La Habana. Año X.
25 de JUNIO al
1ro. de JULIO de 2011

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Los cabellos de Melanie
Thais Guillén Otero

Puedo imaginarme Barbie como Raponcel, ordenar que quiero esto o lo otro, ¡suelta! ¡cállate! ¡dame!, que todos me escuchen y digan: “Ana es la más bella entre las bellas”, como Melanie, la del pelo lacio y negro por la cintura. Pero no es igual, nunca es igual imaginarlo.

Melanie tiene mi edad y está en mi escuela, todos la miran cuando pasa porque estira la nariz y recita en los matutinos. Los maestros la celebran tanto que creo que un día en vez de como el Che, gritaremos: “¡Seremos como Melanie!”. A las demás niñas del aula no nos gusta que sea la primera en responder, mire con lástima cuando nos confundimos y ande con dos chiquitas de pelo rizado que se creen importantes por traerles regalos a las maestras. A mí siempre me comparan con ella: si cuento con los dedos, Melanie contesta sin problemas; si escribo muy mal, Melanie qué caligrafía. Por eso reí cantidad el día de la Visita cuando, en medio del escenario, cantó “Lindo es mi cielo, lindo es mi mar…” señalando el piso primero y el techo después. Solo ese día, los demás es la princesa y a mí me siguen llamando: “¡Jabá, ven acá! ¡Jabá, esto! ¡Jabá, lo otro!”. Yo no soy jabá, los jabaos son candela ¡y malísimos!, dice Meño, la vecina. Malos son los que se pasan el día como Melanie, en su casa sin mirar a nadie.

Yo me pregunto si Melanie jugaría como yo o podría estudiar con los gritos de: “tú no sabes nada, ¡bruta!, con esas pasas”, con los que se entretiene Meño, me señala con su mano engurruñada y se ríe, moviendo la joroba que no la deja caminar de frente. Eladio, su esposo, también se burla y me hala los moños, entra con mamá a mi casa para vigilar no sé cuál dulce, porque mamá nunca cocina, sino que lo hace abuela y a las seis, cuando el olor de los puercos de al lado no es tan fuerte.

¿Para qué voy a estudiar si no sé nada? Es mejor jugar en el pasillo del dos. Mi hermano en calzoncillos puede ser el príncipe y el trapito este, mi pelo: me pone un zapato y quedo dormida, entonces saca una naranja y la coloca frente a mí, la naranja se convierte en un carro bien grande, el chofer es un genio, mi vestido es verde brillante y mis uñas muy largas. El príncipe me lleva al Acuario o al Circo, a cualquiera de esos lugares a los que nunca he ido… a las 11:00 se oyen unos gritos, la naranja no está, el príncipe levanta sus nalgas del piso frío y hay que entrar en el lugar oscuro, mi casa. Cuando yo sea grande haré de Blancanieves en una película, ya no dirán jabá, sino qué hermosa y qué blanca y qué buena. Un príncipe de verdad me llevará a un castillo con cuartos para mí y mi hermanito, un castillo de película que no huela a animales. Será un sitio donde todo se haga realidad, casi como el apartamento de Deisy.

A mí me gusta subir descalza al tercer piso, saltando los charquitos y cacas de perro, a esa casa, que a veces parece la mía, solo que con un tres delante y mucho cambio adentro, el piso brillante pa´ resbalar y olor a perfume. A Deisy no le gusta que corra por todas partes, ni me suba en los muebles por mis pies, ni toque los adornos de cristal y porcelana porque puedo romperlos y por mis manos sucias.

Todos creen que subo por las galletas dulces y la gelatina; pero espero que sean las 5:00: Es cuando abren el balcón de al lado y peinan a Melanie. Siempre pienso pararme ahí y que ella va a mirar. Nunca me atrevo. A lo mejor un día saluda y hasta me invita a pasar de la puerta donde tantas veces me he parado, pensando si será como un palacio, si sus colchones serán de espumas y siete como en el cuento, si será tan tonta para despertarse por tener un chícharo bajo el último, o nos despertaremos las dos cuando me invite a dormir en su casa.

Yo no me despierto en el catre donde duermo con mi hermanito. En las madrugadas el Viejo Coco camina por mi casa arrastrando los pies. Ya sé que no tiene barbas, ni saco, solo un olor a viejo tan fuerte que parece pegarse a todo, estirarse como mano y apretar. Una vez abrí los ojos y vi su sombra en la cama, sobre mamá. Mamá dice que la sombra del Coco no le hace nada, a veces bromea: “Mejor agradécele al Coco tu comida”; pero Eladio me echa miedo: “El Coco te va a comer, por lengüina. Todo lo dices”, y me dan ganas de llorar: “Yo puedo hablar con el Coco para que no te moleste, pero tienes que dormir toda la noche, Princesa, y no decirle a nadie lo que ves y mucho menos a Meño, que les tiene miedo a los fantasmas”, repite. No creo que Meño se asuste, mi hermano Abelito dice que es una bruja. A veces me asomo por una rendija de su puerta y la veo en el piso, pidiendo: “Acaba con ella, que pase lo que yo he pasado” como si hablara de verdad con alguien con nombre y apellidos. Nunca puedo ver quién es, ni le he dicho nada de todas formas. Así que duermo con miedo y de un tirón, toda la noche.

En casa de Melanie será como en mis sueños. Ella me enseñará las tablas, sin reírse de mi forma de contar, a contestar bien los verbos y yo le enseñaré a hacer teatros de muñecas con palitos de helado y fango y a que le salga entero el bigote de leche. Todo eso cuando mire, mientras la peina su mamá en el balcón, su mamá es linda y rosada y lleva un vestido acabadito de lavar y planchar. Seguro le canta nanas todas las noches sin pensar en sombras de Cocos y cocina muy rico, sirviendo en platos de verdad, con dibujos, sin tener que esperar que coma ella para poder utilizar su plato, ni gritar: “¡Apúrate!”,  para que coma otro. Cuando vaya a su casa nos bañará a ambas y nos dará un beso para dormir diciendo “Hasta mañana, nenas”, o tal vez me llame Melanie, como a ella, Melanie y no Ana Úrsula o jabá o fea, como me dicen mis abuelos, y mi mamá, Abelito y Eladio, que solo a veces me llama Princesa.

Abelito es mi hermano mayor. Mamá siempre lo regaña porque llega muy tarde o trata mal a los vecinos. Él le grita “¡Viejo!”, a Eladio, y “¡Bruja!”, a Meño. También lo veo fumar a escondidas, sobre todo desde que ya no está en mi escuela y luce más grande, por eso no cree en el Coco ni en las Hadas, dice que va a trabajar mucho para comprar una mansión: “Allí podrás invitar a todas las amigas que quieras y tendrás un colchón de agua donde naden pececitos. Yo me pondré cada día una ropa nueva”, dice.  A Melanie le va a encantar que se lo cuente, a oscuras y arropadas las dos, le diré bajitico: “Vamos a tener un jardín grande y cantidad de cuartos donde a nadie le digan jabá, podremos llenarlas de perros y dulces y libros y lluvia, de todo lo que te gusta”. Una vez la vi mirar cómo saltábamos yo y mi hermano bajo un aguacero y parecía que se moría por bajar. Nos mojaremos juntas cuando Abelito sea millonario.

Pero ese día aún está lejos, mientras que ahora no puedo ni contar ni leer. Lo he deseado con una pestaña apretada en los pulgares, camino sin pisar las rayas del piso, no pateo más de una vez las latas que la gente tira en la calle para que no mientan a mi madre y me concedan lo que pido. Hasta le he escrito al Ratón de los dientes: “No me dejes ni un peso bajo el catre, ni caramelos, sino un pelo muy largo o puertas, ventanas y torres para ir armando mi castillo. Ratón, llévale mi diente a Melanie, hazla mirar y llamarme”. Pero aún no pasa nada, solo que Eladio me dice fea más que de costumbre, trata de asustarme, mami pone mala cara y hasta le grita: “¡Déjala tranquila, viejo!”.

Ya no sé qué hacer, la maestra cada vez es más insoportable. Solo me queda probar con Meño, mi hermano advierte: “No te acerques a ella, Ana, es mala, mala”. Él no sabe lo malo que es tener el pelo duro. A lo mejor ella es como Úrsula y solo cobra mi voz por convertirme en Melanie, aunque yo no sepa cantar como la Sirenita.

Eladio salió de viaje hoy por la mañana. Entré a su casa y vi a Meño de nuevo arrodillada en el piso, hablándole a una cazuela muy grande con herraduras de caballo, pedazos de palo adentro y un montón de manchas prietas: era un caldero lleno de muertos que, según me dijo, hacen lo que ella quiere. No me lo quiso prestar, le dije por favor muchas veces como le he oído decir a Melanie cuando les pide algo a los mayores, pero la bruja dijo que es muy peligroso, que no es cosa de niños, hay que echarle sangre, nombres y huesos y que no puedo contarle a nadie lo de los muertos, mucho menos a Eladio, que les tiene miedo a los fantasmas.
 

¿Para qué le servirá? Ella ya no puede arreglarse. Seguro se quedó así por pedir algo malo. ¿Y si la cazuela pudiera ayudarme desde lejos? A lo mejor lo hace, yo solo tengo deseos buenos y guardo bien los secretos. En estos días seguro que se cumple mi sueño. Nos va a ver todo el edificio corriendo descalzas por los pasillos, con el pelo igualitico, lacio y negro por la cintura, y evitando cogidas de la mano los charquitos de perro.

Conseguí el nombre completo de Melanie en la escuela y fui a enterrarlo bajo el cocotero del jardín, como me contó Meño, riendo, que ella hace a veces. A mí ya no me da risa. Acabo de encontrar en el jardín otro papelito con unas cruces encima y amarrado a un montón de pelos. Tiene algo apuntado. Me da miedo. Es el nombre de mi mamá.

 


Thais Guillén Otero. Ha dado a conocer sus poemas en el espacio de La Madriguera, sede de la Asociación Hermanos Saíz en La Habana y ha participado en lecturas de cuentos en eventos como la Semana de la cultura de Guanabacoa. Cursó el 9no. Seminario de Dramaturgia del Consejo Nacional de Artes Escénicas de Cuba.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2011.