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Nadie recuerda ya
aquellos tiempos en que
Jorge Timossi era un
argentinito imberbe que
quería ser escritor; un
“Foca”, como se
reconoció cuando llegó a
Brasil para hacer
periodismo sin
experiencia alguna.
Ahora que su cuerpo
sucumbió ante un
infarto, y que en La
Habana solo quedan de él
las cenizas —así lo
había dispuesto él
mismo—, se habla de “su
obra”, sobrevolando los
años bonaerenses en que
la entelequia pudo más
que la Química.
Timossi tenía la
cara más parecida al
Felipito mafaldeano, y
se alió con el dibujante
Quino, el periodista
Rodolfo Walsh y el poeta
Paco Urondo en una
cofradía intelectual de
la cual nacerían las
inquietudes por las
letras y el libro
Cuentecillos y otras
alteraciones, y una
amistad perdurable, de
la cual luego se
articularon conferencias
enteras.
Quienes
asistieron a esas
charlas con Walsh que
hablaba de Timossi o
Timossi de Walsh (que
fueron homenajes por sus
aportes al periodismo
Latinoamericano) o
quienes han oído decir
repetidamente que
Timossi fue reconocido
con el Premio Nacional
de Periodismo José
Martí, de Cuba, el de la
Organización
Internacional de
Periodistas (OIP) y la
Orden Félix Varela, no
dudan en reconocer que
se trata de una figura
prominente de la prensa.
Más aún si se
despliega un currículum
que lo ubica como
vicepresidente del
Instituto Cubano del
Libro, Director de la
Agencia Literaria de
Derechos de Autor,
fundador de la agencia
Prensa Latina, y su
corresponsal en Argelia,
Chile, Argentina,
Francia, Nicaragua y
México.
Poeta y cuentista
con una veintena de
libros publicados, en
los que relata también
las experiencias y los
enredados caminos de la
profesión que eligió
para la vida, Timossi
—pocos lo dudan— es un
paradigma del oficio.
Tal vez,
entonces, este sea el
momento de recordarlo,
como lo han hecho
algunos de sus amigos:
El
argentino-cubano no fue
solamente el fundador de
Prensa Latina, sino el
joven que aprendió a
vivir el proceso cubano
desde que en mismo 59
inicial, aceptara la
condición, impuesta por
Jorge Ricardo Masseti,
de ser “más
revolucionario que
periodista”.
Timossi no fue
únicamente el
corresponsal que cubrió
el golpe de estado a
Allende en el Chile del
73, el muchacho recibido
con aplausos en la sede
central de la agencia en
La Habana y el autor del
libro Grandes
Alamedas, sino un
hombre que, como los
otros, sintió miedo
cuando los soldados
irrumpieron en la
oficina chilena.
No fue solo fue
reportero infaltable de
los viajes de Fidel por
el mundo entre 1980 y
1990, sino un “tipo”
—para decirlo en
argentino clásico— que
soñaba que el barbudo se
le sentaba cerca para
conversar
interminablemente.
Timossi hizo más
que reportar las cumbres
del Movimiento de Países
No Alineados y las tomas
de posesión de varios
presidentes: después de
agotadoras jornadas,
como la del ascenso al
gobierno de Collor de
Mello, el “flaco” hizo
sitio para que otro
colega que se quedaba
lejos descansara en su
habitación de hotel.
El periodista fue
mucho más que una figura
perseguida por los
estudiantes para lograr
entrevistas, sino
alguien que, aunque
atribuyó sus éxitos a la
suerte, supo decirles:
“ante todo deben estar
siempre olfateando,
buscando”. |