La Habana. Año X.
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1ro. de JULIO de 2011

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República de corcho:
Una lectura necesaria
Elier Ramírez Cañedo • La Habana

I 

República de corcho —en dos gruesos tomos de unas 700 páginas cada uno— es la más reciente aportación historiográfica de Rolando Rodríguez García  (Premio Nacional de Ciencias Sociales y de Historia, miembro de número de la Academia de la Historia de Cuba, profesor titular de la Universidad de La Habana y con otros innumerables méritos académicos y políticos). Indudablemente se trata, hasta la fecha, de la investigación más profunda y documentada escrita en Cuba y en el exterior del período objeto de estudio (1902-1913).  

La obra es reflejo del rigor científico del autor, ducho en hacer uso óptimo y crítico de la inmensidad de documentos con los cuales gusta de trabajar a la hora de adentrarse en una investigación histórica. En este caso, se debe destacar la cantidad de documentos primarios extraídos de los archivos de Washington que utilizó el autor y que dotan a la obra de un valor inusitado, en tanto contribuyen a sacar a flote algunas cuestiones totalmente desconocidas para la ciencia histórica cubana y a revalorizar algunos análisis vertidos por los historiadores de la Isla que han trabajado ese período de la República Neocolonial. También es encomiable el número de fuentes periódicas y bibliográficas que Rodríguez consultó y utilizó para la elaboración de la obra.   

Desde una visión totalizadora de la historia —poco habitual en nuestros estudios históricos contemporáneos—, el autor satisface su aspiración de simultanear la extensa información que domina con el análisis oportuno del historiador marxista. La economía, las luchas obreras, la vida cotidiana, los conflictos políticos, las mentalidades, el intervencionismo yanqui, los problemas sociales, las contradicciones clasistas e interclasistas, la formulación de todo el aparato hegemónico de la neocolonia y el desafío al mismo desde la sociedad civil son, a grandes rasgos, algunos de los temas medulares que se tratan en República de corcho.  

II

El libro incursiona en los primeros cinco capítulos en el gobierno de Tomás Estrada Palma, desmontándose toda una serie de falacias como la del supuesto “gobernante honrado” propaladas por algunos biógrafos1. En sus páginas queda al desnudo que "Tomasito", también hizo de las suyas con el erario público. Muestra de ello fueron los 300 mil pesos que le entregó a Steinhart, cónsul general de los EE.UU. en la Isla, pues cuando se trataba de quedar bien con los “americanos”, Estrada Palma era también capaz de meter la mano. Su guataconería con el Norte llegó a niveles tan inverosímiles que cuando la hija del presidente Roosevelt se casó, pidió al Congreso cubano nada más y nada menos que un crédito de 25 mil pesos para comprarle un collar de perlas de regalo de bodas. Sin embargo, cuando se trataba de invertir dinero en beneficio de Cuba y de su pueblo, era realmente un “cicatero”. Vergonzoso fue el tratamiento que le dio durante su gobierno a los veteranos de la independencia. Muy conocido es el hecho que al general Quintín Bandera prácticamente lo condenó a morir de hambre junto con su familia —teniendo para él solamente un puesto de basurero— y que durante la guerrita de agosto de 1906 ordenó su asesinato. 

Por si fuera poco, en República de corcho se evidencia que lejos de rodearse de los hombres más ilustres de la independencia, Estrada Palma premió a los que habían combatido este ideal o se habían montado interesadamente en el carro de la Revolución cuando la sabían irreversible, pensando en apoderarse de ella y así mellar su radicalidad. El primer gabinete de "Tomasito" estuvo integrado prácticamente por autonomistas reciclados. Bastante a gusto debe haberse sentido acompañado de estos hombres porque, en definitiva, coincidían en una idea propia de hombres enanos: “la incapacidad de los cubanos para el autogobierno”. La diferencia solo estaba en que los exautonomistas habían defendido la subordinación a la madre patria española, mientras que Estrada Palma, a la “madre patria estadounidense”. Al respecto, señala Rolando Rodríguez:  

“Increíblemente, los conservadores de origen autonomista habían reasumido solapadamente el gobierno cubano, de una República que se suponía era el resultado de una revolución independentista. Gracias a Estrada Palma se había reconcentrado en el mando del Estado cubano una potente falange criolla de la oligarquía burguesa, que reproducía en la República el mismo esquema de dominio sobre la base del azúcar y el tabaco. Ni un solo mambí, nadie que hubiera usado machete al cinto, espuela en el talón o que oliera a pólvora, figuraba en aquel areópago. Estrada Palma sabía a quién había elegido, según su gusto y sus reales ideas políticas. Indudablemente, aquel gobierno también hubiera podido ser el autonómico de Blanco o el de la ocupación de Wood.”2

En estos capítulos iniciales, el autor también explicita todo el proceso de desnacionalización de la propiedad productiva cubana que dio paso al neocolonialismo en la economía, dirigido a satisfacer las demandas del gran capital estadounidense y de la oligarquía cubana. Queda al desnudo que esta última, con tal de obtener una pequeña tajada de las ganancias, era capaz de venderse a los intereses del Norte.  

Numerosas son las páginas que el autor dedica a explicar en detalle todo el forcejeo que se produjo, en torno a la aprobación del mal llamado Tratado de Reciprocidad Comercial, pues la “reciprocidad” no fue más que un eufemismo. Finalmente, como se narra y analiza en el libro, el mercado cubano quedó bajo el dominio estadounidense y en derivación la industria nacional cubana condenada al subdesarrollo, ante la avalancha de productos estadounidenses que pronto hicieron su aparición en la Isla. A cambio, Cuba obtendría ciertos “beneficios” a partir de la monoproducción y monoexportación del azúcar y, en menor medida, del tabaco. Concluye Rodríguez que el mayor beneficiado resultó ser el estadounidense Trust del Azúcar. A partir de entonces entraría en EE.UU. un azúcar barato al cual los refinadores de ese país le sacarían pingües ganancias. Mucho más le sacarían cuando continuaran comprando ingenios en Cuba, para adueñarse de todo el ciclo productivo. Aunque el gobierno de Estrada Palma hizo algunas objeciones al tratado no pudo con el alud de presiones y chantajes del Norte. Cuba quedó de esta manera bajo los clásicos moldes de una economía colonial.  

Por su parte, el libro devela la ojeriza con la que EE.UU. vio cualquier pequeña apertura o negociación comercial de Cuba con países europeos, pero fundamentalmente con Inglaterra. Sus presiones, prepotencia e histeria, en contra de cualquier tentativa de este tipo fueron muy significativas. EE.UU. no quería compartir las riquezas que extraía de su nueva neocolonia. También se ponen al descubierto las fuertes presiones, amenazas y chantajes de Washington para que Cuba firmara el tratado de arrendamiento de bases navales y carboneras como establecía una de las cláusulas de la Enmienda Platt. El ministro de EE.UU. en Cuba, Herbert Squiers se portó como un injerencista mondo y lirondo, y en no pocas oportunidades trató de mover la situación hacia la anexión. Su nivel de interferencia en los asuntos cubanos llegó a tal punto que el gobierno cubano tuvo que pedir su sustitución. Demanda que fue escuchada finalmente por el gobierno estadounidense. 

III

Del capítulo VI al X se aborda la segunda ocupación (1906-1909). Brota de las páginas de estos capítulos una de las etapas más vergonzosas de la historia de Cuba. Los cubanos tuvieron que soportar nuevamente la bota de los marines yanquis pisando su tierra y que se colocara en la máxima dirección del país, por un corto tiempo, a William H. Taft, secretario de Guerra de los EE.UU.; luego al “mastadóntico” Charles C. Magoon. Este último era un juez civil, procedente de Nebraska, quien acababa de terminar sus funciones en la comisión del canal de Panamá.  

Para colmo, además de la afrenta a la soberanía y la dignidad de Cuba que constituía la ocupación, no fue poco lo que el gobierno de Magoon enseñó a los cubanos en materia de mal gobierno. Durante su mandato, la corrupción llegó a niveles elevados y se introdujo el cáncer de las “botellas”. Asimismo —nos cuenta Rolando Rodríguez—, lo que el cicatero Estrada Palma había ahorrado durante su gobierno de los fondos públicos, fue despilfarrado a raudales por el gordo Magoon pagando al doble y más las carreteras que construyó.  

También en este período —demuestra Rodríguez a través de numerosos documentos— las labores de inteligencia de EE.UU. en Cuba llegaron a niveles nunca antes vistos. Evidentemente, los EE.UU. estaban preparando el terreno para acelerar su dominio en períodos posteriores, cuando se le devolviera el gobierno formal a los cubanos.  

Al leer las páginas de estos capítulos, podemos percatarnos del retroceso que había sufrido la conciencia nacional; del vacío ideológico; del complejo de inferioridad que sufrían muchos cubanos; del renacer del anexionismo y del neoautonomismo. Pero como destaca el autor, ese solo era parte de qué sucedía, pues por otro lado los yanquis tuvieron que vérselas con figuras de elevado patriotismo como: Manuel Sanguily, Salvador Cisneros Betancourt, Enrique Collazo, Enrique Loynaz del Castillo, Juan Gualberto Gómez, entre otras. Ejemplo de ello fue la creación por Salvador Cisneros Betancourt y otros libertadores, en 1906, de la Junta Patriótica de La Habana, para exigir el cese de la ocupación y manifestarse en contra de la Enmienda Platt. Por su parte, en algunas localidades los cubanos atacaron con piedras y con sus propios puños a las tropas estadounidenses de ocupación.  

IV

Los últimos nueve capítulos del libro, que comprenden en su totalidad el segundo tomo, abordan el período del gobierno de José Miguel Gómez. Estos capítulos resultan muy interesantes, quizá por la intensidad de acontecimientos políticos que hubo en esa etapa y porque a diferencia del gobierno de Estrada Palma —como demuestra Rolando Rodríguez—, este se distinguió por enfrentarse a los yanquis y hacerles las cosas todo lo difícil que pudo, aunque sin pasar de los límites permisibles. Ese intento del gobierno del general espirituano de frenar a los EE.UU. se puso de manifiesto al favorecer, en cuanto pudo, a las inversiones de los capitales europeos en la Isla y a los de la neoburguesía local. Mucho influyó en ese sentido el distinguido patriota Manuel Sanguily, llamado a ser secretario de estado del gobierno de “Tiburón”.  

Otra de las tesis defendidas por el autor y, en mi opinión validada en sus páginas a través de numerosos datos y análisis, es el intento de esta administración de incentivar en Cuba el desarrollo de una burguesía nacional. Proyecto que quedó frustrado. Estos fueron indudablemente los elementos positivos de este gobierno. Ellos han sido poco mencionados en nuestra historiografía debido a que los elementos negativos del gobierno de “Bacuino” —así le llamaban también a José Miguel por el nombre que tenía una de sus fincas—, fueron los que más han pesado en la balanza a la hora de valorar su gobierno: la corrupción a todos los niveles, los negocios sucios, las botellas, el tráfico de influencias, los fraudes electorales, las inmoralidades de los gobernantes, los males sociales, la introducción de todo tipo de juegos de envite y azar, la represión sangrienta al alzamiento del Partido Independiente de Color en 1912, entre otros.  

Uno de los aspectos que también me sedujo del abordaje de esta etapa, es que el autor incorporó varios acápites dedicados a la historia de la vida cotidiana de aquellos años. Muy interesante resultan las páginas dedicadas al estremecimiento social que provocó la muerte por una cuestión de faldas del chulo Alberto Yarini, presidente del Comité Conservador del barrio de San Isidro; así como todo lo ocurrido en Cuba a raíz del paso cercano a la tierra del cometa Halley en 1910. 

Me pareció muy balanceado el enfoque del autor en torno al problema del alzamiento del Partido Independiente de Color en 1912. Más de 200 páginas son dedicadas a analizar este acontecimiento funesto de nuestra historia, en el que perdieron la vida miles de cubanos, fundamentalmente negros y mulatos. Rolando Rodríguez, basándose en una documentación copiosa, revela como los principales líderes del movimiento contaron para la satisfacción de sus justas demandas, con una posible intervención a su favor del gobierno de Washington en el asunto. Para el autor ese fue un craso error:  

“…pensar que Estados Unidos sería fuente de justicia para los negros cubanos era ridículo, siendo uno de los países más racistas del mundo, donde los negros tenían los peores empleos y era legal la separación en lugares públicos y en los vehículos. En Cuba los matrimonios interraciales no eran bien vistos, pero en Estados Unidos podían costarles la vida a los cónyuges. Incluso había organizaciones terribles, como el Ku Klux Klan, cuyas prácticas eran espantosas, como el linchamiento de negros y mulatos… ¿Qué irían a buscar allí los negros cubanos?”3  

Rodríguez sostiene también que era incongruente que algunos militantes del Partido Independiente de Color solicitaran la aplicación del artículo III de la Enmienda Platt, mientras que las autoridades de la Isla, los veteranos y, de conjunto, los patriotas, solicitaban que EE.UU. no ocupara la Isla y trataban de salvar a la República. 

Más adelante para explicar la actuación del Partido Independiente de Color señala Rodríguez:  

“El juicio que establecía el partido tenía una base feble: creaba un símil mecánico entre sus intereses y la actuación estadounidense en los sucesos de 1906, cuando Washington se injiriera en el conflicto cubano y antes no se hubiera logrado la derogación de la enmienda Morúa, entonces seguramente impondrían su derogación —pues ellos habían aprobado la existencia del partido en 1908— y harían que cesara la lucha”.4 

También el autor defiende el criterio de que tomar las armas no fue la táctica más inteligente en ese momento, sino la más desesperada para presionar al gobierno con vistas a que derogara la enmienda Morúa.5 Al respecto, aporta valoraciones a mi parecer muy acertadas:  

“El problema de la restauración del derecho a existir del Partido Independiente de Color era un problema político y, como tal, sus vías de solución eran ante todo políticas. Pero ese partido tenía un fin, lograr la igualdad racial y este era un problema que no podía ser resuelto por vía de las armas. Habría que precisar que el más fuerte vencería y en este caso estaba claro que el más fuerte era el gobierno, que, además, evidentemente tendría el apoyo de Estados Unidos. El problema racial, encerraba la igualdad y la anulación de la discriminación y ese prejuicio estaba en la cabeza de las personas, en sus sentimientos y sus ideas; por lo tanto, solo con las ideas sería posible solucionarlo. Tomar las armas para ganar por la violencia el fin último del problema, solo conduciría a la sangre y nunca solucionaría el dilema y únicamente vendría a complicarlo”.6  

Mas, también, Rodríguez no pierde oportunidad de fustigar al gobierno de Gómez por la salvaje represión desatada contra los alzados y por haber aprobado y luego mantenido tozudamente la enmienda Morúa: “desde el punto de vista de la atroz represión de los cubanos negros, aun con el error cometido por los independientes al sublevarse para exigir un derecho, a Gómez se le olvidó que aquellos negros eran, ante todo, cubanos y que cubano era más que blanco y más que negro. (…) nunca debió haberse vertido la sangre de un solo hermano en aquella contienda horrorosa”.7 

La principal conclusión que resalta Rodríguez en República de corcho es que con los sucesos relacionados con el alzamiento del Partido Independiente de Color en 1912 se produjo un retroceso de toda la patria: “Al acentuarse la discriminación sobre las personas negras y mulatas, al levantarse las barreras de acceso a la igualdad y la plena dignidad, a la vida económica y política, a la educación y la cultura y decretar consiguientemente su inmovilismo social, se frenaba el desarrollo de la sociedad cubana. Era un castigo innecesario y cruel para negros y blancos”.8 

Sin lugar a duda, los capítulos dedicados a los sucesos relacionados con el alzamiento del Partido Independiente de Color, son de los que más aportes hacen a la ciencia histórica cubana, dados la cantidad de información y los análisis novedosos que contienen.  

V

Siempre he dicho que lo mejor que pudo haberle sucedido a Rolando Rodríguez, fue haberse iniciado como escritor con una novela: República angelical, pues al adentrarse en la escritura de la historia de Cuba, Rodríguez abandonó la ficción, pero no el seductor lenguaje del cual se había apropiado cuado escribió aquella novela fabulosa. Este elemento es también encomiable en República de corcho

República de corcho es continuación cronológica y analítica de obras anteriores del autor como: Cuba: La forja de una nación y Cuba: Las máscaras y las sombras. Al mismo tiempo, es un libro que tendrá continuación en otros posteriores, con lo cual el autor logrará su propósito ciclópeo de completar su visión general de la historia de Cuba. Solo con echarle una ojeada a esta obra basta para percatarse que sienta bases sólidas a nuestra historiografía y que detrás de la misma descansa un esfuerzo investigativo riguroso. Obras como estas siguen siendo imprescindibles para nuestra ciencia histórica y para nuestro combate ideológico frente al imperialismo. En ella se demuestra por encima de todo que aquel estado republicano inaugurado el 20 de mayo de 1902, fue la negación de la República fundada en Guáimaro en 1869 y también de la que soñó nuestro Héroe Nacional, José Martí. El 20 de mayo no es una fecha gloriosa para los cubanos revolucionarios de hoy. Esa fecha solo puede se motivo de jolgorio para los tránsfugas de nuestra causa, sobre todo, para esos que han trasladado los males de aquella República a Miami. En República de corcho, con lujo de detalles, Rolando Rodríguez nos describe esa Cuba a la que jamás los cubanos patriotas quisiéramos volver. También provoca que nos aferremos aún más la inmensidad de la obra de la Revolución Cubana.  

 

Notas:

1- Véase, por ejemplo, Pánfilo D. Camacho, Estrada Palma. El gobernante honrado, Editorial Trópico, La Habana, 1938.

2- Rolando Rodríguez: República de corcho, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010, t. I, p.9.

3- Rolando Rodríguez, ob.cit, t. II, pp. 307-308.

4- Ibídem, pp. 319-320.

5- Dicha enmienda impedía la inscripción del Partido Independiente de Color como partido político y de esta manera lo dejaba fuera de la liza electoral.

6- Rolando Rodríguez, ob.cit, p. 504,  t. 2.

7- Ibídem, p. 496.

8- Ibídem, p. 495.

 
 
 
 
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