinos, de construir un
barrio, una aldea en
medio de los pinares
para premiar (en ese
tiempo estábamos
pensando establecer
algún tipo de premio
para los mejores
escritores y artistas
progresistas del mundo)
y homenajear a los
escritores y artistas.
Ese proyecto no tomó
cuerpo, pero puede ser
revivido para hacer un
reparto o una aldea en
un remanso de paz que
invite a descansar, que
invite a escribir, y yo
creo que bien vale la
pena que los artistas,
entre ellos los
arquitectos, comiencen a
dibujar y a concebir el
lugar de descanso ideal
para un escritor o un
artista y a ver si se
ponen de acuerdo en eso.
El Gobierno
Revolucionario está
dispuesto a poner de su
parte los recursos en
alguna parte del
presupuesto, ahora que
todo se está
planificando. Y ¿será la
planificación una
limitación impuesta al
espíritu creador, por
nosotros los
revolucionarios? Porque,
en cierto sentido, no se
olviden que nosotros,
los revolucionarios, un
poco por la libre, nos
vemos ahora ante la
realidad de la
planificación; y eso
también nos plantea, a
nosotros, un problema,
porque hasta ahora hemos
sido espíritus creadores
de iniciativas
revolucionarias y de
inversiones también
revolucionarias que
ahora hay que
planificar. Así que no
vayan a creer que
estamos exentos de los
problemas y que desde
nuestro punto de vista
pudiéramos también
protestar contra eso. Es
decir, que ya se sabe lo
que se va a hacer el año
que viene, el otro año y
el otro año. ¿Quién va a
discutir que hay que
planificar la economía?
Pero dentro de esa
planificación cabe el
construir un sitio de
descanso para los
escritores y artistas, y
verdaderamente sería una
satisfacción que la
Revolución pudiera
contar esa realización
entre sus obras.
Nosotros hemos estado
aquí preocupados por la
situación actual de los
escritores y artistas.
Nos hemos olvidado un
poco de las perspectivas
del futuro. Y nosotros,
que no tenemos por qué
quejarnos de ustedes,
también hemos dedicado
un instante a pensar en
los artistas y en los
escritores del futuro y
pensamos lo que será si
se vuelven a reunir,
como deben volverse a
reunir los hombres del
Gobierno en el futuro,
dentro de cinco, dentro
de diez años —no quiere
decir esto que tengamos
que ser nosotros
exactamente—, con los
escritores y los
artistas, cuando haya
adquirido la cultura el
extraordinario
desarrollo que aspiramos
a que alcance cuando
salgan los primeros
frutos del plan de
academias y de escuelas
que hay actualmente.
Mucho antes de que se
plantearan estas
cuestiones, ya venía el
Gobierno Revolucionario
preocupándose por la
extensión de la cultura
al pueblo. Nosotros
hemos sido siempre muy
optimistas. Creo que sin
ser optimistas no se
puede ser
revolucionario, porque
las dificultades que una
Revolución tiene que
vencer son muy serias y
hay que ser optimista.
Un pesimista nunca
podría ser
revolucionario.
La Revolución ha tenido
sus etapas. La
Revolución tuvo una
etapa en que una serie
de iniciativas dimanaban
de distintos organismos.
Hasta el INRA estaba
realizando actividades
de extensión cultural.
No dejamos de chocar con
el Teatro Nacional
incluso, porque allí se
estaba haciendo un
trabajo y nosotros de
repente estábamos
haciendo otro por
nuestra cuenta. Ya todo
eso va encuadrándose
dentro de una
organización, y así, en
nuestros planes con
respecto a los
campesinos de las
cooperativas y de las
granjas, surgió la idea
de llevar la cultura al
campo, a las granjas y a
las cooperativas.
¿Cómo? Pues trayendo
compañeros para
convertirlos en
instructores de música,
de baile, de teatro. Los
optimistas solamente
podemos lanzar
iniciativas de ese tipo.
Pues ¿cómo despertar en
el campesino la afición
por el teatro, por
ejemplo? ¿Dónde estaban
los instructores? ¿De
dónde los sacábamos,
para enviarlos más tarde
por ejemplo a 3 000
granjas del pueblo y a
600 cooperativas? Todo
esto ofrece dificultades
pero estoy seguro que
todos ustedes estarán de
acuerdo en que si se
logra es positivo, sobre
todo para comenzar a
descubrir en el pueblo
los talentos y convertir
al pueblo actor en
creador, porque en
definitiva el pueblo es
el gran creador. No
debemos olvidar esto y
no debemos olvidarnos
tampoco de los miles y
miles de talentos que se
habrán perdido en
nuestros campos y en
nuestras ciudades por
falta de condiciones y
de oportunidades para
desarrollarse. En
nuestros campos, de eso
estamos todos seguros, a
menos que nosotros
presumamos de ser los
más inteligentes que
hayan nacido en este
país y empiezo por decir
que no presumo de tal
cosa, se han perdido
muchos talentos. Muchas
veces he puesto como
ejemplo el hecho de que
en el lugar donde yo
nací entre unos mil
niños fui el único que
pudo estudiar una
carrera universitaria,
mal estudiada por
cierto, sin librarme de
atravesar por una serie
de colegios de curas,
etc., etc. Yo no quiero
lanzar ningún anatema
contra nadie, aunque sí
digo que tengo el mismo
derecho que tuvo alguien
aquí a decir lo que
quería. A quejarse. Yo
tengo derecho a
quejarme; alguien habló
de que fue formado por
la sociedad burguesa y
yo puedo decir que fui
formado por algo peor
todavía; que fui formado
por lo peor de la
reacción, y que una
buena parte de los años
de mi vida se perdieron
en el obscurantismo, en
la superstición, y en la
mentira.
Era la época aquella en
que no lo enseñaban a
uno a pensar sino que lo
obligaban a creer. Creo
que cuando al hombre se
le pretende truncar la
capacidad de pensar y
razonar se le convierte
de un ser humano en un
animal domesticado... No
me sublevo contra los
sentimientos religiosos
del hombre: respetamos
esos sentimientos,
respetamos el derecho
del hombre a la libertad
de creencia y de culto.
Pero eso no quiere decir
que el mío me lo hayan
respetado. Yo no tuve
ninguna libertad de
creencia ni de culto
sino que me impusieron
una creencia y culto y
me estuvieron
domesticando durante
doce años.
Naturalmente que tengo
que hablar con un poco
de queja de los años que
yo pude haber empleado,
en esa época en que en
los jóvenes existe la
mayor dosis de interés y
de curiosidad por las
cosas, en el estudio
sistemático que me
hubiera permitido
adquirir esa cultura que
los niños, hoy, de Cuba,
van a tener ampliamente
la oportunidad de
adquirir.
Es decir, que a pesar de
todo eso el único que
pudo entre mil, sacar un
título universitario
tuvo que pasar por ese
molino de piedra donde
de milagro no lo
trituraron a uno
mentalmente para
siempre. Así que el
único entre mil tuvo que
pasar por todo eso.
¿Por qué? Ah, porque era
el único entre mil a
quien le podían pagar el
colegio privado para que
estudiara. Ahora ¿por
eso me voy a creer que
yo era el más apto y el
más inteligente entre
los mil? Yo creo que
somos un producto de
selección, pero no tanto
natural como social.
Socialmente fui
seleccionado para ir a
la Universidad y
socialmente estoy
hablando aquí ahora por
un proceso de selección
social, no natural. La
selección natural dejó
en la ignorancia a quién
sabe cuántas decenas de
miles de jóvenes
superiores a todos
nosotros. Esa es una
verdad. Y el que se crea
artista tiene que pensar
que por ahí se pueden
haber quedado sin ser
artistas muchos mejores
que él. Si no admitimos
esto estaremos fuera de
la realidad. Nosotros
somos privilegiados
entre otras cosas porque
no nacimos hijos del
carretero. Lo antes
expuesto demuestra la
cantidad enorme de
inteligencias que se han
perdido sencillamente
por falta de
oportunidad. Vamos a
llevar la oportunidad a
todas esas
inteligencias; vamos a
crear las condiciones
que permitan que todo
talento artístico o
literario o científico o
de cualquier orden,
pueda desarrollarse. Y
piensen lo que significa
la Revolución que tal
cosa permita y que ya
desde ahora mismo, desde
el próximo curso, habrá
alfabetizado a todo el
pueblo, y con escuelas
en todos los lugares de
Cuba, con campañas de
superación y con la
formación de los
instructores podrá
conocer y descubrir
todos los talentos y
esto nada más que para
empezar. Es que todos
esos instructores, en el
campo, sabrán qué niño
tiene vocación e
indicarán a qué niño hay
que becar para llevarlo
a la Academia Nacional
de Arte, pero al mismo
tiempo van a despertar
el gusto artístico y la
afición cultural en los
adultos, y algunos
ensayos que se han hecho
demuestran la capacidad
que tiene el campesino y
el hombre del pueblo
para asimilar las
cuestiones artísticas,
asimilar la cultura y
ponerse inmediatamente a
producir. Hay compañeros
que han estado en
algunas cooperativas que
han logrado ya que las
cooperativas tengan su
grupo teatral. Además ha
quedado demostrado
recientemente con las
representaciones dadas
en distintos lugares de
la República y los
trabajos artísticos que
realizaron los hombres y
las mujeres del pueblo
el interés del campesino
por todas estas cosas.
Calculen, pues, lo que
significará cuando
tengamos instructores,
de teatro, de música, de
danza en cada
cooperativa y en cada
granja del pueblo.
En el curso sólo de dos
años podremos enviar mil
instructores, de cada
uno de esos; más de mil,
para teatro, para danza
y para música.
Se han organizado las
Escuelas. Ya están
funcionando e imagínense
cuando hayan mil grupos
de baile, de música y de
teatro en toda la Isla,
en el campo —no estamos
hablando de la ciudad,
en la ciudad resulta un
poco más fácil— lo que
eso significará en
extensión cultural,
porque han hablado aquí
algunos de que es
necesario elevar el
nivel del pueblo, pero
¿cómo? El Gobierno
Revolucionario se ha
preocupado de eso y el
Gobierno Revolucionario
está creando esas
condiciones para que
dentro de algunos años
la cultura, el nivel de
preparación cultural del
pueblo, se haya elevado
extraordinariamente.
Hemos escogido esas tres
ramas, pero se pueden
seguir escogiendo otras
ramas y se puede seguir
trabajando para
desarrollar la cultura
en todos sus aspectos.
Ya esa Escuela está
funcionando y los
compañeros que trabajan
en la Escuela están
satisfechos del adelanto
de ese grupo de futuros
instructores, pero
además, ya se empezó a
construir la Academia
Nacional de Arte, aparte
de la Academia Nacional
de Artes Manuales. Por
cierto, Cuba va a poder
contar con la más
hermosa Academia de
Artes de todo el mundo.
¿Por qué? Porque esa
Academia va situada en
uno de los repartos
residenciales más
hermosos del mundo,
donde vivía la burguesía
más lujosa de Cuba: en
el mejor reparto de la
burguesía más ostentosa
y más lujosa y más
inculta, dicho sea de
paso, porque si en
ninguna de esas casas
faltaba un bar, sus
habitantes no se
preocupaban, salvo
excepciones, de los
problemas culturales.
Vivían de una manera
increíblemente lujosa y
vale la pena darse una
vuelta por allí para que
vean cómo vivía esa
gente; pero lo que no
sabían es qué
extraordinaria Academia
de Arte estaban
construyendo y eso es lo
que quedará de lo que
hicieron, porque los
alumnos van a vivir en
las casas que eran
residencias de
millonarios. No vivirán
enclaustrados, vivirán
como en un hogar y
asistirán a las clases
en la Academia; la
Academia va a estar
situada en el medio del
Country Club, donde un
grupo de
arquitectos-artistas han
diseñado las
construcciones que se
van a realizar. Ya
empezaron, y tienen el
compromiso de
terminarlas para el mes
de diciembre. Ya tenemos
300 mil pies de caoba.
Las escuelas de música,
danza, ballet, teatro y
artes plásticas estarán
en el medio del campo de
golf, en una naturaleza
que es un sueño. Ahí va
a estar situada la
Academia de Arte, con 60
residencias, situadas
alrededor, con el
Círculo Social al lado,
que a su vez tiene
comedores, salones,
piscinas y también una
planta para visitantes,
donde los profesores
extranjeros que vengan a
ayudarnos podrán
albergarse. Esta
Academia tendrá
capacidad hasta para
tres mil niños, es
decir, tres mil becados
y con la aspiración de
que comience a funcionar
en el próximo curso.
E inmediatamente también
comenzará a funcionar la
Academia Nacional de
Artes Manuales con otras
residencias y con otro
campo de golf y con otra
construcción similar. Es
decir serán las
Academias de tipo
nacional. No quiere
decir que sean las
únicas escuelas ni mucho
menos, pero a ellas irán
becados aquellos jóvenes
que demuestren mayor
capacidad, sin que
cueste a su familia
absolutamente nada,
jóvenes y niños que van
a contar con condiciones
ideales para
desarrollarse.
Cualquiera quisiera ser
un muchacho, ahora, para
ingresar en una de esas
Academias. ¿Es o no
cierto? Aquí se habló de
pintores que sólo vivían
de café con leche.
Imagínense qué
condiciones tan
distintas habrá ahora, y
digamos si el espíritu
creador encontrará ahora
las condiciones ideales
para desarrollarse.
Instrucción, vivienda,
alimentación, cultura
general... Habrá niños
que comenzarán a
estudiar en esas
escuelas desde la edad
de ocho años, y
recibirán, junto con la
preparación artística,
una cultura general...
¿No podrán desarrollar
plenamente, allí, sus
talentos y sus
personalidades?...
Esas son más que ideas o
sueños: son ya realidad
de la Revolución. Los
instructores que se
están preparando, las
Escuelas Nacionales que
se están preparando, las
Escuelas para
aficionados que también
se fundarán. Esto es lo
que significa la
Revolución... por eso es
importante la Revolución
para la cultura. ¿Cómo
pudiéramos hacer esto
sin Revolución? Vamos a
suponer que nosotros
tenemos el temor que «se
nos marchite nuestro
espíritu creador
estrujado por las manos
despóticas de la
Revolución Staliniana»
(RISAS)... señores ¿no
sería mejor pensar en el
futuro? ¿Vamos a pensar
en que nuestras flores
se marchiten cuando
estamos sembrando flores
en todas partes? ¿Cuando
estamos forjando esos
espíritus creadores del
futuro? ¿Y quién no
cambiaría el presente,
quién no cambiaría
incluso su propio
presente por ese futuro?
¿Quién no cambiaría lo
suyo, quién no
sacrificaría lo suyo por
ese futuro? y ¿quién que
tenga sensibilidad
artística no tiene la
disposición del
combatiente que muere en
una batalla, sabiendo
que él muere, que él
deja de existir
físicamente para abonar
con su sangre el camino
del triunfo de sus
semejantes, de su
pueblo? Piensen en el
combatiente que muere
peleando, sacrifica todo
lo que tiene; sacrifica
su vida, sacrifica su
familia, sacrifica su
esposa, sacrifica sus
hijos ¿para qué? Para
que podamos hacer todas
estas cosas. Y ¿quién
que tenga sensibilidad
humana, sensibilidad
artística, no piensa que
por hacer eso vale la
pena hacer los
sacrificios que sean
necesarios? Mas la
Revolución no pide
sacrificios de genios
creadores; al contrario,
la Revolución dice:
pongan ese espíritu
creador al servicio de
esta obra, sin temor de
que su obra salga
trunca. Pero si algún
día usted piensa que su
obra pueda salir trunca,
diga: bien vale la pena
que mi obra personal
quede trunca para hacer
una obra como esta que
tenemos delante.
(APLAUSOS).
Pedimos al artista que
desarrolle hasta el
máximo su esfuerzo
creador; queremos
crearle al artista y al
intelectual las
condiciones ideales para
su creación porque si
estamos creando para el
futuro ¿cómo no vamos a
querer lo mejor para los
actuales artistas e
intelectuales? Estamos
pidiendo el máximo
desarrollo en favor de
la cultura y muy
precisamente en función
de la Revolución, porque
la Revolución significa,
precisamente, más
cultura y más arte.
Pedimos que los
intelectuales y artistas
pongan su granito de
arena en esa obra que al
fin y al cabo será una
obra de esta generación.
La generación venidera
será mejor que la
nuestra, pero nosotros
seremos los que habremos
hecho posible esa
generación mejor.
Nosotros seremos
forjadores de esa
generación futura.
Nosotros, los de esta
generación sin edades en
la que cabemos todos:
tanto los barbudos como
los lampiños, los que
tienen abundante
cabellera o no tienen
ninguna o la tienen
blanca. Esta es la obra
de todos nosotros. Vamos
a librar una guerra
contra la incultura.
Vamos a librar una
batalla contra la
incultura. Vamos a
desatar una
irreconciliable querella
contra la incultura y
vamos a batirnos contra
ella y vamos a ensayar
nuestras armas. ¿Que
alguno no quiera
colaborar? Y ¿qué mayor
castigo que privarse de
la satisfacción de lo
que están haciendo
otros? Nosotros
hablábamos de que éramos
privilegiados. ¡Ah!,
porque habíamos
aprendido a leer y a
escribir en una escuela,
a ir a un instituto, a
ir a una universidad, o
por lo menos a adquirir,
los rudimentos de
instrucción suficiente
para poder hacer algo, y
¿no podemos llamarnos
privilegiados por estar
viviendo en medio de una
Revolución? ¿Es que
acaso no nos dedicábamos
con extraordinario
interés a leer acerca de
las revoluciones? Y
¿quién no leyó con
verdadera sed las
historias de la
Revolución Francesa o
las historias de la
Revolución Rusa? ¿Quién
no soñó alguna vez en
haber sido testigo
presencial de aquellas
revoluciones? A mí por
ejemplo me pasaba algo:
cuando leía algo acerca
de la Guerra de
Independencia sentía no
haber nacido en aquella
época y me sentía
apenado de no haber sido
un luchador por la
independencia y no haber
vivido aquella gesta,
porque todos nosotros
hemos leído las crónicas
de nuestra Guerra de
Independencia con
verdadera pasión. Y
envidiábamos a los
intelectuales y a los
artistas y a los
guerreros y a los
luchadores y a los jefes
de aquella época. Sin
embargo nos ha tocado el
privilegio de vivir y
ser testigos
presenciales de una
auténtica Revolución, de
una Revolución cuya
fuerza es ya una fuerza
que se desarrolla, fuera
de las fronteras de
nuestro País, cuya
influencia política y
moral está haciendo
estremecerse y
tambalearse el
Imperialismo en este
continente (APLAUSOS),
por lo que la Revolución
Cubana se convierte en
el acontecimiento más
importante de este siglo
para la América Latina,
en el acontecimiento más
importante después de
las guerras de
Independencia del siglo
xix; verdadera
era nueva de redención
del hombre porque, ¿qué
fueron aquellas guerras
de Independencia sino la
sustitución del dominio
colonial por el dominio
de las clases dominantes
y explotadoras en todos
esos países?
Y nos ha tocado vivir un
gran acontecimiento
histórico. Se puede
decir que el segundo
gran acontecimiento
histórico ocurrido en
los últimos tres siglos
en la América Latina,
del cual los cubanos
hemos sido actores
sabiendo que mientras
más trabajemos más será
la Revolución como una
llama inapagable y más
estará llamada a
desempeñar un papel
histórico trascendental.
Y ustedes, escritores y
artistas, han tenido el
privilegio de ser
testigos presenciales de
esta Revolución, cuando
una Revolución es un
acontecimiento tan
importante en la
historia humana que bien
vale la pena vivir una
Revolución aunque sea
sólo para ser testigo de
ella.
Ese también es un
privilegio. Por ello,
los que no son capaces
de comprender estas
cosas, los que se dejan
engañar, los que se
dejan confundir, los que
se dejan atolondrar por
la mentira, son quienes
renuncian a la
Revolución. ¿Qué decir
de los que han
renunciado a ella y cómo
pensar de ellos, sino
con pena? ¿Abandonar
este país, en plena
efervescencia
revolucionaria para ir a
sumergirse en las
entrañas del Monstruo
Imperialista donde no
puede tener vida ninguna
expresión del espíritu?
Y han abandonado la
Revolución para ir allá.
Han preferido ser
prófugos y desertores de
su Patria a ser aunque
no fuera más que
espectadores. Y ustedes
tienen la oportunidad de
ser más que
espectadores, de ser
actores de esa
Revolución, de escribir
sobre ella, de
expresarse sobre ella. Y
las generaciones
venideras, ¿qué le
pedirán a ustedes?
Podrán realizar
magníficas obras
artísticas desde el
punto de vista técnico,
pero si a un hombre de
la generación venidera,
a un hombre de dentro de
100 años le dicen que un
escritor, un intelectual
de esta época vivió en
la época de la
Revolución fuera de ella
y no expresó la
Revolución y no fue
parte de la Revolución,
será difícil que lo
comprenda, cuando en los
años venideros habrá
tantos y tantos que
quieran pintar la
Revolución y quieran
escribir sobre la
Revolución y quieran
expresarse sobre la
Revolución, recopilando
datos e informaciones
para saber cómo fue, qué
pasó, cómo vivíamos...
En días recientes
nosotros tuvimos la
experiencia de
encontrarnos con una
anciana de 106 años que
había acabado de
aprender a leer y
escribir y nosotros le
propusimos que
escribiera un libro.
Había sido esclava y
nosotros queríamos saber
cómo un esclavo vio el
mundo cuando era
esclavo, cuáles fueron
sus primeras impresiones
de la vida, de sus amos,
de sus compañeros. Creo
que esta vieja puede
escribir una cosa tan
interesante como ninguno
de nosotros podríamos
escribirla sobre su
época y es posible que
en un año se alfabetice
y además escriba un
libro a los 106 años.
¡Esas son las cosas de
las revoluciones! ¿Quién
puede escribir mejor que
ella lo que vivió el
esclavo y quién puede
escribir mejor que
ustedes el presente? Y
¿cuánta gente empezará a
escribir en el futuro
sin vivir esto, a
distancia, recogiendo
escritos? Por otra parte
no nos apresuramos a
juzgar la obra nuestra
que ya tendremos jueces
de sobra. A lo que hay
que temerle no es a ese
supuesto juez
autoritario, verdugo de
la cultura, imaginario,
que hemos elaborado
aquí. ¡Teman a otros
jueces mucho más
temibles, teman a los
jueces de la posteridad,
teman a las generaciones
futuras que serán, al
fin y al cabo, las
encargadas de decir la
última palabra!
(GRAN OVACIÓN).
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