La Habana. Año X.
7 al 13 de MAYO de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 
Sobre el proceso de montaje de Pinocho/corazón madera,
de Norge Espinosa, por Teatro de Las Estaciones
Este no es el Pinocho que yo soñé
Rubén Darío Salazar • Matanzas
Fotos: Cortesía del autor

Mientras concluía el proceso de grabación de la música original para la obra Pinocho/corazón madera (próximo estreno de Teatro de Las Estaciones), cuya partitura estuvo a cargo de la compositora Elvira Santiago, le oí decir que nuestro Pinocho no era el que ella soñó. Asumo la responsabilidad de ese criterio toda vez que cuando concluyó la primera década del siglo XXI,  tuve como director artístico de teatro para niños y jóvenes la certeza de que al repertorio escénico que hacemos le faltaba un texto que hablara acerca de la actual pobreza de espíritu del mundo, de su desprecio hacia la naturaleza y, lo peor, hacia los propios seres humanos. Poseer cosas se ha convertido en el objetivo principal de las vidas de muchos, en vez de dedicarnos a ser, y sobre todo a ser mejores. Fue ese el motivo principal que me hizo subir nuevamente, junto con mi equipo de trabajo, al carromato de la creación. Partir en busca de una historia que cautivara el interés del público desde un diálogo escénico cómplice, lleno de señales y caminos, de guiños culturales y populares en el que los propios espectadores, niños, adolescentes y adultos se reconocieran.


Pinocho/corazón madera

Pinocho, el archiconocido muñeco creado por Carlo Collodi en el siglo XIX, fue el personaje que vino como anillo al dedo para nuestra idea artística, sobre todo por su condición de títere —que es decir sujeto raro, paradójico, extraño— y además porque el propio cuento largo del autor florentino es una historia de penas y alegrías, como la vida misma tanto la infantil, como la adulta, con ansiedades de liberación personal, amistad, diferencia de clases, quimeras.  

Un pasaje tan afanoso no se asume a medias, sino con todos los elementos posibles. Los agradables y los punzantes: ¡vaya problema!, sobre todo porque no es común que el teatro dedicado a los infantes sea precisamente agudo con los conflictos de la sociedad actual. No me refiero únicamente a las experiencias de nuestro país, sino a las del mundo todo.

¿Cómo construir un espectáculo para los pequeños espectadores, que no sea necesariamente amable, pero sí atractivo; no obligatoriamente soñador, pero sí entrañable? Sospecho que esa intención de nuestro rumbo creativo, comenzó a distanciar a nuestro Pinocho del sendero de los sueños afables y dulzones.  

Pinocho/corazón madera, el texto escrito por Norge Espinosa, exclusivamente para Teatro de Las Estaciones, está minado de hermosura y reto. Al concebir su pieza dramática, Espinosa nos sirvió un plato exquisito y abundante, preñado de sutilezas. Siempre he preferido a los autores que dan por encima, pues eso nos permite a los teatreros ajustar la fábula dramática  en el montaje que se verá en escena. Si es teatro de figuras, posibilita alcanzar la palabra exacta de entre tantas, como jardinero que escoge lirios en un jardín que exhibe rosas, crisantemos y violetas. Norge prometió personajes que no serían pálidos en su comportamiento, y así ha sido. Ninguno tiene una conducta de las que se reconocen como normales, ni el viejo Geppeto ni el Grillo Buena Conciencia, mucho menos el Hada Azul o el propio Pinocho, las personalidades estándar nada tienen que ver con la condición natural del teatro de títeres.

A la historia del niño de madera, se sumó la nostalgia por la década prodigiosa, donde los jóvenes se reunían para cantarle a la paz y al amor, todos en contra de la guerra. Tal parece que los que vivimos aquellos tiempos, hubiéramos estado en un cuento de hadas —con sus entuertos y peripecias, claro está—; el último cuento, como gusta de decir el propio Norge Espinosa, tiempo de las ilusiones, más o menos alejados de la impudencia y el egoísmo de ahora mismo.


Portada del programa de la obra Pinocho del Teatro Nacional de Guiñol en los años 60

Nuestro Pinocho habla del hombre y su destino, de los anhelos más caros del alma humana, ansias que nunca serán inaccesibles si se lucha por ellas.  No haremos nuestro montaje desde los cánones teatrales acostumbrados, pero tampoco desde la pretensión atroz de estar a la vanguardia. Lo que hemos necesitado para expresarnos, lo hemos llevado al retablo. Entiéndase la palabra retablo como espacio donde habitan los títeres, sea un parabán, una tela suspendida o los propios cuerpos de los animadores-actores.

Entre referencias al mundo de los cómics, el cine de aventuras, los dibujos animados y la ópera, nuestro muñeco de madera busca ser fiel al tronco de pino italiano de donde nació. Su historia va acompañada por mucha música. Siempre el universo sonoro será un componente ideal para escoltar los temas difíciles, sobre todo si conscientemente no queremos aligerarlos de tono. Por eso, a pesar de su concepción onírica personal sobre el niño de  larga nariz, Elvira Santiago, creó una música actual y a la vez sugestiva, como cumplido a grandes personalidades del universo de las armonías.

Nuestro Pinocho crece de la inocencia al aprendizaje, de la enseñanza a la interpretación propia del mundo. Para nada Pinocho/corazón madera remeda la afamada versión de Disney, aunque parodia y cita al filme norteamericano de vez en cuando. Creo que no hay nada errático en desear algo distinto, aunque luego sobrevenga el fracaso o la victoria. Lo que realmente interesa es arriesgarnos en una ruta tentativa, dentro de un mundo que se congela y vulgariza de tan moderno.  



Pinocho, según Walt Disney

La disyuntiva del ser o no ser del Pinocho de Teatro de Las Estaciones se encamina a favor de romper las convenciones, las normas. El títere sin hilos más famoso del mundo busca en nuestra puesta en escena una libertad interior que siente suya y que —aun sin saber a ciencia cierta su verdadero valor— intuye necesaria en su aspiración de ocupar un espacio en la vida. Lo que proponemos desde las tablas es una invitación a preguntarse en que consiste la tan ansiada felicidad. Pinocho intenta dejar en claro que es en ser uno mismo, con o sin dinero, con lujos materiales o sin ellos, perennemente inconformes con la desidia, la vacuidad y la ausencia de valores que vive la humanidad en nuestro tiempo. Esta no será la historia de un muñeco que renuncia a su esencia de leño para convertirse en niño.
 

Esa transformación, mediante la magia y la fantasía literaria más clásica, no es definitivamente el Pinocho con que soñamos. Todos hemos sido  alguna vez, durante el transcurso de nuestros avatares vitales, como el personaje de Collodi. Es hora de despertar del apacible y acartonado sueño, e intentar, desde nuestras posibilidades, la transformación y mejoría de un mundo hambriento de auténticas utopías.
 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.