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En los últimos 20 años
en Cuba se ha venido
desarrollando una
literatura, científica,
referida al tema racial
que, aunque insuficiente
en relación con la
importancia del tema y
su incidencia en los
destinos del país en su
voluntad democrática y
socialista, abarca una
buena cantidad de
páginas y de temáticas.
Algunos de estos textos
han sido referenciados
en artículos como El
tema negro en la
historiografía cubana
del siglo XX1,
de la Dra. María del C.
Barcia; Cuba: Ciencia
y racialidad, 50 años
después2,
de
Esteban Morales, y
La cultura afrocubana:
investigaciones
recientes3,
de Alejandro de la
Fuente.
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En esos resultados, como
una conclusión que
gravita sobre el resto,
aparece el
reconocimiento de que
“la cultura cubana en su
variedad de matices y
manifestaciones expresa
altos niveles de
integración y
consolidación étnica y
se presenta, por tanto,
como una totalidad en la
que el cubano sin
distinción de raza u
origen étnico encuentra
su identificación”4,
aunque esta aseveración
no quiere decir que los
grupos raciales carezcan
de significación desde
el punto de vista
social.
En este sentido, tomando
en cuenta tanto los
procesos históricos y
políticos en que ha
enfrentado la población
cubana, con una fuerte
herencia de
implicaciones raciales,
así como las nuevas
condiciones que se han
creado en el país a
partir de enero del 59
que, aunque han sometido
esa herencia a una
desestructuración en el
plano ideológico a
partir de un discurso
político que siempre
mantuvo como ideal la
igualdad racial, aunque
no se enunciara de forma
permanente5,
así como desigualdades
mantenidas o que no han
podido eliminarse en
estos 50 años, junto con
las manifestaciones
emergentes de
discriminación que se
han creado en las nuevas
condiciones de nuestra
economía a partir del
inicio de los años 90,
puede hacerse una
síntesis apretadísima de
las brechas
estructurales por el
color de la piel
expuestas en algunas de
esas investigaciones.
Estas investigaciones
dan cuenta de
desventajas en el acceso
al empleo a partir de
las desproporciones
halladas en la
representación de los
grupos por color de la
piel entre los sectores
emergente y tradicional
de la economía. En el
primero, el más
ventajoso por su
asociación con la
generación de divisas en
las formas de salario,
estímulos y propinas,
existe una mayor
representación de
blancos en las
categorías de dirigentes
y profesionales y muy
escasa la de los negros
y mestizos, quienes solo
hallan una representación
mayoritaria entre los
trabajadores que prestan
servicio indirecto al
turismo, lo que
contrasta con la
presencia significativa
de negros y mestizos
entre los profesionales
y técnicos, mayoritaria
entre los obreros, en
el sector tradicional de
la economía.
Otras informaciones
relevantes tienen que
ver con la menor
proporción en el uso del
trabajo extra por parte
de los blancos en
relación con los
mestizos y negros, así
como mayor recepción de
las remesas familiares
provenientes del
extranjero a personas
blancas y en particular
entre los trabajadores
del sector emergente,
como reflejo de la
estructura racial de las
migraciones.
Esto, junto con otros
factores, implica una
sobrerrepresentación de
negros y mestizos en los
ingresos inferiores y en
los grupos en situación
de pobreza.
En relación con la
ocupación del espacio
urbano y la vivienda, se
revela la mayor
presencia de blancos en
barrios residenciales y
en viviendas con mejores
condiciones
habitacionales y la
mayor proporción de
negros y mestizos y de
obreros en los barrios
populares y en las
viviendas de peores
condiciones,
fundamentalmente solares
y ciudadelas y en las
zonas rurales del país.
Esta situación trae
aparejada condiciones de
vida desventajosas y
limitaciones para el
aprovechamiento de
opciones abiertas por la
reforma de autoempleo y
generación de ingresos
(alquiler de
habitaciones,
actividades de servicio
gastronómico)
En las relaciones
interpersonales aparece
una tendencia a la
intrarracialidad (grupo
de amigos, elección de
mejor amigo, elección de
mejor vecino), así como
en los matrimonios
constituidos y en el
deseo de matrimonios de
los descendientes6.
Estas informaciones,
aportadas y construidas
a partir de varias
investigaciones, nos
reflejan un panorama de
carácter estructural
(salario, formas
alternativas de ingreso,
acceso a divisas —CUC en
la actualidad—,
ocupación de espacios
mejor situados, urbanos
por lo general por sobre
los rurales, mejores
condiciones de vivienda,
por referirnos a algunos
de los más
significativos) y en el
plano simbólico, que
afecta, por encima de
cualquier otra
diferencia, a los grupos
de color no blancos de
nuestra sociedad.
Educación y color de la
piel
La educación, junto con
el sistema de salud,
constituye uno de
nuestros grandes logros;
es uno de los grandes
mitos, en el sentido de
relato estructurador, de
hecho primordial de
nuestra historia, que
conforman nuestro
ideario político
revolucionario y, por lo
tanto, está sometido
constantemente a la
mirada crítica de la
sociedad toda. Amén de
que las desigualdades en
el plano estructural
reseñadas anteriormente
inciden en la educación,
al presentar los alumnos
puntos de partida
diferentes, también se
presentan brechas, al
interior del sistema
educativo, relacionadas
con la generación de
desigualdades por el
color de la piel, aunque
aún no suficientemente
estudiadas.
En la Propuesta para la
elaboración de políticas
tendentes a la
reducción de las
desigualdades raciales,
elaborado por el Grupo
de Reducción de
Desigualdades del Polo
de Ciencias Sociales y
Humanidades (2008), a
partir de un análisis de
la información censal,
se afirma que:
“En sentido
general no existen
grandes diferenciales
según color de la piel
en cuanto a los niveles
de instrucción
alcanzados por la
población en los
últimos años. No
obstante, en la
información del Censo de
Población y Viviendas de
2002 se constatan
diferencias
significativas en el
nivel educacional
superior, donde los
blancos culminan más
estos estudios que los
no blancos (4,4 puntos).
En paralelo, los no
blancos están
sobrerrepresentados en
los obreros calificados
en 10,1 puntos
porcentuales por encima
de la media7.”
Algunas de estas brechas
serían, por ejemplo, sobrerrepresentación
de blancos en la
enseñanza superior, ante
sobrerrepresentación
de negros y mestizos en
la enseñanza tecnológica
de nivel medio8.
Otras informaciones e
investigaciones
realizadas por este
autor dan cuenta, por
ejemplo, del desbalance en la presencia de
blancos, negros y
mestizos y de las
actividades que aparecen
realizando en las
ilustraciones de libros
de textos de la
enseñanza primaria; el
establecimiento de
desigualdades, no solo
raciales, por parte de
los maestros en el
tratamiento de los
alumnos; la percepción
prejuiciosa de
determinados fenómenos
de la sociedad
—familiares,
religiosos, culturales—
en detrimento de los
grupos no blancos.
Otros aspectos están
relacionados con
carencia de contenidos
en las asignaturas,
relacionados con la
historia de África, los
aportes de los africanos
a la cultura mundial,
más allá del antiguo
Egipto; con las causas
históricas, políticas y
económicas de las
situación actual del
África subsahariana, que
rebasen el fenómeno de
la trata negrera, o
sobre la magnífica
literatura generada en
ese continente en todas
las épocas históricas.
Como resultado de un
cuestionario aplicado a
135 jóvenes habaneros
recién graduados de la
enseñanza media
superior, en el año
2002, en relación con
conocimientos y gustos
literarios, los
escritores que ocuparon
los primeros lugares
fueron Franz Kafka,
James Joyce, Ernest
Hemingway, Gabriel
García Márquez y Nicolás
Guillén (¡!), con Paulo
Coello en primer lugar;
pero dijeron no conocer
ninguna obra ni ningún
autor africano ni de
ningún otro lugar del
mundo que no fuera
Europa, EE.UU. y América
Latina.
La escuela paradigmatiza.
Los conocimientos
impartidos y aprendidos
en ella se constituyen
en verdades
inconmovibles y puntos
referenciales para la
percepción del mundo. En
una escuela que no se
impartan estos
conocimientos
relacionados con la
historia y la cultura de
África —y de otras
regiones del mundo— ve
limitada su capacidad de
enfrentar los retos que
le impone la lucha por
la igualdad social y
contra la discriminación
racial.
Para una deconstrucción
Ahora bien, aunque
cualquiera de esas
acciones debe ser
bienvenida, la
deconstrucción del
racismo no puede ser
objeto de una
determinada área de la
sociedad, por mucha
influencia y amplitud
que tenga, como es el
caso del sistema
educativo cubano.
No es solo un problema
de la aparición de
determinado tema o la
cantidad de horas que se
le dediquen en un
programa. Si esas
materias y esas horas se
imparten a través del
tamiz del prejuicio
racial, el efecto será
contraproducente.
Con una
desestructuración a
nivel de toda la
sociedad —que solo puede
lograrse con un debate
público en el que
participen todas las
instituciones del estado
junto con la sociedad
civil, y que también
aparece como propuesta
en muchos de esos foros
a que he hecho
referencia— únicamente
podría lograrse la
eliminación de las
secuelas de la mayor
maldad civil que han
cometido los hombres.
Pero también se impone
ya la inclusión en el
currículo escolar de una
asignatura que abarque
saberes provenientes de
las ciencias sociales
—psicológicos,
sociológicos,
antropológicos—
que permitan la
comprensión de los
fenómenos de la
sociedad, de nuestra
sociedad, no solo desde
un esquema político o
desde una perspectiva
histórica, que son los
que habilita la
enseñanza tradicional,
que como regularidad
colocan la
responsabilidad de los
males sociales en causas
externas o como herencia
del pasado y no como
resultado también de la
dinámica y la
interacción de otros
factores, que son
provocados por fallas en
el diseño o en la
aplicación del modelo
económico social que
estamos construyendo.
Esta ausencia no
posibilita la
aprehensión de fenómenos
tales como la estructura
social, su dinámica, las
desigualdades sociales,
las brechas de equidad,
el papel de la cultura
en esos fenómenos y
obliga a una visión
teleológica,
lo que en
ocasiones provoca
respuestas
inmovilizativas al ver
las desigualdades como
algo natural o
desintegrativas, no solo
en relación con las
desigualdades por color
de la piel, sino con
otros procesos y
fenómenos provocadores
de brechas de
desigualdad social tanto
en el plano estructural,
como en el simbólico.
Precisamente durante la
semana en que se
desarrolló el Seminario
“Cuba y los pueblos
afrodescendientes en
América”, organizado por
mi Instituto, mientras
trabajaba en la ponencia
que llevaría al panel
Procesos de creación del
conocimiento en la
deconstrucción del
modelo poscolonial para
asumir la discriminación
racial, oía casi en
sordina la retransmisión
de la telenovela
argentina Mujeres de
nadie
—en
su cuarta temporada,
diría algún cómico
cubano—
como sustituto del rumor
de mi barrio de Cayo
Hueso, que ese día
extrañamente estaba
acallado, pero del cual
ya no puedo prescindir
para trabajar cuando no
es excesivo
—o
de la música, pero tenía
un CD en la computadora,
por lo que no podía oír
la de mi preferencia.
En ese capítulo, el
protagonista queda ciego
a causa de una
enfermedad y uno de sus
antagonistas le dice que
en Cuba se está
ensayando un nuevo
procedimiento para la
cura de su mal y dice
esta frase: “En Cuba hay
una esperanza”.
Un análisis de discurso
de la frase, en el nivel
fonológico, daría como
resultado que fue
entonada como sacada del
contexto particular en
que fue dicha para
asumir, casi
subliminalmente, un
contexto más general:
Cuba es una esperanza
para los pueblos del
mundo.
Es cierto, Cuba
constituye un paradigma
para seguir no solo en
el tema de la medicina,
sino también y,
fundamentalmente, en el
de la justicia social.
Su aporte a la lucha
mundial contra la
discriminación racial
tanto en el plano
nacional, como en el
internacional,
particularmente su
aporte a la eliminación
del apartheid y la lucha
por la liberación de los
pueblos en el continente
africano, es
incuestionable e
incomparable y marca la
cota más alta a
que los pueblos del
mundo aspiran. Aunque
comparto estos
criterios, en este
momento me hago eco de
las opiniones vertidas
por colegas extranjeros
en el seminario.
Pero, precisamente por
esa posición que ocupa
Cuba en las miras de
otros pueblos, debemos
seguir perfeccionando
nuestro modelo social
para poder seguir
sosteniendo esa
posición, no como
resultado de una
competencia deportiva,
sino como esencia de
nuestro sistema. Y en el
tema que nos ocupa, aún
queda mucho
—y
podemos y nuestra
sociedad tiene ese
propósito—
por andar. Sigamos
caminando.
-
Colectivo de autores.
Relaciones raciales en
Cuba. Resultados de
investigación. En
prensa. Será presentado
el día 12 de julio en el
Instituto Cubano de
Antropología por la
Fundación Fernando
Ortiz.
Para ampliar estas
ideas, V. Rodrigo Espina
Prieto y Pablo Rodríguez
Ruiz.
Raza y desigualdad en la
Cuba actual,
Revista Temas No.
45, 2004, pp. 44-54;
Colectivo de
autores. Ob. cit.,
y Mayra Espina et al.
Equidad y movilidad
social en Cuba. Impactos
del reajuste estructural,
2008, Inédito.
-
Grupo de Reducción de
Desigualdades. Polo de
Ciencias y Humanidades.
Propuesta para la
elaboración de políticas
tendentes a la reducción
de desigualdades
raciales, 2008.
-
V. Niuva Ávila,
Familia, racialidad y
acceso a la Educación
Superior en Cuba. Un
estudio de caso, 2006,
(Trabajo de diploma). |