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Agradezco mucho al
colectivo de La
Jiribilla el
privilegio de haberme
escogido para pronunciar
unas palabras de
reconocimiento a
Ambrosio Fornet (que me
tendrá que perdonar que
lo llame indistintamente
Pocho — se me va a
escapar, lo sé) y a
Fernando Martínez, con
motivo de haber sido
galardonados con el
Ángel de la Jiribilla,
nada menos que en el
10mo. aniversario de la
publicación.
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Fernando
Martínez
Heredia, José Luis
Fariñas y
Ambrosio Fornet
en la entrega de
los Ángeles de
la Jiribilla |
Pocho nació alrededor de
siete años antes que
Fernando, en 1932, en
Veguitas, cerca de
Bayamo, cuando en
Alemania ascendía el
nazismo. Y Fernando en
Yaguajay, el mismísimo
año en que Hitler
lanzaría a la Wermacht a
la invasión de Polonia.
Veinte años después, en
1959, al triunfo de la
Revolución Cubana,
Fernando vivía, como yo,
la salida reciente de la
adolescencia. En tanto
Fornet, con 27, iba
delante, más dentro de
la generación de
intelectuales que nos
precedió, más aptos
entonces para entender
los porqué de las
"Palabras a los
intelectuales", que
nosotros —yo, al menos—
tuvimos que releer para
calar en toda su
profundidad. Y releer de
nuevo a la vuelta de los
años para percatarnos de
las distorsiones de la
hermenéutica y la
necesidad del rescate de
su sentido esencial.
La generación de Pocho
encontró sus medios
representativos de
expresión en Lunes de
Revolución y Casa
de las Américas, en
tanto nosotros, que
veníamos ligeramente
atrás, aunque muy cerca,
sacaríamos la cabeza en
El Caimán Barbudo
y en Pensamiento
Crítico, cuando los
60 enrumbaban su segundo
quinquenio.
Los años 60, tan
decisivos, nos juntamos
temprano Fernando y yo,
y otros, en aquella
escuela tan típica del
momento, que nosotros
mismos bautizamos,
felizmente, con el
nombre de Raúl Cepero
Bonilla. Escuela algo
disparatada para los
cánones pedagógicos al
uso, pero que nos dejó
muchísimo: tanto de lo
que debía quedar en
nosotros, como de
sospechas acerca de lo
que tendríamos que
superar. Y de ahí
pasamos a aprender
enseñando.
Por eso, a Fernando
Martínez lo he conocido
más, hemos discutido
más, juntos hemos hecho
más cosas. Pero Pocho
nunca nos fue extraño,
ni a Fernando ni a mí.
Todo lo contrario, me
atrevería a decir que
siempre lo sentí, (creo
que puedo afirmarlo en
plural, lo sentíamos)
como uno de los de los
que con más acierto
lograba acercar a ambas
generaciones.
Lo percibí así desde la
primera mitad de los 60,
por sus artículos en la
polémica sobre el cine,
y sobre la creación
artística y literaria en
el socialismo, en los
cuales su lucidez y
claridad sobresalían.
Pero lo que nos acercó
fue el libro. Y hablar
del libro, del libro en
Cuba y del libro, en el
plano más general, es
hablar desde Gutenberg
hasta Pocho.
Recuerdo nuestros
primeros encuentros en
los predios de René Roca
Machuli cuando hacía
Ambrosio su intensa vida
de editor en la Editora
Nacional, creo que a
mediados de los 60, en
el edificio de la Gran
Logia Masónica de Carlos
III y Belascoaín. A
veces lo recuerdo junto
con Edmundo Desnoes,
Oscar Hurtado y otras
plumas literarias de la
época. Algunos de
nosotros, sobre todo
Fernando Martínez,
colaborábamos con la
recién nacida Edición
Revolucionaria, donde la
suerte de contar con la
gerencia de Rolando
Rodríguez nos iba a
permitir dar a conocer
el pensamiento de
Gramsci, de Lukacs, de
Gordon Childe, de
Charles Wright Mills y
de muchas otras cabezas
decisivas, antes que el
medioevo vernáculo
proscribiera la
heterodoxia.
Creo que fue en esa
misma inclinación
editorial, no una
inclinación editorial
cualquiera, sino aquella
en la que compartíamos
en priorizar calidad
literaria, relevancia
ideológica, rigor
académico, espíritu
crítico y sentido de
trascendencia, que
convergieron también
Pocho y Fernando. Y con
Pocho y Fernando la
identidad de la
generación de un
momento, que fundía la
escasa distancia
temporal. Momento que no
es instante, por tal
constatación, momento
que puede acercarse a
una década, porque lo
determina la
coincidencia de
enfoques, la coherencia
y el compromiso y no las
convenciones
cronológicas.
Se trata, en el fondo,
de dos pensadores,
término que puede
parecer impreciso; pero
no hay aquí imprecisión
por vaguedad, sino por
la amplitud alcanzada
por la mirada de estos
dos personajes. Algo de
aristotélico hay en
ellos.
Fernando desde un
dominio temprano, y
siempre creciente y
axial de la historia, en
todas las expresiones de
su pensamiento:
filosófico, sociológico,
económico. Lo cual le ha
permitido una asociación
excepcional de la
comprensión de nuestro
pasado y nuestro
presente, y el
privilegio de una
hondura crítica
singular. Fue un Premio
Nacional de las Ciencias
Sociales muy bien
merecido porque la
relevancia de su obra
para hoy y para mañana
es excepcional.
Ambrosio, más
acaparador, ostenta el
Premio Nacional de
Edición, y el de
Literatura. Sin embargo,
no lo creo suficiente,
pues le cabría por la
profundidad de su
pensamiento y su
valentía política,
serena pero firme,
ostentar también el de
la ciencia social.
Quiero recordar aquí
unas líneas —no muchas—
de un texto suyo,
incidental como puede
parecer la simple
presentación de una
revista. Cito palabras
del lanzamiento del No.
4 de la revista Temas,
el 25 de abril de 1996:
“Alguien contaba que
hace años, viendo la
escasa reflexión teórica
que suscitaban los
cambios operados en la
sociedad, a un viejo
profesor, desesperado,
le dio por virar al
revés la famosa
Undécima tesis…:
‘Hasta hoy no hemos
hecho más que
transformar el mundo’,
decía. ‘De lo que se
trata es de
interpretarlo’. El
chiste contiene un grano
de verdad, porque lo
cierto es que no hay
nada más práctico que la
teoría: sin
‘interpretar’ el mundo
no es posible
transformarlo, por lo
menos en la dirección
que nos interesa […]
“A nosotros —la mayoría
de los intelectuales de
mi generación— se nos
fue la vida intentando
definir y consolidar el
proyecto revolucionario
en el terreno de la
cultura, y ahora se nos
va la vida tratando de
salvar, para las nuevas
generaciones, lo que ese
proyecto tiene de
irrenunciable, a nuestro
juicio. Hay que
reconocer que la tarea
es difícil. Una
ideología —o, en sentido
general, una visión del
mundo— no se ‘hereda’:
se conquista. Dicho en
otras palabras: una idea
solo se hace convicción
cuando se conquista. Y
para que ese proceso de
apropiación orgánica se
cumpla, tiene que haber
debate, contradicciones,
aclaraciones, dudas […]
“Como intelectuales
revolucionarios tenemos
que reivindicar no solo
el derecho a
equivocarnos sino
también el derecho a
tener razón, más allá de
las inevitables
coyunturas […]”
La Jiribilla,
en esta década, ha
sabido colocarse ya en
la avanzada como el
órgano más
representativo de la
frescura de la joven
inteligencia
revolucionaria, y su
Ángel de la Jiribilla,
en manos de Pocho y de
Fernando, me parece
significativo de una
comunión indispensable.
Esta generación del 2000
no ha escatimado espacio
a ambos autores.
Fernando es responsable
de 54 textos publicados
desde el No. 18. El
maestro Fornet, con 48
le sigue de cerca los
pasos. Uno y otro,
revisteros, uno y otro
editores, ensayistas,
pensadores, como en el
recién nacido Instituto
Cubano del Libro en la
segunda mitad de los 60,
se vuelven a juntar en
La Jiribilla, con
participación prolija,
con la preocupación
centrada en poner en
manos de la juventud su
sabiduría acumulada, sus
dudas, sus miradas
críticas y sus alertas.
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"A la obra de toda una
vida" se le suele
dedicar estos premios,
aunque yo preferiría
llamarles: "A lo mucho
que nos han dado ya"
porque para toda una
vida espero que les
quede un largo camino
por andar.
5 de mayo de 2011 |