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Si un día recuerdo
siempre, fue aquel en el
que salió publicado mi
primer texto. Nada menos
que en El Caimán
Barbudo en 1967:
tenía entonces 19 años y
estudiaba el tercer año
de la carrera de
Arquitectura, según
consta en la nota al pie
del título y de mi
nombre. Era una mirada
crítica a dos obras
recién construidas en La
Habana y que llamaban
poderosamente la
atención. Ninguna otra
cosa creo me importaba
tanto entonces como
publicar en esa revista
cultural que
representaba la cima que
muchos queríamos
alcanzar, pues no era
nada sencillo intentarlo
con La Gaceta de Cuba,
UNIÓN, y Casa
de las Américas,
aunque algunos ya lo
habían logrado. Para los
más jóvenes, El
Caimán Barbudo era
algo así como una de las
máximas aspiraciones y
un buen comienzo para
cualquier escritor.
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Se armó un lío tremendo
con ese texto, pues
encontró detractores y
seguidores de inmediato,
dentro y fuera de la
Universidad; pero
Jesús
Díaz, primer director de
la publicación, lo
defendió contra viento y
marea y me animó —luego
de la tormenta— a
entregarle uno nuevo. Lo
que hice fue colaborar
con poemas y comenzar a
sentirme, modestamente,
parte de aquel grupo
formidable de jóvenes
escritores que marcaron
toda una época:
Guillermo Rodríguez Rivera,
Félix Contreras, Sigifredo
Álvarez Consea,
Helio Orovio,
Víctor
Casaus,
Wichy Nogueras,
Félix Guerra, Froilán
Escobar, Orlando Alomá,
y de otros creadores no
tan jóvenes como José
Luis Posada y Juan Ayús,
responsables de la
imagen gráfica.
El Caimán…
—así a secas, como era
conocido— se planeaba en
el mezzanine del
edificio que ocupaba el
periódico Juventud
Rebelde, en Prado y
Teniente Rey. Muchos de
sus colaboradores nos
encontrábamos allí
algunos días de la
semana para seguir de
cerca la preparación de
cada número, confrontar
ideas, noticias…. y
cometer algunos poemas,
como gustaba decirse.
Otros encuentros
grupales germinaban una
noche cada mes —quizá
sería mejor decir
madrugada— ante la
fascinación del olor a
tinta de imprenta que
desprendían las máquinas
situadas en el sótano
del enorme monumento
arquitectónico cuando
saltaban, de entre sus
pesados y voluptuosos
rodillos, las primeras
páginas impresas.
Varios estudiábamos en
la Universidad de La
Habana, mientras otros
trabajaban aunque, de un
modo u otro, todos
ardíamos en dar vueltas
siempre por el edificio
famoso y encontrarnos
allí y comentar la
cultura y la vida,
sorprendernos con amores
difíciles en alguna
esquina cercana, tomar
café o cierta cerveza
por los alrededores.
Probablemente imitábamos
lo ocurrido años atrás
con otras importantes
publicaciones cubanas,
esas naves aglutinadoras
de espíritus inquietos y
pasiones, esos campos
agraciados donde dirimir
las primeras batallas
intelectuales de tantas
generaciones.
En aquel cálido
mezzanine no muy
elegante que digamos, de
escaso mobiliario e
iluminación —donde
permanentemente se
hallaba Sylvia, la
insuperable y hermosa
secretaria de ojos
claros, serenos— conocí
a Roque Dalton, a Carlos
Monsiváis y a otros
tantos intelectuales
latinoamericanos que
merodeaban por los
bordes de la
publicación, curiosos
por saber qué era,
quiénes la creaban,
hacia dónde se dirigía.
Y entonces había fuego
cruzado, bromas,
chismes, intercambios de
ideas, en cuyo centro
irradiante se hallaba
siempre Cuba y todo
cuanto acontecía en una
década pródiga en
fundaciones, asombro,
encontronazos,
discusión, extrañeza.
Sin darnos cuenta acaso,
nos sentíamos en el
centro del mundo… o en
el de alguno de los
mundos posibles. El
Caimán Barbudo era
entonces uno de los
pilares fundamentales de
aquella tierra feraz de
la cultura nacional…
hasta que cerró su
primer capítulo a un año
y meses de ser fundado,
por razones más o menos
conocidas.
Luego siguió rumbos
distintos, con sus altas
y sus bajas, tantas que
no logro recordarlas
todas. A fines de los
años 70 encontré a otro
grupo de jóvenes al
frente de la
publicación, el cual me
invitó de nuevo a
colaborar: esto avivó en
mí la atmósfera antes
vivida y, ni corto ni
perezoso, me integré a
la remozada asociación
editorial ubicada ahora
en una vieja casona de
la calle Paseo, en la
zona más alta de El
Vedado. Pero no por
mucho tiempo: la memoria
pesaba demasiado. Atrás
habían quedado,
definitivamente,
numerosas expectativas,
sueños, ideales,
debates, tazas de buen
café, citas amorosas y,
para colmo, durante
aquellos años y otros
adelante, algunos de los
iniciadores habían
muerto o marchado a
otros países. Nosotros,
los de entonces, ya no
éramos los mismos. Hasta
el día de hoy.
Una publicación cultural
da vueltas
constantemente. Nunca
debe ser la misma. Es un
organismo vivo, mutante,
en el que uno aspira a
sentirse en el centro
del mundo, en cualquier
centro, o al menos
creerlo de todo corazón.
Y en sus vueltas y más
vueltas aglutinar a los
más diversos creadores
para ir edificando
juntos esa incomparable
construcción que es. No
hay arquitectura tan
sostenible como la de
una publicación armada
con talento y pasión y
deseos de convertirse en
la mejor de todas,
consciente de que en sus
adentros y a su
alrededor —como sucedió
con las mejores revistas
cubanas de los siglos
XIX y XX cubanos— se
desarrollan importantes
movimientos y tendencias
de la cultura y la
sociedad.
Ahora, de manera
asombrosa, no logro
adquirir nunca un
ejemplar de El Caimán
Barbudo. No sé qué
pasa. Camino por la
ciudad y me asomo a
estanquillos mustios en
su busca, pero todo es
inútil: no logro verla,
manosearla, hojearla. No
me atrevo, por tanto, a
dar una opinión siquiera
de su existencia y
estado actual, pues ni
en las librerías
desparramadas por la
ciudad capital o de
otras provincias, la
encuentro. ¿Dónde está
que no la veo? ¿Por qué
no la puedo leer ahora,
a la vuelta de tantos
años? ¿A qué o a quienes
sirve, representa,
anima, convoca, alude?
El siglo XXI nuestro
debe contar con esta
publicación. En 45 años
ha forjado su propia
tradición. Suficiente
historia tiene. Mitos y
leyendas la acompañan en
su suerte. ¿A qué
esperar? |