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En 1961 se hacía crítico
el complejo de
contradicciones que
generó la radicalidad
del proceso de
transformación
revolucionaria iniciado
dos años antes en la
sociedad cubana. No
habían transcurrido más
que unos meses desde las
últimas reformas que
completaron la
nacionalización de los
sectores fundamentales
de la economía cubana,
la contrarrevolución se
lanzó a las armas, con
el apoyo expreso de la
Casa Blanca, en la
invasión por Playa
Girón, en planes de
atentados y sabotajes, y
en alzamientos locales.
Una detención preventiva
dentro de la oposición
desmovilizó la base
potencial de respaldo
con que contaban los
invasores si no se
lograba la derrota
inmediata.
El pueblo cubano,
enrolado en la empresa
de barrer el
analfabetismo, tenía que
asumir también las armas
para defender el
proyecto revolucionario.
Fidel Castro anunció, el
1ro. de mayo, la
nacionalización de la
enseñanza, lo cual dio
lugar al éxodo de
sacerdotes y religiosos
vinculados a las
escuelas católicas. En
resumen, y para no
entrar en más detalles,
llegaba al clímax el
dilema entre revolución
y contrarrevolución.
No cabe pensar en los
escritores y artistas
como los únicos
intelectuales atenazados
por las preguntas que la
coyuntura levantaba.
Creo que para el
periodismo, las
disciplinas del
pensamiento social y
otros sectores del mundo
profesional, la
necesidad de definición
era la misma, o muy
parecida.
No fue que se prohibiese
la exhibición de un
filme documental de un
realizador cubano, sino
la urgencia de saber si
la política cultural de
la Revolución naciente
iba a estar regida por
la censura; de saber si
serían impuestos
patrones ideológicamente
rígidos al arte y a la
literatura, y con ellos,
de manera más general,
si el camino sería el de
embridar y poner
orejeras al pensamiento
y a la creación. El
propio Fidel lo resumía
así en su intervención:
“El problema que aquí se
ha estado discutiendo y
vamos a abordar, es el
problema de la libertad
de los escritores y de
los artistas para
expresarse […] El punto
más polémico de esta
discusión es si debe
haber o no una absoluta
libertad de contenido en
la expresión artística”.
La urgencia de respuesta
era, en sí misma, una
urgencia revolucionaria.
No puedo verlo sino como
un dilema inevitable de
la Revolución. La
intelectualidad que
vivía la sacudida cubana
tenía que dirimirlo. Se
trataba de las preguntas
que no podían dejar de
formularse los coetáneos
de los nuevos
conductores políticos,
ni los de otras
generaciones que les
precedían. Los que, en
sentido inverso, les
seguíamos, los más
jóvenes, no éramos
todavía más que
“aprendices de brujos”,
incapaces de imaginar
cuánto significarían
para nosotros, y para
los que iban a nacer
después, aquel debate y
aquella definición.
Hablo de urgencia porque
hasta aquel momento no
se había dado aún
reunión o discusión
nacional alguna dentro
de la intelectualidad a
la cual tocó participar
del cambio, que lo
estaba viviendo, de un
modo o de otro,
recibiendo
satisfacciones o
padeciendo angustias. El
cambio nos involucraba a
todos: el pueblo lo
protagonizaba. Y dentro
del pueblo, los
creadores, la
universidad, el mundo
entero de la cultura, se
debatía ante el reto de
conectar, defender y
legitimar su propio
protagonismo dentro de
un torbellino en el cual
podía hacerse difícil
encontrar articulación.
No fue aquel un
encuentro planificado,
ni con programa o agenda
previa, ni acotado por
filiaciones ideológicas.
No recuerdo otra ocasión
en que la espontaneidad
haya funcionado con
tanta eficacia. No se
resolvió en un horario
fijado o dentro de una
jornada: se mantuvo
mientras quedaban cosas
por decir, preguntas por
hacer, respuestas por
recibir. Sesionó en la
Biblioteca Nacional los
días 16, 23 y 30 de
junio. Solo un mes y
medio después se
celebraba el congreso
fundacional de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba, y aquel
encuentro que lo
precedió le dejaba como
legado coordenadas de
reflexión.
El discurso de Fidel
Castro que ha quedado
para la historia con ese
título: “Palabras
a los intelectuales”,
tampoco era un texto
elaborado sino un
verdadero ejercicio de
pensamiento: una
respuesta revolucionaria
de altura ante la
problemática que tres
sesiones de discusión de
inquietudes habían
puesto ante la mirada de
todos. Fue en aquella
intervención que quedó
plasmada, en una
expresión sencilla,
inequívoca, una postura
que devendría
paradigmática. Cimentada
en un principio ―tal vez
sin precedente en la
tradición socialista―
que previniera, al mismo
tiempo, los riesgos de
dos dogmas extremos: de
un lado, el de aplastar
las libertades y, del
otro, el de tolerarlas
en detrimento, incluso,
del proyecto
revolucionario.
Recordemos la sentencia
que marca la
perpetuación de aquel
discurso: “Dentro de la
Revolución, todo; contra
la Revolución, ningún
derecho”. Cito la
versión en que precisa,
como “ningún derecho”,
lo que expresó en líneas
anteriores como “nada”.
Me cuido así de la
antinomia, que a menudo
ha prevalecido:
erróneamente citado como
“dentro” y “fuera”, o
como “con” y “contra”.
En las líneas que
preceden a esta frase
tan recordada, leemos:
“que la Revolución no
puede ser por esencia
enemiga de las
libertades; que si la
preocupación de alguno
es que la Revolución
vaya a asfixiar su
espíritu creador, que
esa preocupación es
innecesaria, que esa
preocupación no tiene
razón de ser”. Fidel no
excluye de derechos a
intelectuales y, en
general, a personas
honestas que no se
sientan revolucionarias,
en tanto subraya, a la
vez, que a la
Revolución, que
representa el interés
nacional, le corresponde
el derecho de existir, y
“nadie puede alegar con
razón un derecho contra
ella”.
Recuerdo que esta
afirmación provocó una
verdadera explosión de
interpretaciones, entre
el entusiasmo y la
perplejidad, en Cuba y
en el mundo. Había
logrado articular el
compromiso
revolucionario con un
escenario de libertad
creativa en una fórmula
inédita en los esquemas
del socialismo
certificado hasta
entonces.
Pero la práctica
política se dirime en un
tablero con muchas
fichas en acción.
Consumado el debate de
1961 y registrada en la
memoria la fórmula de
Fidel, hemos podido ver
(y sufrir), en la
posterioridad, cómo la
interpretación
burocrática acerca del
alcance de las
libertades era
condicionada por otros
giros de la historia. Y
sabemos que en la década
siguiente a aquel
instante, traumático e
iluminador a la vez,
“dentro” y “contra”
fueron manejados muchas
veces en referencias
arbitrarias.
Algunas de las obras
cubanas más
significativas de
aquellos años fueron
proscritas y tuvo que
correr agua bajo los
puentes para que
llegaran a manos de los
lectores más jóvenes. La
creación llegó a
experimentar episodios
sombríos que no
necesitamos inventariar
aquí. La ingeniería de
lo que Ambrosio Fornet
bautizó como “quinquenio
gris” no se implementó
contra las “Palabras
a los intelectuales”,
sino, paradójicamente, a
partir de una
interpretación
distorsionada de estas.
En 1996, recordaba
Armando Hart que su
actuación fundacional en
el Ministerio de
Cultura, 20 años atrás,
se orientaba a “aplicar
los principios
enunciados por Fidel en
‘Palabras
a los intelectuales’
y para desterrar
radicalmente las
debilidades y los
errores que habían
surgido en la
instrumentación de esa
política”.
La experiencia del
marxismo soviético está
cargada de ejemplos de
esa suerte de
hermenéutica distrófica
del pensamiento
revolucionario,
concebida para
justificar las
arbitrariedades
políticas consumadas.
También para nosotros
(los intelectuales
cubanos, quiero decir)
la crítica a una
proyección soviética,
durante algunos años,
podía volverse objeto de
una severa
descalificación
ideológica; poco
importaba que fuera
justa o no. Pero lo más
complicado es que el
futuro del pensamiento
no está exento ―no lo
estará nunca, ni aquí ni
en ninguna latitud― de
la recurrencia a estas
deformaciones. Es la
vertiente más escabrosa
de la real batalla de
ideas.
Para terminar, quiero
añadir que me resisto a
desestimar el reparo
contenido en la frase:
“contra la Revolución,
nada”. Y es que observo
una tendencia crítica
liberal que objeta esta
advertencia, que la
tacha de represiva, o de
excluyente o, al menos,
de extemporánea.
En una Mesa Redonda
Informativa dedicada a
las “Palabras…” el 29 de
enero de 2001, Roberto
Fernández Retamar
recordaba haber hallado
una resonancia martiana
en “Con todos y para el
bien de todos”, el
discurso de 1891,
pronunciado por Martí en Tampa, en plena campaña
revolucionaria. Acudo a
esta cita porque ella
precisamente, extraída
de su contexto, se ha
visto manipulada hoy
para oponerla al tramo
final de la frase de
Fidel: “contra la
revolución, nada”.
Fernández Retamar apunta
que el del Maestro “es
un discurso englobador,
pero cuando se lee con
cuidado se ve cómo Martí
también excluye de ese
‘todos’ a quienes
podríamos llamar
‘recalcitrantes’, para
utilizar el término de
que se valió Fidel”.
No hay que pasar por
alto que “el bien de
todos” es de todos menos
de quienes actúan por
convertirlo en propio,
en detrimento de otros.
Advierte Martí, en el
mismo discurso, sobre
“la mano de la colonia
que no dejará a su hora
de venírsenos encima,
disfrazada con el guante
de la república. ¡Y
cuidado, cubanos, que
hay guantes tan bien
imitados que no se
diferencian de la mano
natural!”. No hay
ingenuidad política
posible en Martí como
para creer que para él
no sería igualmente
válida la afirmación de
que “contra la
Revolución, ningún
derecho”.
Finalmente, lo que
quisiera destacar en
estas breves
apreciaciones es la
vigencia, que se me
antoja imperecedera, de
aquella síntesis que
Fidel lograra en 1961.
La Habana, 13 de junio
de 2011
Versión íntegra
publicada en La
Ventana del artículo
del mismo título
publicado en El
tintero, boletín
cultural del domingo del
diario Juventud
Rebelde, el 19 de
junio de 2011, con
motivo del
cincuentenario de las
“Palabras a los
intelectuales” de Fidel
Castro. |