La choza a la orilla
del mar por una
noche ha guardado el
cuerpo desnudo del
pescador solitario.
El sueño ha sido
inquieto, pero esa
no abandonada
realidad del pincel
de lince acompaña
como un paño de
rocío. Sus vueltas
en la colcha
acompañante se
debían a las claras
etapas del fuego
moviente, que aun en
el sueño aseguraban
la suprema dignidad
del movimiento. Al
destellar sus
ojos, ya su cuerpo
se levantaba del
lecho: buena manera
de contestar al rayo
de luz con el
movimiento del
cuerpo. Ahora su
cuerpo está ya entre
las ondas y el
siniestro fanal de
la enemiga orilla
ondula como los
caprichos de la
bestia enemiga. En
sucesivas
conversaciones con
los peces dormidos
su cuerpo avanza
riéndose de sus
reflejos. Un brazo,
una pierna, pero
siempre el cuerpo
como una señal
perseguida termina
en una dignidad
perpetua. ¿Cómo el
cuerpo al salir del
sueño y de la choza
ya ha podido estar
listo para la
definición
temblorosa de la
corriente? Cuando
llega la tierra
sigue silenciosa y
nocturna, pero el
peregrino la toca
con su frente y su
señal perseguida, y
en acompasada curva
su cuerpo ya se
apresta a seguir al
fanal de la orilla
dejada. El silencio
de su cuerpo
acompañado del canto
de los peces, de la
sangre acurrucada de
los acordones de
coral y de los
árboles de
luciérnagas que se
allegan a la orilla
para tocar el cuerpo
del pescador
solitario. Y los
árboles tanto como a
un hombre parecen
saludar a la amistad
del perfume de las
cortezas colorantes.
Ha penetrado de
nuevo en la choza de
la orilla, pero
ahora la ha
encontrado toda
iluminada. Su cuerpo
transfundido en una
luz enviada parece
manifestarse en una
Participación, y el
Señor, justo y
benévolo, sonríe
exquisitamente. Pero
el pescador no
interrumpe su
alegría en la
Presencia, lanza un
curvo chorro de
agua, reminiscencia
de amor a la enemiga
orilla y a la choza
benévola, y nos
dice: ¿Qué ha
pasado por aquí?
Del poemario La
fijeza, de 1949.
*
José Lezama Lima:
Escritor, poeta y
ensayista cubano. Sus
ensayos son
imaginativos, poéticos,
abiertos y constituyen
una recreación de textos
y visiones. Promotor de
revistas y cenáculos,
supo congregar en torno
suyo a poetas de la
talla de Gastón Baquero,
Cintio Vitier, Eliseo
Diego, Virgilio Piñera y
Octavio Smith, entre
otros. Su primer libro
de poemas fue Muerte
de Narciso (1937).
Siguen, entre otras
obras poéticas, todas
influidas por el estilo
rico en metáforas y
lleno de distorsiones de
Góngora, Enemigo
rumor (1941),
Aventuras sigilosas
(1945), Dador
(1960) y Fragmentos a
su imán, publicado
póstumamente en 1977, en
las que sigue
demostrando que la
poesía es una aventura
arriesgada. En 1966
publicó la novela
Paradiso, donde
confluye toda su
trayectoria poética de
carácter barroco,
simbólico e iniciático.
El protagonista, José
Cemí, remite de
inmediato al autor en su
devenir externo e
interno camino de su
conversión en poeta. Lo
cubano, con sus
deformaciones verbales,
desempeña un papel
fundamental en la obra,
como ocurre en su
colección de ensayos
La cantidad hechizada
(1970). Oppiano
Licario es una
novela inconclusa,
aparecida póstumamente
en 1977, que desarrolla
la figura del personaje
que ya aparecía en
Paradiso y de la que
toma título. |