|
No hace mucho, Pablo
Milanés me confesaba que
es maravilloso cantarles
a los jóvenes para que
escuchen sus canciones,
las hagan suyas y las
entiendan. La
conversación la
sosteníamos minutos
después de que el bardo
ofreciera un concierto
en la Tribuna
Antimperialista José
Martí junto con sus
hijas, un grupo de
amigos músicos y
artistas de las más
nuevas generaciones. La
anécdota viene muy a
cuento porque el
trovador sigue
proponiéndose, como uno
de los destinos de su
rumbo creativo, dar
realce entre los
jóvenes a ese vínculo
afectivo que lo une al
alma de la identidad
cubana.
|
 |
Por eso, tal vez, acaba
de visitar el Instituto
Superior de Arte (ISA),
donde se dio el gusto de
tocar al aire libre para
los estudiantes durante
casi dos horas. Lo hizo
en un concierto dedicado
a los 35 años de la
institución en el que se
lanzó a un recorrido por
etapas esenciales de su
trayectoria y se
comprobó que la luz de
la Nueva Trova sigue
brillando en su vida.
Tanto, que no deja de
seducir con esa manera
muy personal de contar
su país, sus nostalgias,
sus esperanzas y los
quebrantos comunes de
cualquier ser humano de
hoy. Y todo ello con una
voz tan vasta como sus
canciones que dejan a la
vista que el bayamés
sigue siendo,
sencillamente, Pablo.
La presentación se había
fijado para los 8 y 30
de la noche y desde poco
antes se encontraba con
sus músicos en uno de
los salones de la
instalación. Normal,
entonces, que varias
personas se acercaran
para saludarlo y
agradecerle la
oportunidad de verlo en
vivo en “La Universidad
de las Artes”, como
rezaba una frase a la
entrada del ISA.
El juglar apareció
minutos después de la
hora señalada. Vestía
completamente de blanco,
y su rostro albergaba
una sonrisa que lo
acompañó hasta el final
del trayecto. En ella
muchos leyeron el
agradecimiento por los
cálidos aplausos que le
prodigaron cientos de
jóvenes desde el mismo
inicio del espectáculo.
Al fin y al cabo, este
era el público al que le
había venido a cantar y
que disfrutó con denuedo
esas memorables
canciones suyas en cuya
trama han quedado
reflejados para siempre
miles de cubanos.
Pablo sigue siendo el
trovador de los deseos
más íntimos y las
grandes pasiones.
Cantó sus temas de
siempre con esa voz que
parece conocer los
secretos de la
inmortalidad y desgranó
con una envoltura
poética extraordinaria
algunos de los
títulos contenidos en su
más reciente álbum,
Regalo. Como ya es
habitual, arrancó con
“Proposiciones”, uno de
sus clásicos que, por
cierto, da nombre a un
festival de reciente
andadura que auspicia
el trovador en la
capital y reúne a
noveles exponentes del
arte cubano. Continuó
repasando las razones de
su leyenda con “Días de
gloria”, “De qué callada
manera” (texto de
Nicolás Guillén), “Si
ella me faltara alguna
vez”, entre una larga
lista de esas evocadoras
piezas que son cantadas
lo mismo en la Isla que
en cualquier punto del
globo.
Pablo no esperó
demasiado para
intercambiar algunas
palabras con los
espectadores. Poco
después de comenzar,
bromeó con Miguel Núñez,
el talentoso pianista
que se desempeña como
director musical de su
agrupación. “Parece que
él tiene que apagar un
fuego y no me ha dejado
conversar con ustedes”,
dijo entre bromas
y dialogó brevemente con
los jóvenes y les
agradeció por estar
allí.
El autor de “Ámame como
soy”, en efecto, se deja
querer y él lo sabe. Eso
explica también que cada
vez que da un concierto
no quepa ni un alpiste
en los teatros. Nada más
subir al tablado
transforma al público en
otro de los músicos de
su banda, convirtiendo
el escenario en un
espacio íntimo, casi
mágico, desde el cual
alumbra historias tan
cotidianas, complejas e
intensas como la vida
real.
Todo en su universo
funcionó a la
perfección. Desde el
sonido de la banda, el
acompañamiento de Miguel
Núñez, hasta su
increíble voz que
conserva la húmeda
frescura de sus primeros
días. Pero sobre todo
los textos mantienen el
poder de cautivar al que
los escucha con atención
tanto en Cuba, como
allende los mares.
Porque, en verdad, una
de las evidentes
virtudes de Pablo es la
forma en que despliega
esos sentimientos tan
cubanos como universales
y los sintetiza
magistralmente en unas
pocas líneas. Por
ejemplo, ¿algo más
revelador en cuestiones
de amores que aquel
himno suyo que dice: “Si
me faltaras, no voy a
morirme; si he de morir,
quiero que sea contigo.
Mi soledad se siente
acompañada, por eso a
veces sé que necesito tu
mano, tu mano,
eternamente, tu mano…?”
Tras escuchar los
primeros acordes, el
público comenzó a corear
“Yolanda” como si
atesorara sus propias
vivencias individuales.
O sea, como si a través
de este antológico tema
no solo se puedan
descubrir fragmentos de
la vida de su autor,
sino también la
superficie de las vidas
ajenas de muchas
personas que nunca se
llegaran a conocer, pero
que, sin embargo, tienen
en común las historias
íntimas de Pablo
Milanés, ese gran
trovador que observa
cómo el tiempo pasa,
pero sus
canciones quedan.
|