La Habana. Año X.
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1ro. de JULIO de 2011

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Sencillamente Pablo

Michel Hernández • La Habana

Foto: Juan Camilo Cruz Rodríguez

No hace mucho, Pablo Milanés me confesaba que es maravilloso cantarles a los jóvenes para que escuchen sus canciones, las hagan suyas y las entiendan. La conversación la sosteníamos minutos después de que el bardo ofreciera un concierto en la Tribuna Antimperialista José Martí junto con sus hijas, un grupo de amigos músicos y artistas de las más nuevas generaciones. La anécdota viene muy a cuento porque el trovador sigue proponiéndose, como uno de los destinos de su rumbo creativo, dar realce entre los jóvenes a ese vínculo afectivo que lo une al alma de la identidad cubana.

Por eso, tal vez, acaba de visitar el Instituto Superior de Arte (ISA), donde se dio el gusto de tocar al aire libre para los estudiantes durante casi dos horas. Lo hizo en un concierto dedicado a los 35 años de la institución en el que se lanzó a un recorrido por etapas esenciales de su trayectoria y se comprobó que la luz de la Nueva Trova sigue brillando en su vida. Tanto, que no deja de seducir con esa manera muy personal de contar su país, sus nostalgias, sus esperanzas y los quebrantos comunes de cualquier ser humano de hoy. Y todo ello con una voz tan vasta como sus canciones que dejan a la vista que el bayamés sigue siendo, sencillamente, Pablo.

La presentación se había fijado para los 8 y 30 de la noche y desde poco antes se encontraba con sus músicos en uno de los salones de la instalación. Normal, entonces, que varias personas se acercaran para saludarlo y agradecerle la oportunidad de verlo en vivo en “La Universidad de las Artes”, como rezaba una frase a la entrada del ISA.

El juglar apareció  minutos después de la hora señalada. Vestía completamente de blanco, y su rostro albergaba una sonrisa que lo acompañó hasta el final del trayecto. En ella muchos leyeron el agradecimiento por los cálidos aplausos que le prodigaron cientos de jóvenes  desde  el mismo inicio del espectáculo. Al fin y al cabo, este era el público al que le había venido a cantar y que disfrutó con denuedo esas memorables canciones suyas en cuya trama han quedado reflejados para siempre miles de cubanos.

Pablo sigue siendo el trovador de los deseos más íntimos y las grandes pasiones. Cantó sus temas de siempre con esa voz que parece conocer los secretos de la inmortalidad y desgranó con una envoltura poética extraordinaria algunos de los títulos contenidos en su más reciente álbum, Regalo. Como ya es habitual, arrancó con “Proposiciones”, uno de sus clásicos que,  por cierto, da nombre a un festival de reciente andadura  que auspicia el trovador en la capital y reúne a noveles exponentes del arte cubano. Continuó repasando las razones de su leyenda con “Días de gloria”, “De qué callada manera” (texto de Nicolás Guillén), “Si ella me faltara alguna vez”, entre una larga lista de esas evocadoras piezas que son cantadas lo mismo en la Isla que en cualquier punto del globo.

Pablo no esperó demasiado para intercambiar algunas palabras con los espectadores. Poco después de comenzar, bromeó con Miguel Núñez, el talentoso pianista que se desempeña como director musical de su agrupación. “Parece que él tiene que apagar un fuego y no me ha dejado conversar con ustedes”, dijo entre bromas y dialogó brevemente con los jóvenes y les agradeció por estar allí.

El autor de “Ámame como soy”, en efecto, se deja querer y él lo sabe. Eso explica también que cada vez que da un concierto no quepa ni un alpiste en los teatros. Nada más subir al tablado transforma al público en otro de los músicos de su banda, convirtiendo el escenario en un espacio íntimo, casi mágico, desde el cual alumbra historias tan cotidianas, complejas e intensas como la vida real.

Todo en su universo funcionó a la perfección. Desde el sonido de la banda, el acompañamiento de Miguel Núñez, hasta su increíble voz que conserva la húmeda frescura de sus primeros días. Pero sobre todo los textos mantienen el poder de cautivar al que los escucha con atención tanto en Cuba, como allende los mares. Porque, en verdad, una de las evidentes virtudes de Pablo es la forma en que despliega esos sentimientos tan cubanos como universales y los sintetiza magistralmente en unas pocas líneas. Por ejemplo, ¿algo más revelador en cuestiones de amores que aquel himno suyo que dice: “Si me faltaras, no voy a morirme; si he de morir, quiero que sea contigo. Mi soledad se siente acompañada, por eso a veces sé que necesito tu mano, tu mano, eternamente, tu mano…?”

Tras escuchar los primeros acordes, el público comenzó a corear “Yolanda” como si atesorara sus propias vivencias individuales. O sea, como si a través de este antológico tema no solo se puedan descubrir fragmentos de la vida de su autor, sino también la superficie de las vidas ajenas de muchas personas que nunca se llegaran a conocer, pero que, sin embargo, tienen en común las historias íntimas de Pablo Milanés, ese  gran trovador que observa cómo el tiempo pasa, pero sus canciones quedan.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.