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…cuando
hablamos de teatro para
niños y jóvenes.
Como ya había mencionado
en la primera parte de
esta reseña, uno de los
aciertos del 17 Congreso
Mundial de la ASSITEJ,
que tuvo por sede las
ciudades de Copenhague y
Malmo, se evidenció en
la muestra teatral,
diversa y representativa
en lo posible, que
agrupó una treintena de
espectáculos
internacionales y otro
fragmento de los países
anfitriones.
Lo relativo a
representatividad, un
término a veces
peligroso en las labores
de selección y que más
de una vez ha conducido
a equívocos
paternalistas en
nuestros festivales, es
siempre una faena
difícil. Pues, a ciencia
cierta, en ocasiones el
resultado de esa
elección no responde a
qué es lo representado,
por qué, cuál es su
contexto de procedencia
o resultado de cuál
proceso. Tampoco se
tiene en cuenta, por lo
general, el escenario en
que se pondrá a dialogar
que, en primera
instancia, debe ser una
de sus finalidades: un
diálogo con el público,
con lo diferente o lo
semejante, pero un
intercambio al final de
cuentas. Otra de las
adversidades de esa
tarea, de la cual, por
cierto, nunca se sale
bien y siempre acarrea
insatisfacciones de
algún tipo, es que, en
Cuba por ejemplo,
trabajamos con una
producción numerosa, a
veces desigual en
términos de calidad, de
visibilidad aun en
nuestro propio país, y
ese desnivel, en muchos
casos, se convierte en
uno de los ángulos desde
el cual también se
“representa”. En
general, esa
“representatividad”, a
mi juicio, debe
acercarnos a la idea de
por qué tenemos ese
teatro y no otro, no
solo sobre la base de un
estudio de recursos y
posibilidades
económicas, sino de
procesos, de acumulación
y aprehensión de saberes
culturales, sociales,
ideológicos, políticos,
teatrales en permanente
tensión con nuestro
tiempo.
Son disímiles las
aristas que se ponen
sobre la mesa. Sin
embargo, y, a pesar de
todos los contratiempos,
márgenes al error,
subjetividades,
contextos locales, etc.,
el comité de selección y
los organizadores del
festival lograron ―al
menos así me lo reveló
una treintena de
espectáculos― condensar
un botón de muestra del
teatro para niños y
jóvenes de varias
latitudes del mundo,
teniendo en cuenta,
además, la diversidad
cultural, los procesos
teatrales, los
escenarios
sociopolíticos,
lenguajes escénicos, la
tradición y vanguardia,
variedad temática, etc.
Todo ello produjo, a su
vez, un tejido compacto
que devolvió una
compleja y dinámica
imagen del teatro para
las más jóvenes
audiencias.
De ese magma, colorido,
rico e imperfecto
también, y que no deja
de lado a un espectador
igualmente diferente
según sus contextos
culturales, sociales,
económicos, políticos,
geográficos, etc.,
quiero destacar algunos
montajes que ilustran lo
que ese panorama
pretendía revelar: cómo
se está haciendo hoy el
teatro para niños y
jóvenes en el mundo, qué
esta diciendo, cómo lo
está diciendo y para
quién lo hace.
Para empezar: ¿Cómo se
narran esos relatos? ¿En
qué lugar se ubican a
los sujetos de esas
historias ―locales y
universales― en esas
narraciones? ¿Cómo
dialogan tradición y
modernidad? ¿Cuáles son
los temas?
Voy a pecar de
“representatividad”.
Expongo aquí mi muestra
personal, derivada de
mis visiones, mi
biografía como
espectadora, mi cruce de
imágenes, sentimientos,
imaginarios e ideas
desde mi espacio íntimo
y personal en torno al
teatro, al escenario que
cada espectador se va
construyendo para sí
mismo. Es lo que también
persigo cuando escribo
sobre un espectáculo:
quiero contar la
historia que voy
relatándome a mí misma.
“Mi” muestra pone en
valor los profundos
arcos que van, por
ejemplo, de un teatro
ancestral y vivo a un
montaje que se apoya en
las nuevas tecnologías,
u otro que combina ambos
lenguajes y
herramientas, así como
algunos que van de lo
local a lo universal.
Siguiendo esa pauta,
escojo, entonces, entre
propuestas de Irán,
Zambia, Sudáfrica,
China, Japón, Corea del
Sur, Australia, Bélgica,
Francia, Alemania,
Holanda, Rusia, Turquía,
España, Escocia,
Estonia, Finlandia,
Islandia, Letonia,
Lituania, Noruega,
Argentina, Brasil,
Canadá y los países
sedes, siete montajes
que me resultaron
significativos y que
destaco, repito, de una
selección internacional
ya notable de antemano.
Hago un aparte con los
espectáculos daneses
incluidos tanto en la
muestra oficial como en
la nombrada off.
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In the Bush,
Seka Theatre
(Zambia) |
In the bush
(Zambia, para mayores de
ocho años) por la
compañía SEKA Theatre
fue uno de los
espectáculos más
gustados. Proveniente de
Kunda, al este de esa
nación y cuyos
habitantes son, por lo
general, campesinos y
cazadores, el grupo se
afinca en una fuerte
tradición de oralidad y
nos muestra un
espectáculo sencillo,
vivo, de gran empatía
con el público. La
narración toma como eje
temático la histórica
rivalidad entre la
ciudad y el campo, la
necesidad de apreciar la
naturaleza y el diálogo
fecundo entre las nuevas
y viejas generaciones,
relación vital en el
desarrollo de esas
sociedades. Todo ello
expuesto a través de una
gestualidad precisa, de
un excelente trabajo
corporal en el que los
actores-facilitadores
encarnan diferentes
animales y van contando
una suerte de fábula. El
espectáculo deviene una
narración coral
ejemplarizante sobre los
valores de la vida en el
campo, del cuidado y
amor por los animales y
la naturaleza. Reafirma,
en esa convención, la
importancia del legado
de los ancestros y la
necesidad de los jóvenes
de dialogar con ellos.
De ese universo teatral
más apegado a las
tradiciones, arribamos,
a través de ese
pretendido arco, a La
niña de Leningrado,
del Estudio Teatral Kub
(para adolescentes
mayores de 12 años).
El montaje, precedido de
importantes premios en
su país y en festivales
internacionales, llamó
mi atención desde el
título. Desde hace más
de 20 años, esa ciudad
recuperó su nombre
original, San
Petersburgo. De manera
que inmediatamente me
impuso un espacio de
enunciación que remitía
a un pasado, y, como
luego comprobé, a una
re-visión de ese pasado
muy conectado con el
presente. Aquí mi
biografía personal me
transportó a los
momentos en que sí
recibíamos noticias de
Moscú, a veces
demasiadas e
incompletas. Una
anécdota: mi hijo mayor
me preguntó qué era la
Unión Soviética. Por un
segundo, me pareció
inconcebible. (Ahora
mismo, al escribir estas
líneas el noticiero
nacional trasmite la
ceremonia en Moscú por
el 70 aniversario del
inicio de la Gran Guerra
Patria. Muchos de los
entrevistados en el
reportaje son
adolescentes y
jóvenes.)
La historia transcurre
durante el cerco que
durante 872 días asfixió
a Leningrado, durante la
Segunda Guerra Mundial.
En una felicísima
combinación entre títere
y cine, el espectáculo
en su inicio proyecta
sobre la pantalla una
imagen actual de San
Petersburgo: una rubia
conduce un descapotable
rojo a alta velocidad,
el viento sacude su
cabello mientras va
escuchando un tema del
popular grupo de rock
ruso Splin.
Se refiere cómo una
niña, abuela de la
muchacha que aparece al
inicio, sobrevivió al
cerco gracias a las
atenciones y cuidados de
Domowoi, especie de
duende o espíritu
habitante de las casas
en el folclor eslavo.
Las vicisitudes,
obstáculos que vence
este personaje,
transitando de la
pantalla al retablo
titiritero con fluidez y
virtuosismo, van
hilvanando un relato que
igualmente pasa de un
tono triste, trágico al
humor y a la ternura.
Según se explica en el
catálogo del Festival,
desde hace un tiempo
Rusia emprende una
revisión histórica de
aquellos años en los
programas de estudio
escolares. Sin embargo,
el espectáculo no
persigue ningún
didactismo. Su clave de
éxito reside en el
concepto sobre el cual
parte en términos
estéticos ―un feliz
matrimonio, como ya
apunté, entre nuevas
tecnologías y tradición
teatral no solo expuesta
en el discurso del
espectáculo sino desde
la propia narración que
tiene como centro este
personaje del folclor―,
y también en lograr que
ese pasado aún tenga un
sentido para las nuevas
generaciones. Ese nexo
arriba a una concreción
más palpable al final de
la obra cuando se
proyectan fragmentos de
documentales de la
ciudad bajo el impacto
del cerco y fotografías
de conflictos bélicos
actuales, mientras
escuchamos la canción
“Nadie quiere guerras”,
de Splin.
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Last supper
(La última
cena), Eede
Theatre Company
(Iran) |
La última cena,
de la Compañía Teatral
Eede, de Irán, fue otro
de los montajes que
llamó mi atención. Por
primera vez asistía a un
espectáculo de ese país
y me atraía la foto del
catálogo en la que
varios soldados están
sentados a la mesa
rezando, excepto uno,
quien hace un gesto
burlesco.
Concebido para mayores
de 12 años, la obra nos
presenta a cinco hombres
que son alistados a una
nueva guerra. La
escenografía podría
aludir a una planta
nuclear por las tuberías
plateadas que van
marcando diferentes
niveles. En ese ámbito
se representa el
conflicto bélico y los
cinco soldados pondrán
en juego sus
contradicciones, sus
biografías personales,
sus aspiraciones, sus
añoranzas. En esa
especie de fraternidad,
son puestos en solfa
tópicos como la
religión, la defensa de
la patria, el compromiso
militar, etc. Todo ello
resuelto, en algunos
casos, con fino humor,
con soluciones teatrales
minimalistas de gran
efecto. La visualidad
del espectáculo,
igualmente, afirma un
espacio de
confinamiento, pero
también, de lealtades.
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¿Cómo podemos
contarlo?,
Tiyatrotem
(Turquía) |
Turquía fue uno de los
países representados en
el Festival con la pieza
¿Cómo podemos
contarlo?, para
mayores de seis años, a
cargo del grupo
Tiyatrotem. Desde su
propio título,
observamos el deseo de
buscar otra manera de
contar, y lo logran.
Procedente de una fuerte
tradición titiritera,
donde enseguida
reconocemos a Karagoz,
el montaje resuelve con
éxito combinar varias
técnicas de animación de
muñecos, teatro de
sombras y formas
tradicionales turcas con
la narración oral. Una y
otra vez, el personaje
principal, un narrador
de cuentos encarnado en
un hermoso títere de
mesa ―me recordó el
construido por Armando
Morales para La
república del caballo
muerto― intenta
escribir algo sobre El
Quijote, pero
continuamente se queda
dormido y en su sueño un
niño, conocedor a su vez
de cuentos, quiere
contar su propia
historia de manera
diferente. Esto irá
sucediendo varias veces
y en todas ellas, cada
vez que despierta y
vuelve a soñar el
narrador, una historia
distinta aparece a
través de un teatrillo
de sombras. No solo el
espectáculo propone
cambiar la perspectiva
del narrador y
recolocarla en el
niño-lector también
narrador, sino que desde
la propia concepción del
montaje, sus creadores
nos están proponiendo
una revisión de su
propia herencia
titiritera.
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Blanco,
Compañía Teatral
Catherine Wheels
(Escocia) |
Blanco,
por la Compañía Teatral
Catherine Wheels, de
Escocia, fue otro de los
montajes que despertó
mucho interés en los
asistentes. Dirigido a
niños entre dos y cuatro
años, el tema se centra
en la aceptación de la
diferencia, de lo otro,
de la pluralidad y
diversidad,
cristalizándose por
medio de una
acertadísima visualidad
y una historia
comprensible, pero no
por ello menos
inteligente y atractiva.
En un escenario blanco
están colocadas
numerosas casitas para
pichones. Igualmente,
los dos personajes, dos
amigos que se ocupan de
cuidarlos, visten de un
blanco impecable y todos
los accesorios son del
mismo color. En el
transcurso de los 35
minutos que dura el
espectáculo, primero
aparecerá un huevo rojo,
y luego en todas las
casitas, huevos de todos
los colores. Uno de los
cuidadores intentará
ocultarle al otro lo que
está ocurriendo, pero
será imposible controlar
la situación, y, ante lo
inevitable, ambos
reconocerán que siempre
les han gustado los
colores. Al final, los
actores harán volar
papeles multicolores al
público hasta cubrir el
escenario blanco. En una
Europa cada vez más
xenófoba y más
intolerante, el
espectáculo llama la
atención sobre este
punto desde edades muy
tempranas.
Open Circle,
de Teatro Laboratorio
Open Circle, de
Lituania, dejó buen
sabor en los
espectadores. Ideado
para adolescentes y
jóvenes, sus creadores,
todos noveles, partieron
de improvisaciones que
tomaron como referente
sus propias biografías.
En un aparente ejercicio
de improvisación,
espontáneo y abierto,
cada actor implica a su
compañero en la
“representación” de un
pasaje de sus vidas que
fue importante en su
adolescencia. Temas como
el divorcio, la soledad,
el abandono filial, el
cuerpo, las primeras
experiencias sexuales,
las dinámicas de grupo
en esas edades, las
diferencias de clases y
su impacto en las
relaciones
intrageneracionales,
todo ello trasmitido a
través de magníficas
actuaciones que van
oscilando entre la
“actuación” y la
“presencia”. De eso
modo, el espectáculo
deviene, asimismo,
ceremonia de iniciación
en la vida y también en
el teatro.
Cruzamos el Atlántico y
de los tres montajes
seleccionados del
continente
latinoamericano (uno de
Argentina y dos de
Brasil), me quedo ahora
y siempre con
Concierto para rosas y
espinas, de la
Compañía de Tijolo. Dos
horas de espectáculo en
portugués para un
público,
mayoritariamente,
angloparlante no fueron
obstáculo para la
comprensión, el
divertimento, la
conexión y empatía con
los brasileños.
Compleja, potente y
hermosa en su propuesta
narrativa, en su
visualidad, en la
dinámica interna del
montaje que incluía
movimientos
escenográficos
constantes, música en
vivo, interrelación con
la audiencia, extensos
monólogos; la obra rinde
homenaje al centenario
del poeta Patativa do
Assaré, apenas conocido
en Brasil. Su vida es el
pretexto para ahondar en
temas como la identidad
y, en particular, las
identidades de ese país,
el conocimiento de la
historia nacional, la
densidad cultural y
complejidad social
brasileñas puestas sobre
un escenario que toca
tierra.
Y tocamos tierra,
literalmente, a través
de la tonalidad sepia
del montaje, hecha de
ladrillos y cencerros a
nivel del piso, que
hacen alusión a la gran
sequía del norte
brasileño, lugar de
origen de Patativa, un
poeta de pueblo,
analfabeto y sabio, que
trajo a mi memoria a
Fernando González, el
maestro espiritual del
grupo colombiano
Matacandelas, visto el
pasado año en Mayo
Teatral.
La palabra poética como
sustancia vital para
construir un espacio
donde nación, historia y
hombre su funden. Un
juego de
autorreferencialidad, en
el que también se cruzan
las ideas de Paulo
Freire, pone a los
actores como portadores
de una revisión del
pasado brasileño
desconocido y verídico:
la matanza y exterminio
de la comunidad rural
Caldeirão da Santa Cruz
dos Desertos. Deseo
mucho que el público
cubano pueda compartir
esta experiencia y
Concierto para rosas y
espinas no demore en
visitar nuestros
teatros.
Dedico algunas líneas a
repasar un fragmento del
teatro danés programado
en el Festival. De él,
dos propuestas que se
complementan por su
diversidad de lenguaje y
por su ubicación en la
muestra. La primera de
ellas, es de Teatro
Batida, conocido grupo
en Cuba gracias a su
participación en varios
festivales, giras
nacionales y a
intercambios sostenidos
con agrupaciones del
país. De su repertorio
recordamos, Overture,
Grande Finale,
María Bonita y El
maravilloso trío,
solo presentado en la
ciudad de Bayamo hace
dos años.
Esta vez, Batida se
sumerge con fuerza en
una abierta crítica al
mercado y su repercusión
en la sociedad. Sin
abandonar el sello que
distingue su trabajo
relacionado con la
música en vivo, técnicas
clownescas, un trabajo
colectivo que descansa,
en una partitura musical
y gestual, en el humor y
efectos, Aleluya
nos presenta una
conmovedora historia que
pasa de situaciones
cómicas a trágicas
constantemente y que
sondea las zonas más
oscuras y complejas de
la emoción humana hoy,
ante la cada vez más
invasiva acción del
dinero y del mercado en
la sociedad
contemporánea. No
escatima en
sentimentalismos, y
ambas partes de la
sociedad, los poderosos
y los desprotegidos, son
desenmascarados. La
aparición de un bebé en
un banco cambiará las
leyes con las cuales ese
micromundo, cerrado y
autónomo, funciona. No
debe pasar inadvertido
el hecho de que
Aleluya integró,
junto con otras obras
danesas, el fragmento
off ubicado en
Cristiania, uno de los
espacios urbanos de
Copenhague más abiertos,
dinámicos y atractivos
por su multiculturalidad,
inclusión y sentido de
lo comunitario.
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Muestra de
teatro danés.
Hans
Christian, you
must be an angel,
Teatret Gruppe
38;
Rehén: una
historia en la
realidad,
Holbaek Teater |
El segundo montaje,
Rehén: una historia en
la realidad por el
Holbaek Teater, formó
parte de la muestra
oficial y tiene la
peculiaridad que
transcurre durante un
viaje en ómnibus.
Primero que todo, se
trata de una
“experiencia” particular
para el espectador. El
pretexto del viaje es ir
a una función teatral.
El guía le solicita a
una viajera que vaya
filmando en tiempo real
su intervención para que
todos los presentes
puedan escucharlo y
verlo bien durante el
recorrido. En el
trayecto va mezclando la
explicación de lo que se
supone vamos a ver con
sus vivencias
personales, y, en
especial, con su origen
pakistaní en el contexto
danés. Mientras esto
sucede, el ómnibus, a su
vez, va marcando una
ruta urbana a través de
barrios de inmigrantes,
acción que va
completando y dándole un
sentido a ese
itinerario.
A partir de ahí,
comienza a relatar
historias de su familia,
su llegada a Dinamarca,
los trabajos de su padre
hasta posicionarse, y su
contacto frágil y
reciente con su cultura
luego de la muerte del
abuelo. De repente, el
chofer detiene el
ómnibus porque un
automóvil lo está
persiguiendo, y
constatamos que se trata
de la novia danesa del
guía, quien ha
descubierto que este se
ha comprometido, después
de tres años de relación
con ella, con una
pakistaní gracias a un
pacto familiar.
En este punto se produce
el giro de la obra y
comenzamos a ser
testigos de ese
enfrentamiento en el
cual el tema de los
inmigrantes, los
conflictos ente la
cultura que recibe y la
que llega, es tratado
desde una nueva
perspectiva: la
aceptación o negociación
de/con la cultura y
costumbres del país de
acogida por parte del
inmigrante y la
necesidad de establecer,
en el caso de sociedades
de fuerte tradición
religiosa, un diálogo
cultural que pueda
consensuar esas
contradicciones, si es
posible lograrlo. El
“espectáculo” no
descuida ningún detalle
y se balancea entre un
policíaco,
drama, comedia y un
reality show que
vemos a través de las
pantallas de los
televisores colocadas al
frente y en el pasillo
del ómnibus. Todo un
performance de la
realidad, como su título
lo indica, en el cual
como “rehenes” estamos
obligados a presenciar y
a tomar partido. De ese
modo, será imposible
darle la espalda al
asunto. Lo más
interesante es
justamente “vivir” esa
experiencia, ser parte
de una problemática que
es hoy uno de los puntos
más álgidos de la agenda
política mundial.
Como se observa, los
organizadores del
Festival del 17 Congreso
Mundial de la ASSITEJ,
que asombrosamente
pueden contarse con los
dedos de las manos,
lograron diseñar, pensar
y concebir un espacio,
primero que todo, útil,
dinámico, jugoso en
términos de calidad y
“representatividad”. En
diez días, una parte
latente, enérgica y
diversa del teatro para
niños y jóvenes trazó un
grueso flujo humano
entre Malmo y
Copenhague. Era habitual
cruzarse con los
participantes al
Congreso en las calles
de ambas ciudades, en
los trenes y guaguas a
cualquier hora del día.
Una observación que no
puedo pasar por alto.
Mientras que en ambas
ciudades podíamos
percibir señales del
Festival ―una larga
banderola amarilla nos
conducía a las distintas
sedes, algunas de ellas
muy intrincadas en
laberínticas calles―, en
las salas se echaba de
menos la presencia de
más niños y jóvenes,
justamente el público al
que estaban dirigidos
los esfuerzos del
Congreso y del Festival.
Algunos argumentos
explican que en la
mayoría de las obras se
hablaba en inglés o en
los idiomas de origen,
otros, los altos precios
de las entradas (una de
las más baratas costaba
15 dólares). De todas
formas, sigo creyendo
que faltaron
alternativas para
aliviar esos obstáculos,
como también se
resintió, según escuché
decir a algunos daneses,
una mayor presencia de
las actividades del
Congreso en los medios
de comunicación.
Del evento, la más
importante y urgente
tarea que resta es el
re-posicionamiento del
centro cubano de la
ASSITEJ, que vuelva a
tener la participación
que ya había conquistado
años atrás y que sea una
vía efectiva ―lo es,
nunca dejó de serlo―
para el intercambio con
los teatristas del
mundo. La Isla, como
bien nos señalara la
Doctora Graziella
Pogolotti en una de las
ediciones de Teatro y
Nación, son sus puertos. |