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A mí me corresponde
empezar a trabajar en
El Caimán Barbudo
inmediatamente después
del momento en que la
publicación había dejado
de salir, por un período
de tres o cuatro años.
Se había tomado una
decisión sobre la
reducción de las
publicaciones a partir
de la gran escasez de
papel que tenía el país,
inspirada sobre todo en
hacer publicaciones para
grupos de edades. En la
revista Somos Jóvenes
habían quedado equipos
de redacción de las
publicaciones que se
hacían para jóvenes y la
idea era hacer una sola
revista con este perfil,
como una sola para
adolescentes, como una
sola para niños, ante la
escasez de papel.
Las personas que hicimos
el reanálisis de esa
situación partíamos del
criterio de que si bien
respetábamos esa
decisión —inspirada en
la racionalidad en un
momento de una crisis
editorial muy profunda—
nosotros podíamos
también preservar las
publicaciones que tenían
una mayor identidad, una
mayor presencia en el
público, como es el
caso, entre otras, de
El
Caimán…, habría
que mencionar
Alma Mater también.
Por eso fue muy
saludable que en ese
período en que la
revista no salió se
hicieran los Caimanes
orales, tratar de
mantener algún premio,
se mantuviera viva la
idea misma de la
revista. Una vez
convencidos y con el
consenso con la
dirección de la Juventud
Comunista de que la
revista debía volver a
salir, se comenzó a
buscar apoyo, donativos.
Los primeros números del
año 93, 94 se hicieron a
partir de donaciones.
Recuerdo uno del
comandante sandinista
Tomás Borge que nos
ayudó a hacer dos o tres
ediciones, que se
publicaron muy
espaciadamente, cada
cuatro o cinco meses. En
el año 95, con una
mejoría, sin duda, de la
situación económica del
país, la revista
recuperó su
periodicidad. Nos
pareció importante que
El Caimán…
cumpliera la misma
función que tenía antes,
nos pareció importante
que lo que quedaba del
equipo de redacción y de
realización gráfica se
mantuviera en la
revista, y así fue,
compañeros como Bladimir
Zamora, Lourdes
Pasalodos, Armandito
Fernández, trabajaron
con nosotros durante ese
período. A la vez
tratamos de incorporar a
compañeros que
trabajaron en otras
publicaciones de la
Editora Abril donde
estaban agrupadas todas
las publicaciones para
niños y jóvenes. Estoy
recordando a Joaquín
Borges Triana, que
siguió en El Caimán…,
incorporamos al equipo,
a la realización sobre
todo, a los compañeros
que se ocupaban de la
digitalización
—es la
época en que las
revistas se comienzan a
hacer con técnicas de
computación—, y aparece
un grupo de gente joven
muy interesante.
Recuerdo de ese grupo a
Manolito Henríquez
Lagarde, que fue el
editor de la revista, a
Fidel Díaz Castro, que
hoy es el director de
El Caimán…, a
Norge Espinosa, que
se ocupaba de temas
asociados a la poesía,
críticas de teatro y
publicaba sus textos en
la revista, Rufo
Caballero, Omar Valiño,
Aymara Aymerich, y
muchos otros que se
fueron incorporando. Eso
estaba muy a tono con la
idea de que siguiera
siendo una revista donde
publicaban jóvenes
escritores y artistas de
Cuba, lo que
efectivamente se
consiguió. Debemos
agradecerle a la
dirección de la Editora
Abril por el esfuerzo y
la voluntad para que
siguiera saliendo El
Caimán…
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A mí me pareció muy
importante que la
revista fuera
beligerante, crítica,
como lo había sido El
Caimán… en etapas
anteriores, con asuntos
fundamentales de la vida
cultural del país, con
las debilidades de las
instituciones, y con
aspectos cardinales de
la política cultural. Se
publicaron polémicas
necesarias, lo que
caracterizó El
Caimán… de esa
época, asociadas sobre
todo a la crítica del
impacto negativo del
mercado en la cultura,
que no quiere decir
estar en contra del
mercado, sino de aquella
zona de la
mercantilización del
arte y la literatura
perniciosa para la
cultura y la política
cultural cubanas y por
eso hubo polémicas
importantes, conocidas,
recordadas, sobre la
música popular, sobre la
literatura para niños,
sobre el cine cubano…
Tratamos de que la
revista también
mantuviera ese espíritu
polémico frente a las
manifestaciones
contrarrevolucionarias
contra la cultura y sus
intelectuales, teníamos
también la idea de
mantener informado al
público sobre el arte
que hacen los jóvenes,
el arte que gusta a los
jóvenes, incluso el que
se producía fuera del
país, por eso tuvimos
con nosotros a Humberto
Manduley que se ocupó,
como en otra época
Guille Vilar, de
promover agrupaciones
musicales
internacionales de mucho
prestigio. Mantuvimos
las secciones: Por
primera vez, Los raros…
Recuerdo mucho de esa
época, la idea de tener
una página —el reverso
de contraportada— con
noticias, recuentos,
ideas, mensajes de
último minuto… una
página que hacíamos con
mucha alegría, se
publicó poesía joven de
la época: Alpidio
Alonso, Fernando León
Jacomino, Nelson Simón,
y muchísimos poetas
publicaron en las
páginas de la revista en
esos años, también
narrativa. Nosotros nos
esforzamos, —parece
obvio, pues yo era el
presidente de la
Asociación Hermanos Saíz
(AHS) en ese momento—,
por reforzar los lazos
entre la y El Caimán…,
apoyamos la publicación
de textos de miembros de
la asociación, de las
polémicas internas en la
AHS, por ejemplo la
referida a la manera de
financiar la AHS tuvo
mucha importancia en
esos años, le dimos
prioridad al ensayismo
de los jóvenes, recuerdo
que Enrique Ubieta
publicó varios textos
por esos años en El
Caimán Barbudo, o
sea, la idea de la
producción ensayística
aparecía siempre en las
primeras páginas.
Contábamos mucho con los
artistas de la plástica.
Recuerdo a Raúl Cordero,
excelente pintor,
instalacionista, que
dirigió incluso el
diseño de El Caimán…
un tiempo, y a Fariñas,
que hizo cosas preciosas
para la revista.
Se continuó animando la
idea de que El
Caimán… tuviera una
vida, que cada
lanzamiento fuera un
suceso cultural, y
estuviera acompañado de
un concierto de músicos
jóvenes, a los cuales se
le hacían entrevistas,
se reseñaran sus discos,
este es un trabajo que
hicieron Joaquín y
Bladimir Zamora.
Tengo un recuerdo muy
grato de ese trabajo,
creo que El Caimán…
continuó insertado en la
vida nacional y a la vez
continuó siendo un
espacio de aprobación
del arte y la literatura
que le interesa a los
jóvenes y que hacen los
jóvenes.
Nos parecía importante
que se contrapusieran
puntos de vista,
recuerdo que polemicé
con Emilio Ichikawa en
una ocasión, publicamos
un texto de Iván de la
Nuez, teníamos a Félix
López, una especie de
periodista de combate
inmediato, que podías
pedirle que le hiciera
una entrevista al Tosco,
o que escribiera una
crónica a toda velocidad
de un suceso asociado a
la promoción de marcas
en un concierto.
Tratamos de que el
diseño jugara un papel,
hay un número que es muy
crítico con el mercado
está ilustrado completo
con fotos de la NBA, que
es también un show
mercantil, pero del
deporte, y se producía
un contraste de gráfica
y texto muy interesante.
Tuvimos algunos roces
con las instituciones,
ese es el precio que
tenemos que pagar los
que dirigimos
instituciones, tenemos
que estar preparados
para recibir críticas de
nuestra prensa
militante, y para que la
prensa militante ponga
en solfa lo que hacemos…
Eran polémicas muy
duras, podía molestarse
un artista, un dirigente
institucional, podía
producirse una discusión
acalorada, escogíamos un
tema y hacíamos una mesa
redonda, por ejemplo
sobre la banalidad en la
cultura, o sobre la
promoción del arte y la
literatura joven, o
sobre la literatura que
se publicaba, en esa
mesa redonda podía estar
un representante de la
institución, pero podía
estar un artista, un
músico, un crítico, y a
veces había críticos de
distintas tendencias…
podíamos tener en una
mesa a Rufo Caballero y
a Camilo Egaña, que era
un periodista de la
radio y la televisión,
debatiendo con Rufo que
era un crítico más
calado. Fueron polémicas
muy animadas, una vez
Omar Valiño, quien
trabajó mucho con
nosotros, nos hizo notar
que en esas polémicas
hubo determinados
excesos, y entonces
respondimos con un texto
—creo que fue Lagarde el
que lo escribió—
aceptando los excesos,
pero defendiendo lo
necesario de esas
polémicas. En la
distancia uno se da
cuenta de que éramos más
jóvenes, y se nos iba la
mano alguna que otra
vez, pero era muy
importante dar cabida a
todos los puntos de
vista. Polemicé una vez
con Víctor Fowler, o
Víctor Fowler más bien
polemizó conmigo, que
era otra persona que
incluso publicaba en
El Caimán…, desde
mucho antes, y nos
ofreció su contribución
sobre un tema tan
importante como el
racismo en Cuba y a
nosotros nos interesaba
que eso sucediera, no
teníamos temor a
publicar textos que
incluso polemizaran con
nosotros mismos, con el
staff… Eso es
importante, que
pudiéramos publicar
incluso algo que
polemizaba con el propio
staff, que retaba
al propio staff.
Eso es muy saludable.
Organizamos de conjunto
con La Gaceta un
evento de revistas
culturales y nos
pusimos a debatir todo
lo que hacían las
revistas culturales. La
revista tenía una vida
muy intensa.
Fue una época de El
Caimán... muy
beligerante, a veces,
hasta excesivamente
beligerante. Pero no
debemos arrepentirnos,
debemos alegrarnos de
que así sea. |