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Mi nombre apareció en
los créditos de El
Caimán Barbudo como
mi afán de aprehender
periodismo, por la
puerta del fondo. Cada
vez que paso por la
eterna avenida de El
Vedado, y atravieso el
recuento personal ―el
árbol para la primera
mujer, los cuatro amigos
poseyendo cualquier
banco de los sueños, el
ruedo donde velar las
primeras armas― percibo
de golpe la energía que
sigue irradiando la
casona de Paseo, aunque
alguien haya decidido
que era un inmueble más
que fue “desvinculado”.
Y es el polémico tema de
las decisiones a
destiempo: si al menos
en este aniversario
señalizáramos el lugar
―que solo tenía un
pequeño y cuadrado
lumínico con su nombre―
haríamos honor al
ejercicio de un
periodismo incorruptible
y revolucionario hasta
la médula, a una
publicación esperada
como el pan que no se
roba, y al que se le
hará justicia en sus
aportes, y no en mínimo
y necesario exceso;
tanto que a mis 20 años
se me antojaba editar
La Gaceta del Rhin,
con el relato del olor a
tinta y los fusiles tras
la puerta. (En Bruselas
te muestran con orgullo
la impecable fachada, y
de paso explican su
falta de simpatía por
los comunistas).
Lo comenté cuando hacía
la visita por el amigo
del amigo que hoy la
habita por el aquello de
la crisis de vivienda: y
es que aunque no crea ni
en fantasmas, estoy
convencido de que hay
habitaciones en las que
a veces ciertas mesas
pierden la paciencia, o
alguien grita desde el
baño la fecha del
cierre; porque de esos
tremendos años 80, el
espíritu de todos sigue
vivo y coleando, y la
Paca y el Blado en Hurón
Azul imparten clases de
magisterio sobre
periodismo.
Perdonen, por tanto. Mis
ojos son los de aquel
muchacho que tenía que
asistir a un local del
fondo, aparte, donde se
editaba la Revista
Alma Mater con otro
grupo de amigos que
luchaban por renovar su
revista y conectarse a
la generación
universitaria:
de tal forma podía
atravesar con algún
pretexto por el pasillo
de la casona hasta el
fondo, desde ver a
Paquita Armas
llamando a Carlos Rafael
Rodríguez para defender
una caricatura de Posada
sobre Fidel en la
portada de El Caimán…,
―esa misma, hermosa, en
la que de una mano brota
la palma―,
escuchar las telúricas
descargas de los
caimaneros a
propósito de otro
burócrata de turno, y
llegar al supuesto
sereno lago de Lourdes
Pasalodos.
De
local en local,
deslizando allí y acá
las primeras fotos en la
mesa de Alex Fleites, o
los primeros versos en
el espacio de Bladimir
Zamora.
Un día La Paca decidió
usar mis fotos para un
artículo de los
novísimos en la trova;
otro, envió al Premio
Abril mi reportaje en
crónica: “La Cultura en
Ciego de Ávila: dándose
cabezazos”. El menos
pensado, mi poemario
tenía escrita la palabra
mención en un azul tinta
que aún conservo. En
noches que solo Dios
comulgaría, aquella sala
era atestada de jóvenes
en las incontables
tertulias, en las que
alguna vez vi asomarse
los tanques en las
calles de Praga por boca
de Pedro Luis Ferrer,
supe de la unidad y
lucha de contrarios en
los poemas de Soledad
Cruz y en los de su más
polémico amante, creo
ver a Silvio Rodríguez
conversando el último
concierto: “canto
himnos, me odian, voy
preso”, o a Zaida del
Río atravesando la única
puerta para ir en busca
de otro terrible amor. Y
a Carlos, a Frank, a
Santiago y a Gerardo,
como al principio de
todo, juntos los cantos
en las manos.
Como ya sé que la visión
será descalificada por
supuestamente idílica,
tengo una sola duda para
quienes juzgaban que
algo de entonces fuera
inconveniente a una
Revolución que
revoluciona. Y es el
tiempo perdido en esa,
la única polémica
estéril sobre El
Caimán…, y nunca
desde El Caimán…
Como entonces fue
“Miércoles de
Revolución”, soy alguien
más convencido de las
urgencias de su patria
por estas pertenencias,
incluso de cuanto no
entendí en su momento
justo, y es aquella
sentencia de que no
puedes pretender
entender a Cuba desde La
Rampa. El tiempo, el
implacable, seguirá
ocupándose de poner esos
asuntos en su sitio.
Mientras, bien valdría
el cartelito: Aquí se
hizo periodismo
combatiente desde la
Cultura y las Ideas. |