|
¿Qué estaría soñando
Jorge Timossi en la
madrugada del lunes 9 de
mayo de 2011, de la que
no despertó al fallarle
el corazón? Unos días
antes de su muerte me
llamó por teléfono para
indagar acerca de cómo
localizar a un amigo
común, pero sobre todo
para ofrecerme una
fórmula suya para
sosegar el espíritu:
“Cultiva una rosa y
cuando abra los pétalos,
fija la mirada en ella
por diez o quince
minutos, apenas sin
respirar”.
Jorge, en verdad, fue un
tipo lleno de sorpresas.
Detrás del carapazón con
las escamas de su
argentinidad inevitable,
de sus ocasionales
salidas ríspidas, del
dilema entre cara o cruz
con que solía afrontar
muchas situaciones
cotidianas, de su fama
de inveterado
conspirador, de ciertos
odios personales que
cosechó con predilección
borgiana, afloraba,
cuando se le trataba a
fondo, la nostalgia del
gaucho triste, la
entrega del buen socio,
el humor de delicado
acento y el talante del
niño que él mismo se
representó a partir del
personaje que el
formidable Joaquín
Lavado (Quino) dibujó
para acompañar a Mafalda,
Felipito, el de los
dientecillos de conejo,
a imagen y semejanza del
joven Timossi que fue su
amigo.
En nuestras largas y
frecuentes
conversaciones de los
últimos veinte años, los
sueños ocuparon un lugar
privilegiado.
Particularmente el papel
de sus sueños en el
curso de su vida. Como
aquel primero que lo
sobresaltó en medio de
la contemplación de una
retorta de permanganato
en el laboratorio donde
ejerció como perito
químico: los vapores del
compuesto lo
transportaron a la selva
de Misiones —había
leído a Horacio Quiroga—
y supo desde entonces
que todo tendría sentido
si se volcaba hacia la
escritura.
Entró a Prensa Latina,
recién fundada por su
compatriota Jorge
Ricardo Massetti, con la
esperanza de hallar un
trampolín para la
literatura. Pero
aprendió que las
urgencias de la realidad
requerían de un reflejo
inmediato. De modo que
los sueños del poeta y
novelista que deseó ser
y al cabo fue, quedaron
solapados en la prisa de
los despachos noticiosos
y los reportajes.
Me contó que otro sueño
resultó decisivo en su
toma de conciencia sobre
la necesidad de pulir un
periodismo de filo y
altura. Las manos
extendidas de unos niños
explotados por los
garimpeiros de Brasil lo
hicieron despertar a
medianoche.
En el obituario de
Timossi están citados
sus libros. Ya se sabe
que uno de sus textos
más leídos fue aquel en
el que dio testimonio de
los últimos días del
gobierno de la Unidad
Popular chilena y de la
muerte heroica de
Salvador Allende. Los
colegas debían repasar
sus crónicas y
entrevistas sobre el
ayatolla Jomeini, el día
final de Alejo
Carpentier en París, la
poesía de las
construcciones de Oscar
Niemeyer, la marginación
de los árabes en París o
la veneración de los
elefantes en Sri Lanka.
No hubo tema pequeño en
su deslumbrante y a la
vez contenida prosa
periodística. Como
tampoco hubo barreras
para su insaciable
curiosidad.
Confesó que uno de los
días más felices de su
vida, comparables con
los nacimientos de sus
hijos Gerardo y
Fernando, aconteció
cuando le otorgaron la
ciudadanía cubana. “Al
menos —me dijo— un
pedacito de Masseti y el
Che están conmigo”.
Y siguió soñando. Soñaba
tanto con Fidel que una
vez quiso averiguar
cuáles eran los sueños
reales del Comandante,
lo cual le dio pie para
escribir una de sus más
entrañables crónicas.
Cuando hablamos por
última vez y me comunicó
la fórmula de la rosa,
solo me animé a decirle:
“¿Timo, no será este uno
de tus sueños? |