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Por los mismos días en
que el espacio
Fábrica
de Arte dedicaba una
jornada sabatina en
Pabexpo a resaltar la
vitalidad del pop
cubano, llegaba a
nuestros oídos una
propuesta que de algún
modo venía a reforzar
esa dimensión de uno de
los fenómenos más
polémicos y a la vez más
entronizados en el gusto
popular de los jóvenes y
no tan jóvenes
habitantes de la Isla.
Porque si de pop se
trata —y dejo para otro
momento la pertinencia o
no de utilizar un
término tan abarcador
que puede diluirse en la
nada—, el consumo masivo
es un hecho, en medio de
criterios sobre la
producción doméstica que
van desde los que a
ultranza defienden la
existencia de una
expresión autóctona
hasta los que ven (o
mejor dicho, escuchan)
solo un epigonismo
oscilante entre lo que
ofrece el mercado
anglosajón y los
ejemplos más conspicuos
y arrasadores del
mercado latino.
En todo caso la entrega
que gloso a
continuación, pasa por
los tópicos del pop
latino, pero termina
yéndose por la tangente.
Hablo del disco Lo
que vale de ti,
ópera prima de Ariel
Cubría, un habanero que
irrumpió como
guitarrista en la escena
musical capitalina de
los 90 como guitarrista
grupero, que en el orden
personal se sentía
afiliado a los aires
trovadorescos más
renovadores.
Como otros compañeros de
su generación, Ariel dio
el salto a finales de la
citada década a España,
pero mientras la
expresión trovadoresca
de Habana Abierta
culminaba su primer
ciclo allá, el
guitarrista y compositor
se situaba como un
outsider y dirigió
su mirada hacia el jazz.
Razones sentimentales lo
llevaron a Argentina y
fue en esa nación
sudamericana donde
maduraron sus
fundamentos estéticos
musicales, al cerrar el
primer decenio del nuevo
siglo con una entrega
discográfica
interesante, en la que
saldó cuentas con los
deberes que arrastraba
en su formación y se
planteó la búsqueda de
un lenguaje personal.
Este se advierte al
margen del ropaje
tímbrico y rítmico que
lo emparientan con la
medianía del pop latino
más consistente,
aportado por músicos
sudamericanos y la
colaboración inteligente
del tecladista
norteamericano Bob
Telson. En los giros
abolerados de algunos
temas y las tensiones
melódicas que se
plantean en otros
siempre para sostener un
discurso poético directo
y transparente, se
presiente un sello que
cuaja definitivamente en
canciones como “Lo que
vale de ti”, “Círculo
vicioso” y “Calles
oscuras”, esta última
quizá la de mayor
alcance por la sutileza
con que recrea, hacia la
sección final, la
tradición yoruba.
Ahora Ariel Cubría
enfrenta un nuevo reto:
el mismo amor que lo
llevó a Argentina —formó
familia con la
diplomática eslovena
Katia Biloslav, por
cierto, una de las más
agudas y comprometidas
conocedoras de la
realidad cubana en esa
nación a orillas del
Adriático—, lo ha
deslazado hacia
Liubliana, sin que por
ello pierda ni un ápice
de cubanía. Tiene la
perspectiva desde allí
de internacionalizar su
carrera, eso sí, siempre
afincado a sus raíces.
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