La Habana. Año X.
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Racismo: un mal con muchos lados
Paquita Armas Fonseca • La Habana
Ilustraciones: Idania y David

El racismo es imperceptiblemente un condimento habitual en Cuba. Mi madre, hoy con 98 años, me juraba que ella no era racista, que sus mejores amigas eran negras. Y pasó el tiempo y tuve un novio negro. Ella lo aceptó pero una vez, deslizando su entonces hermosa mano por el cabello rubio y liso de mi sobrino mayor, me dijo “¿ves?, con tus hijos yo no voy a poder hacer esto”. Y no lo dijo con mala intención, sino con el sentimiento de la diferencia excluyente.

Mientras frases como esas se escuchaban de parte de mi familia, en la de mi novio había una resistencia total: “tú vas a ser una mosca en un vaso de leche”, le decían. Para su gente lo correcto era casarse entre negros.
 

Ni en un lado ni en otro veían que Mario y yo teníamos gustos comunes: poesía, artes plásticas, narrativa, menos en la música popular, especialmente en la conga. Jamás olvido que una noche de cabaret a mí se me iban los pies debajo de la mesa y mi compañero dijo así, sonriente, sin darse cuenta lo discriminatorio que era: “aquí la negra pareces tú”.

Hoy, 50 años después del triunfo de la Revolución las manifestaciones racistas perviven para mal de una sociedad que lucha por la igualdad y por dotar a todos sus hijos de parejas posibilidades.

Pienso, incluso, que catalogar a negros y mestizos como afrodescendientes es un error: el homo sapiens comenzó su desarrollo en África, todos entonces somos afrodescendientes desde los noruegos hasta los haitianos; pero en fin África es para su orgullo y vitalidad el corazón de la negritud.

En Cuba, por ley, está abolido el racismo lo que supone que todas y todos tengamos acceso a lo que oferta esta sociedad desde atención médica hasta bienes culturales. Pero por decreto las discriminaciones no se eliminan.

Aún, en una buena cantidad de spots publicitarios y videoclips, la mulata es explotada como símbolo sexual, en una doble discriminación por su color de la piel y por mujer. Pienso que es precisamente en el producto de consumo masivo que los realizadores audiovisuales deben buscar como objetivo no ofrecer ningún resquicio a la discriminación, sin caer en los extremos de algunos policíacos en la que todos los delincuentes eran blancos, como si cuando se reúnen seis o siete cubanas y cubanos siempre no hay un negro o un mulato.
 

En las letras de canciones, algunas verdaderamente infames, también resulta imprescindible trabajar porque lo negro no se asocie al delito como sucede a veces. Sobran los ejemplos de vulgaridades puestas en boca de negras, que a su vez son expuestas por sus valores eróticos y no conceptuales.

En esta amalgama de problemas que acarrea el racismo, está la actitud del funcionario que prefiere a un blanco por su piel y no por sus conocimientos, hasta la madre blanca que mal educa a sus hijos diciéndole que no quiere que jueguen con menores negros y también está la negra que “quiere adelantar la raza” y por eso le inculca a su prole que busquen parejas entre rubios de ojos azules, preferentemente.

Se trata, sin duda, de un tema con múltiples aristas y de no fácil solución. Hace un tiempo recuerdo a una periodista negra que decía “en 1959 se dio la voz de arrancada por iguales oportunidades para todos, pero una gran parte, la proveniente de los esclavos, salió con desventaja, eran los que vivían mayoritariamente en los solares, tenían los trabajos más rudos y peor remunerados, en fin las negras y negros que abundaban como sirvientes y eran contados como universitarios. Así la justa medida llevaba sin quererlo una injusticia dentro que solo el tiempo y la comprensión de todos, puede saldar”.

Y aún no se han saldado. En ese camino de unir a cubanas y cubanos en una lucha por un país mejor, tenemos responsabilidad todos: desde los funcionarios hasta los compositores musicales, desde el blanco ojiverde que quiere hacer bajar a Shangó con una negra, hasta el negro que la prefiere rubia, aunque tenga un tenis sucio en la cabeza. El racismo nacido cuando un mugriento y analfabeto blanco europeo cazó a un bello y limpio príncipe en las costas de África para venderlo como esclavo, ya no existe así; pero tiene sus vestigios. Si lo duda, solo escuche con detenimiento en las calles cómo inconscientemente en algún momento… somos racistas.

 
 
 
 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.