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El ejemplar costaba diez
centavos en aquella
década en la cual
ciertas cosas eran
todavía asombrosamente
baratas, y hasta había
quien las criticaba. Mes
tras mes, esperaba que
apareciera en los
estanquillos esa
publicación que, en la
aparente somnolencia de
Santa Clara, dispersaba
las señales inquietas
que llegaban a muchos
otros puntos de la Isla:
esa Isla que en poemas,
artículos, reseñas,
ensayos, dibujos y
fotografías, fragmentos
de novelas y relatos,
ganaba otra faz para
esos mismos días. El
Caimán Barbudo, para
los que anhelaban alguna
conexión con un mundo
crecido más allá de las
ilusorias fronteras de
la provincia, era una
pequeña forma de la
felicidad.
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En esas páginas leí el
primer poema de Borges,
supe de Octavio Paz y
Elías Canetti, hallé
referencias a Eliot ―en
alguna reseña su
apellido aparecía con
una errática “ll”―,
tuve al alcance de la
mano noticias del rock,
tanto angloparlante como
latinoamericano; y leí
poesía. Mucha poesía
cubana. Ineludible
cuando se trate de
reorganizar el mapa que
los bardos del país
empezaban a trazar sobre
lo conocido, El
Caimán Barbudo fue
un campo de batalla
lírica en la cual
algunos mostraban sus
mejores armas, sus más
ardientes profecías, y
otros desfallecieron en
el primer intento. Tras
esas lides estaba
Bladimir Zamora, quien
iba de punta a punta de
nuestra geografía con el
anhelo de localizar a un
nuevo autor o autora al
que incluir en el
catálogo de aquella
famosa sección que se
llamaba Por primera vez.
Cuando vi un poema
incluido en esa esquina
del Caimán, en
1988, supe que, de algún
modo, había entrado en
sociedad.
Pero esa es simplemente
una historia personal,
que se prolongaría en
1989 cuando mis poemas
ganaron el codiciado
Premio Nacional de
Poesía de este “mensaurio”,
y algún tiempo después
entré a formar parte de
su Consejo Editorial.
Aquel Caimán… en
el que se editaron
aquellas estrofas
iniciales, me ayudó a
ganar lectores,
maestros, amigos y
enemigos. Todo eso
coincidía en el tiempo
aquel, en el cual abría
sus números para hallar
nuevos textos de
Sigfredo Ariel, Emilio
García Montiel, Luis
Marimón, Omar Pérez,
ilustrados por Zaida del
Río, Posada, Fabelo,
Nelson, Ludovico, Waldo Saavedra... Abilio
Estévez y Lourdes
Pasalodos se arriesgaban
a comentar una noche en
Tropicana, Tania Jackson
explicaba la música
funky reseñando la
salida al mercado del "Bad", de Michael
Jackson, Guille Vilar
animaba la muy popular
sección Entrecuerdas
con noticias de Bon Jovi,
el G.E.S. o Frank Zappa.
Los plásticos del
momento (Segundo Planes,
Glexis Novoa, Tomás
Esson, Abdel Hernández,
Consuelo Castañeda,
Leandro Soto) hablaban
de sus propios retos o
tenían comentaristas
agudos en Ruffo (sic)
Caballero y Osvaldo
Sánchez. Un fenómeno
teatral como La
cuarta pared,
dirigida por Víctor
Varela, provocaba a
poetas y ensayistas a
crear más que reseñas,
textos de creación a
partir de su impacto en
aquel panorama, en el
que El Caimán
Barbudo disputaba a
La Gaceta de
Cuba y a
Revolución y Cultura
una dinámica de
intercambios con la
realidad y el acontecer
artístico sin miras
estrechas, abarcando
desde la tradición
sonera (Bladimir Zamora
a la cabeza), hasta la
danza-teatro, nunca
antes vista en nuestros
escenarios. Luis
Carbonell y Merceditas
Valdés protagonizaban
sonadas entrevistas.
Aquel espacio televisivo
que se llamó La Comedia
Silente desataba una
sabrosa serie de
artículos. Y un
determinado modo de la
polémica, que asumía ya
en algunos ejemplos los
primeros indicios de la
“metratanca” por llegar
en los 90, se mezclaban
con otras en las que el
gozo, el desacato
afirmado desde la ironía
y el saber, daban a
algunos números un sabor
impagable. El Caimán
Barbudo, nacido en
1966, seguía siendo un
reptil que entendía a la
cultura desde una
voracidad omnívora. Nada
humano, y por ende, nada
cultural le era ajeno.
El Caimán que me
resulta más cercano es
el que acompañaba a Alex
Pausides en su rol de
director. Con él estaban
algunos de los ya
mencionados: Lourdes,
Bladimir, Omar Pérez…
También estaban otros,
esenciales en su labor
de darle a cada entrega
ese aire juvenil y
polémico que lo
diferenciaba en aquellos
días en los que el
debate y el cantarle las
40 a algunas
personalidades podía
formar parte de nuestra
realidad sin que todo el
mundo se agarrara de las
cortinas. Alguna vez
apareció una suerte de
editorial titulado: “Sí,
somos disidentes”, como
respuesta a quienes
leían aquellas
expresiones de polémica
como gestos perniciosos,
dentro y fuera del país.
Bernardo Marqués Ravelo,
Ramón Estupiñán, Luis
Felipe Calvo, eran parte
de la tropa junto a
Armandito: Armando
Fernández, responsable
de la realización de los
números y veterano en
esas misiones. Hablo de
los días de la sede de
Paseo, aquella casona
que podía estremecerse
hasta la madrugada
mientras oíamos a
Matamoros o a Fito Páez,
sospecho que para gran
angustia del vecindario.
Allí escuché por vez
primera a Carlos Varela,
cuyo tema “No es tiempo
de cigüeñas” andaba de
boca en boca, y me
presentaron a Luis
Alberto García, por ese
entonces vicepresidente de
la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Volvería una
y otra vez a esa casa,
donde conocí a Rafael
Alcides, Teresa Melo,
Ramón Fernández-Larrea,
Camilo Venegas y Nelson
Simón, entre muchos. Por
un par de años se
celebró en aquella casa,
que ya no pertenece a
esta historia, un
Festival del Caimán
Barbudo, pretexto feliz
para que se encontraran
varios de los poetas y
escritores de aquella
Isla a solo unos pasos
de la Rampa y la Plaza
de la Revolución. Todo
eso es pasado. Todo eso
acabó. Forma parte de
una memoria que me
repito ahora que me
acerco peligrosamente a
los 40 años.
El último número de
aquel Caimán…
salió a la calle en
agosto de 1990. Era la
edición 274, y tardarían
tres años en volverse a
ver un ejemplar de
aquella publicación. No
solo la inevitable
crisis de papel vino a
caer sobre aquella
publicación irreverente,
sino que además se
perdió, en el abandono
veloz de la casa-sede,
su archivo fotográfico y
varias colecciones
completas de una
historia que ahora
alcanza ya casi medio
siglo. No quiero jugar a
la paranoia, pero varios
de los que estábamos
cercanos al mensuario
sentimos que con aquel
golpe de silencio muchos
de los que se agarraban
de las cortinas tenían
un pequeño momento de
gloria. La tropa
caimanera no se dio por
vencida, y vinieron
entonces los Caimanes
Orales, peñas animadas
por Bladimir y los
fieles para dar a
conocer textos que
hubieran aparecido en
las páginas invisibles
de aquellos números que
no llegaban a editarse,
como un acto de
persistencia que,
finalmente, pudo más que
esas falsas tramoyas. En
1993, algunas personas
fuimos convocadas
a una oficina de la UJC,
y se nos dijo que El
Caimán Barbudo
regresaba a las
imprentas.
Fernando Rojas dirigía
la Editorial Abril, y
creo que su presencia
tuvo mucho que ver en
aquel revival. En esa
entrega de retorno
(número 274,
julio-agosto-septiembre
del 93) aparecía un
editorial, fiel en su
título al espíritu
retador del Caimán…
desde sus primeros días.
“Nuevamente, como si
nada”, se llamaron
aquellas líneas, a las
que seguían una
entrevista a Eduardo Galeano; una
nota de Guille Vilar
acerca de Nirvana;
textos de Iván de la
Nuez y Osvaldo
Navarro... Bladimir y
Camilo Venegas llegaban
dialogando acerca de
Beny Moré; Ramiro
Guerra, elogiando a
Marianela Boán; se
incluía una
salutación que escribí
por un aniversario
cerrado de “La isla en
peso” piñeriana y un
poema de Eugenio Florit,
adelantando el retorno
que en próximas
ediciones nos devolvería
poemas de Gastón Baquero
y otros autores
proscritos. No faltaron
recelos entre los que
armamos aquel número
respecto a si El
Caimán…, en aquel
país que en tan breve
tiempo había cambiado
tanto, tenía motivación
suficiente para revivir.
Pudo más la fe que esas
dubitaciones. Otra vida
comenzaba. Pero también
con ella comenzaba otro
Caimán….
A ese nuevo Caimán
entregué reseñas
teatrales, críticas
literarias, dibujos,
todo lo que tenía a
mano. Nos refugiamos en
una oficina de la
Editorial Abril, en ese
piso que alguna vez fue
del Diario de la
Marina, y rescatamos
la saludable costumbre
de analizar cada número
editado con el cuchillo
entre los dientes. De
ahí recuerdo a Rufo (ya
con una sola “f”), y a
Fernando Rojas enlazados
en una discusión acerca
de lo banal en la
cultura popular cubana.
A ese tema se le
dedicaron varias
entregas, que ahora me
parecen excesivas en
algunos casos, y
pusieron los pelos de
punta a varios salseros
del momento, como el
Médico de la Salsa, que
fue a encarar a Félix
López. Fuimos
irreverentes con una
edición del Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano,
promocionada por un
spot kitsch y
abierta con una gala de
falso esplendor
hollywoodense, cosa que
no gustó nada a los
organizadores del
Festival. En esos números
volvió a la vida la
sección Los raros,
encargada de dar a
conocer en Cuba autores
inéditos del ámbito
internacional, cuyas
firmas inventaba Armandito, haciendo
creer a muchos que eran
auténticas. Yo mismo lo
creí por largo tiempo,
hasta hacerme su
cómplice cuando lo vi
inventar la rúbrica de
Tennessee Williams para
encabezar uno de sus
poemas. El tiempo era
otro, el Caimán…
era otro. Se
digitalizaron los
números, cambió el
proceso de realización,
y Medero y Chinique, los
encargados de la
computarización de los
textos discutían con
Raúl Cordero, primer
diseñador de esta nueva
época, para que el
sentido gráfico no
devorara la importancia
de los textos.
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En un momento
determinado, me alejé de
El Caimán… Solo
en apariencia, porque
demasiadas cosas y
recuerdos me devuelven a
su esencia. Saberme
parte de una familia que
reúne a nombres tan
diversos como Luis
Rogelio Nogueras,
Guillermo Rodríguez
Rivera, Lina de Feria…
desde los días de aquel
“Nos pronunciamos” hasta
estas fechas, es cosa
que no puede borrarse de
golpe. Muchos podrían
confirmar lo que digo, y
alzarían esa carta de
identidad que nos une en
una misma foto
imposible. Hoy, ni
siquiera encuentro el
Caimán… en los
estanquillos. No sé por
qué. No soy invitado a
sus presentaciones. Lo
consulto, si me
recomiendan algún
artículo, entrando a su
página web. Mi colección
se detuvo en algún
momento de la década
pasada. Quise, sin
embargo, que una larga
entrevista que me
hiciera Danáe C. Diéguez,
apareciera en esas
páginas. No solo porque
en ella me refiriese al
Caimán… con
cierta insistencia, sino
porque creo que mucho de
lo que puedo ser (o no),
es responsabilidad de lo
que aprendí leyendo el
Caimán…, formando
parte de este “mensaurio”.
De alguna manera, ya el
país no vibra con
aquella intensidad.
Vibra con otras. No sé
si estén con entera
certeza en las páginas
de los caimanes más
recientes. Tendrán que
decírmelo sus nuevos
lectores.
Una publicación es algo
más que papel y tinta.
Más que ideas y
desencuentros, más que
celebraciones y
polémicas. El Caimán
Barbudo llega a sus
45 años: me lleva en un
lustro un poco más de
edad. Me gustaría
celebrarlo en esa
oficina no formal que es
La Gaveta, la casa de
Bladimir Zamora,
apretados en ese punto
de la fachada del Hotel
Monserrate. Habría ron y
música, por supuesto, en
ese rincón mínimo donde
aprendí a escuchar a
María Teresa Vera y
Machito, a La Lupe y a
Celia Cruz, y me
reencontré con la
Orquesta Aragón y Bola
de Nieve. En alguna
esquina de esa morada
tan pequeña y tan
grande, sospecho que
Bladimir Zamora tiene
guardadas las llaves de
El Caimán... O
quién sabe si no guarde
a El Caimán... mismo:
un animal vivo para la
cultura, compartido
incluso más allá de las
páginas que el viento,
el olvido o la memoria
hagan volar más allá de
ese balcón. |