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Paquita Armas Fonseca,
debajo de un artículo o
en negritas, dirigiendo
una pregunta, es una
firma conocida por los
lectores de El Caimán
Barbudo. También de
muchas otras
publicaciones en el éter
y en el papel. A las
páginas caimaneras, no
obstante, le une una
afinidad especial:
durante dos años, se
desempeñó como Jefa de
Redacción de aquella
cofradía de agitadores
revolucionarios y,
durante otros tres, la
dirigió. Un lustro
—entre 1983 y 1988— que
al cabo de los años
recuerda con
satisfacción: “si mi
desempeño periodístico
se redujera solo a
aquellos tiempos en que
trabajé en El Caimán,
París bien valdría la
fiesta. Allí aprendí
cuál es el periodismo
que debe hacerse”.
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Había estado al frente
de la redacción de
Somos Jóvenes y
nunca imaginó que haría
periodismo en aquella
publicación mítica.
Llegó a la revista por
dos razones: una, porque
se lo pidió la Unión de
Jóvenes Comunistas;
otra, porque una de sus
características es ser
amiga. “A Jorge Oliver
Medina le habían dado la
tarea de ser el Director
y él quiso que le
acompañara como Jefa de
Redacción. Llegamos a
El Caimán a sofocar
lo que luego, en broma,
llamamos una ‘guerra de
botones’. Sentía un
miedo terrible; pero
quería ver qué pasaba
con aquellos caimaneros
que tenían fama de
irreverentes, locos,
llenos de ‘problemas
ideológicos’. Llegué muy
prejuiciada con el
equipo; pero te confieso
que a los dos meses
había cambiado mi
criterio sobre lo que
había ocurrido allí
antes; tanto, que la
revista empezó a ser lo
que creo debe ser una
publicación: un equipo.
Hacíamos almuerzos
juntos, se estaba bien
en colectivo”.
Paquita subraya el
carácter democrático de
la concepción de El
Caimán…: “hicimos
algo que duró, al menos,
durante los cinco años
en que estuve allí: una
revista colectiva. Todos
los meses nos reuníamos
para analizar el número
anterior. Aun cuando el
público no tuviera idea
de que algo había salido
mal, lo desbaratábamos.
Eran reuniones a camisa
quitada, nadie podía
ponerse bravo porque la
crítica podía dirigirse
hacia todos: desde el
director hasta el
diseñador. En esa
reunión también
planeábamos El
Caimán… que saldría
dos meses después”.
Hacer una revista como
abejas que construyen
una colmena, les
permitió incorporar un
equipo de colaboradores
con los más variados
intereses, de distintas
procedencias e
inclinaciones estéticas.
Sin temor a pecar de
exageración, Paquita
confiesa que llegó a
disponer, al mismo
tiempo, de dos, tres y
hasta cuatro caimanes
listos para imprimir.
En poesía y
narrativa, la
expectativa por publicar
era inmensa, y una
generación de jóvenes
muy talentosos vio allí
sus primeros textos.
En el espectro de las
revistas culturales
cubanas, El Caimán
Barbudo concretó una
necesidad intelectual y
editorial. Desde su
primer número, el lector
pudo advertir una
atractiva dualidad en su
perfil: si bien se
trataba de una revista
cultural, con espacio
para la crítica de arte
y literatura, afloraba
la voluntad periodística
de apuntar hacia la
cotidianidad y sus
conflictos sin medias
tintas.
“En esos años, no hubo
una revista como El
Caimán Barbudo”,
afirma Paquita y de
inmediato contrarresta
una visión que le
inquieta: “Hay dos tesis
de grado de estudiantes
de Periodismo sobre
El Caimán… y le
llaman a mi época, del
83 al 88, ‘la era
Paquita’… como si yo
hubiera sido la única
responsable de aquel
perfil. No fue así. En
el país se dieron
condiciones para que
pudiéramos hacer una
publicación como
aquella. El Buró
Político había aprobado
una resolución sobre la
política informativa en
la que se llamaba a la
prensa a ser crítica,
valorativa, incisiva,
irreverente desde la
responsabilidad. Me lo
tomé muy en serio. Jamás
me revisaron un texto o
una caricatura, nunca
mandé a revisar algo. Lo
que se publicó en El
Caimán… en esa época
fue de total
responsabilidad mía, de
Oliver y del resto del
equipo”.
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Entre otros signos, la
periodista concuerda con
el actual director de la
publicación en que su
época fue más
“mediática”. “Tratamos
de abrir El Caimán…
a temas que estuvieran
en la calle: la
televisión, la radio y
el cine, especialmente.
Comenzamos también a
publicar caricaturas
editoriales. Por esa
época, recuerdo que
estuvo en Cuba
Paco
Ignacio Taibo II. Entonces
no era el escritor que
es ahora, pero sí un
defensor del periodismo
literario. Hizo varios
talleres en distintas
publicaciones y en El
Caimán… comenzamos,
bajo aquella influencia,
a hacer trabajos
investigativos. Los
estructurábamos entre
todos, aunque los
escribiera una sola
persona. Las preguntas
de una entrevista las
hacíamos en colectivo, y
cada periodista aportaba
sus inquietudes. Ese
tipo de trabajos de
corte investigativo
enriqueció mucho El
Caimán…”.
Por estos días, cuando
la revista
Casa de
las Américas ha
publicado un segundo
proyecto de compilación
de sus textos, en una
temática específica,
algunos poetas y
ensayistas cercanos a la
historia de El
Caimán… alegan que
sus 45 años bien
valdrían un esfuerzo
similar. Decenas de
intelectuales, de
distintas generaciones y
países han acudido a esa
publicación para dejar
constancia de sus
criterios. Como ha de
ser toda revista
cultural, El Caimán
Barbudo ha sido
resultado y constancia
de la espiritualidad de
esta sociedad, a lo
largo de más de cuatro
décadas. “La revista
tiene material para
publicar decenas de
libros de memorias.
Recuerdo, por ejemplo,
una entrevista encendida
con Tomás Borges; una
con Cintio, con una
caricatura de
Posada que
muchos decían que le iba
a molestar, lo cual
resultó todo lo
contrario; una
entrevista con Pablo
Milanés, donde Pablo
decía lo que más
admiraba de Fidel… A
El Caimán… iban
Retamar y Adelaida, su
esposa, como muchos
otros intelectuales.
Tengo el placer inmenso
de haber comprendido la
grandeza de un escritor,
por ejemplo, con el
propio Roberto. Él había
enviado un texto y era
necesario hacerle una
corrección. Con mucho
nerviosismo le llamé y
me demostró una
sencillez grandiosa:
‘nadie respeta el
trabajo del editor —me
dijo—. Si ustedes no se
hubieran dado cuenta, el
error habría sido
publicado. Han mejorado
el trabajo’. Como
Roberto Fernández
Retamar, recuerdo en
El Caimán… a Chico
Buarque y al propio
Tomás Borges.
“Como era una
publicación muy crítica
con muchos temas, atraía
también otro tipo de
visitas. Así conocí, por
ejemplo, a Maité Vera.
Cuando salió a la calle
un artículo muy recio
sobre una novela suya,
ella fue un día hasta
El Caimán… con una
respuesta en la mano. En
el próximo número salió
su réplica. Así, las
páginas de la revista
acogieron polémicas
sobre los más diversos
temas. Habríamos deseado
más, realmente. Muchos
funcionarios nunca
respondían, aunque la
posibilidad estuviera.
No obstante, hay algo
que quiero señalar: uno
de los factores que
propiciaron el perfil
que tuvo El Caimán…
en esos años, fue que
Armando Hart
se
desempeñara como
ministro de Cultura.
Desde el 75 ocupaba ese
cargo y para el 85 ya
había consolidado un
Ministerio. El llamado
‘quinquenio’ o ‘decenio
gris’ estaba quedando
atrás, aunque todavía
era complicado publicar
determinados poetas por
su orientación sexual,
etc. Pero nuestro
Ministro era una persona
con la que se podía
dialogar. En varias
ocasiones, fue hasta
nuestra sede a discutir
con los periodistas,
personalmente. El
periodista necesita
información, necesita
saber cómo marchan las
cosas, y eso Hart lo
supo muy bien.
“También —abunda
Paquita— El Caimán…
se preciaba de tener
entre sus lectores y
colaboradores a Carlos
Rafael Rodríguez, que en
más de una oportunidad
defendió la revista.”
Más de cuatro décadas
han transcurrido y El
Caimán Barbudo
continúa alimentando el
prestigio de su
fundación. No obstante,
otras son hoy las
condiciones económicas
con que dispone y otros,
también, a quienes aún
estimula la idea de ver
su firma en blanco y
negro, su voz en las
páginas que una vez
acogieron a Wichy
Nogueras.
“Es otro tiempo…”,
resume Paquita, a riesgo
de caer en lugar común.
Y explica: “Hay más
opciones: la Asociación
Hermanos Saíz tiene un
portal muy bueno;
existen Dédalo,
La Gaceta (que
estaba encartonada en
los 80, pero que hoy es
una publicación más
abierta al debate),
La Calle del Medio…
Por otro lado, pienso
que lo que más influye
en que los jóvenes no
sigan como yo quisiera a
El Caimán…, es la
tirada: cada dos meses,
20 mil ejemplares. No se
ve. Y se trata de una
revista pensada para un
público amplio”
.
Ha sido el karma
de no pocas
publicaciones seriadas
en Cuba. Las páginas de
El Caimán…, sin
embargo, han acompañado
a generaciones de
cubanos. A sus
polémicas, indagaciones
o, simplemente, a los
versos o cuentos que
publicó, aún se debe en
gran medida la
representación que
muchos conservan de lo
que ha sido la Cuba
revolucionaria. Y su
cultura, como eje que le
atraviesa y funde.
“Históricamente
—concluye Paquita— se ha
hablado de El Caimán
como una publicación con
problemas ideológicos:
por ser irreverente, a
veces agresiva a la hora
de enfrentar la
realidad. Cuando supe
que iría a trabajar
allí, lo primero que
hice fue leer todos los
números publicados hasta
entonces. Vi que a
aquella primera época
esplendorosa de los 60,
de las grandes
polémicas, siguió un
período marcado por el
auge del realismo
socialista; pero El
Caimán… nunca dejó
de ser irreverente. No
obstante, una cosa es
ser irreverente y otra
es tener ‘problemas
ideológicos’. Nos
habremos equivocado
alguna vez; pero lo que
ha tratado la revista es
de transformar la
sociedad. Transformarla en
lo que pudimos. Cada
Caimán… que
hacíamos, pensábamos que
sería el último, pues no
sabíamos qué crítica se
nos haría y hasta dónde
podría llegar su
repercusión. No
obstante, si de algo
estoy convencida es de
que El Caimán Barbudo
ha sido siempre una
publicación
revolucionaria. Lo
hicimos con el interés
sano de poner el dedo en
la llaga, como creo que
ha de hacer el buen
periodismo.” |