|
Sin desdorar a las
demás, como diría mi
abuela, estoy obligado a
decir, ahora que está
cumpliendo 45 años de
fundada, que El
Caimán Barbudo ha
sido una de mis más
importantes
universidades.
Cuando se fundó, no
había puesto un pie en
La Habana y desde que
tuve sus primeros
ejemplares, advertí que
tenía razones para estar
al tanto de esta
publicación de sobria
factura, con una gráfica
y textos ausentes en ese
momento en cualquier
otra revista que caía en
mis manos mientras
estudiaba la segunda
enseñanza en mi
entrañable Bayamo.
No se había terminado la
década de los 60 y ya
completaba los estudios
secundarios en la
capital. Ello me
permitió un día que no
recuerdo con exactitud,
visitar la redacción de
El Caimán…,
entonces situada en un
pequeño salón, enclavado
en lo que luego sería la
Casa de Cultura de El
Vedado en la esquina de
Calzada y 8. Allí tuve
contacto con varios
compañeros desenfadados
y serios que realizaban
El Caimán Barbudo.
No pasó mucho tiempo en
que se trasladara a la
planta baja de una
casona amable, situada
en Paseo 613 entre 25 y
27, también en El
Vedado.
En este momento,
comienzan de modo
creciente mis
colaboraciones, mi
posibilidad de aprender
con quienes tenían una
experiencia ganada con
los años, quienes muchas
veces eran también
colaboradores, no pocos
de reconocido prestigio
intelectual y artístico.
En esas circunstancias,
me convertí en miembro
del colectivo sin
figurar en la plantilla,
como se dice.
Hubo zonas de silencio
en la aparición de mis
trabajos allí, porque
concluidos mis estudios
en la Escuela de Letras
de la Universidad de La
Habana, en la segunda
mitad de la década de
los 70, hacerlos me
resultaba muy difícil,
sin tener a mano un
teletipo y mucho menos
los no existentes
correos electrónicos.
Casi ya en los 80 volví
a La Habana a figurar
como asesor de la
dirección del Canal 6 de
la Televisión Cubana.
Esto me permitió
reaparecer con mucha
frecuencia en la
redacción de El
Caimán… y a
colaborar copiosamente
hasta ser en la práctica
un miembro de los
caimaneros cotidianos.
En la década de los 80,
entré a trabajar en la
revista como parte de su
nómina. Ya sabía que no
me obligaban a escribir
de lo que no quisiera,
tan solo era
imprescindible redactar
lo mejor posible y
meterme en polémicas si
era necesario, siempre
con el mayor rigor en
los argumentos.
En la revista, comencé a
atender la música
popular, y a estos
menesteres les debo gran
parte de mis
conocimientos.
Desarrollé también
trabajos de historia,
especialmente de José
Martí. Fundé una peña
que se ocupaba de
polemizar sobre temas
candentes y escuchar
trovadores que entonces
eran de los más jóvenes
luchados en complicidad
con la lira. Y honrado
es decirlo, creé la
sección Por primera vez,
que no sin una ardua
discusión de mis
compañeros ―como era
usual― se aprobó.
|
 |
Por primera vez
era, por suerte todavía
lo es una columna, en la
cual aparecían poemas de
autores que nunca antes
habían visto un texto
suyo en una revista de
proyección nacional y
muchas veces escapada a
otras latitudes del
planeta. Es un trabajo
del cual nunca me dejaré
de sentir contento.
Venían muchachas y
muchachos residentes en
La Habana a traer sus
primeros poemas. Los
leía y me aseguraba de
que fueran publicables
enmiendas mediante.
Ellos volvían a la
redacción, se los
mostraba modificados a
ver si estaban de
acuerdo y, finalmente,
poco a poco veían la
luz.
La cuestión se complicó
más cuando me empezaron
a llegar cartas de los
más impensables sitios
del país en las cuales
otros jóvenes mandaban
sus textos y yo seguía
el mismo proceso, solo
que se hacía más
dilatado, porque les
respondía mis opiniones
por correo y ellos me
volvían a responder.
El proyecto cobró tal
magnitud que llegaron a
hacerse encuentros con
los más destacados
poetas que habían
publicado. Era en ese
momento que nos veíamos
todos por primera vez
las caras. Se escuchaban
más textos de cada cual
y, por supuesto, se
cimentaba una amistad
hermosa entre
discusiones apasionadas
y sorbos de nobles rones
baratos.
Ha pasado el tiempo y
estoy orgulloso del
resultado. No pocos de
aquellos muchachos
siguieron escribiendo
cada vez mejor y a lo
largo de los años han
publicado libros que
contienen parte de la
mejor lírica más
reciente. Incluso, se
estudia esa sección en
el contexto general de
la contribución general
de El Caimán Barbudo
a la conservación de la
memoria de la cultura
cubana. |