La Habana. Año X.
18 al 24 de JUNIO de 2011

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Antonio Maceo

El gran culpable del brillo de unos ojos nonagenarios

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Aún recuerdo sus ojos. Yo era una jovencita recién iniciada en el periodismo. La tenía delante de mí y no podía creer aquel brillo de unas pupilas que pasaban de los 90 años. Yo andaba por uno de los montes de Holguín y la conocí entre un grupo de “guajiros” que hablábamos de la zafra azucarera, pero la anciana me llamó la atención por su risa y su vestido de un blanco que competía con las mariposas que por allí florecían.

Ella contaba de su juventud y yo, incluso con grabadora, no se me ocurrió grabarla, sencillamente me puse a escuchar sus cuentos de cuando se organizaban bailes en ranchones ventilados, a los que iban los lugareños vestidos casi siempre con sombrero y machete en la cintura.

Contaba que cuando tenía si acaso 14 años, estaba una noche en un baile de esos, cuando para su asombro los músicos pararon, nació el silencio y se abrió el camino a un hombre que acababa de llegar con otros montados en sus caballos. Ella se quedó mirando a aquel mulato no tan alto, pero bien plantao, vestido de blanco con unas botas relucientes, y dijo “ese podría ser mi hombre”.

Y el mulato de fino bigote se le acercó. Casi se desmaya cuando una amiga le dijo “ese es Maceo”. Contaba la anciana: “el General tenía deseos de bailar, me pidió un baile, si tenía espacio en la lista —porque entonces se hacía una lista de los hombres que querían bailar con una—. Y yo, pa´qué voy a mentir, siempre tenía un grupo detrás de mí, pero esa noche se me olvidó la lista. Bailé con él y después que lo hizo con otras muchachas, repitió conmigo”.
 

“Volaba, yo volaba en sus brazos” contaba la descendiente de esclavos para la que Antonio Maceo fue mucho más que el Mayor General, el Titán de bronce, el indiscutible jefe de mambises negros, mulatos y blancos que lo reconocían como un guerrero de gigante talla. Para ella, Maceo fue el príncipe azul que bajó del reino de los cuentos a enlazarla por el talle y danzando, hacerla vivir momentos que nunca olvidaría.

Una de sus nietas la recriminaba “vamos abuela, deja a la periodista”. Lo único que pude decirle fue que la envidiaba porque desde mucho antes de conocerla a ella, por una noche bailando con Maceo yo haría cualquier cosa. Y no sería solo por su mirada de estratega, valentía y arrojo en el combate, y su singular pensamiento cubano y libertario, tanto que a pesar de ser negro y humilde rápidamente ascendió por la escala de mando. Sería por el hombre mismo, una suerte de Apolo o Shangó que me ha fascinado desde que supe de su existencia.

Porque de Maceo se cuentan tantas historias como cuenteros existan. Tengo un amigo que asegura era un iniciado en la regla de Ocha, otro que en la masonería y no falta quien asegura que por ser mayombero aguantó más de 20 heridas en el cuerpo.

Se dice también que era un hombre enamoradizo y que dejó sembrado un semillero por toda Cuba. Lo cierto es que a los 21 años en 1866 se casó en la iglesia parroquial de San Luis, Oriente, con María Magdalena Cabrales y Fernández una negra nacida en Santiago de Cuba y a la que amó desesperadamente.

Sus cartas —las que se conservan— dan fe de ello. En marzo de 1895 le escribe: “En tu camino como en el mío, lleno de abrojos y espinas, se presentarán dificultades que solo tu virtud podrán vencer.

Confiado, pues, en esa tu más importante cualidad, te abandono por nuestra patria, que tan afligida como tú, reclama mis servicios […]  y tu amor de esposa fiel y purísima, me induce a su redención. […] La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los dos. Si venzo, la gloria será para ti”.

Ese mismo año se queja: “Mi siempre adorada esposa: Desde que nos separamos solo una de tus apreciables cartas he recibido, no sé a qué se deba, por más que ansío saber de ti no tengo tus cartas. […] Dime cómo estás, dónde vives, y quiénes te acompañan y cuidan bien, […] y tú recibe el corazón de tu esposo envuelto en el cariño y bondad que siempre guarda para ti con besos y abrazos de tu esposo que desea verte”.

Precisamente un día de los enamorados, le dice: “Provincia de La Habana, febrero 14 de 1896. Mi adorada esposa: Desde que desembarqué en esta isla, no abandono el caballo un solo día […] llevándome de encuentro todas las poblaciones custodiadas por voluntarios españoles; el botín de armas y parque ha sido espléndido. […] Da recuerdos afectuosos a la familia Pochet, Florencia, con besos a la Corronga, saluda a los Boix, Orúe y comadre y tú recibe un fuerte abrazo de tu esposo que desea verte, Antonio.”
 

Casi diez meses después, en San Pedro, en el municipio Bauta cayó el Titán. Quienes lograron derribarlo no sabían quién era, por eso en forma secreta unos campesinos lo enterraron a él y a su ayudante Panchito Gómez Toro, en el Cacahual, donde se les rindió y rinde homenaje por toda persona honesta y cubana.
 

María, que había perdido dos hijos en los avatares de la guerra, siguió sus pasos en 1905. Quizá en su última mirada, tuviera el brillo por el recuerdo del hombre que un día la enlazó por la cintura para hacerla bailar y luego fue su amante compañero durante toda su existencia.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.