La Habana. Año X.
21 al 27 de MAYO de 2011

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Un espía nazi en La Habana
Josefina Ortega • La Habana

Las fotos lo muestran como un hombre de unos 30 años, alto, un poco grueso, de perfil afilado y negra cabellera, bien vestido y de buenos modales. Tal como le correspondía a un discreto comerciante nacido en Honduras y que llegado a La Habana en septiembre de 1941, procedente de España, bajo el nombre de Enrique Augusto Lunin pretendía establecer un negocio propio en esta capital. Pero nada más lejos de la verdad.
 

El “apacible” latinoamericano, al que se le describe también como una persona amable y de pocas palabras, vestido casi siempre con camisas oscuras, no era otro que el espía nazi Heinz August Kunning, oriundo de la ciudad alemana de Bremen, quien debía informar desde aquí al alto mando berlinés, entre otros asuntos, sobre el movimiento de buques en el puerto, la producción de azúcar, tabaco y minerales, y la situación política y social del país.

Lunin no era un improvisado ni mucho menos. Aunque daba la imagen de ser una persona distraída, había sido entrenado esmeradamente para su misión, que antes había cumplido con acierto en otros países. Graduado de ingeniero, dominaba además el inglés y el español, este último, con un ligero acento extranjero.

Establecido en una casa de huéspedes en el segundo piso de Teniente Rey 366 entre Villegas y Aguacate, en La Habana Vieja, próxima a los muelles, un hotel no era lo más indicado para su labor  fijó su comercio, no muy lejos de allí, en la calle Industria 314. Era una tienda de modas a la que llamó La Estampa.

Entre copa y copa

En aquella época, la red de espionaje alemán se ampliaba por casi toda América, incluyendo a EE.UU., y es probable que Lunin contactara con algún agente en la propia embajada de Alemania, situada a la sazón en la calle H 408, esquina a 19, en El Vedado. Aunque parece ser según afirman estudiosos del tema que él fue el jefe o, al menos, el centro de la red de espías nazis en la Isla.

Dicen que muchas de las informaciones que transmitió le cayeron en las manos con una facilidad increíble. Se las procuraban inconscientemente marineros, portuarios y prostitutas, a los que, entre copa y copa, el astuto agente alemán les tiraba de la lengua en bares y prostíbulos cercanos a los muelles, de los que era cliente habitual. Acaso fue por la afabilidad que mostraba, su atracción.

Atento al más mínimo detalle, con mucho tacto preguntaba qué era esto, qué era lo otro, cómo se llamaba. Desde luego, lo que más le interesaba eran los barcos de guerra, con todo que el supuesto comerciante no despertaba ni la más mínima sospecha.

Pero lo cierto es que la información suministrada por Lunin desde La Habana a los Servicios de Inteligencia del Tercer Reich llevó al hundimiento de varios mercantes cubanos con el dramático saldo de 78 de sus tripulantes muertos durante la Segunda Guerra Mundial.

Para su cometido de inteligencia, Lunin contaba con un potente aparato de radio transmisor y receptor que le permitía recibir y transmitir mensajes, una antena de doble línea y dos manipuladores telegráficos, así como también tinta simpática invisible, pues además de las comunicaciones radiales, utilizaba para sus fines macabros la vía epistolar.

Así, desde su habitación en La Habana Vieja, en la que, por cierto, señoreaban jaulas con diferentes pájaros cantores, el espía enviaba sus informes y recibía órdenes. Sin embargo, sus días como agente ya estaban contados.

Los servicios de contrainteligencia norteamericano y británico habían establecido en las Bermudas una oficina que vigilaba la correspondencia de América con el exterior. Y sucedió que una carta proveniente de Cuba con destino a España, despertó la atención de los agentes de dicha instalación. El destinatario era un conocido falangista. Al analizarla se verificó que se trataba de un mensaje en clave escrito con tinta simpática. Aquello fue tan solo el comienzo de una búsqueda sin cuartel.

Una firma sospechosa

A las oficinas del Servicio de Investigaciones de Actividades Enemigas (SIAE), fundado unos meses antes en la capital cubana, llegaron oficiales norteamericanos y británicos en busca de mensajes para el enemigo. Un avión rastreador comenzó a sobrevolar La Habana para detectar ondas radiales en clave hasta que se concluyó que la señal se expedía desde la zona comprendida entre la calle Belascoaín y los muelles.

“Era de suponer como afirma el colega y amigo Rolando Aniceto que el agente alemán debía recibir dinero para sus operaciones desde el exterior, por lo que la contrainteligencia comenzó a verificar a toda persona que en esa zona habanera recibiera dinero del extranjero.

“Y para esos fines, fue destinado el cabo Pedro Luis Gutiérrez Fernández, un militante del Partido Unión Revolucionaria Comunista, infiltrado en el SIAE.

“Fernández detectó que en el Banco de Boston, en Cuatro Caminos, existía una tarjeta con la firma de alguien que había recibido dinero del extranjero. De inmediato, se reunió con los carteros que diariamente partían para su trabajo en el Ministerio de Comunicaciones, en Teniente Rey y Oficios, y uno a uno les mostraba la tarjeta con la referida firma.”

Cuando lo detuvieron y se practicó un registro en su habitación, se completó el número de pruebas de un enorme expediente. Mucha expectación generó en Cuba el proceso judicial contra el espía, quien reconoció su culpabilidad. Heinz August Kunning o Enrique Augusto Lunin fue ejecutado en el Castillo del Príncipe. Dicen que no profirió una sola palabra ni pareció impresionarse al escuchar las voces de mando. Era el 10 de noviembre de 1942. Hay quienes aseguran que sus restos fueron repatriados a Alemania en 1953.

 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.