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Un día antes de su
cumpleaños, que coincide
más o menos con el
aniversario de la
fundación de El
Caimán Barbudo,
el pintor y crítico
Manuel López Oliva nos
recibe en su nuevo
taller de La Habana
Vieja. Al día siguiente
se conmemora también la
muerte del poeta José
Martí, y luce distinta
la calle que comienza
con la casita donde
nació el Apóstol. En la
esquina de Paula y
Habana, algunas pinturas
de López ocupan parte de
una mansión del siglo
XVII, ahora restaurada.
Él está afuera
supervisando los últimos
detalles de la
reparación y, cuando
conversa con los
constructores y los
vecinos del barrio,
parece que ha vivido
siempre en esa calle de
adoquines hasta el mar,
que un día se convertirá
en “corredor martiano”.
López no vio la luz en
La Habana como Martí,
aunque conoció sus
libros desde joven,
porque tuvo siempre
preocupación por la
literatura, escribía
versos, pintaba y
participaba en concursos
literarios hasta que
vino a estudiar a la
capital. La llegada a la
ciudad fue una suerte de
deslumbramiento para
aquel guajiro ilustrado
que había nacido a media
cuadra de la revista
Orto en Manzanillo y
tuvo contacto, a través
de su padre, con
escritores como Felipe
Rodríguez y Manuel
Navarro Luna.
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López Oliva en
la Escuela
Nacional de
Artes plásticas,
con un cuadro
que pertenece a
la etapa
de cuando
realizó las
imágenes de
El Caimán
Barbudo
especial del
año 1968. |
De la vida cultural
habanera de los 60, uno
de los hechos que
resultaron más
interesantes a López,
fue la fundación de
El Caimán Barbudo.
La publicación, que
aparecía a partir de las
ideas de intelectuales y
artistas como Roque
Dalton, Wichy Nogueras y
Fayad Jamís, prometía
presentarse como algo
realmente nuevo. El
crítico —entonces era
más crítico que pintor—
llegó al lagarto con
barbas a través de Jamís
—su profesor en la Escuela Nacional de
Arte
(ENA)—
y, sin inscribirse
definitivamente en su
Consejo editorial,
comenzó a concebir
textos para la revista.
López recuerda entre sus
primeros trabajos el
artículo “Un pacto con
Goya el endemoniado”,
porque el título se le
antoja evidencia de su
afán por “escribir
diferente”. Después de
este, vinieron otros
textos y anécdotas que
adereza lo mismo con
bromas que con
reflexiones teóricas.
Como las mudanzas y
reparaciones no le han
permitido relatarlas en
un texto suyo —que con
seguridad hubiera sido
más completo y
exquisito— me ha tocado reseñar lo que
puede leerse más abajo.
Sin embargo, el artista
me recuerda la
importancia del
interlocutor en la
concepción del texto
periodístico…
Entonces, para que pueda
entender esta historia,
sitúese usted en La
Habana Vieja, un par de
horas antes de la
lluvia, sentado en una
banqueta con el pintor
enfrente, que descansa
recostado a una baranda
de escalera y degusta
una papa rellena;
mientras afuera, un
martillo neumático abre
una zanja más y una
mujer como tantas otras
busca qué comprar en
cada ventana abierta.
Usted, que no esperaba
ganarse una “visita
dirigida” por aquel
taller, ni una sarta de
consejos profesionales,
recuerde que ha venido a
entrevistar a López
sobre El Caimán…,
y propóngale un par de
pies forzados:
Los fundadores
"Recuerdo que iba a sus
reuniones. A veces El
Caimán... se
concebía en Coppelia,
donde los helados eran
muy sabrosos y baratos.
Compartía con ellos
aunque era más joven. En
realidad, Wichy pareció
siempre el de menos
edad, porque, además de
ser un extraordinario
poeta y una persona de
una honestidad a toda
prueba, se sabía lindo,
era narcisista y siempre
mantuvo una 'cáscara
visual' que lo hacía
verse rozagante.
Guillermo siempre fue
encorvado y fumaba
mucho;
Jesús era
dominante, si se le
llevaba la contraria
emitía criterios
mortíferos y sostenía
diálogos muy fuertes,
como aquel en que se
enfrentó al Indio
Naborí.
"Lo interesante es que
El Caimán…
estaba hecho por manos
de personalidades muy
distintas: Jesús y
Wichy
no se parecían en lo
absoluto; Roque Dalton
hablaba bajito, parecía
que estaba conspirando.
Jesús imponía mientras
Roque conspiraba. Wichy
decía las cosas de modo
muy claro, y Guillermo
usaba siempre el humor.
"Nelson Herrera y Fayad
emitían juicios sobre el
diseño, porque creían
que la publicación debía
salirse de las pautas
tradicionales de
composición de los
periódicos y las
revistas, manteniendo un
diálogo visual con el
lector."
Manifiesto generacional
"A veces daba mi criterio
sobre la visualidad de
la revista, y por ello
fue que en 1968 se me
encargó hacer un número
especial cuyos textos
funcionarían desde la
imagen. En él
participaríamos
estudiantes de
vanguardia de la ENA,
tanto que hacíamos
happenings y grandes
enviroments en
los que usábamos hasta
cadáveres extraídos del
cementerio. Teníamos
como inspiradores a
Antonia Eiriz y a
Servando. Esta
generación asumía de
alguna manera a las
precedentes, pero al
mismo tiempo rompía con
ellas. El Caimán…
intentaba ser también
irreverente, le gustaba
chocar. Sentía la
necesidad de hacerse
sentir, como todo grupo
generacional que
apareció en aquel tiempo
que se daba a conocer
con ese sentido de
conflicto. Había, sin
embargo, una
preocupación por no
entrar en conflicto con
la Revolución como
proceso social, aunque
se publicaban trabajos
que no gustaban a
algunos. El
Caimán… contra los
criterios esquemáticos y
por la Revolución como
concepto y dinámica de
la historia.
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"El número que me
encomendaron se hacía
para conmemorar los cien
años de lucha desde el
alzamiento de La
Demajagua. Escogimos a
artistas como Roberto
Fabelo, Pedro Pablo
Oliva, César Leal,
Alberto J. Carol, Luis
Miguel Valdés, Isabel
Jimeno y Ernesto García
Peña, quienes estaban
entre los alumnos más
descollantes de la ENA.
Declaramos que
buscábamos otro tipo de
lenguaje, otros modos de
expresarnos, otras
maneras de asumir los
códigos del periodismo y
la creación. Fue un
número de contenido
histórico, pero en el
que aparecía también un
papagayo como
representación del
funcionario demagogo."
Vocación de
universalidad
"En esa etapa, El
Caimán… salía a
partir de las ideas de
un grupo de gente culta,
que hablaba lo mismo de
Joyce que de Rubalcaba.
Había una lógica de
desarrollo de
pensamiento en la que
concurrían la gran
cultura universal y la
local; todo se
hilvanaba, se mezclaba,
se confundía. Ese fue
uno de los motivos por
los cuales la revista se
vinculó con escritores
del exterior, como
también estuvo al tanto
de grandes artistas que
venían a Cuba.
"Números enteros
estuvieron a cargo de
artistas como Antonio
Saura, un hombre que
representa todo el
expresionismo abstracto
español y de una cultura
apabullante.
"El surrealista Roberto
Matta estuvo muy
vinculado con nosotros
en los años 60. Aunque
no se logró, recuerdo
que quiso hacer un
Caimán… que cada
lector pudiera convertir
en un abanico o en un
sobre, según lo deseara.
Terminó siendo un número
muy bien dibujado por
él, muy bello.
"Es decir, que El
Caimán… siempre tuvo
una vocación patente de
universalidad que lo
salvó de los
maniqueísmos, los
esquematismos y las
limitaciones que
empezaron a surgir en
esa época.
"Después vino la época en
que el periódico
Juventud Rebelde
asimiló otra vez a
El Caimán... En ese
momento la revista
empezó a cambiar, aunque
figuras como la poetisa
Lina de Feria evitaron
que se le cortaran del
todo las alas, y
lograron que mantuviera
cierta lozanía,
originalidad,
irreverencia, poesía y
riqueza. Fue la etapa en
que escribí allí
pequeños ensayos sobre
el comercialismo y la
influencia del Tercer
Mundo en el arte, entre
otros temas, que
provenían del debate
generado en el Congreso
Cultural de La Habana,
donde primaron las ideas
de Gramsci."
La revista en el campo
del pensamiento
"Junto con El Caimán…
había surgido RC,
una revista de carácter
monográfico dirigida por
Lisandro Otero. Sus
números se dedicaban al
estructuralismo, a la
semiótica, a los
Panteras Negras y sobre
todo al arte, por lo
cual, de algún modo, se
había establecido una
relación con El
Caimán…, como también se
dio con Pensamiento
Crítico. Fue un
momento propicio para
que el pensamiento
aflorara con fuerza,
porque nos estaba
marcando la idea de la
imaginación en el poder
que habían lanzado los
surrealistas. En una
Revolución tan hermosa
como la que se estaba
dando en los 60, lo más
lógico era que la
imaginación estuviera en
el poder. Era lo que
hacía que lo positivo
del proceso
revolucionario y lo
positivo de
publicaciones como El
Caimán…, se
enlazaran de manera
orgánica. No había un
conflicto de tipo
ideológico o político
porque existía un
proyecto en el que ese
se entendía como el
camino más posible para
un país pobre que tenía
que enfrentarse a un
monstruo tan grande como
el imperialismo. El
Caimán… se sostenía
en aquella plataforma de
la imaginación con
derecho a existir y a
abrir caminos.
"El nombre mismo dice
mucho: el caimán es la
Isla, pero los barbudos
son un símbolo de
libertad. No era un
barbudo a la fuerza por
los hombres de la
Sierra, sino porque
aquella generación
identificaba las barbas
con la libertad. Por eso
hay barbudos en los
dibujos de Servando, por
eso pintábamos y nos
dejábamos crecer las
barbas y las melenas,
que también se
articularon con las de
los Beatles y con toda
la contracultura.
Veíamos una identidad de
espíritu entre la
contracultura universal
y una transformación
social tan fuerte como
la que se dio con la
Revolución Cubana de los
60. El Caimán… es
uno de los frutos más
sólidos de ese proceso
en el campo del
pensamiento."
Trascendencia
"Tuve la oportunidad de
conocer opiniones de
otras personas sobre la
revista, como la de Blas
Roca, quien sin ser un
hombre de alta cultura
me dijo un día: 'es una
publicación loca, pero
yo creo que está bien
que exista'.
"Juan Marinello nos
conocía mejor y nos
valoraba mucho. Decía
que El Caimán…
vinculaba a las personas
con el desarrollo de la
cultura y que no
desgajaba a Cuba de la
cultura universal. Por
su parte, Alejo
Carpentier siempre
apreció la revista,
incluso, llegó a
publicar en ella textos
inéditos.
"Independientemente de
que tuvo que ir
amoldándose a ciertas
normas o límites que
imponían determinadas
coyunturas, El
Caimán… es una de
las publicaciones en las
que se mantuvo lo mejor
del sentido de relación
entre el intelectual
cubano y un proceso
revolucionario,
independientemente de
sus errores. Se mantuvo
también la honestidad,
el afán de hacer las
cosas bien, de soñar, de
construir algo distinto,
de decir…
"Por ello, considero que
celebrar los 45 años de
existencia de El
Caimán… no es solo
reconocer a una
publicación, sino a una
corriente positiva de la
que, con el tiempo, se
han desprendido otras
publicaciones. Una
corriente que propuso
vincular lo culto, lo
bien escrito, lo bien
sabido, lo profundo, lo
auténtico, lo inédito y
lo imaginativo, con la
información y la
relación del hombre con
las ideas de su tiempo." |