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Conocí a Timossi por
casualidad, una tarde en
que no quería entrar a
clase de Gramática en la
Facultad de Periodismo
de La Habana. Mis amigos
iban a una conferencia
sobre Rodolfo Walsh,
periodista argentino
asesinado en 1977. Me
uní a ellos para matar
el tiempo. Cuando
llegamos noté que el
ponente era también
argentino y que su cara
era muy curiosa,
extrañamente conocida.
La conferencia fue muy
buena, tomé nota casi
por instinto y descubrí
que Jorge, como le
llamaban sus compañeros,
en verdad no había
vivido la dictadura
porque estuvo en Cuba
casi desde el inicio de
la Revolución. Contó,
sin embargo, acerca de
sus inicios como químico
y de unas reuniones
bohemias a las que
asistía en Buenos Aires,
donde conoció a Juan
Gelman y a Joaquín
Lavado (Quino).
Creo que por eso me
interesé en Timossi, esa
semana descubrí que él
era Felipito. Una
entrevista que le habían
hecho en Bogotá
revelaba: no supo que
era el amigo de Mafalda
hasta años después,
cuando la caricatura
tuvo éxito mundial. En
ese momento le pidió a
Quino que confesara y
este lo hizo, con un
poco de risa y pena.
Unas semanas después fui
a otra conferencia de
Timossi, esta vez
autobiográfica. Obtuve
muchos datos, pero aún
con ellos fue difícil
tener valor para pedirle
que me dejara
entrevistarlo. Lo hice a
finales de noviembre,
una mañana en que llovía
mucho en el Vedado, una
zona de La Habana con
grandes casas de
principios del siglo XX.
Me presenté en su
oficina y dije mi
nombre, que venía de la
Facultad y que
necesitaba hablar con
él. Iba yo con pantalón
de mezclilla y una
camisa a cuadros enorme
que me hacía ver como
una niña tímida. Además,
mi cabello empapado no
ayudaba a mi aspecto.
Cuando la secretaria me
dijo que pasara tuve más
vergüenza por mi facha
que “timidez
periodística”. Aceptó
casi sin mirarme y sólo
objetó que no quería que
lo grabara, tendría que
anotar todo. Acordamos
la entrevista para el 6
de diciembre de 2005 a
las diez de la mañana.
Tenía poco más de una
semana para prepararme.
Fui directamente a la
escuela, busqué sus
datos en Internet y supe
que era fundador de la
Agencia de Noticias
Prensa Latina (PL),
amigo personal de Alejo
Carpentier,
vicepresidente del
Instituto Cubano del
Libro y Presidente de la
Agencia Literaria
Latinoamericana. Otro
dato muy relevante:
cuando ocurrió el golpe
militar en Santiago de
Chile en 1973, Timossi
fungía como director de
la oficina de PL, a
petición del propio
Salvador Allende.
En esos días casi no
salí de mi cuarto. Leí
21 libros suyos, de 23
que había publicado en
toda su carrera como
periodista, narrador y
poeta. La noche antes de
ir a verle, cuando hice
un listado de posibles
preguntas, noté que ya
tenía información
suficiente para escribir
una entrevista larga sin
muchas complicaciones.
El reto era entonces
tratar de que me dijera
lo que no había escrito
ni dicho antes a otro
reportero.
Fue muy difícil, al día
siguiente sólo pude
hablar con él poco más
de una hora, aunque lo
recuerdo como el primer
trabajo importante que
he escrito desde que
comencé a estudiar. En
su oficina había muchos
retratos pegados a la
pared, un libro de
Ignacio Ramonet
presidiendo la enorme
mesa redonda y llena de
papeles desde donde él
me observaba sonriente.
No vi ningún título bajo
su autoría en el librero
de la esquina. Para mí
quedaba una silla
minúscula que era como
un precipicio desde la
altura de mi metro con
sesenta y dos.
¿Por qué les pondrá a
los visitantes una silla
tan pequeña? Pensé en
todos los escritores que
pasarían diariamente por
allí. Chinos,
bolivianos, argentinos.
Él usaba pantalón de
mezclilla, camisa clara,
grandes espejuelos y una
enorme nariz arrugada,
como una zanahoria.
Al acercarme a Timossi
tuve la sensación de
hacerlo a la Historia
del continente, sin ser
parte de ella. Eso es lo
que él define como el
oficio del periodista.
Desde este anonimato de
reportero de agencia, su
pluma afilada ha
descrito por más de
cuarenta años desde el
cepillo de dientes que
fue diseñado para morir
de pie hasta el pan
dorado que está sobre un
trípode, redondo y
horneado, que es el
único signo de vida y
está en venta.
Su andar inquieto lo
llevó de Buenos Aires a
Bolivia, luego a Río de
Janeiro. Allí se integró
a la recién fundada
agencia de noticias
Prensa Latina. Ya en
1961 estaba instalado en
La Habana.
Después de esta etapa su
vida se convirtió en un
collage de imágenes del
mundo. En él se mezclan
Libia, Irán, Cuba,
Chile, Argelia, Bolivia,
Argentina. Fue el único
periodista
latinoamericano que
cubrió la caída del Sha
Reza Pahlevi en Irán,
levantó el cuerpo muerto
de Alejo Carpentier en
París, fundó la oficina
de Prensa Latina en
Indonesia, obtuvo el
Premio Internacional de
Periodismo, el Premio
Nacional José Martí y
una mención de poesía en
Casa de las Américas.
No hablamos nada de eso.
Al cuestionarle sobre el
periodismo, sobre la
vida, sobre la
militancia y el miedo,
me resultó más cercano,
como la lupa del
observador que se
inmiscuye, lo ubica y lo
interroga…
Sobre el oficio
Al cubrir un hecho
periodístico, ¿ha
sentido miedo?
El miedo mismo da la
fuerza, es el que mueve.
Cuando los soldaditos
entraron a la oficina de
PL en Chile después del
golpe de estado todos
teníamos miedo, pero
había que hacerlo. Aquí
el tímido se vuelve
audaz, hay que preguntar
siempre.
En su caso, que tiene
formación de químico y
no de periodista, ¿cómo
siente que los hechos le
aportaron destreza en su
profesión?
Yo tuve mucha suerte por
la oportunidad que tuve
de estar en ciertos
sitios con hechos
insólitos y muy
importantes en su
momento, ellos fueron la
mayor ayuda.
Muchos reporteros no
tienen esa oportunidad
de grandes hechos
históricos, ¿cómo ganan
ellos la destreza?
Ante todo deben estar
siempre olfateando,
buscando. Recuerda la
frase de Picasso –yo no
busco, encuentro. Mi
primer trabajo
periodístico fue hacer
una nota sobre un circo.
Fui cuarenta y pico de
veces, siempre me
parecía que faltaban
datos. Me hice amigo del
cuidador de elefantes.
Un día llegué y faltaba
la elefanta, pregunté y
me dijo que se había
muerto. ¿Y donde la
entierran? No la
entierran, la mandan a
la fábrica de jabón.
Entonces el primer
título fue: una elefanta
se convierte en una
pompa de jabón.
Entonces, ¿es un mito
lo de la fórmula mágica
para cubrir con éxito
una noticia?
Bueno, cuando el
Ayatollah Khomeini
terminó su exilio en
París y cogió un avión a
Teherán lo que yo tenía
que hacer era ir detrás
y eso hice. Eso me
permitió entrevistarlo a
él, a los otros
Ayatollahs importantes,
recoger los primeros
momentos de esa
revolución.
¿Y el conocimiento del
tema?
Bueno, uno debe siempre
intentar prepararse lo
más posible. En ese caso
yo estudié sobre esa
cultura, el Corán, la
religión chiíta que era
la de Irán y sus
diferencias con la
sunnita. Así cuando
llegué a Teherán tenía
un bagaje aproximado del
país y de la situación.
Los periodistas que no
tienen esa oportunidad
deben buscar en todas
las fuentes posibles.
Internet, libros,
revistas, con personas
que sepan o que hayan
estado en el sitio.
¿Qué sucede si uno se
enfrenta a una situación
de la que no tiene
conocimiento ni
oportunidad de
prepararse?
Lo enfrenta, lo mejor
posible. Me pasó cuando
estaba en Argelia de
corresponsal de PL. Me
mandaron a Libia para la
toma de poder y tuve que
ir sin tiempo de
prepararme. Estaba
parando algún camión o
algo que me llevara y
cuando me paró uno no
querían hablar más que
en árabe. Entonces hice
señas con las manos:
Estados Unidos, pulgar
abajo, Francia, igual,
Unión Soviética, abajo,
Cuba, pulgares arriba y
sonrisas por ellos. Me
sentí muy feliz, uno no
es capaz de imaginarse
lo que la gente sabe en
el mundo sobre Cuba.
Otra vez, estuve en una
entrevista no podíamos
saber quien era el
entrevistado. Nos
tapaban los ojos para
llegar al sitio y cada
periodista decía su país
y una pregunta. Cuando
dije Cuba al hombre le
brillaron los ojos. Al
finalizar se me acercó y
me dijo en francés, déle
muchos saludos a Fidel
Castro. ¿De parte de
quién? Le pregunté, pero
me dijo –no- , riéndose.
En este momento que
desempeña el cargo de
vicepresidente del
Instituto Cubano del
Libro y Presidente de la
Agencia Literaria
Latinoamericana, ¿cómo
compagina el trabajo de
oficina con el de
escritor? Escribo
siempre, no me permito
dejarlo. En un tiempo
libre, los fines de
semana, al menos dos
frases diarias, aunque
luego se rehagan, no se
puede dejar de escribir.
El resto del tiempo
olfateo.
Olfateo, dice, ¿y qué
puede ser noticia? Todo,
todo es noticia. ¿Y
dónde queda la polémica
entre qué es público y
qué es privado? Esos
límites los tienen que
poner la ética y los
principios de cada
periodista.
Su obra tanto literaria
como periodística
integra siempre las
palabras de cada región
¿Eso no va en contra de
una lectura en todo el
continente?
No, porque también es
información. Uno debe
saber dosificarlo para
que los lectores gracias
al contexto comprendan
el significado de esa
palabra.
En el caso de América
Latina, ¿por qué cree
que no se ha dado
conjuntamente una
revolución social aunada
a la revolución política
de inicios del siglo
XXI?
Porque ellos no tienen
un Fidel, tan abarcador,
tan integral.
¿Y cómo puede combatirse
la enorme
desinformación, la
monopolización de los
canales informativos en
estos países?
Con Telesur, el canal
latinoamericano que ha
promovido Chávez desde
Venezuela. Ellos son
ahora, aunque con un
medio distinto, lo que
fue PL cuando se fundó.
Pienso que seguirá
creciendo. Además se
complementa con las
radios alternativas que
ya existen en muchas
regiones. Es difícil,
pero para PL también lo
fue. Muchas veces nos
cerraron las oficinas
pero se buscaba, se
insistía, se abría por
otro canal.
Habla de una constancia
militante, como en la
época del Che. Si en
cada país existen
líderes, héroes, ¿por
qué él es cada vez más
popular?
Por la relación de sus
palabras con sus hechos.
Así fue siempre, porque
hay quienes dicen
palabras muy bonitas,
pero de ahí a los hechos
hay una gran distancia.
En él fue siempre lo
contrario.
Sobre el hombre
¿Ha soñado con Fidel
Castro?
Sí, he soñado que
conversamos mucho, que
está sentado conmigo.
¿Qué es Fidel hoy? El
gran estadista que
siempre ha sido, el gran
conductor, con una
cultura vastísima, como
ningún otro dirigente en
el mundo.
En su libro El 11-S y
la Gorda, ella
quiere irse para”la Yuma”
(Estados Unidos), pero
en sus alocuciones sobre
Fidel se ve un respeto.
¿Quiso resumir con la
Gorda la posición de las
personas que están en
contra del gobierno, o
simplemente quieren irse
de Cuba, y su visión de
Fidel?
Sí, de hecho en ella
está resumido. Fíjate
que hay una parte en que
ella dice –Fidel nunca
miente- existe ese
respeto incluso en ese
sector de la sociedad
cubana hoy.
Usted ha sido premiado
tanto por sus crónicas
como por sus poemarios.
Ante un hecho, ¿cómo ve
el periodista y cómo el
poeta?
Es indistinto, soy la
misma cosa, aunque cada
trabajo tiene sus
particularidades y
grandes diferencias en
el fondo están muy
unidos. Tenemos por
ejemplo a Saramago, sus
crónicas son tanto
periodísticas como
literarias y son
hermosísimas. Yo siempre
creo que lo peor que
puede pasarle a un
periodista es creerse
parte de la Historia,
pero un poeta no tiene
ese problema.
Si trata de respetar
ambos lenguajes, ¿por
qué los cuentos que ha
escrito en los últimos
años tienden a lo corto,
a lo cada vez más breve?
Creo que ahí sí es un
vicio que me ha dejado
el periodismo: quitar
palabras, resumir. De
todas formas no hay una
escuela para aprender a
escribir, uno puede ir a
la academia y que le den
algunas herramientas,
pero ahí solo se
empieza.
Volvemos a Timossi
periodista. Una vez
escribió: “aquí la
realidad es más grande
que nosotros mismos”.
Eso lleva a muchas
imágenes en las mentes
lectoras. Si tuviera que
hacer un collage de
imágenes que le quedan,
¿cuáles serían?
Hay muchísimas, todo el
día están pasan por mi
mente como una película.
Me veo caminando por el
desierto de Sudán, por
el desierto de Atacama,
recuerdo el olor de una
flor, el de una mujer.
¿Cuáles sensaciones
desagradables recuerda?
Hay algunas muy raras.
Por ejemplo, cuando voy
a Buenos Aires para ir a
una dirección tengo que
preguntar porque no sé
donde queda. Me siento
extranjero en el lugar
donde nací. Una vez iba
en un camión de Kenia a
Jartum, en cada parada
todos los pasajeros se
bajaban y se hincaban a
orar a Mahoma, entonces
tuve una duda
existencial: ¿Qué rayos
hago yo aquí?
¿Y las sensaciones
felices?
Cuando estaba en Santo
Domingo durante la
invasión norteamericana
soñé con las aceras
rotas del Vedado. Fue
muy real, cuando regresé
y las vi fue de lo más
feliz que me ha
sucedido. Cuando llegué
a La Habana después del
golpe de estado en Chile
en el 73. En viajes que
he hecho con Fidel.
¿Siempre relacionado al
trabajo?
Sí, casi siempre. El
trabajo es lo primero,
lo más esencial.
¿Por qué se hizo
ciudadano cubano?
(Abre los ojos, se ríe,
echa la barbilla hacia
delante y sale su voz,
dura, compacta, grave).
Por amor a Cuba.
¿A Cuba o a la
Revolución Cubana?
Mijita, ambas son
indisolubles.
Cuando dijo que ya era
hora de que
termináramos, me
preguntó de repente si
yo estaba enamorada.
Supongo que me sonrojé y
como defensa le devolví
una pregunta igual. Sin
que lo esperara, me
contó de un amor que
había ocultado por más
de treinta años, una
cineasta que conoció
cuando joven y con la
que vivía recientemente.
Me dijo que ahora era
feliz, que juntos
estaban plantando en su
casa un jardín. Sacó del
librero una alfombra
china que le habían
regalado. Una sorpresa
para ella, dijo, con una
expresión de ternura que
no había visto en él ni
en alguna de sus fotos.
Antes de salir le
advertí que recordaría
su cumpleaños porque era
el 6 de mayo,
exactamente un mes
después del mío. Cinco
meses después, el día en
que cumplió setenta
años, le envié un
girasol y las gracias.
El Felipito adulto,
finalmente, me había
dicho algo que no fue
impreso nunca antes en
algún libro ni
entrevista suya. |