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“Los grandes ejes de la
cultura latina en el
mundo son
fundamentalmente
musicales, y sus máximos
representantes, Shakira,
Juanes, Ricky Martin,
Gloria Estefan o
Jennifer López son
cantantes latinos
americanizados o de
otras nacionalidades;
pero que han tenido que
pasar por Miami para
triunfar en América
Latina.”
Cualquiera que lea el
párrafo anterior, podría
decir que semejante
punto de vista casi
coincide con los de un
intelectual de la Cuba
revolucionaria; pero se
trata del enfoque
aportado sobre este tema
por el sociólogo y
periodista francés
Fréderic Martelen en su
libro Cultura
Mainstream: ¿Cómo nacen
los fenómenos de masas?,
de la editorial Taurus.
En realidad, no hay que
ser necesariamente de
izquierda, sino honesto
y con los pies bien
puestos en la tierra
para percatarnos de la
tamaña manipulación que
en el terreno de la
música comercial han
impuesto las potentes
industrias del
entretenimiento de los
EE.UU. Por tales
razones, a medida que
pasa el tiempo, los
planteamientos que hacia
comienzos de los años 80
del pasado siglo
aparecen publicados en
el libro Música y
descolonización, del
relevante musicólogo
cubano Leonardo Acosta,
nos parecen de un
alcance premonitorio e
invaluable.
Mucho antes de los
recientes comentarios de
la periodista Catalina
Guerrero de la agencia
de noticias EFE acerca
del mencionado libro de
Martelen, Acosta ya
había alertado acerca
del peligro que
corríamos todos de
quedar infectados por
esa pandemia de la
música comercial
norteamericana,
productos cuyas
estrategias de creación
y difusión parecen
resultar fascinantes
para quienes no se dan
cuenta de que
irremediablemente les
están engañando acerca
de la esencia de una
canción como obra de
arte.
Precisamente, en este
tipo de música, lo
artístico ocupa un lugar
irrelevante, al asumirse
la promoción de esta
banalidad con los mismos
requisitos que se
comercializa un
cosmético y no como
corresponde a un hecho
cultural. Por supuesto,
aquí no hacemos
referencia a
personalidades de la
canción norteamericana
como Nina Simone, el
guitarrista B.B. King o
el cantautor Bob Dylan,
verdaderos hitos de la
música contemporánea;
sino a cantantes como
Britney Spears o su
homóloga latina, Shakira,
quienes respaldadas por
multimillonarias
campañas de marketing,
cualquier disparate
musical por ellas
interpretado tienen un
empaque fríamente
calculado.
No se les puede negar la
funcionalidad de un
complejo sistema de
promoción que hasta
logran hacer creer que
sus canciones de arena
son tan buenas como para
gustar a casi todo el
mundo en todo el mundo,
a pesar de que su falta
de identidad sea
realmente abrumadora.
Si para este valioso
libro Cultura
Mainstream… Martelen
se tomó cinco años para
entrevistar a más de mil
250 personas en el
mundo, también es cierto
que no hay periodistas,
críticos e intelectuales
cubanos que en algún
momento de sus
trayectorias, incluso en
más de una ocasión, no
se hayan referido a las
pretensiones del imperio
de que se acepte el
concepto de
entretenimiento de los
EE.UU. como la cultura
dominante de nuestros
días. Esto significa que
estamos enfrentando una
batalla a escala global
en el terreno de la
cultura y que nos
preocupa igual que a
Martelen, que parte de
lo latino exportado al
mundo lleve la marca de
made in usa. Pero
para nada se puede ver
como una causa perdida
ni mucho menos si
tenemos en cuenta la
vigencia de la fábula
donde David venciera con
su honda al gigante
Goliat, vivencias que
los cubanos hemos puesto
en práctica desde hace
más de cinco décadas.
En tal sentido, por
suerte no todo lo que se
concibe musicalmente en
ambas Américas está
dominado por la
trivialidad de Miami;
pero de todos modos, el
camino para salir
vencedores de esta
contienda a favor de una
música de calidad
procedente de cada país
en que ha sido creada,
es a partir de la
dimensión expresiva del
verdadero arte donde lo
que se concibe en EE.UU.
como entretenimiento
latino, no tiene cabida.
Artistas de la talla de
Juan Luis Guerra están
lo suficientemente
apegados a sus
tradiciones culturales
como para deberles algo
a los gringos. Recordar
que en Argentina hay
personalidades con una
obra monumental como
Atahualpa Yupanqui y
Mercedes Sosa o los
cultores del rock
nacional Charly García y
Fito Páez cuyos
resultados son bien
ajenos a los dictados de
la Florida y mucho menos
sucede en ese gigante de
nuestro continente,
Brasil donde la cultura
popular se encuentra tan
fuertemente enraizada
que incluso hasta el rap
lo asumen con un
inconfundible aliento
brasileño.
De Cuba, numerosos son
los ejemplos en
cualquier manifestación
de la música popular que
rebosan originalidad.
Ahí está la historia de
éxitos a cargo de Celina
González o de Polo
Montañés quienes desde
los acentos de nuestra
música campesina, se
adueñaron de Colombia,
para no hablar de
insignes orquestas como
la Aragón, Los Van Van o
Adalberto Álvarez y su
Son donde la llamada
salsa extravía sus
ingredientes ante el
poderoso empuje del
cubano son. Argentina,
Chile, México o
Dominicana reciben desde
siempre a Silvio y a
Pablo como lo que son,
verdaderas instituciones
de la canción
contemporánea. Por su
parte, el dúo Buena Fe
rompe con aquellos
esquemas de que la
música pop deja de serlo
cuando se expresa en
textos inteligentes,
mientras que cantantes
como Miriam Ramos o
Liuba María Hevia
conocen del secreto de
llegar hasta la médula a
quien las escuche
indistintamente. Los
pianistas Frank
Fernández, Ernán López-Nussa
y José María Vitier
dominan con reconocida
maestría tanto el
universo de lo clásico,
como el de lo popular.
Incluso, jóvenes
pianistas como Harold
López-Nussa, Aldo López
Gavilán siguen por la
senda de los maestros a
la vez que dejan la suya
iluminada para el
desarrollo de otros
músicos todavía más
jóvenes.
Para terminar con esta
interminable relación de
personalidades de
nuestra música y
lamentablemente dejarla
inconclusa, mencionemos
esa impactante simbiosis
que ha logrado Síntesis
entre el rock y los
cantos afrocubanos, a la
vez que el
multinstrumentista,
compositor y cantante X
Alfonso se mueve con la
firmeza propia de los
creadores establecidos
hacia desconocidos
entornos de la
contemporaneidad para
desde allí avasallarnos
con todo el universo de
su talento.
Ninguno de los
mencionados y de los
muchos otros que faltan,
nada deben a la
tipología estética
impuesta de Miami, y en
caso de un mano a mano
en los escenarios,
apostamos por los
nuestros con los ojos
cerrados, quienes
saldrán invictos. Muchos
pueblos de América
Latina aplauden el alto
rango artístico de los
músicos cubanos, pues
como afirma Pablo
Milanés en su “Canción
por la unidad
latinoamericana”: “lo
que brilla con luz
propia nadie lo puede
apagar/ su brillo puede
alcanzar la oscuridad de
otras costas”.
No obstante, aunque
Martelen debe de estar
al tanto de la
diferencia existente
entre la música de los
latinos que se hacen
famosos en los EE.UU. y
músicos que como los de
nuestro país asaltan la
eternidad a partir de la
luz que como creadores
expanda cada quien, en
Cuba la cultura no es
una industria y mucho
menos del
entretenimiento. La
cultura, en este caso la
música, no es un asunto
de improvisados, sino de
elegidos por la vida,
dueños de una mística
que se merece el mayor
respeto cuando ponen en
práctica las
convicciones de sus
creencias estéticas y en
la medida en que estas
encuentren
correspondencia con el
público a que están
dirigidas, la recreación
no será insípida ni
insustancial, sino un
momento de auténtico
enriquecimiento
espiritual que, sin
lugar a duda, nos hace
mejores seres humanos.
Valga como cierre del
presente artículo
aquella anécdota de
Carlos Alfonso, director
de Síntesis, quien en
una ocasión le preguntó
al pianista Chucho
Valdés —con 16
nominaciones a los
Premios Grammy y nueve
trofeos obtenidos— por
dónde se encontraban sus
inquietudes artísticas
en ese momento
específico, y el maestro
le respondió que estaba
tratando de sacar un
sonido que no encontraba
en el piano. Carlos
Alfonso, orgulloso, pero
a la vez asombrado ante
tanto talento agrupado
en una sola persona,
llegó a la conclusión de
que actitudes como estas
son propias de músicos
cuyo nombre se escribe
con mayúsculas.
Entonces, en otro lado,
encontramos —como afirma
Martelen— a los
intérpretes latinos
americanizados por el
sello de Miami, a
quienes, en nuestra
opinión, habría que
inventarles una
profesión donde se pueda
clasificar lo que hacen. |