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Ser caimanero es ser
apasionado discutidor y
creerse que su etapa es
la mejor. Siempre están
(estamos) “fajados” lo
mismo por lo que dijo
uno ayer, hace cinco o
20 años, (así fuese un
detallito, una bobería)
que por lo que sucede, o
sucedió, en el entorno
social o cultural; la
vocación de polemizar es
consustancial a los que
han pertenecido a (y por
tanto, son de) El
Caimán Barbudo. Esta
sería otra premisa “caimanística”,
el que fue, es, sea del
tiempo que sea, es un
“título” que no se
pierde. Usted acude a
cualquiera de los que
han participado en esta
aventura periodística,
en nombre del Caimán
y, sea quien sea (¡y
mira que los hay!)
dondequiera que se
encuentre, puede estar
seguro que responde.
Me ha ocurrido no pocas
veces que por algo que
ha salido en la revista,
me ha contactado uno de
la pandilla de otros
momentos (a veces hasta
desconocido en el plano
personal) y se ha
quejado o sugerido o
alabado un texto, como
si estuviera todavía en
la redacción; o
sencillamente he
contestado al teléfono,
y ese interlocutor se ha
presentado
—escuetamente— y de
momento, como si fuese
parte de una
conversación entre
viejos amigos
interrumpida hace unas
horas, me ha espetado:
“Fidelito, ven acá, cómo
El Caimán no ha
protestado por… (X
asunto), cómo vamos a
dejar pasar eso así”. La
tapa al pomo es que, por
no perder la costumbre,
hasta la fecha de la
fundación de la revista
es tema de discusión ¡a
45 años de aquello! tras
muchísimas celebraciones
y ahora está como que
encendido el tema, pues,
para colmo, es algo que
nos atañe a todos y un
gran misterio.
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Me han llamado y escrito
varios de los compañeros
de diversas épocas de la
revista opinando sobre
el tema. Resulta que
siempre se ha celebrado
nuestro aniversario en
mayo, pero El Profe,
Guillermo Rodríguez
Rivera, en una
entrevista dijo que el
primer saurio no salió
en mayo sino en marzo, y
alguien lo corroboró al
encontrar la nota en el
periódico Juventud
Rebelde del 28 de
marzo de 1966, donde,
junto al logotipo que
iba a identificar el
suplemento, hacían un
llamado: “Pida a su
vendedor hoy El
Caimán Barbudo”.
Debo confesar que eso lo
sabía desde que empecé a
dirigir la publicación.
El primer Caimán
que hice, con el susto a
tope por la tamaña
tareíta que me habían
soltado Iroel Sánchez
(director entonces de la
Casa Editora Abril) y
Fernando Rojas (que
me hacía entrega) fue
casualmente el número
300. De manera que hay
una mística generalizada
con los números redondos
y se celebran por todo
lo alto (uno puede pedir
villas y castillas, que
causarían risa si el
número es cuadrado),
pues aproveché la
redondez del 300 y
armamos una Mesa Redonda
con varios de los
fundadores. En ese
encuentro, los presentes
(incluyendo al Profe),
comentaron, como una
curiosidad en la
conversación previa el
debate, que a pesar del
machón fechado en marzo,
siempre se ha celebrado
al aniversario en mayo.
Nadie supo decir por
qué, pero esa había sido
la costumbre; incluso,
el año Caimán, se
cambia en el número de
mayo-junio. Quién quita
que aparezca algo
interesante en la ignota
razón, yo primero pensé
que se había retardado
la salida de imprenta de
aquel número 1, o que
marcarían la fundación
por el mes en que
hicieron la primera
presentación oficial…
pero mirando la fecha de
Juventud Rebelde,
donde sugieren que uno
pida el suplemento con
el periódico, deduzco
que salió a la luz
efectivamente un día
preciso: marzo 18 del
66. Otra de mis
hipótesis fue que
alguien cambiara en una
de las etapas
posteriores la
celebración borrando lo
anterior (esto también
ha sucedido), pensaba
especialmente en la
llamada Segunda época
de El Caimán….
Habría que hurgar a ver
si fue en mayo. Esto de
las “épocas” nació
cuando sacaron a gran
parte del primer
colectivo y lo
diseminaron por otras
publicaciones e
instituciones, tras
algunos debates, de los
cuales ya se ha escrito
bastante,
fundamentalmente del que
se desató a partir de
una crítica a la novela
Pasión de Urbino,
de Lisandro Otero que
trajo varias réplicas y
contrarréplicas. Tras
salir Wichy Nogueras,
Jesús Díaz,
Guillermo Rodríguez
Rivera,
Víctor Casaus, Félix
Guerra, Elsa Claro,
Félix Contreras, el
gallego
Posada… en fin tras
la disolución de aquel
piquete tras el número
15, quien asumió la
dirección puso en el
machón “Época II”, con
lo cual daba a entender
algo así como borrón y
cuenta nueva. Pero creo
que si esa fuera la
causa del misterioso
cambio, los siguientes
no se habrían dado
cuenta, pero esa primera
tribu estaría en pie de
guerra todavía. A
propósito, no tengo
precisado cuando se
quitó el cartelito de
Segunda época, pero
después de aquel bache
eso de las épocas dejó
de ser un cuño, aunque
no se ha perdido el
slogans y suele decirse
en la época de
Paquita, en la época
de Pausides, en la época
de Omar, en la época de
Fernando, y así
aludiendo a los equipos
de redacción con el
nombre del director que
ha tenido cada momento.
Me ha maravillado en
todos estos años, la
fidelidad de los
caimaneros a su tiempo,
a la revista, a su
etapa, aun cuando se
hayan marchado de la
publicación en pique con
otro, o en desacuerdo
con alguien, o salido
por voluntad ajena. Cada
Caimán, como los
hijos, se ha parecido
más a su tiempo… pero
creo que en este caso
también mucho a sus
padres. El espíritu de
aquel gesto fundacional
ha navegado por sus 45
años. Las inclinaciones
o tendencias han
dependido de las
redacciones, por
ejemplo, El Caimán…,
de Alex Pausides más
literario, el de Paquita
Armas tendiente a los
medios masivos, el de
Fernando Rojas más
filosófico, historiador,
son como toques que
inclinan hacia algunas
manifestaciones más que
a otras, pero en esencia
la revista ha estado
marcada siempre por esa
vocación transformadora,
peliaguda, que no solo
está dada por sus
características y
objetivos, sino por esa
carga espiritual y
conceptual que dejaron
bien plantada sus
fundadores. Ese primer
número de la revista ha
funcionado como una
Constitución de la
república caimanera. La
portada es una especie
de declaración de
principios que entra
diciendo “El Caimán
Barbudo ha hecho acto de
presencia…” y así va
definiendo el periodismo
que se proponen,
crítico, sin panfletos,
sin esquivar las
transformaciones
sociales, desde la
Revolución. Ese
editorial de portada que
termina en la segunda
página, está acompañado
en ese número del
manifiesto “Nos
pronunciamos” que es
otra declaración de
principios sobre la
poesía, insertada en su
tiempo, con ánimo de
pelear metida en el
acontecer cotidiano, a
camisa quitada.
Creo que aquel primer
momento dejó sentada las
bases de lo que ha sido
siempre El Caimán,
y que no por mecánico
cintillo reza que es “la
revista cultural de la
juventud cubana”. Desde
entonces (marzo o mayo
de 1966) está metida en
el acontecer creador de
las jóvenes
generaciones, sacando a
la luz las más nuevas
tendencias, obras,
ideas. Esto la hace
audaz, polémica, con sus
lógicos (y también
necesarios) excesos; por
otra parte, su formato
de tabloide —que nunca
hemos querido abandonar—
permite una inmediatez
de periódico, que hace
que sea una revista muy
viva, al día y, por
ende, más palpitante con
el acontecer. Todo ello
y ese aire guerrillero
que tuvo desde su
fundación, ha dejado
definido que ser
caimanero es creerse que
lo que uno escribe puede
transformar la sociedad,
que cuando salga el
próximo número, a partir
de ese puñado de
artículos, estallará el
ambiente, se curarán
dolores, se logrará el
quijotesco deseo —como
reza la canción— de
virar esta tierra de una
vez. Puede que no sea
verdad, que un artículo
no cambie el mundo, pero
un caimanero se lo cree.
No quiero dejar pasar
este número redondo, sin
mencionar a dos eternos
fantasmas que no nos
dejan ser distintos, el
Gallego Posada y Wichy
Nogueras. El Gallego se
despidió de nosotros
(Lagarde que era el jefe
de redacción y yo) en la
esquina de la Editora,
habíamos ido a tomar un
café en el “family”
(nombre que le dábamos a
una cafetería por cuenta
propia de la esquina de
la Editora Abril),
habíamos celebrado un
aniversario de la
revista hacía unos meses
con un número ilustrado
por él de arriba abajo
(que no quiso cobrar,
pues cuando le dije lo
máximo que podíamos
pagar me dijo: “de
puñetas, la mierda esa
dónala a la Editora, o
tómensela”, abrió los
ojos, se sonrió con su
habitual picardía, y
acto seguido me dijo,
envíame los textos o
reseña al menos los
temas del próximo número
que lo voy a ilustrar
completo. A Wichy no lo
conocí, pero “ha jodido”
en El Caimán Barbudo
como nadie, creo que es
realidad y mito de la
publicación, el
enamorado, ocurrente,
desafiante, incansable
que no deja de crear, ni
deja que uno se siente
mucho rato sin darle
vueltas a un proyecto;
nadie como Silvio
Rodríguez ha definido a
ese buen loco cuando, a
raíz de su muerte, en la
dedicatoria del álbum
Causas y azares,
escribió: “…A Luis
Rogelio Nogueras, o sea,
a Wichy, el Rojo,
espléndido poeta cubano
de apenas 40 años, por
hacerme creer, hace
tiempo, que jamás
partiría y además
demostrarlo”.
Posdata: Para no hacer
quedar mal la tradición
de romper tradiciones,
este año la “actividad
central” por el
aniversario 45 de El
Caimán Barbudo no
será ni el 28 de marzo
(que quizá debería
tomarse en un futuro
como fecha ¿qué creen
ustedes caimaneros?) ni
en mayo, sino en junio,
los días 23 y 24 en el
patio que comparten la
Casa de la Poesía y el
Centro Pablo de la
Torriente. Ya daremos
detalles. |