La Habana. Año X.
7 al 13 de MAYO de 2011

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Los sueños de Timossi

Pedro de la Hoz • La Habana

Ilustración: Quino

¿Qué estaría soñando Jorge Timossi en la madrugada del lunes 9 de mayo de 2011, de la que no despertó al fallarle el corazón? Unos días antes de su muerte me llamó por teléfono para indagar acerca de cómo localizar a un amigo común, pero sobre todo para ofrecerme una fórmula suya para sosegar el espíritu: “Cultiva una rosa y cuando abra los pétalos, fija la mirada en ella por diez o quince minutos, apenas sin respirar”.


Cuentecillos y otras alteraciones

Jorge, en verdad, fue un tipo lleno de sorpresas. Detrás del carapazón con las escamas de su argentinidad inevitable, de sus ocasionales salidas ríspidas, del dilema entre cara o cruz con que solía afrontar muchas situaciones cotidianas, de su fama de inveterado conspirador, de ciertos odios personales que cosechó con predilección borgiana, afloraba, cuando se le trataba a fondo, la nostalgia del gaucho triste, la entrega del buen socio, el humor de delicado acento y el talante del niño que él mismo se representó a partir del personaje que el formidable Joaquín Lavado (Quino) dibujó para acompañar a Mafalda, Felipito, el de los dientecillos de conejo, a imagen y semejanza del joven Timossi que fue su amigo.

En nuestras largas y frecuentes conversaciones de los últimos veinte años, los sueños ocuparon un lugar privilegiado. Particularmente el papel de sus sueños en el curso de su vida. Como aquel primero que lo sobresaltó en medio de la contemplación de una retorta de permanganato en el laboratorio donde ejerció como perito químico: los vapores del compuesto lo transportaron a la selva de  Misiones —había leído a Horacio Quiroga— y supo desde entonces que todo tendría sentido si se volcaba hacia la escritura.

Entró a Prensa Latina, recién fundada por su compatriota Jorge Ricardo Massetti, con la esperanza de hallar un trampolín para la literatura. Pero aprendió que las urgencias de la realidad requerían de un reflejo inmediato. De modo que los sueños del poeta y novelista que deseó ser y al cabo fue, quedaron solapados en la prisa de los despachos noticiosos y los reportajes.

Me contó que otro sueño resultó decisivo en su toma de conciencia sobre la necesidad de pulir un periodismo de filo y altura. Las manos extendidas de unos niños explotados por los garimpeiros de Brasil lo hicieron despertar a medianoche.

En el obituario de Timossi están citados sus libros. Ya se sabe que uno de sus textos más leídos fue aquel en el que dio testimonio de los últimos días del gobierno de la Unidad Popular chilena y de la muerte heroica de Salvador Allende. Los colegas debían repasar sus crónicas y entrevistas sobre el ayatolla Jomeini, el día final de Alejo Carpentier en París, la poesía de las construcciones de Oscar Niemeyer, la marginación de los árabes en París o la veneración de los elefantes en Sri Lanka. No hubo tema pequeño en su deslumbrante y a la vez contenida prosa periodística. Como tampoco hubo barreras para su insaciable curiosidad.

Confesó que uno de los días más felices de su vida, comparables con los nacimientos de sus hijos Gerardo y Fernando, aconteció cuando le otorgaron la ciudadanía cubana. “Al menos —me dijo— un pedacito de Masseti y el Che están conmigo”.

Y siguió soñando. Soñaba tanto con Fidel que una vez quiso averiguar cuáles eran los sueños reales del Comandante, lo cual le dio pie para escribir una de sus más entrañables crónicas.

Cuando hablamos por última vez y me comunicó la fórmula de la rosa, solo me animé a decirle: “¿Timo, no será este uno de tus sueños?   

 
 
 
 


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Cuentecillos y otras alteraciones, de Jorge Timossi

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.