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Definitivamente, la
línea del devenir
histórico de Cuba se
quebró hacia la medianía
del siglo XX. El
derrocamiento de la
tiranía el 1ro. de Enero
de 1959 no fue el simple
relevo de un régimen,
sino una eclosión
revolucionaria implícita
en la etapa de profundas
transformaciones
radicales que comenzó a
vivir desde entonces ese
archipiélago antillano.
Esas transformaciones
tuvieron un impacto
inmediato en la vida de
la población negra y
mestiza, visceralmente
implicada en los cambios
políticos, económicos y
sociales que se
derivaron de la victoria
popular. Esto último es
un dato de suma
importancia que a veces
los observadores de la
realidad cubana
soslayan. La presencia
de negros y mestizos,
como parte de los
sectores sociales que se
enfrentaron al régimen
de Fulgencio Batista,
por demás, apoyado hasta
última hora por el
gobierno de Estados
Unidos y su aliado en el
Caribe, el dominicano
Leónidas Trujillo, fue
visible y decisiva tanto
en el Movimiento 26 de
Julio y el ejército
rebelde liderado por el
doctor Fidel Castro,
como en el Partido
Socialista Popular, que
luego de una inicial
posición sectaria se
unió a la lucha, y, en
menor medida, en el
Directorio
Revolucionario 13 de
Marzo, surgido en el
medio universitario.
En los primeros tiempos
posteriores a la
victoria, el Gobierno
Revolucionario adoptó
medidas que favorecieron
a los históricamente
preteridos, entre los
cuales había una nutrida
masa de negros y
mestizos. Las bases
institucionales de la
discriminación racial
fueron dinamitadas. Se
acabaron los clubes
sociales exclusivos y
excluyentes, el acceso a
la educación se consagró
libre y gratuito para
todos los ciudadanos, se
dio fin al apartheid
en los parques y la
salud pública se
convirtió en patrimonio
de todos.
La campaña de
alfabetización, la
recuperación de los
bienes malversados, la
nacionalización de las
riquezas del país, la
reforma agraria, y la
revolución educacional y
cultural puestas en
marcha abrieron nuevos
horizontes no solo a los
afrodescendientes, sino
a todos los sectores que
habían padecido
marginación y
discriminación.
Pero no contábamos con
la persistencia de
prejuicios y actitudes,
ni con que los cambios
estructurales avanzan
más rápido que los que
se operan a nivel de la
conciencia común.
Tampoco consideramos
adecuadamente, a la hora
de establecer justas
políticas sociales, las
desventajas históricas
acumuladas en las etapas
precedentes, desde la
Colonia hasta la ficción
republicana de la
primera mitad de la
pasada centuria, por la
población negra y
mestiza. Dimos por
sentado que la igualdad
era plena a partir de
criterios
igualitaristas. De modo
que entramos al siglo
XXI arrastrando déficit
en la visibilidad de
problemas que se derivan
de la problemática
racial.
Sin embargo, no es poco
lo que se ha logrado en
los últimos 50 años. Un
notable poeta y etnólogo
cubano, Miguel Barnet,
decía en días pasados
que a veces pecamos de
excesiva modestia en la
promoción de hechos
objetivos que hablan de
la reivindicación e
inclusión social de
nuestros
afrodescendientes. A
veces ni siquiera hemos
sido capaces de
contabilizar
estadísticamente esos
logros, y nos
entrampamos en el acto
de cavar trincheras ante
los datos negativos que
efectivamente existen,
pero que en no pocas
ocasiones son
manipulados para ofrecer
una imagen distorsionada
de la realidad.
Me permito señalar tres
ejemplos. Se reconoce
que Cuba es uno de los
países latinoamericanos
y caribeños con mayor
desarrollo científico.
En la capital cubana
existe un polo
científico con
resultados
universalmente avalados
en el campo de la
biotecnología y la
industria farmacéutica.
Trabajo me costó obtener
el dato de que el 37 por
ciento de los
especialistas que
trabajan en ese polo son
negros y mestizos.
Mucho más trabajo me dio
conocer que el 49,1 por
ciento de los médicos y
personal paramédico
registrados en el
contingente Henry Reeve,
que en el último lustro
ha prestado atención de
urgencia en países
víctimas de cataclismos
naturales, son negros y
mestizos. Por cierto, el
contingente surgió por
iniciativa de Fidel
Castro ante el desastre
del huracán Katrina en
la Lousiana. Pero el
gobierno de EE.UU.
rechazó la asistencia
solidaria de los médicos
cubanos.
Un funcionario del
Ministerio de Educación
me reveló cómo varió
positivamente en 14
puntos el porcentaje de
ingreso de negros y
mestizos a los centros
de excelencia
vocacionales
preuniversitarios, a
raíz de que la dirección
de la Revolución
cuestionara, hace una
década, la tendencia a
admitir elites en esos
planteles.
Dicho sea esto en un
país donde las
estadísticas en cuanto a
la composición étnica de
la población son
cuestionables, pues que
si les digo que en el
último Censo nacional de
Población y Vivienda, de
2002, se contabilizaban
solo mil 126 894 negros
y dos mil 778 923
mestizos contra siete
mil 271 926, cualquiera
que haya paseado por las
calles o los campos de
la Isla advertirá que
esos números no cuadran
con la realidad.
Si hablamos en términos
de solidaridad, los
hechos son irrebatibles.
Es conocida la historia
de la ayuda
internacionalista de
Cuba a varios pueblos
del continente africano,
la formación gratuita de
médicos y profesionales
en diversas ramas, la
creación de escuela en
territorio cubano para
hijos de aquella región
del mundo. En otras
oportunidades hemos
explicado nuestra
filosofía: África no
necesita caridad ni
paliativos, sino
profunda y comprometida
solidaridad. Dicho sea
de paso, en Cuba también
se están formando como
médicos desde hace
algunos años jóvenes
afronorteamericanos, que
no hubieran tenido
oportunidad de acceder a
la educación superior en
ese país.
¿Quiere decir todo lo
anterior que estamos
satisfechos? ¿Qué no
reconocemos vacíos y
carencias? ¿Qué nos
hemos cruzado de brazos
ante viejos y nuevos
desafíos vinculados al
tema de la racialidad?
Muchos pensamos que los
dos principales retos
que debemos vencer, y ya
comenzamos a hacerlo,
es, por una parte
discutir públicamente
esos déficits, y avanzar
en el diseño y
aplicación de políticas
que completen el
proyecto socialista de
conquistar realmente
equidad y justicia para
todos por otra.
En el orden puntual,
deseo transmitir dos
comentarios. Uno tiene
que ver con la
percepción que de los
afrodescendientes se
promueve desde los
medios de comunicación y
que guarda estrecha
relación con la batalla
por desterrar los
prejuicios raciales. En
los últimos años se ha
tenido más cuidado en
lograr difundir mensajes
gráficos y audiovisuales
representativos de la
composición étnica de
nuestra sociedad, pero
la propia intención
tiene su reverso
negativo. Como ha
apuntado certeramente el
escritor Reynaldo
González “la
imagen de la mujer y el
hombre negros en los
medios de comunicación
cubanos suele rayar la
etiqueta comercial, en
vez de la valoración
humana. Nuestra
televisión no oculta al
negro y su universo: los
banaliza”.
Pero, y he aquí el
segundo comentario, esa
banalización tiene su
base en insuficiencias
educativas y culturales
que influyen en la
conciencia común, en
tanto los que así actúan
no han sido formados en
una idea clara de los
procesos socioculturales
que los han traído a
nuestros días.
Afortunadamente se van
haciendo caminos. El
sociólogo cubano
Fernando Martínez
Heredia, al inaugurar en
días pasados el
seminario Cuba y los
Pueblos
Afrodescendientes de
América, en La Habana,
lo señalaba con estas
palabras que deseo
compartir: “El combate a
las desventajas
objetivas que padece una
alta proporción de los
no blancos debe formar
parte, sin duda, de una
política revolucionaria
socialista general que
favorezca a las cubanas
y cubanos de cualquier
color de piel que
padezcan esas
situaciones. Pero es
imprescindible añadir
una política
especializada —bien
fundamentada—, dirigida
a erradicar o disminuir
las situaciones de
personas y grupos no
blancos que se deben a
una reproducción
continuada de sus
desventajas que se
convierte en formas
culturales, y las que se
deben a relegaciones y
discriminaciones por
causas raciales. En el
diseño y en la
instrumentación de esa
política deben ser
determinantes la
participación, juntos,
de especialistas y de
personas que forman
parte de los grupos en
desventaja, y la
voluntad de no permitir
que se reduzcan a
acciones administrativas
que se rutinizan, decaen
y finalmente
desaparecen”.
Solo a partir de esa
concepción, que gana
amplio terreno tanto a
escala institucional,
como a nivel social en
Cuba, podremos abordar
el problema y darle
solución. Y creo, sin
pecar de triunfalismo,
que en tal sentido Cuba
podrá seguir aportando
nuevas experiencias a
las hermanas y hermanos
de América Latina y el
Caribe.
Palabras para el IV Foro
Internacional de la
Afrodescendencia en
Nuestra América,
celebrado en Caracas
entre el 19 y el 22 de
junio de 2011. |