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El itinerario de
artistas y la múltiple
diversidad de sus
propuestas es una
realidad en la capital
cubana a través de la
exhibición en el
circuito de galerías de
la ciudad.
Y pese a la
interrelación
capital-provincias
(atendida a nivel
institucional), es
innegable que La Habana,
como suele suceder,
continúa siendo para los
artistas centro de la
actividad promocional
como punto de mira más
global, condensa en sus
límites mayormente las
posibilidades de mercado
artístico y favorece la
atención de la crítica
especializada.
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Adrián Rumbaut |
Quizá por ello es
una excelente noticia
que en la Galería Villa
Manuela de la UNEAC este
fin de semana ha quedado
inaugurada Punto y
seguido, una
exposición colectiva de
cinco artistas de
Cienfuegos que no se
unen aquí por la
relación entre sus
imaginarios, muy
distintivos y diferentes
en cada caso, mas sí por
el hecho de ser
coterráneos.
De modo que el vínculo
UNEAC de la capital y de
la provincia
(Cienfuegos) logra con
esta muestra colectiva
indicarnos una vez más
la necesaria vitalidad
que debe continuar
existiendo en el
intercambio entre
provincias y capital. La
especialista
cienfueguera Massiel
Delgado Cabrera, quien
atendiera el proyecto de
Punto y seguido,
lo ha definido con
claridad, por cierto:
“Suele ocurrir —ha
expresado en su examen
al reunir a los artistas
allá en la Perla del
Sur— que las regiones
definidas en Cuba como
provincias son
percibidas como umbrales
de baja intensidad en
los que el tiempo posee
una velocidad diferente,
vivencia subjetiva
—psicológica y
culturalmente
mediatizada— que, según
algunos intuyen,
determina y configura
una manera específica de
enfrentar la creación
artística, asociada la
mayoría de las veces a
una producción
desconflictiva,
localista, gastada en su
vaciedad. Algo que ya se
sabe, es más el
resultado de
dificultades en el
acceso, que de
limitaciones
conceptuales o
morfológicas en lo
artístico”.
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Vladimir
Rodriguez |
Ahora Punto y
seguido nos invita a
apreciar obras de
artistas relevantes
cienfuegueros, lo cual
no es nada desestimable
si pensamos en los
puntuales antecedentes
de la historia
artística en la hermosa
Perla del Sur. Desde los
preciados aportes de las
obras del escultor Mateo
Torriente, sin olvidar
aquellos de los pintores
naif que nucleara
Samuel Feijóo, entre los
que se halla Julián
Espinosa, el entrañable
y peculiar Wayacón,
así como otros pintores
primitivos, o los
renovadores afanes que
se proponía el Grupo
Punto que, a fines del
pasado siglo XX,
desplegó en Cienfuegos
una intensidad tal que
desbordaba cualquier
intento de apresarlo en
un espíritu únicamente
local. Grupo integrado
por entonces jóvenes
artistas quienes
removieron nociones
acomodaticias y se
encaminaron con un
proyecto artístico de
ideas, mientras en la
capital se producía todo
aquel repliegue
sensualista hacia el
regodeo en el oficio y
los géneros.
Ha pasado toda
una década del término
de la actividad
colectiva del Grupo
Punto. Los artistas que
aquí se juntan (tres de
ellos son exintegrantes
de aquel, léase William,
Juan Karlos y Adrián)
han sentido, no sin
cierta nostalgia,
aquella comunión
anterior ya mencionada,
a la vez que rememorado
las otroras búsquedas
experimentales de la
pasada vida artística
similar como ayer por el
común denominador del
paisaje cienfueguero que
es entorno de sus
creaciones.
La de ellos es
ahora una sintonía
generacional, de
contexto artístico y de
inquietudes, aunque no
se conformen en un grupo
como tal. Así,
repentinamente este
insospechado quinteto se
ha unido con el objetivo
de exponer en la galería
de nuestra UNEAC. Y
este refrescante
reencuentro les ha
asaltado en medio de los
preparativos de su
exhibición, como un déjà
vu, semejante a una
paramnesia mediante la
cual recuerdan
inesperadamente lo aún
no sucedido.
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William
Pérez |
Mas, diría que pese a
las disimilitudes entre
sus creaciones, hay,
amén de ese pasado
artístico o del presente
contextual, algo más en
este acoplamiento de tan
disímiles proyectos. Se
percibe cual vibrante
preocupación por el
tiempo, ya sea desde un
punto de vista
existencial, histórico,
filosófico o estético.
Veámoslo a través de sus
poéticas. William Pérez
incursiona con fibra
óptica, acrílico, madera
y dibujos, en mapas que
propician una lectura
inclusiva de lo objetual
y tecnológico, él alude
a fragmentos varios,
cual si intentáramos
crear trampas y recursos
para retener nuestra
memoria psicológica.
Quizá pueda el
espectador ver el toro
de Alexander Morales muy
alejado de estas
metáforas, máxime cuando
él se inclina por un
dejo de humor que
pudiera desdecir
cualquier trascendencia.
En su antípoda, Vladimir
Rodríguez asume una
visualidad que pudiese
dejar perplejo al
espectador del siglo XXI.
Sus instalaciones nos
sumergen en un universo
atemporal: no pertenece
al pasado porque no
existen analogías por
comparación, ni al
presente debido a su
inexistencia en el
planeta, mas tampoco
podría decirse que es el
futuro ignoto. Sus
desenterramientos
parecen esperar que el
espectador devenga
arqueólogo asombrado o
que seamos nosotros
quienes dilucidemos una
filosofía del mundo, de
la especie o de la
evolución que él
relaciona desde su
subjetividad con otros
conceptos como
cosmogonías múltiples,
la manipulación y un
bestiario
literario-poético. Con
esta pieza fundamentada
en conceptos
numerológicos, se basa
en el mito de los ibeyis,
refleja la noción de que
los opuestos se
complementan en la
naturaleza misma, un
criterio que hallo
análogo al ying y yang
de la filosofía
oriental. Muy lejos de
esta arqueología
asombrosa, Adrián
Rumbaut exalta la
pintura desde un examen
abstracto. Espectros
(sus diagramas
pictóricos) depuran
mapas del color. Vale
recordar cómo el artista
en etapas anteriores
realizaba pinturas
encerradas en prisiones
ilusionistas. En la
actualidad, se ha ido
centrando cada vez más
en la experiencia
plástica más pura, no en
términos de estilo o
morfología, sino en
cuanto al relieve que
otorga a al pigmento.
Mas tampoco ha dejado de
ser implacable al
confinar la pintura
enmarcada dentro de un
metálico zuncho.
“Cuestiono reglas de la
tradición pictórica”
—nos dice. Adrián parte
de un par de
fotografías, una de los
rebeldes en la Sierra y
otra de su familia, las
reelabora cual planos
para el análisis
perceptivo, el suyo es
un arte de dobleces, por
una parte reina la
imagen pictórica, por
otra es intelectual.
Juan Karlos
Echeverría enfatiza,
desde el ángulo
histórico-artístico que
es soporte para Adrián,
esa noción del tiempo al
emplazar su obra en
temáticas que abordan el
pasado del socialismo de
Europa del Este y su
relación con Cuba. Él
toma de la iconografía
de nuestra identidad
histórica y también
soldaditos de juego (que
remiten a su
individualidad en el
papel del proceso de la
historia misma más
general). Nos remite a
la plástica de los 90
cuando una obsesión por
la identidad y/o la
insularidad recorrió las
imágenes del arte
cubano. Sus
instalaciones empero
pienso que demandan
reelaboraciones más
complejas: He llegado al
último de los artistas y
una vez más salta a la
vista cómo, sin
proponérselo de manera
consciente, estos cinco
artistas vuelven su
mirada a ese ciclo
inextinguible que es el
tiempo.
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Alexander
Morales |
Sin duda, hay tres
piezas que creo resaltan
en la colectiva, es el
caso de la poética
sumamente lograda de
William Pérez con sus
mapas imaginarios
encendidos, la obra de
quien he llamado cierta
vez “el ilusionista”:
Adrián Rumbaut, y
la cosmovisión
arqueológica, con una
densidad intelectual y
antropológica tan
inusitada como original
de Vladimir Rodríguez,
un trío que otorga
relieve conceptual a la
colectiva.
Si el Grupo Punto
(1995-2000) fue una
experiencia
colectiva oxigenante en
la plástica cubana,
ahora notamos una
continuidad en este
promisorio verano de
2011. Un Punto y
seguido a través de
tan diferentes
imaginarios de quienes,
sin agruparse de forma
alguna, parecen dejarnos
“todo el tiempo” para
que develemos el arte en
sus creaciones. |