La Habana. Año X.
21 al 27 de MAYO de 2011

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Un largo lagarto verde de papel
Nelson Herrera Ysla • La Habana
Imagen cortesía de la revista El Caimán Barbudo

Si un día recuerdo siempre, fue aquel en el que salió publicado mi primer texto. Nada menos que en El Caimán Barbudo en 1967: tenía entonces 19 años y estudiaba el tercer año de la carrera de Arquitectura, según consta en la nota al pie del título y de mi nombre. Era una mirada crítica a dos obras recién construidas en La Habana y que llamaban poderosamente la atención. Ninguna otra cosa creo me importaba tanto entonces como publicar en esa revista cultural que representaba la cima que muchos queríamos alcanzar, pues no era nada sencillo intentarlo con La Gaceta de Cuba, UNIÓN, y Casa de las Américas, aunque algunos ya lo habían logrado. Para los más jóvenes, El Caimán Barbudo era algo así como una de las máximas aspiraciones y un buen comienzo para cualquier escritor.

Se armó un lío tremendo con ese texto, pues encontró detractores y seguidores de inmediato, dentro y fuera de la Universidad; pero Jesús Díaz, primer director de la publicación, lo defendió contra viento y marea y me animó —luego de la tormenta— a entregarle uno nuevo. Lo que hice fue colaborar con poemas y comenzar a sentirme, modestamente, parte de aquel grupo formidable de jóvenes escritores que marcaron toda una época: Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, Sigifredo Álvarez Consea, Helio Orovio, Víctor Casaus, Wichy Nogueras, Félix Guerra, Froilán Escobar, Orlando Alomá, y de otros creadores no tan jóvenes como José Luis Posada y Juan Ayús, responsables de la imagen gráfica.

El Caimán… —así a secas, como era conocido— se planeaba en el mezzanine del edificio que ocupaba el periódico Juventud Rebelde, en Prado y Teniente Rey. Muchos de sus colaboradores nos encontrábamos allí algunos días de la semana para seguir de cerca la preparación de cada número, confrontar ideas, noticias…. y cometer algunos poemas, como gustaba decirse. Otros encuentros grupales germinaban una noche cada mes —quizá sería mejor decir madrugada— ante la fascinación del olor a tinta de imprenta que desprendían las máquinas situadas en el sótano del enorme monumento arquitectónico cuando saltaban, de entre sus pesados y voluptuosos rodillos, las primeras páginas impresas.

Varios estudiábamos en la Universidad de La Habana, mientras otros trabajaban aunque, de un modo u otro, todos ardíamos en dar vueltas siempre por el edificio famoso y encontrarnos allí y comentar la cultura y la vida, sorprendernos con amores difíciles en alguna esquina cercana, tomar café o cierta cerveza por los alrededores. Probablemente imitábamos lo ocurrido años atrás con otras importantes publicaciones cubanas, esas naves aglutinadoras de espíritus inquietos y pasiones, esos campos agraciados donde dirimir las primeras batallas intelectuales de tantas generaciones.

En aquel cálido mezzanine no muy elegante que digamos, de escaso mobiliario e iluminación —donde permanentemente se hallaba Sylvia, la insuperable y hermosa secretaria de ojos claros, serenos— conocí a Roque Dalton, a Carlos Monsiváis y a otros tantos intelectuales latinoamericanos que merodeaban por los bordes de la publicación, curiosos por saber qué era, quiénes la creaban, hacia dónde se dirigía. Y entonces había fuego cruzado, bromas, chismes, intercambios de ideas, en cuyo centro irradiante se hallaba siempre Cuba y todo cuanto acontecía en una década pródiga en fundaciones, asombro, encontronazos, discusión, extrañeza. Sin darnos cuenta acaso, nos sentíamos en el centro del mundo… o en el de alguno de los mundos posibles. El Caimán Barbudo era entonces uno de los pilares fundamentales de aquella tierra feraz de la cultura nacional… hasta que cerró su primer capítulo a un año y meses de ser fundado, por razones más o menos conocidas.

Luego siguió rumbos distintos, con sus altas y sus bajas, tantas que no logro recordarlas todas. A fines de los años 70 encontré a otro grupo de jóvenes al frente de la publicación, el cual me invitó de nuevo a colaborar: esto avivó en mí la atmósfera antes vivida y, ni corto ni perezoso, me integré a la remozada asociación editorial ubicada ahora en una vieja casona de la calle Paseo, en la zona más alta de El Vedado. Pero no por mucho tiempo: la memoria pesaba demasiado. Atrás habían quedado, definitivamente, numerosas expectativas, sueños, ideales, debates, tazas de buen café, citas amorosas y, para colmo, durante aquellos años y otros adelante, algunos de los iniciadores habían muerto o marchado a otros países. Nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos. Hasta el día de hoy.

Una publicación cultural da vueltas constantemente. Nunca debe ser la misma. Es un organismo vivo, mutante, en el que uno aspira a sentirse en el centro del mundo, en cualquier centro, o al menos creerlo de todo corazón. Y en sus vueltas y más vueltas aglutinar a los más diversos creadores para ir edificando juntos esa incomparable construcción que es. No hay arquitectura tan sostenible como la de una publicación armada con talento y pasión y deseos de convertirse en la mejor de todas, consciente de que en sus adentros y a su alrededor —como sucedió con las mejores revistas cubanas de los siglos XIX y XX cubanos— se desarrollan importantes movimientos y tendencias de la cultura y la sociedad.

Ahora, de manera asombrosa, no logro adquirir nunca un ejemplar de El Caimán Barbudo. No sé qué pasa. Camino por la ciudad y me asomo a estanquillos mustios en su busca, pero todo es inútil: no logro verla, manosearla, hojearla. No me atrevo, por tanto, a dar una opinión siquiera de su existencia y estado actual, pues ni en las librerías desparramadas por la ciudad capital o de otras provincias, la encuentro. ¿Dónde está que no la veo? ¿Por qué no la puedo leer ahora, a la vuelta de tantos años? ¿A qué o a quienes sirve, representa, anima, convoca, alude?

El siglo XXI nuestro debe contar con esta publicación. En 45 años ha forjado su propia tradición. Suficiente historia tiene. Mitos y leyendas la acompañan en su suerte. ¿A qué esperar?

 
 
 
 


galerÍa de portadas

El Caimán Barbudo

   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.