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El racismo es
imperceptiblemente un
condimento habitual en
Cuba. Mi madre, hoy con
98 años, me juraba que
ella no era racista, que
sus mejores amigas eran
negras. Y pasó el tiempo
y tuve un novio negro.
Ella lo aceptó pero una
vez, deslizando su
entonces hermosa mano
por el cabello rubio y
liso de mi sobrino
mayor, me dijo “¿ves?,
con tus hijos yo no voy
a poder hacer esto”. Y
no lo dijo con mala
intención, sino con el
sentimiento de la
diferencia excluyente.
Mientras frases como
esas se escuchaban de
parte de mi familia, en
la de mi novio había una
resistencia total: “tú
vas a ser una mosca en
un vaso de leche”, le
decían. Para su gente lo
correcto era casarse
entre negros.
Ni en un lado ni en otro
veían que Mario y yo
teníamos gustos comunes:
poesía, artes plásticas,
narrativa, menos en la
música popular,
especialmente en la
conga. Jamás olvido que
una noche de cabaret a
mí se me iban los pies
debajo de la mesa y mi
compañero dijo así,
sonriente, sin darse
cuenta lo
discriminatorio que era:
“aquí la negra pareces
tú”.
Hoy, 50 años después del
triunfo de la Revolución
las manifestaciones
racistas perviven para
mal de una sociedad que
lucha por la igualdad y
por dotar a todos sus
hijos de parejas
posibilidades.
Pienso, incluso, que
catalogar a negros y
mestizos como
afrodescendientes es un
error: el homo
sapiens comenzó su
desarrollo en África,
todos entonces somos
afrodescendientes desde
los noruegos hasta los
haitianos; pero en fin
África es para su
orgullo y vitalidad el
corazón de la negritud.
En Cuba, por ley, está
abolido el racismo lo
que supone que todas y
todos tengamos acceso a
lo que oferta esta
sociedad desde atención
médica hasta bienes
culturales. Pero por
decreto las
discriminaciones no se
eliminan.
Aún, en una buena
cantidad de spots
publicitarios y
videoclips, la mulata es
explotada como símbolo
sexual, en una doble
discriminación por su
color de la piel y por
mujer. Pienso que es
precisamente en el
producto de consumo
masivo que los
realizadores
audiovisuales deben
buscar como objetivo no
ofrecer ningún resquicio
a la discriminación, sin
caer en los extremos de
algunos policíacos en la
que todos los
delincuentes eran
blancos, como si cuando
se reúnen seis o siete
cubanas y cubanos
siempre no hay un negro
o un mulato.
En las letras de
canciones, algunas
verdaderamente infames,
también resulta
imprescindible trabajar
porque lo negro no se
asocie al delito como
sucede a veces. Sobran
los ejemplos de
vulgaridades puestas en
boca de negras, que a su
vez son expuestas por
sus valores eróticos y
no conceptuales.
En esta amalgama de
problemas que acarrea el
racismo, está la actitud
del funcionario que
prefiere a un blanco por
su piel y no por sus
conocimientos, hasta la
madre blanca que mal
educa a sus hijos
diciéndole que no quiere
que jueguen con menores
negros y también está la
negra que “quiere
adelantar la raza” y por
eso le inculca a su
prole que busquen
parejas entre rubios de
ojos azules,
preferentemente.
Se trata, sin duda, de
un tema con múltiples
aristas y de no fácil
solución. Hace un tiempo
recuerdo a una
periodista negra que
decía “en 1959 se dio la
voz de arrancada por
iguales oportunidades
para todos, pero una
gran parte, la
proveniente de los
esclavos, salió con
desventaja, eran los que
vivían mayoritariamente
en los solares, tenían
los trabajos más rudos y
peor remunerados, en fin
las negras y negros que
abundaban como
sirvientes y eran
contados como
universitarios. Así la
justa medida llevaba sin
quererlo una injusticia
dentro que solo el
tiempo y la comprensión
de todos, puede saldar”.
Y aún no se han saldado.
En ese camino de unir a
cubanas y cubanos en una
lucha por un país mejor,
tenemos responsabilidad
todos: desde los
funcionarios hasta los
compositores musicales,
desde el blanco ojiverde
que quiere hacer bajar a
Shangó con una negra,
hasta el negro que la
prefiere rubia, aunque
tenga un tenis sucio en
la cabeza. El racismo
nacido cuando un
mugriento y analfabeto
blanco europeo cazó a un
bello y limpio príncipe
en las costas de África
para venderlo como
esclavo, ya no existe
así; pero tiene sus
vestigios. Si lo duda,
solo escuche con
detenimiento en las
calles cómo
inconscientemente en
algún momento… somos
racistas. |