La Habana. Año X.
25 de JUNIO al
1ro. de JULIO de 2011

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No hay nada podrido en Dinamarca (II)
Zoila Sablón • La Habana
Imágenes del catálogo

 …cuando hablamos de teatro para niños y jóvenes.

 

Como ya había mencionado en la primera parte de esta reseña, uno de los aciertos del 17 Congreso Mundial de la ASSITEJ, que tuvo por sede las ciudades de Copenhague y Malmo, se evidenció en la muestra teatral, diversa y representativa en lo posible, que agrupó una treintena de espectáculos internacionales y otro fragmento de los países anfitriones.  

Lo relativo a representatividad, un término a veces peligroso en las labores de selección y que más de una vez ha conducido a equívocos paternalistas en nuestros festivales, es siempre una faena difícil. Pues, a ciencia cierta, en ocasiones el resultado de esa elección no responde a qué es lo representado, por qué, cuál es su contexto de procedencia o resultado de cuál proceso. Tampoco se tiene en cuenta, por lo general, el escenario en que se pondrá a dialogar que, en primera instancia, debe ser una de sus finalidades: un diálogo con el público, con lo diferente o lo semejante, pero un intercambio al final de cuentas. Otra de las adversidades de esa tarea, de la cual, por cierto, nunca se sale bien y siempre acarrea insatisfacciones de algún tipo, es que, en Cuba por ejemplo, trabajamos con una producción numerosa, a veces desigual en términos de calidad, de visibilidad aun en nuestro propio país, y ese desnivel, en muchos casos, se convierte en uno de los ángulos desde el cual también se “representa”. En general, esa “representatividad”, a mi juicio, debe acercarnos a la idea de por qué tenemos ese teatro y no otro, no solo sobre la base de un estudio de recursos y posibilidades económicas, sino de procesos, de acumulación y aprehensión de saberes culturales, sociales, ideológicos, políticos, teatrales en permanente tensión con nuestro tiempo. 

Son disímiles las aristas que se ponen sobre la mesa. Sin embargo, y, a pesar de todos los contratiempos, márgenes al error, subjetividades, contextos locales, etc., el comité de selección y los organizadores del festival lograron ―al menos así me lo reveló una treintena de espectáculos― condensar un botón de muestra del teatro para niños y jóvenes de varias latitudes del mundo, teniendo en cuenta, además, la diversidad cultural, los procesos teatrales, los escenarios sociopolíticos, lenguajes escénicos, la tradición y vanguardia, variedad temática, etc. Todo ello produjo, a su vez, un tejido compacto que devolvió una compleja y dinámica imagen del teatro para las más jóvenes audiencias.  

De ese magma, colorido, rico e imperfecto también, y que no deja de lado a un espectador igualmente diferente según sus contextos culturales, sociales, económicos, políticos, geográficos, etc., quiero destacar algunos montajes que ilustran lo que ese panorama pretendía revelar: cómo se está haciendo hoy el teatro para niños y jóvenes en el mundo, qué esta diciendo, cómo lo está diciendo y para quién lo hace. 

Para empezar: ¿Cómo se narran esos relatos? ¿En qué lugar se ubican a los sujetos de esas historias ―locales y universales― en esas narraciones? ¿Cómo dialogan tradición y modernidad? ¿Cuáles son los temas?   

Voy a pecar de “representatividad”. Expongo aquí mi muestra personal, derivada de mis visiones, mi biografía como espectadora, mi cruce de imágenes, sentimientos, imaginarios e ideas desde mi espacio íntimo y personal en torno al teatro, al escenario que cada espectador se va construyendo para sí mismo. Es lo que también persigo cuando escribo sobre un espectáculo: quiero contar la historia que voy relatándome a mí misma.  

“Mi” muestra pone en valor los profundos arcos que van, por ejemplo, de un teatro ancestral y vivo a un montaje que se apoya en las nuevas tecnologías, u otro que combina ambos lenguajes y herramientas, así como algunos que van de lo local a lo universal.  

Siguiendo esa pauta, escojo, entonces, entre propuestas de Irán, Zambia, Sudáfrica, China, Japón, Corea del Sur, Australia, Bélgica, Francia, Alemania, Holanda, Rusia, Turquía, España, Escocia, Estonia, Finlandia, Islandia, Letonia, Lituania, Noruega, Argentina, Brasil, Canadá y los países sedes, siete montajes que me resultaron significativos y que destaco, repito, de una selección internacional ya notable de antemano. Hago un aparte con los espectáculos daneses incluidos tanto en la muestra oficial como en la nombrada off


In the Bush, Seka Theatre (Zambia)

In the bush (Zambia, para mayores de ocho años) por la compañía SEKA Theatre fue uno de los espectáculos más gustados. Proveniente de Kunda, al este de esa nación y cuyos habitantes son, por lo general, campesinos y cazadores, el grupo se afinca en una fuerte tradición de oralidad y nos muestra un espectáculo sencillo, vivo, de gran empatía con el público. La narración toma como eje temático la histórica rivalidad entre la ciudad y el campo, la necesidad de apreciar la naturaleza y el diálogo fecundo entre las nuevas y viejas generaciones, relación vital en el desarrollo de esas sociedades. Todo ello expuesto a través de una gestualidad precisa, de un excelente trabajo corporal en el que los actores-facilitadores encarnan diferentes animales y van contando una suerte de fábula. El espectáculo deviene una narración coral ejemplarizante sobre los valores de la vida en el campo, del cuidado y amor por los animales y la naturaleza. Reafirma, en esa convención, la importancia del legado de los ancestros y la necesidad de los jóvenes de dialogar con ellos. 

De ese universo teatral más apegado a las tradiciones, arribamos, a través de ese pretendido arco, a La niña de Leningrado, del Estudio Teatral Kub (para adolescentes mayores de 12 años). 

El montaje, precedido de importantes premios en su país y en festivales internacionales, llamó mi atención desde el título. Desde hace más de 20 años, esa ciudad recuperó su nombre original, San Petersburgo. De manera que inmediatamente me impuso un espacio de enunciación que remitía a un pasado, y, como luego comprobé, a una re-visión de ese pasado muy conectado con el presente. Aquí mi biografía personal me transportó a los momentos en que sí recibíamos noticias de Moscú, a veces demasiadas e incompletas. Una anécdota: mi hijo mayor me preguntó qué era la Unión Soviética. Por un segundo, me pareció inconcebible. (Ahora mismo, al escribir estas líneas el noticiero nacional trasmite la ceremonia en Moscú por el 70 aniversario del inicio de la Gran Guerra Patria. Muchos de los entrevistados en el reportaje son adolescentes y jóvenes.) 

La historia transcurre durante el cerco que durante 872 días asfixió a Leningrado, durante la Segunda Guerra Mundial. En una felicísima combinación entre títere y cine, el espectáculo en su inicio proyecta sobre la pantalla una imagen actual de San Petersburgo: una rubia conduce un descapotable rojo a alta velocidad, el viento sacude su cabello mientras va escuchando un tema del popular grupo de rock ruso Splin. 

Se refiere cómo una niña, abuela de la muchacha que aparece al inicio, sobrevivió al cerco gracias a las atenciones y cuidados de Domowoi, especie de duende o espíritu habitante de las casas en el folclor eslavo. Las vicisitudes, obstáculos que vence este personaje, transitando de la pantalla al retablo titiritero con fluidez y virtuosismo, van hilvanando un relato que igualmente pasa de un tono triste, trágico al humor y a la ternura. Según se explica en el catálogo del Festival, desde hace un tiempo Rusia emprende una revisión histórica de aquellos años en los programas de estudio escolares. Sin embargo, el espectáculo no persigue ningún didactismo. Su clave de éxito reside en el concepto sobre el cual parte en términos estéticos ―un feliz matrimonio, como ya apunté, entre nuevas tecnologías y tradición teatral no solo expuesta en el discurso del espectáculo sino desde la propia narración que tiene como centro este personaje del folclor―, y también en lograr que ese pasado aún tenga un sentido para las nuevas generaciones. Ese nexo arriba a una concreción más palpable al final de la obra cuando se proyectan fragmentos de documentales de la ciudad bajo el impacto del cerco y fotografías de conflictos bélicos actuales, mientras escuchamos la canción “Nadie quiere guerras”, de Splin. 


Last supper (La última cena), Eede Theatre Company (Iran)

La última cena, de la Compañía Teatral Eede, de Irán, fue otro de los montajes que llamó mi atención. Por primera vez asistía a un espectáculo de ese país y me atraía la foto del catálogo en la que varios soldados están sentados a la mesa rezando, excepto uno, quien hace un gesto burlesco.  

Concebido para mayores de 12 años, la obra nos presenta a cinco hombres que son alistados a una nueva guerra. La escenografía podría aludir a una planta nuclear por las tuberías plateadas que van marcando diferentes niveles. En ese ámbito se representa el conflicto bélico y los cinco soldados pondrán en juego sus contradicciones, sus biografías personales, sus aspiraciones, sus añoranzas. En esa especie de fraternidad, son puestos en solfa tópicos como la religión, la defensa de la patria, el compromiso militar, etc. Todo ello resuelto, en algunos casos, con fino humor, con soluciones teatrales minimalistas de gran efecto. La visualidad del espectáculo, igualmente, afirma un espacio de confinamiento, pero también, de lealtades.  


¿Cómo podemos contarlo?, Tiyatrotem (Turquía)

Turquía fue uno de los países representados en el Festival con la pieza ¿Cómo podemos contarlo?, para mayores de seis años, a cargo del grupo Tiyatrotem. Desde su propio título, observamos el deseo de buscar otra manera de contar, y lo logran. Procedente de una fuerte tradición titiritera, donde enseguida reconocemos a Karagoz, el montaje resuelve con éxito combinar varias técnicas de animación de muñecos, teatro de sombras y formas tradicionales turcas con la narración oral. Una y otra vez, el personaje principal, un narrador de cuentos encarnado en un hermoso títere de mesa ―me recordó el construido por Armando Morales para La república del caballo muerto― intenta escribir algo sobre El Quijote, pero continuamente se queda dormido y en su sueño un niño, conocedor a su vez de cuentos, quiere contar su propia historia de manera diferente. Esto irá sucediendo varias veces y en todas ellas, cada vez que despierta y vuelve a soñar el narrador, una historia distinta aparece a través de un teatrillo de sombras. No solo el espectáculo propone cambiar la perspectiva del narrador y recolocarla en el niño-lector también narrador, sino que desde la propia concepción del montaje, sus creadores nos están proponiendo una revisión de su propia herencia titiritera. 


Blanco, Compañía Teatral Catherine Wheels (Escocia)

Blanco, por la Compañía Teatral Catherine Wheels, de Escocia, fue otro de los montajes que despertó mucho interés en los asistentes. Dirigido a niños entre dos y cuatro años, el tema se centra en la aceptación de la diferencia, de lo otro, de la pluralidad y diversidad, cristalizándose por medio de una acertadísima visualidad y una historia comprensible, pero no por ello menos inteligente y atractiva.  

En un escenario blanco están colocadas numerosas casitas para pichones. Igualmente, los dos personajes, dos amigos que se ocupan de cuidarlos, visten de un blanco impecable y todos los accesorios son del mismo color. En el transcurso de los 35 minutos que dura el espectáculo, primero aparecerá un huevo rojo, y luego en todas las casitas, huevos de todos los colores. Uno de los cuidadores intentará ocultarle al otro lo que está ocurriendo, pero será imposible controlar la situación, y, ante lo inevitable, ambos reconocerán que siempre les han gustado los colores. Al final, los actores harán volar papeles multicolores al público hasta cubrir el escenario blanco. En una Europa cada vez más xenófoba y más intolerante, el espectáculo llama la atención sobre este punto desde edades muy tempranas.  

Open Circle, de Teatro Laboratorio Open Circle, de Lituania, dejó buen sabor en los espectadores. Ideado para adolescentes y jóvenes, sus creadores, todos noveles, partieron de improvisaciones que tomaron como referente sus propias biografías. En un aparente ejercicio de improvisación, espontáneo y abierto, cada actor implica a su compañero en la “representación” de un pasaje de sus vidas que fue importante en su adolescencia. Temas como el divorcio, la soledad, el abandono filial, el cuerpo, las primeras experiencias sexuales, las dinámicas de grupo en esas edades, las diferencias de clases y su impacto en las relaciones intrageneracionales, todo ello trasmitido a través de magníficas actuaciones que van oscilando entre la “actuación” y la “presencia”. De eso modo, el espectáculo deviene, asimismo, ceremonia de iniciación en la vida y también en el teatro. 

Cruzamos el Atlántico y de los tres montajes seleccionados del continente latinoamericano (uno de Argentina y dos de Brasil), me quedo ahora y siempre con Concierto para rosas y espinas, de la Compañía de Tijolo. Dos horas de espectáculo en portugués para un público, mayoritariamente, angloparlante no fueron obstáculo para la comprensión, el divertimento, la conexión y empatía con los brasileños. Compleja, potente y hermosa en su propuesta narrativa, en su visualidad, en la dinámica interna del montaje que incluía movimientos escenográficos constantes, música en vivo, interrelación con la audiencia, extensos monólogos; la obra rinde homenaje al centenario del poeta Patativa do Assaré, apenas conocido en Brasil. Su vida es el pretexto para ahondar en temas como la identidad y, en particular, las identidades de ese país, el conocimiento de la historia nacional, la densidad cultural y complejidad social brasileñas puestas sobre un escenario que toca tierra.

Y tocamos tierra, literalmente, a través de la tonalidad sepia del montaje, hecha de ladrillos y cencerros a nivel del piso, que hacen alusión a la gran sequía del norte brasileño, lugar de origen de Patativa, un poeta de pueblo, analfabeto y sabio, que trajo a mi memoria a Fernando González, el maestro espiritual del grupo colombiano Matacandelas, visto el pasado año en Mayo Teatral. 

La palabra poética como sustancia vital para construir un espacio donde nación, historia y hombre su funden. Un juego de autorreferencialidad, en el que también se cruzan las ideas de Paulo Freire, pone a los actores como portadores de una revisión del pasado brasileño desconocido y verídico: la matanza y exterminio de la comunidad rural Caldeirão da Santa Cruz dos Desertos. Deseo mucho que el público cubano pueda compartir esta experiencia y Concierto para rosas y espinas no demore en visitar nuestros teatros.  

Dedico algunas líneas a repasar un fragmento del teatro danés programado en el Festival. De él, dos propuestas que se complementan por su diversidad de lenguaje y por su ubicación en la muestra. La primera de ellas, es de Teatro Batida, conocido grupo en Cuba gracias a su participación en varios festivales, giras nacionales y a intercambios sostenidos con agrupaciones del país. De su repertorio recordamos, Overture, Grande Finale, María Bonita y El maravilloso trío, solo presentado en la ciudad de Bayamo hace dos años.  

Esta vez, Batida se sumerge con fuerza en una abierta crítica al mercado y su repercusión en la sociedad. Sin abandonar el sello que distingue su trabajo relacionado con la música en vivo, técnicas clownescas, un trabajo colectivo que descansa, en una partitura musical y gestual, en el humor y efectos, Aleluya nos presenta una conmovedora historia que pasa de situaciones cómicas a trágicas constantemente y que sondea las zonas más oscuras y complejas de la emoción humana hoy, ante la cada vez más invasiva acción del dinero y del mercado en la sociedad contemporánea. No escatima en sentimentalismos, y ambas partes de la sociedad, los poderosos y los desprotegidos, son desenmascarados. La aparición de un bebé en un banco cambiará las leyes con las cuales ese micromundo, cerrado y autónomo, funciona. No debe pasar inadvertido el hecho de que Aleluya integró, junto con otras obras danesas, el fragmento off ubicado en Cristiania, uno de los espacios urbanos de Copenhague más abiertos, dinámicos y atractivos por su multiculturalidad, inclusión y sentido de lo comunitario. 


Muestra de teatro danés.
Hans Christian, you must be an angel, Teatret Gruppe 38;
Rehén: una historia en la realidad
, Holbaek Teater

El segundo montaje, Rehén: una historia en la realidad por el Holbaek Teater, formó parte de la muestra oficial y tiene la peculiaridad que transcurre durante un viaje en ómnibus. Primero que todo, se trata de una “experiencia” particular para el espectador. El pretexto del viaje es ir a una función teatral. El guía le solicita a una viajera que vaya filmando en tiempo real su intervención para que todos los presentes puedan escucharlo y verlo bien durante el recorrido. En el trayecto va mezclando la explicación de lo que se supone vamos a ver con sus vivencias personales, y, en especial, con su origen pakistaní en el contexto danés. Mientras esto sucede, el ómnibus, a su vez, va marcando una ruta urbana a través de barrios de inmigrantes, acción que va completando y dándole un sentido a ese itinerario. 

A partir de ahí, comienza a relatar historias de su familia, su llegada a Dinamarca, los trabajos de su padre hasta posicionarse, y su contacto frágil y reciente con su cultura luego de la muerte del abuelo. De repente, el chofer detiene el ómnibus porque un automóvil lo está persiguiendo, y constatamos que se trata de la novia danesa del guía, quien ha descubierto que este se ha comprometido, después de tres años de relación con ella, con una pakistaní gracias a un pacto familiar.  

En este punto se produce el giro de la obra y comenzamos a ser testigos de ese enfrentamiento en el cual el tema de los inmigrantes, los conflictos ente la cultura que recibe y la que llega, es tratado desde una nueva perspectiva: la aceptación o negociación de/con la cultura y costumbres del país de acogida por parte del inmigrante y la necesidad de establecer, en el caso de sociedades de fuerte tradición religiosa, un diálogo cultural que pueda consensuar esas contradicciones, si es posible lograrlo. El “espectáculo” no descuida ningún detalle y se balancea entre un policíaco, drama, comedia y un reality show que vemos a través de las pantallas de los televisores colocadas al frente y en el pasillo del ómnibus. Todo un performance de la realidad, como su título lo indica, en el cual como “rehenes” estamos obligados a presenciar y a tomar partido. De ese modo, será imposible darle la espalda al asunto. Lo más interesante es justamente “vivir” esa experiencia, ser parte de una problemática que es hoy uno de los puntos más álgidos de la agenda política mundial. 

Como se observa, los organizadores del Festival del 17 Congreso Mundial de la ASSITEJ, que asombrosamente pueden contarse con los dedos de las manos, lograron diseñar, pensar y concebir un espacio, primero que todo, útil, dinámico, jugoso en términos de calidad y “representatividad”. En diez días, una parte latente, enérgica y diversa del teatro para niños y jóvenes trazó un grueso flujo humano entre Malmo y Copenhague. Era habitual cruzarse con los participantes al Congreso en las calles de ambas ciudades, en los trenes y guaguas a cualquier hora del día.  

Una observación que no puedo pasar por alto. Mientras que en ambas ciudades podíamos percibir señales del Festival ―una larga banderola amarilla nos conducía a las distintas sedes, algunas de ellas muy intrincadas en laberínticas calles―, en las salas se echaba de menos la presencia de más niños y jóvenes, justamente el público al que estaban dirigidos los esfuerzos del Congreso y del Festival. Algunos argumentos explican que en la mayoría de las obras se hablaba en inglés o en los idiomas de origen, otros, los altos precios de las entradas (una de las más baratas costaba 15 dólares). De todas formas, sigo creyendo que faltaron alternativas para aliviar esos obstáculos, como también se resintió, según escuché decir a algunos daneses, una mayor presencia de las actividades del Congreso en los medios de comunicación. 

Del evento, la más importante y urgente tarea que resta es el re-posicionamiento del centro cubano de la ASSITEJ, que vuelva a tener la participación que ya había conquistado años atrás y que sea una vía efectiva ―lo es, nunca dejó de serlo― para el intercambio con los teatristas del mundo. La Isla, como bien nos señalara la Doctora Graziella Pogolotti en una de las ediciones de Teatro y Nación, son sus puertos.
 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.