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Mientras concluía el
proceso de grabación de
la música original para
la obra
Pinocho/corazón madera (próximo
estreno de Teatro de Las
Estaciones), cuya
partitura estuvo a cargo
de la compositora Elvira
Santiago, le oí decir
que nuestro Pinocho no
era el que ella soñó.
Asumo la responsabilidad
de ese criterio toda vez
que
cuando concluyó la
primera década del siglo
XXI, tuve como director
artístico de teatro para
niños y jóvenes la
certeza de que al
repertorio escénico que
hacemos le faltaba un
texto que hablara acerca
de la actual pobreza de
espíritu del mundo, de
su desprecio hacia la
naturaleza y, lo peor,
hacia los propios seres
humanos. Poseer cosas se
ha convertido en el
objetivo principal de
las vidas de muchos, en
vez de dedicarnos a ser,
y sobre todo a ser
mejores. Fue ese el
motivo principal que me
hizo subir nuevamente,
junto con mi equipo de
trabajo, al carromato de
la creación. Partir en
busca de una historia
que cautivara el interés
del público desde un
diálogo escénico
cómplice, lleno de
señales y caminos, de
guiños culturales y
populares en el que los
propios espectadores,
niños, adolescentes y
adultos se reconocieran.
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Pinocho/corazón
madera
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Pinocho, el
archiconocido muñeco
creado por Carlo Collodi
en el siglo XIX, fue el
personaje que vino como
anillo al dedo para
nuestra idea artística,
sobre todo por su
condición de títere —que
es decir sujeto raro,
paradójico, extraño— y
además porque el propio
cuento largo del autor
florentino es una
historia de penas y
alegrías, como la vida
misma tanto la infantil,
como la adulta, con
ansiedades de liberación
personal, amistad,
diferencia de clases,
quimeras.
Un pasaje tan afanoso no
se asume a medias, sino
con todos los elementos
posibles. Los agradables
y los punzantes: ¡vaya
problema!, sobre todo
porque no es común que
el teatro dedicado a los
infantes sea
precisamente agudo con
los conflictos de la
sociedad actual. No me
refiero únicamente a las
experiencias de nuestro
país, sino a las del
mundo todo.
¿Cómo construir un
espectáculo para los
pequeños espectadores,
que no sea
necesariamente amable,
pero sí atractivo; no
obligatoriamente
soñador, pero sí
entrañable? Sospecho que
esa intención de nuestro
rumbo creativo, comenzó
a distanciar a nuestro
Pinocho del sendero de
los sueños afables y
dulzones.
Pinocho/corazón madera,
el texto escrito por
Norge Espinosa,
exclusivamente para
Teatro de Las
Estaciones, está minado
de hermosura y reto. Al
concebir su pieza
dramática, Espinosa nos
sirvió un plato
exquisito y abundante,
preñado de sutilezas.
Siempre he preferido a
los autores que dan por
encima, pues eso nos
permite a los teatreros
ajustar la fábula
dramática en el montaje
que se verá en escena.
Si es teatro de figuras,
posibilita alcanzar la
palabra exacta de entre
tantas, como jardinero
que escoge lirios en un
jardín que exhibe rosas,
crisantemos y violetas.
Norge prometió
personajes que no serían
pálidos en su
comportamiento, y así ha
sido. Ninguno tiene una
conducta de las que se
reconocen como normales,
ni el viejo Geppeto ni
el Grillo Buena
Conciencia, mucho menos
el Hada Azul o el propio
Pinocho, las
personalidades estándar
nada tienen que ver con
la condición natural del
teatro de títeres.
A la historia del niño
de madera, se sumó la
nostalgia por la década
prodigiosa, donde los
jóvenes se reunían para
cantarle a la paz y al
amor, todos en contra de
la guerra. Tal parece
que los que vivimos
aquellos tiempos,
hubiéramos estado en un
cuento de hadas —con sus
entuertos y peripecias,
claro está—; “el
último cuento”,
como gusta de decir el
propio Norge Espinosa,
tiempo de las ilusiones,
más o menos alejados de
la impudencia y el
egoísmo de ahora mismo.
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Portada del
programa de la
obra Pinocho del
Teatro Nacional
de Guiñol en los
años 60 |
Nuestro Pinocho habla
del hombre y su destino,
de los anhelos más caros
del alma humana, ansias
que nunca serán
inaccesibles si se lucha
por ellas. No haremos
nuestro montaje desde
los cánones teatrales
acostumbrados, pero
tampoco desde la
pretensión atroz de
estar a la vanguardia.
Lo que hemos necesitado
para expresarnos, lo
hemos llevado al
retablo. Entiéndase la
palabra retablo como
espacio donde habitan
los títeres, sea un
parabán, una tela
suspendida o los propios
cuerpos de los
animadores-actores.
Entre referencias al
mundo de los cómics, el
cine de aventuras, los
dibujos animados y la
ópera, nuestro muñeco de
madera busca ser fiel al
tronco de pino italiano
de donde nació. Su
historia va acompañada
por mucha música.
Siempre el universo
sonoro será un
componente ideal para
escoltar los temas
difíciles, sobre todo si
conscientemente no
queremos aligerarlos de
tono. Por eso, a pesar
de su concepción onírica
personal sobre el niño
de larga nariz, Elvira
Santiago, creó una
música actual y a la vez
sugestiva, como cumplido
a grandes personalidades
del universo de las
armonías.
Nuestro Pinocho crece de
la inocencia al
aprendizaje, de la
enseñanza a la
interpretación propia
del mundo. Para nada
Pinocho/corazón madera
remeda la afamada
versión de Disney,
aunque parodia y cita al
filme norteamericano de
vez en cuando. Creo que
no hay nada errático en
desear algo distinto,
aunque luego sobrevenga
el fracaso o la
victoria. Lo que
realmente interesa es
arriesgarnos en una ruta
tentativa, dentro de un
mundo que se congela y
vulgariza de tan
moderno.
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Pinocho, según
Walt Disney |
La disyuntiva del ser o
no ser del Pinocho de
Teatro de Las Estaciones
se encamina a favor de
romper las convenciones,
las normas. El títere
sin hilos más famoso del
mundo busca en nuestra
puesta en escena una
libertad interior que
siente suya y que —aun
sin saber a ciencia
cierta su verdadero
valor— intuye necesaria
en su aspiración de
ocupar un espacio en la
vida. Lo que proponemos
desde las tablas es una
invitación a preguntarse
en que consiste la tan
ansiada felicidad.
Pinocho intenta dejar
en claro que es en ser
uno mismo, con o sin
dinero, con lujos
materiales o sin ellos,
perennemente inconformes
con la desidia, la
vacuidad y la ausencia
de valores que vive la
humanidad en nuestro
tiempo. Esta no será la
historia de un muñeco
que renuncia a su
esencia de leño para
convertirse en niño.
Esa transformación,
mediante la magia y la
fantasía literaria más
clásica, no es
definitivamente el
Pinocho con que soñamos.
Todos hemos sido alguna
vez, durante el
transcurso de nuestros
avatares vitales, como
el personaje de Collodi.
Es hora de despertar del
apacible y acartonado
sueño, e intentar, desde
nuestras
posibilidades, la
transformación y mejoría
de un mundo hambriento
de auténticas utopías. |