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Corría el año 1966. Ese
año
Jesús Díaz ganó el
Premio Casa de la
Américas en el género de
cuento, con un libro que
se llamó Los años
duros y que inició
lo que se nombró a
posteriori “la
cuentística de la
violencia”, en la que
entraron luego Norberto
Fuentes y Eduardo Heras.
Creo que Jesús tenía
conciencia del papel que
las sucesivas
promociones literarias
han tenido en el
desarrollo de la
literatura cubana y de
cualquier parte, y sabía
que yo la tenía también.
Su reciente premio lo
convertía, de alguna
manera, en una suerte de
líder cultural. No sé si
fue él quien le propuso
a Miguel Martín,
entonces Primer
Secretario de la UJC, o
Miguel Martín a él,
fundar una revista de
arte y literatura
organizada y dirigida
por jóvenes, y destinada
esencialmente a publicar
a los jóvenes escritores
que debían aparecer, que
ya estaban apareciendo.
Se editaría como
suplemento mensual de
Juventud Rebelde.
Jesús me llamó para
auxiliarlo en la tarea.
Quería de mí, el
contacto con los jóvenes
poetas. Jesús estaba
vinculado a los jóvenes
profesores que enseñaban
filosofía en la
Universidad de la Habana
—él había sido uno de
ellos—, y con ese
respaldo humano apareció
El Caimán Barbudo,
llamado así por la
ocurrencia de José Luis
Posada, quien estuviera
entre sus primeros
diseñadores. Era, en
efecto, lo que
queríamos: Cuba, con las
barbas de la Revolución.
Jesús escribió un
editorial en el que
empleaba en una suerte
de anáfora, la
repetición de la palabra
“hombres” que entonces,
cuando no existía el
lenguaje de género, solo
quería decir personas,
seres humanos. Hará
apenas tres años, un
crítico quiso entenderlo
como lenguaje machista y
homofóbico. El
Caimán… toleró
críticas de todos los
colores, porque el
saurio —obra de jóvenes,
al fin— tenía mandíbula
polémica.
Acaso éramos demasiado
jóvenes para representar
una nueva generación de
escritores: Marinello y
Mañach tenían 29 cuando
hicieron Avance;
Lezama tenía 34 cuando
fundó Orígenes;
Cabrera Infante y Pablo
Armando tenían 30 cuando
fundaron Lunes de
Revolución. Jesús
tenía 25: yo, apenas,
22. Y Wichy Nogueras y
Víctor Casaus, 21.
Miguel Martín fue
rápidamente designado
secretario general de la
CTC, y a nosotros nos
tocó un Comité Nacional
de la UJC que no nos
entendía.
Pero así caminamos casi
dos años. Nos colgaron
el cartelito de “piña”,
es decir, de grupo
cerrado que se
publicaban ellos mismos.
Si hay un observador
objetivo, que revise los
15 números que hicimos y
diga si había entonces
(entre 1966 y 1967) un
joven escritor que
mereciera ser publicado,
y que no hubiera
aparecido en esas
páginas.
En enero de 1968 cesó la
primera dirección y
apareció un número del
Caimán que
marcaba una segunda
época. Allí había un
editorial que llamaba a
eliminar la expresión
“jóvenes intelectuales”,
porque ella alejaba a
los jóvenes de la
Revolución. Estábamos
en los umbrales del
Quinquenio Gris.
Unos cuantos de aquellos
jóvenes estamos aquí.
Otros cuantos se han
desperdigado por el
mundo y por la muerte.
Pero ahí está. Cuarenta
y cinco años después,
El Caimán Barbudo,
órgano de los jóvenes
escritores y artistas
cubanos, que siguen
pensando con su cabeza y
que no tienen temor de
llamarse así. Creo que
eso es lo que importa. |