La Habana. Año X.
21 al 27 de MAYO de 2011

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Un Caimán que se parece a Cuba
Norge Espinosa • La Habana
Imagen cortesía de la revista El Caimán Barbudo

El ejemplar costaba diez centavos en aquella década en la cual ciertas cosas eran todavía asombrosamente baratas, y hasta había quien las criticaba. Mes tras mes, esperaba que apareciera en los estanquillos esa publicación que, en la aparente somnolencia de Santa Clara, dispersaba las señales inquietas que llegaban a muchos otros puntos de la Isla: esa Isla que en poemas, artículos, reseñas, ensayos, dibujos y fotografías, fragmentos de novelas y relatos, ganaba otra faz para esos mismos días. El Caimán Barbudo, para los que anhelaban alguna conexión con un mundo crecido más allá de las ilusorias fronteras de la provincia, era una pequeña forma de la felicidad.
 

En esas páginas leí el primer poema de Borges, supe de Octavio Paz y Elías Canetti, hallé referencias a Eliot ―en alguna reseña su apellido aparecía con una errática “ll”―, tuve al alcance de la mano noticias del rock, tanto angloparlante como latinoamericano; y leí poesía. Mucha poesía cubana. Ineludible cuando se trate de reorganizar el mapa que los bardos del país empezaban a trazar sobre lo conocido, El Caimán Barbudo fue un campo de batalla lírica en la cual algunos mostraban sus mejores armas, sus más ardientes profecías, y otros desfallecieron en el primer intento. Tras esas lides estaba Bladimir Zamora, quien iba de punta a punta de nuestra geografía con el anhelo de localizar a un nuevo autor o autora al que incluir en el catálogo de aquella famosa sección que se llamaba Por primera vez. Cuando vi un poema incluido en esa esquina del Caimán, en 1988, supe que, de algún modo, había entrado en sociedad.

Pero esa es simplemente una historia personal, que se prolongaría en 1989 cuando mis poemas ganaron el codiciado Premio Nacional de Poesía de este “mensaurio”, y algún tiempo después entré a formar parte de su Consejo Editorial. Aquel Caimán… en el que se editaron aquellas estrofas iniciales, me ayudó a ganar lectores, maestros, amigos y enemigos. Todo eso coincidía en el tiempo aquel, en el cual abría sus números para hallar nuevos textos de Sigfredo Ariel, Emilio García Montiel, Luis Marimón, Omar Pérez, ilustrados por Zaida del Río, Posada, Fabelo, Nelson, Ludovico, Waldo Saavedra... Abilio Estévez y Lourdes Pasalodos se arriesgaban a comentar una noche en Tropicana, Tania Jackson explicaba la música funky reseñando la salida al mercado del "Bad", de Michael Jackson, Guille Vilar animaba la muy popular sección Entrecuerdas con noticias de Bon Jovi, el G.E.S. o Frank Zappa. Los plásticos del momento (Segundo Planes, Glexis Novoa, Tomás Esson, Abdel Hernández, Consuelo Castañeda, Leandro Soto) hablaban de sus propios retos o tenían comentaristas agudos en Ruffo (sic) Caballero y Osvaldo Sánchez. Un fenómeno teatral como La cuarta pared, dirigida por Víctor Varela, provocaba a poetas y ensayistas a crear más que reseñas, textos de creación a partir de su impacto en aquel panorama, en el que El Caimán Barbudo disputaba a La Gaceta de Cuba y a Revolución y Cultura una dinámica de intercambios con la realidad y el acontecer artístico sin miras estrechas, abarcando desde la tradición sonera (Bladimir Zamora a la cabeza), hasta la danza-teatro, nunca antes vista en nuestros escenarios. Luis Carbonell y Merceditas Valdés protagonizaban sonadas entrevistas. Aquel espacio televisivo que se llamó La Comedia Silente desataba una sabrosa serie de artículos. Y un determinado modo de la polémica, que asumía ya en algunos ejemplos los primeros indicios de la “metratanca” por llegar en los 90, se mezclaban con otras en las que el gozo, el desacato afirmado desde la ironía y el saber, daban a algunos números un sabor impagable. El Caimán Barbudo, nacido en 1966, seguía siendo un reptil que entendía a la cultura desde una voracidad omnívora. Nada humano, y por ende, nada cultural le era ajeno.

El Caimán que me resulta más  cercano es el que acompañaba a Alex Pausides en su rol de director. Con él estaban algunos de los ya mencionados: Lourdes, Bladimir, Omar Pérez… También estaban otros, esenciales en su labor de darle a cada entrega ese aire juvenil y polémico que lo diferenciaba en aquellos días en los que el debate y el cantarle las 40 a algunas personalidades podía formar parte de nuestra realidad sin que todo el mundo se agarrara de las cortinas. Alguna vez apareció una suerte de editorial titulado: “Sí, somos disidentes”, como respuesta a quienes leían aquellas expresiones de polémica como gestos perniciosos, dentro y fuera del país. Bernardo Marqués Ravelo, Ramón Estupiñán, Luis Felipe Calvo, eran parte de la tropa junto a Armandito: Armando Fernández, responsable de la realización de los números y veterano en esas misiones. Hablo de los días de la sede de Paseo, aquella casona que podía estremecerse hasta la madrugada mientras oíamos a Matamoros o a Fito Páez, sospecho que para gran angustia del vecindario. Allí escuché por vez primera a Carlos Varela, cuyo tema “No es tiempo de cigüeñas” andaba de boca en boca, y me presentaron a Luis Alberto García, por ese entonces vicepresidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Volvería una y otra vez a esa casa, donde conocí a Rafael Alcides, Teresa Melo, Ramón Fernández-Larrea, Camilo Venegas y Nelson Simón, entre muchos. Por un par de años se celebró en aquella casa, que ya no pertenece a esta historia, un Festival del Caimán Barbudo, pretexto feliz para que se encontraran varios de los poetas y escritores de aquella Isla a solo unos pasos de la Rampa y la Plaza de la Revolución. Todo eso es pasado. Todo eso acabó. Forma parte de una memoria que me repito ahora que me acerco peligrosamente a los 40 años.

El último número de aquel Caimán… salió a la calle en agosto de 1990. Era la edición 274, y tardarían tres años en volverse a ver un ejemplar de aquella publicación. No solo la inevitable crisis de papel vino a caer sobre aquella publicación irreverente, sino que además se perdió, en el abandono veloz de la casa-sede, su archivo fotográfico y varias colecciones completas de una historia que ahora alcanza ya casi medio siglo. No quiero jugar a la paranoia, pero varios de los que estábamos cercanos al mensuario sentimos que con aquel golpe de silencio muchos de los que se agarraban de las cortinas tenían un pequeño momento de gloria. La tropa caimanera no se dio por vencida, y vinieron entonces los Caimanes Orales, peñas animadas por Bladimir y los fieles para dar a conocer textos que hubieran aparecido en las páginas invisibles de aquellos números que no llegaban a editarse, como un acto de persistencia que, finalmente, pudo más que esas falsas tramoyas. En 1993, algunas personas fuimos convocadas a una oficina de la UJC, y se nos dijo que El Caimán Barbudo regresaba a las imprentas.

Fernando Rojas dirigía la Editorial Abril, y creo que su presencia tuvo mucho que ver en aquel revival. En esa entrega de retorno (número 274, julio-agosto-septiembre del 93) aparecía un editorial, fiel en su título al espíritu retador del Caimán… desde sus primeros días. “Nuevamente, como si nada”, se llamaron aquellas líneas, a las que seguían una entrevista a Eduardo Galeano; una nota de Guille Vilar acerca de Nirvana; textos de Iván de la Nuez y Osvaldo Navarro... Bladimir y Camilo Venegas llegaban dialogando acerca de Beny Moré; Ramiro Guerra, elogiando a Marianela Boán; se incluía una salutación que escribí por un aniversario cerrado de “La isla en peso” piñeriana y un poema de Eugenio Florit, adelantando el retorno que en próximas ediciones nos devolvería poemas de Gastón Baquero y otros autores proscritos. No faltaron recelos entre los que armamos aquel número respecto a si El Caimán…, en aquel país que en tan breve tiempo había cambiado tanto, tenía motivación suficiente para revivir. Pudo más la fe que esas dubitaciones. Otra vida comenzaba. Pero también con ella comenzaba otro Caimán….

A ese nuevo Caimán entregué reseñas teatrales, críticas literarias, dibujos, todo lo que tenía a mano. Nos refugiamos en una oficina de la Editorial Abril, en ese piso que alguna vez fue del Diario de la Marina, y rescatamos la saludable costumbre de analizar cada número editado con el cuchillo entre los dientes. De ahí recuerdo a Rufo (ya con una sola “f”), y a Fernando Rojas enlazados en una discusión acerca de lo banal en la cultura popular cubana. A ese tema se le dedicaron varias entregas, que ahora me parecen excesivas en algunos casos, y pusieron los pelos de punta a varios salseros del momento, como el Médico de la Salsa, que fue a encarar a Félix López. Fuimos irreverentes con una edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, promocionada por un spot kitsch y abierta con una gala de falso esplendor hollywoodense, cosa que no gustó nada a los organizadores del Festival. En esos números volvió a la vida la sección Los raros, encargada de dar a conocer en Cuba autores inéditos del ámbito internacional, cuyas firmas inventaba Armandito, haciendo creer a muchos que eran auténticas. Yo mismo lo creí por largo tiempo, hasta hacerme su cómplice cuando lo vi inventar la rúbrica de Tennessee Williams para encabezar uno de sus poemas. El tiempo era otro, el Caimán… era otro. Se digitalizaron los números, cambió el proceso de realización, y Medero y Chinique, los encargados de la computarización de los textos discutían con Raúl Cordero, primer diseñador de esta nueva época, para que el sentido gráfico no devorara la importancia de los textos. 
 

En un momento determinado, me alejé de El Caimán… Solo en apariencia, porque demasiadas cosas y recuerdos me devuelven a su esencia. Saberme parte de una familia que reúne a nombres tan diversos como Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Lina de Feria… desde los días de aquel “Nos pronunciamos” hasta estas fechas, es cosa que no puede borrarse de golpe. Muchos podrían confirmar lo que digo, y alzarían esa carta de identidad que nos une en una misma foto imposible. Hoy, ni siquiera encuentro el Caimán… en los estanquillos. No sé por qué. No soy invitado a sus presentaciones. Lo consulto, si me recomiendan algún artículo, entrando a su página web. Mi colección se detuvo en algún momento de la década pasada. Quise, sin embargo, que una larga entrevista que me hiciera Danáe C. Diéguez, apareciera en esas páginas. No solo porque en ella me refiriese al Caimán… con cierta insistencia, sino porque creo que mucho de lo que puedo ser (o no), es responsabilidad de lo que aprendí leyendo el Caimán…, formando parte de este “mensaurio”. De alguna manera, ya el país no vibra con aquella intensidad. Vibra con otras. No sé si estén con entera certeza en las páginas de los caimanes más recientes. Tendrán que decírmelo sus nuevos lectores.

Una publicación es algo más que papel y tinta. Más que ideas y desencuentros, más que celebraciones y polémicas. El Caimán Barbudo llega a sus 45 años: me lleva en un lustro un poco más de edad. Me gustaría celebrarlo en esa oficina no formal que es La Gaveta, la casa de Bladimir Zamora, apretados en ese punto de la fachada del Hotel Monserrate. Habría ron y música, por supuesto, en ese rincón mínimo donde aprendí a escuchar a María Teresa Vera y Machito, a La Lupe y a Celia Cruz, y me reencontré con la Orquesta Aragón y Bola de Nieve. En alguna esquina de esa morada tan pequeña y tan grande, sospecho que Bladimir Zamora tiene guardadas las llaves de El Caimán... O quién sabe si no guarde a El Caimán... mismo: un animal vivo para la cultura, compartido incluso más allá de las páginas que el viento, el olvido o la memoria hagan volar más allá de ese balcón.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.