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Este es un momento muy
feliz para nosotros
porque sabemos lo que
significa, por supuesto,
para un autor, tener en
sus manos lo que ha sido
objeto y materia de
trabajo, de
investigación, de rigor
durante mucho tiempo, y
esas son las
características de la
labor de Irina Pacheco.
La calidad de su
investigación, la
capacidad de reunir a
los testimoniantes
necesarios, son ejemplo
de los propósitos
esenciales del Premio
Memoria que ella
ganó precisamente con
esta investigación.
El libro incluye
testimonios directos de
muchas personas. Aquí
tendremos la suerte no
usual, como ella decía,
de ver a los
testimoniantes en el
libro y de verlos además
en la pantalla cuando se
proyecte el documental
que también realizó
Irina. Ese es el caso de
María Teresa Linares, de
Aurelio Alonso y de
otros amigos que se
encuentran aquí.
Los testimonios son muy
importantes y la labor
que ha hecho Irina de
reunirlos, de recopilar
y de convertirlos en
este libro es realmente
formidable. Por eso a
nosotros nos alegró
tanto cuando llegó al
Centro Pablo como
proyecto precisamente de
investigación ―porque
este concurso no premia
los libros ya
terminados, sino,
justamente, los mejores
proyectos que tengan una
trascendencia y un
interés cultural, y
después Ediciones La
Memoria, que es el sello
del Centro, publica el
libro si este tiene la
calidad requerida, como
en este caso está más
que probado.
Iba a hacer una mención
inicial sobre las
dificultades que hubo
para publicar el libro,
dificultades ajenas al
Centro, producto de la
situación del sistema
poligráfico nacional y
con las que seguimos
luchando, todas las
editoriales no solo
nosotros, para que los
libros estén en tiempo y
se impriman con calidad.
Este tiene una calidad
notable, así como el
pliego de fotos de su
testimonio gráfico. Otra
veces, con otros libros,
no nos ha sucedido: aquí
hay una calidad que
queremos seguir
manteniendo en los otros
libros, si Dios y el
poligráfico nos dejan.
No está con nosotros
Graziella Pogolotti. No
pudo venir, pero quiero
comenzar esta
presentación, como había
pensado, compartiendo
con ustedes un breve
párrafo de su prólogo a
este libro, porque
sintetiza muy bien esa
relación con la memoria
que nuestro Centro
quiere mantener a través
de este Premio y de
otros proyectos.
Graziella escribe en el
prólogo: “Rescatar los
intrincados vericuetos
de la memoria
sobrepasando el dulce
encanto de la nostalgia
es tarea necesaria para
comprender, con vistas
al presente y al futuro,
la enorme complejidad
del tejido social. Evita
los erróneos análisis
reduccionistas
inspirados en narrativas
históricas concebidas al
modo de películas del
oeste norteamericano.
Permite establecer el
equilibro necesario
entre factores objetivos
reales ―poderosos
intereses económicos y
clasistas― y el ámbito
de la subjetividad,
fuente de imaginarios
colectivos e incentivo
para la acción
transformadora del ser
humano. Privilegiados
son los guardianes de la
memoria siempre y cuando
no se conviertan en
paralizantes estatuas de
sal”.
Este libro es
precisamente lo
contrario de lo que teme
Graziella que suceda,
porque moviliza el
pensamiento de muchos de
los que están aquí, los
reúne en manos de su
autora y entrega la
historia de un proceso y
un proyecto importante
en la historia de
nuestra cultura y no lo
hace en ninguna de las
parcialidades.
En dos citas que haré
después trataré de
subrayar que el sentido
de la complejidad al
tratar los temas
históricos,
testimoniales, es muy
importante, y este libro
justamente cumple con
él. La complejidad y la
contradicción: dos
elementos que debieran
estar siempre presentes
en la literatura, en las
artes y también en la
investigación
testimonial ―como lo
están en la vida misma.
El Centro Pablo se
siente feliz de que
exista una respuesta por
parte de diversos
autores en esa
dirección, es decir, que
haya una sistematicidad
en ver la historia, las
artes, la literatura en
su complejidad.
Incluyendo esa palabra
en su título hemos
publicado recientemente
otro de los Premios
Memoria recientes ―La
complejidad de la
rebeldía―, un libro
que les recomiendo, se
encuentra en las
librerías y lo
presentamos en la pasada
Feria, porque tiene
precisamente una
aproximación a un hecho
histórico de manera
compleja, no
simplificada. Leyendo
libros como ese, como el
de Irina, se tiene la
posibilidad de alcanzar
una comprensión más
cabal y completa de los
hechos históricos y
culturales. A partir de
la complejidad y de la
contradicción, y con ese
sentido del estudio, del
análisis, pensaron y
trabajaron personas que
para nuestro Centro
Pablo resultan
imprescindibles, como
Pablo de la Torriente
Brau, como Raúl Roa,
ambos mencionados para
mi alegría, por diversas
razones, en este libro.
Pablo mismo, en el
prólogo de sus
Cuentos de batey, el
único libro que publicó
en vida ―prólogo que es
una muestra hermosísima
de su humor, una de las
armas irrebatibles que
él manejó
magistralmente― hace una
relación de todas las
cosas que él era en la
vida en aquel momento,
incluyendo su
participación en los
equipos de fútbol. Hacia
el final de ese inicio
del prólogo escribe:
“Alumno de la escuela de
dibujo, de la escuela
libre dirigida por el
pintor Víctor Manuel y
domiciliada en cualquier
café de La Habana, ex
redactor anónimo de
periódicos desconocidos”
y después inicia un
chiste que incluye a
Pro-Arte con la palabra
“socio” cuando escribe:
“socio de Pro-Arte
Musical, de la Sociedad
Hispano-cubana de
Cultura, del Centro de
Dependientes y socio de
Gonzalo Mazas”… Un humor
irrebatible: nada pudo
con ese humor.
El libro de Irina
Pacheco está dividido en
capítulos que no siguen
un orden cronológico,
sino un orden temático,
y las temáticas que
aborda son de la
importancia que ustedes
advertirán al escuchar
sus títulos. Mencionaré
solo algunas. “Las
mujeres de Pro-Arte
Musical”: hay mucha
presencia de género y
resalta la importancia
de ustedes, de las
mujeres que en este caso
se encuentran aquí con
nosotros, algunas de las
cuales estuvieron cerca
de ese proyecto o en ese
proyecto. “El Ballet de
Pro-Arte”. ¡Qué vamos a
agregar en ese sentido!;
“La guitarra en Pro-Arte
Musical”.
Cada uno de esos temas
está visto desde la
complejidad, desde la
contradicción ―como la
doctora Pogolotti nos
advertía en su prólogo―,
no solamente desde la
narración de lo
sucedido. La historia es
compleja, es
contradictoria y aunque
pasen los años, hay que
tratar de que libros
como este ayuden a
comprender exactamente
las cosas que
sucedieron, a
valorarlas, y a no
excluir de la cultura,
de un plumazo, elementos
y temas que tuvieron
importancia en su
momento. Este libro, con
la ayuda, por supuesto,
de los testimoniantes
que es decisiva, resulta
un ejemplo excelente de
esa visión que nosotros
queremos proponer desde
el Centro Pablo.
Entre los capítulos del
libro hay uno muy breve,
que pienso daría para
una investigación
posterior de otro
estudioso. Esa es otra
virtud de textos como
este, que incitan a
continuar algunos de los
caminos iniciados en sus
páginas. Me refiero
ahora al capítulo
titulado “Pro-Arte en
Oriente”, donde se hace
un breve resumen de las
experiencias de la
sociedad Pro-Arte
Musical en aquella
provincia, la existencia
de ese proyecto en otras
ciudades del país. Ahí
hay un elemento gráfico
hermoso, emocionante: la
foto de Vilma Espín, de
bailarina, de estudiante
en aquel momento.
Dentro de este libro
también se menciona uno
de sus proyectos como
parte de Pro-Arte: su
revista. De ella, quiero
compartir este breve
fragmento, porque me
parece que pudiera
representar la poética
de Pro-Arte. Lo más
significativo o
sorprendente es que se
trata de poética
contemporánea: propone
aquí una actitud similar
a lo que intentamos
hacer muchos artistas en
diversos ámbitos
actualmente. Ello
demuestra, al mismo
tiempo, la vitalidad de
este libro y de aquel
proyecto.
Dice el texto de la
revista de Pro-Arte:
“Siempre hacia arriba,
remontando perpetuamente
la cuesta en persecución
de la alta cima, debe
ser la norma de todo
organismo individual o
social que quiera
perfeccionarse y
progresar. Detenerse en
el camino rendido por la
fatiga o envanecido del
triunfo alcanzado es
condenarse al fracaso.
El que se detiene,
retrocede tarde o
temprano y el que
retrocede perece
irreversiblemente”.
Pro-Arte Musical dio
pruebas de que está
alentada por un espíritu
emprendedor. Ese es un
espíritu que, como
sabemos necesitamos
mucho ―quizá todos
nosotros―, no solo en la
cultura. La cita puede
verse como una poética
compartible, que podemos
aplicar en nuestros
respectivos ámbitos. Ese
sueño de emprendimiento
creador colectivo es el
que modestamente en el
Centro Pablo tratamos de
realizar y que produce,
por suerte, libros como
el que ahora
presentamos.
Como parte fundamental
de este libro se
encuentran los
testimonios. Voy a citar
la primera frase que
tengo señalada aquí, del
maestro Fernando Alonso.
Dice: “Pro-Arte Musical
fue una verdadera
universidad de la
cultura para el pueblo
cubano”.
Otros de los testimonios
señalan que Pro-Arte fue
la vanguardia de la
formación general de
todo el pueblo porque
allí iban personas no
solamente a los palcos,
a las primeras filas,
sino también al lugar a
donde iba Pablo de la
Torriente Brau: al
gallinero. Pablo lo
menciona en más de un
texto suyo: era
justamente allí, desde
el gallinero, donde él
iba a conocer y a
empaparse de esa
maravillosa gama, de esa
expresión variadísima y
de alta calidad de la
cultura universal ―no
solamente cubana―, que
este proyecto trajo ante
los ojos y los oídos de
los cubanos y las
cubanas de su época.
Hay otros dos capítulos
esenciales, por
supuesto, dentro del
libro: “Los socios”,
donde hablan algunos de
estos como entrevistados
de hoy, y “Los
espectadores”,
testimoniantes actuales
que eran en aquel
momento muy jóvenes,
algunos casi niños, y
que comunican
precisamente esa
impronta diferente, no
del que tuvo una
participación ya como
adulto, como parte de
ese proyecto, sino como
espectador, incluso niño
o adolescente.
El libro es un ejemplo
de esfuerzo, de
investigación, de
trabajo, de rigor, pero
también es la
documentación y el
testimonio sobre otros
esfuerzos enormes,
mayores, sin duda, que
han ocurrido durante la
historia de la cultura
cubana, puede verse como
documento e incluso como
homenaje. Ese es el caso
del testimonio referido
a Alicia Alonso, quien
hablando de una gira
importante que hacía el
Ballet y de los
esfuerzos titánicos que
aquello significaba para
las bailarinas y de los
resultados que ello iba
a significar, como vemos
hoy, en la historia del
Ballet Nacional de Cuba
para la cultura cubana,
decidió aceptar un
préstamo, por las
condiciones difíciles
que viene narrando la
historia, proveniente de
un rico industrial
local, dejando en
garantía una joya para
ella inapreciable que le
había donado el pueblo
de Cuba en 1957, con
motivo del primer
homenaje nacional que se
le rindió en su patria.
Ante las objeciones de
algunos amigos por su
decisión de desprenderse
de algo tan preciado,
Alicia exclamó. “¡La
rescataremos cuando
llegue el éxito
económico, pero si la
perdiera, siento que
ganando prestigio por
medio de nuestro arte
para nuestra patria
compenso a nuestro
pueblo, le devuelvo lo
que me dio; lo que hay
es que ganar ese
prestigio!”.
El Ballet, Alicia y
todos los que hicieron
el Ballet Nacional lo
ganaron, y por eso es
que hoy, entre otras
muchas cosas, estamos
recordando también aquí
esa inmensa obra
cultural que es el
Ballet Nacional de Cuba,
ante la presencia de
Fernando Alonso, uno de
sus pioneros y
fundadores principales.
Como este es un libro
que trabaja precisamente
a partir de la
complejidad, de la
contradicción, incluye y
propone los puntos de
vista de diferentes
testimoniantes, no para
llegar a una conclusión
definitiva, sino para
ofrecernos la
posibilidad de decidir
por nosotros mismos. En
ese sentido, quiero
compartir unos breves
testimonios.
El ensayista Aurelio
Alonso dice: “Pro-Arte
no era una institución
representativa de las
clases populares y que
de ningún modo pienso
que sus propósitos se
relacionaban con una
masificación de las
mejores manifestaciones
de la cultura. Había
algo, no sé si mucho,
tal vez menos de lo que
algunos le atribuyeron
pero algo importante, de
elitista, con un toque
aristocrático más que
burgués, en el estilo, y
no lo digo críticamente
porque pienso que
también forma parte de
su encanto y de su
contribución, pues las
fronteras de ese
elitismo no respondían a
la pertenencia de clase
muy alta, de las señoras
que regían, sino a la
comunión en la
compresión y el placer
cultural”. Y termina
afirmando: “trajeron al
público cubano lo mejor
de la época, propiciaron
el contacto, una
lectura, una
asimilación”.
En varios momentos del
libro es posible
encontrar la opinión del
Monseñor Carlos Manuel
de Céspedes, una opinión
decididamente favorable
que ejemplifica
precisamente la variedad
de criterios que, en mi
opinión, enriquece la
visión de este libro:
“Eran señoras muy
respetables. Yo conocí a
algunas de ellas, que
eran amigas de mi
familia, de mi madre.
(…) Las recuerdo con
cariño, con veneración.
Toda eran generosas,
trabajadoras,
inteligentes, sensibles,
increíblemente
superiores a cualquier
cosa que uno pudiera ver
en cualquier sitio”.
Y hay una opinión que
sirve precisamente para
mostrar la comparación,
el balance, entre esos
puntos de vista. Es el
testimonio de Pedro
Simón, que menciona, por
un lado, el criterio
excluyente, que niega
todo valor a un hecho
cultural porque nació de
una clase social dada y
por lo tanto no puede
dar resultados
positivos; y, por otro,
el criterio, también
radical, de que lo
realizado allí era
absolutamente bueno y
excelente. De ese
balance surge el valor
esencial de este libro:
mostrar un proyecto
cultural como este,
hecho dentro de la
República, y que se vea
con la complejidad
necesaria que nos
permita una valoración
justa. Esta idea se
vincula con otros
elementos que el libro
toca también con la
misma intención de
prestar atención
inteligente, no
excluyente, a proyectos
culturales que
estuvieron hechos
durante la República y
que aportaron valores y
experiencias para
nuestra cultura.
Mencionaré uno solo
porque fue
extraordinario: el
trabajo que realizó Raúl
Roa como director de
cultura, siendo ministro
de Educación Aureliano
Sánchez Arango durante
el gobierno de Carlos
Prío Socarrás, que se
menciona en más de un
momento dentro de este
libro y que no siempre
ha tenido la valoración
que merece a partir de
un criterio equivocado y
sectario.
Habría que recordar las
ferias del libro que se
organizaron en esa
época, impulsadas
precisamente por Roa, o
el proyecto de llevar el
cine y las brigadas
culturales a otras
regiones del país, más
allá de la capital. En
la década de los 60,
acciones como esas
tuvieron alcances
formidables, ya
disponiendo de los
recursos necesarios,
pero el germen de todo
aquello estuvo en la
labor personas como Raúl
Roa y de otros que
trabajaron con él, que
vieron, tempranamente,
en la cultura no el
privilegio de una clase,
sino la visión
adelantada de lo que
sería posible hacer en
otras circunstancias
históricas más
favorables, basadas en
la justicia social y la
búsqueda de la libertad.
La cultura cubana no
empezó en 1959. El
proceso revolucionario
iniciado entonces
propició que los logros
excepcionales de
Pro-Arte se convirtieran
en la regla mayoritaria.
Para eso en definitiva
se había luchado ―e
incluso luchamos hoy―:
para que la cultura
ocupe, ampare y ofrezca
sus espacios de
creatividad y defensa de
los valores éticos y
nacionales.
Por eso este libro
también valora ―y muy
bien― aquellos aportes
excepcionales, al mismo
tiempo que se convierte
en memoria de los
procesos culturales que
narra. Desde el Centro
Pablo y nuestras
ediciones La Memoria nos
satisface proponer este
tipo de literatura que
rescata la memoria de
una manera viva: que,
desde el pasado, nos
trata de hacer entender
qué es el presente y nos
da un poco más de fuerza
para seguir hacia el
futuro.
Palabras en la
presentación del libro
La sociedad Pro-Arte
Musical. Testimonio de
su tiempo. |