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En 1812 sucede el
horrible asesinato de
José Antonio Aponte,
considerado el primer
cubano en revelarse
contra el gobierno
colonial español. En
1912, ocurrió la matanza
de centenares, quizá
miles, de militantes del
Partido Independiente de
Color y… nos estamos
acercando al 2012. El 12
es un número que tiene
otras cábalas en la
historia cubana, pero
quiero, con este texto
de 12 casuales
cuartillas, exorcizar
los malos augurios que
señalan al 2012,
también, como un año
fatal para los negros
cubanos y esta es, ni
visionaria ni
apocalíptica, mi
propuesta
revolucionaria.
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En Cuba, para cualquier
afrodescendiente,
afrocubano o negro
cubano — confieso que
tales definiciones las
trato con toda
relatividad y
pertinencia— la primera
oportunidad es
participar de un
proyecto social como el
de la Revolución, cuyas
virtudes mayores han
sido, por una parte, su
radicalidad al lado de
“los pobres de la
Tierra” y, por la otra,
su paternalismo.
Paradojas como estas se
encuentran en el largo
camino andado por una
Revolución que signa
cuatro generaciones,
donde el debate sobre
las problemáticas
raciales se asume de
manera vergonzante,
desde espacios muy
cerrados, marcados por
una timidez dialógica y
propositiva, junto a la
falta de perspectivas
políticas; situación
poco propicia para
socializar las
investigaciones,
discusiones y
conocimiento acumulado
en las últimas décadas
por un grupo de
especialistas, líderes y
pensadores con vocación
política que no han
podido hacer públicas
sus propuestas de
trabajo y sus
experiencias
comunitarias,
pedagógicas o
comunicacionales, ni
siquiera pensar en su
posible sistematización.
Me permito apuntar dos
cuestiones de principios
en este análisis.
Primero: Asumo que estas
discusiones expresan la
urgente necesidad de
nuestras comunidades
negras y de una buena
parte de la población,
así como una nueva
etapa —menos
indiferente, aunque aún
poco receptiva— de las
instituciones sociales y
políticas cubanas que
deben pronunciarse y
enfrentar las
problemáticas raciales
heredadas y producidas
por nuestro proyecto
social revolucionario.
Este principio no debe
convertir el debate
racial en rehén del
diferendo Cuba-EE.UU.;
no lo digo subestimando
tal diferendo, sino para
que no se
sobredimensione el mismo
en nuestro debate,
tendencia muy marcada en
los últimos tiempos.
Segundo: Rechazo la idea
de que el espacio de la
cultura es insuficiente
para discutir y resolver
tales problemáticas; con
tal presupuesto se
disolvió el Proyecto
Color Cubano y su pliego
de demandas elaborado,
durante largo tiempo en
varios espacios
participativos de la
Isla. Tal negación por
burocrática y apolítica,
es una visión reductora
de la cultura que
desconoce la fuerza del
campo cultural como el
espacio más
significativo donde se
dirimen las grandes
batallas ideológicas,
económicas y políticas
de hoy. Y es una falta
de reconocimiento a una
vanguardia intelectual
que desde finales de los
años 90 discutió con
fuerza —incluso en
presencia de Fidel
Castro— varios temas
críticos, en especial el
modo en que nuevas
formas del racismo se
venían registrando en la
sociedad cubana de aquel
momento.
La necesidad más urgente
de debatir este tema; no
solo en La Habana, sino
en toda la Isla, será
una manera de responder
al creciente malestar de
comunidades y
personalidades negras,
mestizas y blancas que
no encuentran cómo
encauzar sus
preocupaciones;
igualmente, es un buen
modo de reconocer las
distintas maneras en que
se vienen construyendo,
resintiendo y dislocando
las miradas políticas de
recientes organizaciones
ciudadanas que tratan el
tema desde varios
enfoques políticos y
proyecciones sociales.
Ser negro en Cuba brinda
la oportunidad de asumir
una tremenda herencia
histórica y cultural que
debe replantearse todos
los días, defenderla a
cada hora y
reivindicarla a cada
minuto, porque hay
también toda una
herencia colonial y
racista que ha venido
acompañando, más bien
dominando y vigilando la
primera. No entender
cómo se expresa hoy esta
dualidad histórica, ni
asumirla críticamente,
es la primera dificultad
que ha tenido el negro
para ser un ciudadano
pleno. Esta persona a
quien la Revolución abre
todas sus puertas y no
se da cuenta por qué se
le cierran algunas, ni
llega —la mayoría de las
veces— a ocupar ese
lugar merecido en la
sociedad, a pesar de
tanto esfuerzo personal,
familiar y social.
Las causas de esas
razones duermen en la
etapa
prerrevolucionaria;
pocos autores nuestros
revelaron esa culpa de
quienes heredaron la
colonialidad del poder y
del saber en nuestra
sociedad: los blancos
cubanos productores y
herederos del poder y de
una ideología colonial
que aún sobrevive o
reaparece en
determinados espacios,
artífices de una
hegemonía que la
Revolución heredó sin
autocriticarse, tal y
como pedía el luchador y
ensayista marxista
Walterio Carbonell.
Dicha autocrítica,
ausente durante décadas,
sigue ocultando otra
culpa más reciente, de
los años 60, que es no
haber dado a los negros
aquel segundo empujón emancipatorio que sí
tuvieron otros sectores
como las mujeres o los
campesinos.
La segunda dificultad
parte de esa propia
culpa: es el silencio,
la falta de debate
social y también de
espacios institucionales
donde describir,
discutir, enjuiciar y
castigar cada acto
racista inconsciente o
no, institucional o no,
que sufre cualquier
negra o negro cubanos
cada tres minutos en las
calles, los centros de
trabajo y estudio, los
medios de difusión
masiva, las esquinas del
barrio, las discusiones
familiares y hasta en la
cama. Es cierto que
faltan otras muchas
discusiones en la
sociedad cubana, pero
ninguna como esta
ausencia ha deteriorado
más la credibilidad del
proyecto social ante una
mayoría negra que hizo y
hace de la Revolución su
conquista, su espacio de
realización y su
horizonte utópico.
Nuestra tercera
dificultad está en no
tener instituciones
sociales propias, donde
los negros reconstruyan
y compartan sus
particulares historias,
y legitimen tradiciones,
como suele ocurrir, por
ejemplo, en algunas de
las sociedades de origen
hispano que abundan en
Cuba. No creo que estas
sean el modelo adecuado,
pero pienso en una
propuesta que mezcle la
antigua Sociedad de
Color y la Sociedad de
Estudios Afrocubanos; la
primera solo para las
llamadas personas de
color y la segunda
fundada por Fernando
Ortíz en 1936, con un
carácter más abierto,
indagador y
participativo, pues
ambas fueron puntuales
foros de preocupaciones
sociales sobre los
problemas raciales en
Cuba. Luego, desde tales
espacios, elevar esa
autoestima pisoteada con
frecuencia, desarrollar
investigaciones,
defender proyectos
individuales y grupales,
fomentar liderazgos,
empoderar comunidades,
proteger a los más
vulnerables, contar con
su propia revista o
boletín y trabajar por
sí mismas y junto al
Estado en la realización
plena de sus miembros.
No se trata de aislarse
del conjunto de la
sociedad, ni construir
un ghetto para nuestras
libertades cívicas, sino
un lugar desde el cual
refrendarlas, un foro de
escucha e intercambio
permanente sobre la vida
cotidiana del negro en
Cuba, donde tome cuerpo
un objetivo social que
no está definido en
algún otro espacio de la
sociedad civil cubana.
Si dichas instituciones
son necesarias o no para
una sociedad como la
nuestra, eso lo dirá el
modo en que ellas logren
llenar un vacío
ideológico y social que
hoy erosiona y atrasa
nuestra población negra,
detenida entre el
silencio, la falta de
reconocimiento, la
escasa promoción social,
así como las nuevas
formas de discriminación
racial. Urge encontrar
espacio, definición y
proyección de lo que ya
podría identificarse
como un movimiento de
lucha contra el racismo
en Cuba, quizá la
solución esté —más allá
del propio de los
negros— en hallar un
espacio para una nueva
organización de la
sociedad civil cubana
que acoja este creciente
movimiento antirracista.
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Llamo (neo) racismo a un
fenómeno que integra
gestos, frases, chistes,
críticas y comentarios
devaluadores de la
condición negra de
personas, grupos,
proyectos, obras o
instituciones. No se
trata de simples gestos
u opiniones personales
marcadas por el
prejuicio racial, sino
de conductas que ejercen
tal prejuicio sin
miramientos y se
producen hoy en espacios
públicos institucionales
o no —incluyendo los
medios de difusión y la
publicidad— que resultan
lesivas y humillantes
para aquellos a quienes
se dirige, aunque
algunos les aceptan
acrítica o
irremediablemente. Se
suman a esto ciertas
prohibiciones
burocráticas,
limitaciones
administrativas y
exigencias policiales
que, injustificadamente,
colocan a las personas
negras en desagradables
situaciones por su
evidente o velado matiz
racista; dichas
situaciones aunque no
siempre resulten
denunciadas, publicadas
o criticadas por aquel
que las sufre, forman
parte de un creciente y
cotidiano anecdotario
que suele atravesar
todas las generaciones,
profesiones y sexos de
estas personas,
generalmente de tez muy
oscura, haciendo un
énfasis mayor entre los
jóvenes, pero también
entre mujeres y
ancianos.
Dichas manifestaciones
neorracistas vienen
expresándose desde
mediados de los años 80,
con cierta impunidad a
través de comentarios,
chistes e imágenes
publicitarias; pero
también de modo muy
sutil en las ausencias
de personas negras en
importantes sectores de
la sociedad, que van
desde los medios
masivos, pasando por los
esplendorosos espacios
turísticos y del mercado
en divisas hasta las
altas esferas del
estado. No se trata de
un fenómeno que irrumpe
con la crisis económica
y la caída del campo
socialista; creo que el
(neo) racismo adquiere
en los años 90 una
velocidad, visibilidad y
mutaciones muy
significativas, pero
germinó en etapas
anteriores al llamado
período especial.
Y ¿quiénes son los
nuevos racistas? Suelen
ser personas blancas,
pero también mestizos
—y, en menor medida,
negros— que asumen
posiciones ideológicas y
culturales marcadas por
un núcleo eurocéntrico,
prepotente y
prejuicioso,
privilegiado social o
económicamente por algún
tipo de poder o
legitimaciones
simbólicas del mismo.
Una buena parte de las
reacciones de muchos
negros con respecto a
los actos racistas que
se ejercen contra ellos,
suelen señalarse como
“racismo al revés” que
pueden llegar, en
situaciones extremas, a
respuestas violentas;
sin embargo, esa
compleja respuesta
reactiva es otro
fenómeno cuyo análisis
valdría la pena hacer en
otro texto que explique
la incapacidad de ser
racista sin una relación
de poder, como la que
caracteriza a esa masa
negra que suele
discriminarse. Por
supuesto, las
excepciones de esta
regla pueden explicarse
a través de dicha
relación de poder.
Estas nuevas formas de
racismo deben ser
descritas, corroboradas
y evaluadas desde
enfoques y metodologías
diversas que nos
permitan (re)conocerlas.
El rechazo a la teoría
como instrumento
necesario en las
prácticas políticas de
los movimientos negros
es una cuarta
dificultad, pues su
ausencia nos incapacita
para responder con
eficiencia y profundidad
ante los grandes retos
históricos, políticos y
conceptuales que
aparecen en el camino de
nuestra lucha cada día.
Una buena parte de la
teoría que se ha ocupado
de profundizar en la
epistemología,
estructuras y categorías
históricas,
antropológicas,
sociológicas y políticas
se han venido generando
en los sucesivos
enfoques aportados por
los indistintamente
llamados estudios de
raza, negros, africanos,
culturales,
poscoloniales,
subalternos y
decoloniales. Asumir
estos y otros abordajes
permitirá contrarrestar
la escasez, ausencia,
desactualización y/o
rechazo a la teoría que
suele abundar, incluso,
entre académicos de la
Isla. Concientizar esta
necesidad permitirá
avanzar, más adelante,
hacia los
imprescindibles enfoques
trans- e
interdisciplinarios que
estas problemáticas
demandan.
Lamentablemente, hoy se
pretende paliar la
colonización del
pensamiento con cierto
academicismo de moda
que, más que
acompañarnos, secuestra
y entorpece la mirada
antirracista,
atiborrándola de
metodologías asépticas,
incansables debates
terminológicos y
enfoques desconectados
de los sujetos, las
realidades y los
conflictos sociales.
Es menester reivindicar
una historia y un
pensamiento propios de
alta elaboración, que no
es usual encontrar en
las bibliografías sobre
el tema, pero que
existe, y es un
formidable instrumento
de lucha. Si contamos
con ese legado de
nuestros mejores
pensadores, teorías y
conceptualizaciones
históricas y
contemporáneas, debemos
hacer un esfuerzo para
sistematizarlas y
discutirlas, insertadas
en los debates
científicos y políticos
actuales, activando así
las condiciones
propositivas de este
conocimiento.
Finalmente, junto con la
necesidad de indagar en
la historia propia, es
necesario defender el
activismo social y
político que algunos
académicos y científicos
sociales ejercen,
estimulando que acerquen
teorías y conceptos al
terreno de los debates y
propuestas del
movimiento antirracista.
También debo señalar
autocríticamente —y es
la quinta dificultad—
que ha faltado la
necesaria conciencia
racial para exigir
nuestros derechos y
cumplir nuestros
deberes. La conciencia
racial ha sido un
importante componente de
la conciencia social de
un país mezclado a la
fuerza —no olvidarlo— y
es la raíz que dignifica
un color de la piel, una
religión o una cultura
que fue y —a ratos—
sigue siendo devaluada,
aunque el mercado
cínicamente juegue a una
hipócrita aceptación de
sus códigos. El origen
étnico o la nacionalidad
de muchos padres o
abuelos alcanza hoy un
matiz tan pragmático que
cuando se habla de
conciencia racial hay un
oportunista rechazo a su
significado político;
olvidando, entonces, a
José Antonio Aponte,
Antonio Maceo, Juan
Gualberto Gómez, Quintín
Banderas, Jesús
Menéndez, Nicolás
Guillen y Walterio
Carbonell, pero también
a Benkos Biohó, Zumbí,
Patricio Lumumba, Malcom
X y Nelson Mandela.
Cuando hablo de
comunidades negras,
aclaro, no me refiero a
una comunidad pura y
exclusivamente de
sujetos negros; sino de
negros, mestizos y
también blancos —pobres
o no, marginados o no—
que comparten por
elección o sin ella, el
destino de una cultura,
una herencia y un
espacio de mayoría
negra; este es un
concepto operativo e
inclusivo que en este
documento prefiero
utilizar para marcar los
espacios y grupos
sociales donde el
elemento cuantitativo
dominante son los negros
y sus preocupaciones
actuales. En tales
comunidades, en términos
cualitativamente
crecientes, se vienen
generando y
sistematizando
opiniones,
preocupaciones, análisis
y propuestas sobre las
problemáticas raciales
que viven los sujetos
que actualmente
comparten dichos
espacios. Allí se
intercambian, en el
plano cotidiano y en el
plano institucional,
evidencias de las
diferencias y los
conflictos raciales en
el ámbito de lo
familiar, lo laboral, lo
religioso, lo barrial y
otras redes culturales y
políticas formales e
informales que conectan
dichas comunidades con
otras y con la sociedad
toda.
En este mundo
globalizado desde hace
medio milenio, los
negros somos un sujeto
transnacional que
compartimos historias,
dolores, culturas y
sueños semejantes en
cualquier esquina del
mundo. De manera que, a
mi juicio, y más allá
del criterio de Du Bois
sobre la doble
conciencia del negro,
creo que compartimos una
conciencia triple: la
racial, por supuesto; la
conciencia de la nación
a la cual pertenecemos,
pero también una
conciencia transnacional
que ha estado emergiendo
en las últimas décadas
como conciencia de
lucha, una conciencia
descolonizadora,
compartida con los otros
condenados de la Tierra,
como nos enseñó Franz
Fanon, para alcanzar un
presente de vindicación
y de igualdad.
Y esa triple conciencia
nace en similares
realidades marginadas de
comunidades enteras que
comparan sus necesidades
materiales, políticas y
espirituales como
sujetos herederos del
dolor ancestral de aquel
afrodescendiente
esclavizado o colonizado
y entre quienes esta no
es una conciencia de
gabinete, lista para
conmemoraciones y
manipulaciones
políticas; sino una
conciencia crítica,
autocrítica, creadora,
pedagógica en el sentido
más diverso y no en el
sentido de ilustración;
una conciencia luchando
por un espacio en el que
quepa la crítica a los
gobiernos, a las
instituciones, a los
medios masivos, al
conservadurismo, a los
racismos y
discriminaciones de todo
tipo y que nos permita
crear espacios de
opinión y de demandas,
de empoderamiento y de
dignificación, de
modelos culturales y de
acciones afirmativas.
Hay una sexta dificultad
que constituye otro
espacio falto de
autocrítica: es el daño
que causa, al interior
del propio grupo de
personas que luchan
contra el racismo, las
visiones machistas; esa
visión estrecha de la
masculinidad, demasiado
tradicional y
conservadora, que
regatea el lugar
conquistado por la
mujer, subvalorando
desde su presencia hasta
su imprescindible aporte
político y organizativo,
así como su capacidad de
negociación.
Particularmente en el
caso de la mujer negra
se subestiman sus
históricas tácticas de
sobrevivencia,
resistencia y formas del
diálogo. Es una muy
especial alianza
estratégica la que
corresponde a hombres y
mujeres negros;
igualmente es importante
reconocer en los
homosexuales negros —gays
y lesbianas— una potente
fuerza
antidiscriminatoria que
debemos aprender a
comprender y acompañar.
Este machismo constituye
una repudiable práctica
que reproduce, al
interior de la familia y
las comunidades negras,
la dominación colonial,
además de deteriorar la
unidad, la autoestima,
la memoria y la
futuridad de proyectos
colectivos en el orden
cultural, social y
político.
La pobreza de las
comunidades negras suele
ser una de las
expresiones más
contundentes de la
asimetría estructural
que caracterizan las
sociedades caribeñas y
latinoamericanas, donde
la pobreza y otras
desigualdades también
tienen color. En
nuestros barrios pobres
o marginales, la mayoría
sigue siendo negra y
mestiza. Este es un
mundo que apenas conoce
la acumulación de
capitales y mucho menos
la disposición de estos
a circular entre
personas,
organizaciones,
proyectos o comunidades
negras. No existe
patrimonio material
heredado ni capacidad
económica autónoma y
tampoco es fácil
encontrar fondos,
préstamos, becas,
ayudas, patrocinios u
otros modos de
financiamiento no
estatal, especialmente
en este momento de la
economía cubana en que
el mercado laboral se
reajusta y amplía en el
sector privado.
Entonces, apuntemos la
escasez de recursos,
iniciativas y
entrenamiento en la
búsqueda de fondos como
la séptima dificultad
del movimiento
antirracista; teniendo
en cuenta que esta lucha
es vista muchas veces
como agresiva y/o como
innecesaria, los fondos
posibles tienden a
rebajar el filo crítico
de nuestra lucha,
inducidos por los
intereses más
“humanitarios”,
“universales” o
filantrópicos del escaso
capital que suele
encontrarse para
potenciar las
comunidades, movilizar
ideas y desarrollar
proyectos propios.
En el siglo XX resultó
muy difícil que la
imagen del negro en el
cine y la televisión
fuera descolonizada y
vindicados sus más altos
valores —más allá de la
música, la danza y la
esclavitud—. Los
imaginarios populares
expandidos por la
televisión reafirman la
condición subalterna del
sujeto y las culturas
negras. Aun en Cuba y
otros países de nuestra
región donde es
significativo el
porcentaje de población
negra, los paradigmas
suelen estar más cerca
del modelo eurocéntrico,
y llegan incluso a
revelarse singulares
casos de readaptación de
esos modelos
eurocentristas a los
códigos locales. Por
esta razón, el acceso de
nuestras ideas, figuras
y culturas al espacio
mediático es la octava
dificultad en esta lucha
antirracista; pues ese
espacio legitima,
reproduce y actualiza
una sutil estrategia
colonial, asistida de
los últimos recursos de
las ciencias de la
comunicación, las artes
del espectáculo y los
presupuestos ideológicos
del pensamiento
económico neoliberal.
Por otra parte, la
fuerza de la prensa
escrita, la radio —en
especial las de corte
comunitario— y los
sitios web, blogs y
publicaciones digitales
ponen otras fuerzas en
juego en la producción e
intercambio
informativos, por la
velocidad que imprimen a
las noticias, a las
discusiones y al modo en
que articulan
comunidades alejadas
geográficas y
conceptualmente con
intereses comunes y
desde enfoques diversos.
La presencia de modelos,
historias,
representatividad,
proyectos e intereses de
las comunidades negras
en pantallas de cine, TV
y video alcanzan una
enorme refracción en los
imaginarios y
proyecciones futuras de
quienes les observan,
ejerciendo un gran
impacto sobre el
receptor negro que, al
identificarse con tales
imágenes, las convierte
en proyecciones utópicas
con potencialidades de
aprendizaje y
transformación de dicho
sujeto y su entorno.
La novena dificultad es
el desamparo legal e
institucional en que
viven tales comunidades:
se necesita, pues,
establecer, claramente,
las bases legales de la
lucha contra el racismo;
es decir, la libertad de
quejarse y demandar
contra un acto racista
ante una institución al
efecto, la necesidad de
leyes adecuadas, la
tranquilidad de que no
queden impunes los actos
racistas, la discusión
pública que inhibe y
educa, y que fortalece
la dignidad de todos. Es
también otra propuesta
con mucha resistencia,
pero los ejemplos de
Brasil, Sudáfrica,
Colombia y otras
acciones legales
pequeñas, pero
decisivas, hacen pensar
que algo se logra con
tales vindicaciones
ciudadanas.
Es un lugar común
referirse a la educación
como uno de los ámbitos
más importantes para
establecer los puntos de
partida actuales y
futuros en la lucha
contra la discriminación
racial, toda vez que
este sentido común parte
de un reconocimiento del
saber, la escuela, la
historia y los maestros
como los principales
elementos para la
formación de valores.
Sin embargo, a la hora
de introducir y
sistematizar datos
significativos que les
permitan a los niños y
adolescentes reconocerse
en una historia común,
no se insiste
suficientemente en las
particulares historias
(raciales, clasistas,
etc.) que también nos
configuran. Pero lo
cierto es que el modelo
de ilustración de la
Modernidad ha
capitalizado la
educación en nuestros
países caribeños y
latinoamericanos,
convirtiéndole en mera
acumulación de datos que
cuesta mucho articular
orgánicamente a las
diversas culturas y a
las cambiantes
realidades de hoy.
Esta situación se
convierte en la décima
dificultad de nuestra
lucha; cargamos con un
modelo educacional
entrampado por políticas
demasiado pragmáticas y
exclusivistas que no
tienen en cuenta
propuestas de
trasformación como la
educación popular, la
etnoeducación, la
enseñanza de lenguas
autóctonas, la inserción
de las historias de
África y de la diáspora
negra, etc.; sin hablar
de algunas acciones
afirmativas que se han
logrado en algunos
países en el campo de la
educación; incluso en la
educación superior,
nivel más difícil por la
concentración de muchos
intereses de la economía
neoliberal. Las
políticas educacionales
deben ser más receptivas
de estas necesidades
culturales y políticas y
reivindicar saberes
ancestrales y nuevos
saberes, juntar visiones
patrimoniales y visiones
renovadoras, así como
transformar no solo el
currículo, sino también
a los educadores y el
entorno cultural y
político que siempre,
aunque falte conciencia,
rodean a las escuelas.
¿Cómo lograr estas
acciones? En primer
lugar, alejándonos de
las trampas retóricas y
de la solidaridad
virtual, así como de los
cerrados espacios
académicos en que
siempre nos encontramos
44 personas
repitiéndonos los mismos
argumentos, sin
establecer contactos
reales con la Realidad y
su redundante miseria.
Es la undécima
dificultad ante la cual
no hay estrategia
posible porque es un
tramposo juego de
palabras. No vale la
pena un solo congreso o
reunión más sobre el
tema si no comprometemos
nuestra ética
intelectual y política
acercándonos a esas
zonas oscuras donde el
dolor no se apaga: allí
existen otras leyes,
otros discursos
generalmente incómodos e
inseguros, pero quizá
también desesperados y
desorganizados, entre
los cuales están
naciendo nuevas formas
de crítica y de lucha
que hasta hoy nos hemos
negado a reconocer,
financiar o
involucrarnos desde un
activismo menos verbal y
más riesgoso.
Solo el terror a la
verdad, el
conservadurismo más
egoísta, la pose
academicista, la
conmiseración de clase
media o la falta de
voluntad política podrán
impedir que comencemos a
cambiar el escenario de
nuestros eventos y los
argumentos de nuestras
tesis de laboratorio.
Obviar dichas
dificultades nos hace
sentir
desvergonzadamente
cómodos detrás de estos
textos, convertidos en
boletos de avión,
bufetes de ocasión y
—peor aún— en un nuevo
mercado donde seguimos
vendiendo a nuestros
hermanos como esclavos
de la desesperanza.
Entonces, ¿no estaremos
reconstruyendo, aquí y
ahora, otro mercado de
Zanzíbar? Enfrentar esta
pregunta es pensar en la
necesidad de articular
viejas y nuevas agendas
de acciones comunes,
inclusivas,
transversales y
transnacionales; la
ausencia, escasez o
fragmentación de tales
agendas es, a mi
juicio, la decimosegunda
dificultad.
La existencia de agendas
internacionales sobre
los temas raciales desde
1998, hasta dedicar en
el 2011 un Año
Internacional a los
Afrodescendientes, habla
de diversos espacios
internacionales de
consenso político que
compulsa a los gobiernos
nacionales a
sistematizar este tema
entre sus principales
objetivos, pero —a mi
juicio— son los debates
nacionales, con los
gobiernos o sin ellos,
donde más aportes se han
generado —al menos en
nuestra región— a la
visibilidad y
organización de nuestra
lucha. Nace un nuevo
activismo social y
político que ha
desatado, también aquí
en Cuba, la conciencia y
capacidad organizativa
de líderes y
organizaciones
comunitarias, femeninas,
fraternales, religiosas
y culturales que vienen
trabajando estos asuntos
con mucha
responsabilidad. Allí
donde han existido
líderes, comunidades y
organizaciones con
capacidad aglutinadora,
negociadora y
propositiva se han
logrado pasos
importantes convertidos
después en leyes, apoyos
y otras importantes
vindicaciones ciudadanas
y políticas como exhiben
Brasil, Colombia,
Uruguay, Venezuela y
Ecuador.
Más allá de la
resistencia e
intermitencias con que
personas, organizaciones
civiles y estatales
cubanas nos hemos ido
incorporando a la
dinámica de estas
agendas regionales e
internacionales, foros,
acuerdos y debates en el
Caribe y la América
Latina debemos ser
conscientes de lo que
esperan muchos líderes,
comunidades,
organizaciones y países
de los aportes cubanos a
esta batalla. Urge abrir
el debate cubano en
nuestros principales
organismos e
instituciones, así como
a la mayor cantidad
posible de espacios,
aumentando la calidad,
participación y
responsabilidad de tales
discusiones y propuestas
de trabajo.
A pesar de la escasa
información sobre la
lucha contra el racismo
en el continente, es
evidente que esta aporta
una dinámica singular a
los movimientos sociales
de la región y aunque
evaluemos a los
movimientos negros
regionales como foros
aun lleno de
aspiraciones,
fragmentaciones y metas
por cumplir, esta lucha
continental nos ha
legado importantes
experiencias,
contribuciones y
victorias políticas que
podemos compartir,
intercambiar y legitimar
en un frente
transnacional contra lo
que aquí he denominado
(neo) racismo, cuyas
mutaciones no logran
ocultar ni su cuerpo
colonial ni su discurso
imperial ante una
Revolución que, entre
ganancias y errores,
sigue apostando por un
sujeto emancipador que
construya y dignifique
todas las ciudadanías
del presente y el futuro
de la nación.
Centro Habana. Junio,
2011. |