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Las fotos lo muestran
como un hombre de unos
30 años, alto, un poco
grueso, de perfil
afilado y negra
cabellera, bien vestido
y de buenos modales. Tal
como le correspondía a
un discreto comerciante
nacido en Honduras y que
llegado a La Habana en
septiembre de 1941,
procedente de España,
bajo el nombre de
Enrique Augusto Lunin
pretendía establecer un
negocio propio en esta
capital. Pero nada más
lejos de la verdad.
El “apacible”
latinoamericano, al que
se le describe también
como una persona amable
y de pocas palabras,
vestido casi siempre con
camisas oscuras, no era
otro que el espía nazi
Heinz August Kunning,
oriundo de la ciudad
alemana de Bremen, quien
debía informar desde
aquí al alto mando
berlinés, entre otros
asuntos, sobre el
movimiento de buques en
el puerto, la producción
de azúcar, tabaco y
minerales, y la
situación política y
social del país.
Lunin no era un
improvisado ni mucho
menos. Aunque daba la
imagen de ser una
persona distraída, había
sido entrenado
esmeradamente para su
misión, que antes había
cumplido con acierto en
otros países. Graduado
de ingeniero, dominaba
además el inglés y el
español, este último,
con un ligero acento
extranjero.
Establecido en una casa
de huéspedes en el
segundo piso de Teniente
Rey 366 entre Villegas y
Aguacate, en La Habana
Vieja, próxima a los
muelles,
—un
hotel no era lo más
indicado para su labor—
fijó su comercio, no muy
lejos de allí, en la
calle Industria 314.
Era una tienda de modas
a la que llamó La
Estampa.
Entre copa y copa
En aquella época, la red
de espionaje alemán se
ampliaba por casi toda
América, incluyendo a
EE.UU., y es probable
que Lunin contactara con
algún agente en la
propia embajada de
Alemania, situada a la
sazón en la calle H 408,
esquina a 19, en El
Vedado. Aunque parece
ser
—según
afirman estudiosos del
tema—
que él fue el jefe o, al
menos, el centro de la
red de espías nazis en
la Isla.
Dicen que muchas de las
informaciones que
transmitió le cayeron en
las manos con una
facilidad increíble. Se
las procuraban
inconscientemente
marineros, portuarios y
prostitutas, a los que,
entre copa y copa, el
astuto agente alemán les
tiraba de la lengua en
bares y prostíbulos
cercanos a los muelles,
de los que era cliente
habitual. Acaso fue por
la afabilidad que
mostraba, su atracción.
Atento al más mínimo
detalle, con mucho tacto
preguntaba qué era esto,
qué era lo otro, cómo se
llamaba. Desde luego, lo
que más le interesaba
eran los barcos de
guerra, con todo que el
supuesto comerciante no
despertaba ni la más
mínima sospecha.
Pero lo cierto es que la
información suministrada
por Lunin desde La
Habana a los Servicios
de Inteligencia del
Tercer Reich llevó al
hundimiento de varios
mercantes cubanos con el
dramático saldo de 78 de
sus tripulantes muertos
durante la Segunda
Guerra Mundial.
Para su cometido de
inteligencia, Lunin
contaba con un potente
aparato de radio
transmisor y receptor
que le permitía recibir
y transmitir mensajes,
una antena de doble
línea y dos
manipuladores
telegráficos, así como
también tinta simpática
invisible, pues además
de las comunicaciones
radiales, utilizaba para
sus fines macabros la
vía epistolar.
Así, desde su habitación
en La Habana Vieja, en
la que, por cierto,
señoreaban jaulas con
diferentes pájaros
cantores, el espía
enviaba sus informes y
recibía órdenes. Sin
embargo, sus días como
agente ya estaban
contados.
Los servicios de
contrainteligencia
norteamericano y
británico habían
establecido en las
Bermudas una oficina que
vigilaba la
correspondencia de
América con el exterior.
Y sucedió que una carta
proveniente de Cuba con
destino a España,
despertó la atención de
los agentes de dicha
instalación. El
destinatario era un
conocido falangista. Al
analizarla se verificó
que se trataba de un
mensaje en clave escrito
con tinta simpática.
Aquello fue tan solo el
comienzo de una búsqueda
sin cuartel.
Una firma sospechosa
A las oficinas del
Servicio de
Investigaciones de
Actividades Enemigas (SIAE),
fundado unos meses antes
en la capital cubana,
llegaron oficiales
norteamericanos y
británicos en busca de
mensajes para el
enemigo. Un avión
rastreador comenzó a
sobrevolar La Habana
para detectar ondas
radiales en clave hasta
que se concluyó que la
señal se expedía desde
la zona comprendida
entre la calle
Belascoaín y los
muelles.
“Era de suponer
—como
afirma el colega y amigo
Rolando Aniceto—
que el agente alemán
debía recibir dinero
para sus operaciones
desde el exterior, por
lo que la
contrainteligencia
comenzó a verificar a
toda persona que en esa
zona habanera recibiera
dinero del extranjero.
“Y para esos fines, fue
destinado el cabo Pedro
Luis Gutiérrez
Fernández, un militante
del Partido Unión
Revolucionaria
Comunista, infiltrado en
el SIAE.
“Fernández detectó que en
el Banco de Boston, en
Cuatro Caminos, existía
una tarjeta con la firma
de alguien que había
recibido dinero del
extranjero. De
inmediato, se reunió con
los carteros que
diariamente partían para
su trabajo en el
Ministerio de
Comunicaciones, en
Teniente Rey y Oficios,
y uno a uno les mostraba
la tarjeta con la
referida firma.”
Cuando lo detuvieron y
se practicó un registro
en su habitación, se
completó el número de
pruebas de un enorme
expediente. Mucha
expectación generó en
Cuba el proceso judicial
contra el espía, quien
reconoció su
culpabilidad. Heinz
August Kunning o Enrique
Augusto Lunin fue
ejecutado en el Castillo
del Príncipe. Dicen que
no profirió una sola
palabra ni pareció
impresionarse al
escuchar las voces de
mando. Era el 10 de
noviembre de 1942. Hay
quienes aseguran que sus
restos fueron
repatriados a Alemania
en 1953. |