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Conjuntamente con la
obra María Antonia,
de Eugenio Hernández
Espinosa, un verdadero
clásico del teatro
cubano, puede verse en
el Teatro Mella de la
capital la exposición
Otra mirada a la escena,
muestra que incluye 25
carteles de espectáculos
teatrales nacidos del
talento del diseñador
Santos Toledo.
Fueron “muchas las
motivaciones” que tuvo
Santos Toledo para armar
esta muestra que —según
afirmó en entrevista
exclusiva para La
Jiribilla— es,
también, un homenaje a
su maestro: Esteban
Ayala.
“Cuando se estrenó
María Antonia en
1967, el maestro Ayala
hizo el cartel de la
obra, que es muy hermoso
y que en lo personal
siempre admiré. Por otro
lado, tuve la
oportunidad de asistir a
ese estreno, ver la
magnífica actuación de
Hilda Oates y tener esa
gran comunicación con mi
maestro.
“Pasaron los años, y en
este 2011 se repone
María Antonia, y
tengo el privilegio de
que me soliciten hacer
un nuevo cartel. Con
esta versión se quiere
rendir tributo a ese
gran director que fue
Roberto Blanco y a todo
el colectivo que tuvo
bajo su responsabilidad
aquella primera y
memorable puesta en
escena, entre los que se
encontraban —además de
Roberto Blanco y la
Oates— creadores y
artistas tan relevantes
como Leo Brouwer, Manuel
Mendive, Tito Junco,
Rogelio Martínez Furé,
María Elena Molinet,
Manolo Barreiro, Magaly
Boix, Miguel Benavides,
Samuel Claxton, Isaura
Mendoza, Alicia Mondevil,
Elsa Gay, Lázaro Ross,
Jesús Pérez, Andrés
Cortina, Santiago
Alfonso y el Conjunto
Folclórico Nacional.
Todo esto me impulsó a
hacer un homenaje muy
personal y merecido a
Esteban Ayala. Me fui a
la Biblioteca Nacional y
solicité el cartel
—digitalizado— que
realizó en 1967, lo
restauré y es el que
preside, junto al mío,
esta exposición.”
¿Sobre qué bases realizó
la curaduría, es decir,
cuál fue el criterio de
selección de los
carteles?
Primero trabajé con los
carteles que existen y
están conservados;
segundo, tuve que tener
en cuenta los colores
porque en el lugar
priman los rojos y los
negros, y los carteles
tienen que formar parte
de ese entorno —es como
si fuera una
ambientación—. La
curaduría y la
museografía no tienen
grandes complicaciones.
Lo interesante es
mostrar esos carteles,
¡los que existen!
Desde el punto de vista
práctico, ¿cuáles son
los mecanismos que
funcionan a la hora de
crear un cartel para
teatro?
Para concebir un cartel
para teatro hay que,
primero, hacer un
trabajo de mesa.
Generalmente, el
director es quien
solicita el trabajo de
un determinado
diseñador, es decir, se
hace por encargo. El
director o el autor ―a
veces son la misma
persona― te dice qué es
lo que quiere expresar
con la puesta y luego
uno tiene que sentir la
obra.
Por ejemplo, cuando me
propusieron hacer
Chicago, lo primero
que me vino a la mente
fue el jazz y el
ambiente que lo rodea;
luego Tony Díaz, el
director de la compañía
El Público, me comentó
qué quería con la
puesta, cómo la iba a
enfocar, y esa mirada
del director se
complementó con un
ensayo —si hay algunos
elementos de vestuario
ayuda mucho igual que la
escenografía, al menos
ver bocetos—. Con toda
esa información uno hace
un resumen de la misma
manera que con un disco
o un libro.
Ha realizado
aproximadamente 500
carteles, de ellos unos
70 para teatro, ¿con
cuál ha quedado más
complacido?
Con unos cuantos. Cada
obra es distinta y cada
cartel tiene su valor.
Cuando comenzó su
carrera de diseñador,
las herramientas eran
muy diferentes a las
actuales, ¿cómo se da su
tránsito personal hacia
el mundo de la
computación?
El surgimiento de la
computación,
indudablemente, fue un
momento de choque porque
aún estaba vigente la
técnica de “recorta y
pega” y comenzaba el
mundo digital, aunque no
con el desarrollo de
hoy.
Estoy hablando de los
inicios de la década de
los 90, instante en que
se aceptaban originales
con “recorte y pega” y
también digitales. Ahí
fue cuando me dije: ¡no
me voy a quedar atrás!,
y por otro lado nos
llegaban trabajos
realizados en otras
partes del mundo y me
daba cuenta de que con
la técnica de “recorta y
pega” era muy difícil
lograr esos resultados.
Por ejemplo, hacías tu
boceto en rojo y
amarillo, e
inmediatamente te
preguntabas: “¿cómo
quedará rojo y verde?” o
“¿cómo quedará azul y
magenta?”. Había solo un
camino: volver a hacer
todo el boceto de nuevo;
sin embargo, con la
computadora solo se
trata de apretar una
tecla.
Naturalmente, eso
facilita mucho la
realización de la obra y
había que asumir la
computación como
herramienta, pero el
trabajo de mesa lo
continúo haciendo. Hay
creadores que se sientan
en la computadora y
comienzan a diseñar
directamente en la
pantalla: yo no; hago
mis layout
(bocetos), mis garabatos
y luego, con ese
material, me siento ante
la pantalla en blanco.
Son indiscutibles las
facilidades de la
computación, pero no se
puede perder de vista
que la idea es lo
esencial.
Por ejemplo, me voy a
referir al cartel de
Plácido: en la obra
se refleja la
Conspiración de la
Escalera, y me dije:
“quiero a Plácido
desnudo, pero que los
latigazos sobre su
cuerpo sean tipografías
para sugerir su
profesión de escritor”.
Le hice la foto al actor
y lo cubrí con
tipografía
ensangrentada. Si no
está clara la idea, no
puedes llegar a ese
resultado.
¿Cómo fueron sus
inicios?
Mi vínculo con el mundo
de las artes nació a
partir de los días en
que —siendo muy joven—
cumplí con el Servicio
Militar Obligatorio
donde me hice
planchetista. Esta es la
persona que tiene la
responsabilidad de
reflejar los itinerarios
en una plancheta, y se
hace colocando al revés
la información, algo que
tiene su encanto dentro
de la vida militar. Esa
manera de trabajar se
asemeja al linotipo, con
las cajas de letras y
con la forma de imprimir
creada por
Johann Gutenberg
en
1450.
Por ejemplo, uno va a
hacer un cartel en
directa o un texto en
directa, entonces la
letra hay que leerla al
revés para imprimirla
luego al derecho: se
imprime de un lado hacia
el otro. Aunque son
cosas diferentes, el
trabajo como
planchetista me entrenó
para leer al revés;
también comencé a
estudiar el diseño
lineal y me hice
proyectista. Recibí un
curso de dibujo
cartográfico y
topográfico. Esa era mi
base y las poquísimas
herramientas con las que
contaba. Cuando concluí
mi compromiso con el
Servicio Militar,
comencé a trabajar en el
Instituto Cubano del
Libro (ICL).
¿Esa fue su primera
escuela profesional
relacionada con el mundo
de la gráfica?
Entré al Instituto como
realizador y empezaron a
aparecer las
oportunidades para hacer
algunas ilustraciones
—siempre
tuve facilidades para el
dibujo—;
tuve la inmensa suerte
de empezar a trabajar
con los maestros Esteban
Ayala, Raúl Martínez y
los hermanos Alpízar,
quienes eran reconocidos
en el mundo de las artes
gráficas. Estuve con
ellos como realizador y
aprendí muchísimo.
El trabajo del
realizador consiste en
hacer un boceto a mano y
luego realizarlo para la
imprenta. Por ejemplo,
si era a un color se
hacía una sola plancha y
si era en cuatricromía
se hacían los cuatro
negativos que eran en
magenta, azul, negro y
amarillo. Con esos
cuatro colores se
formaban todos los demás
y, luego, uno lo tenía
que ir separando
—igual
que se hace con los
dibujos animados—.
Ahora, con las técnicas
de computación, a ese
trabajo se le dice “por
capas”.
El trabajo del
realizador es técnico,
pero también artístico y
permite ir aprendiendo a
preparar las ideas. En
ese momento, era muy
joven y estaba
absorbiendo todo lo que
me brindaban de manera
absolutamente
desinteresada; aún no
puedo dejar de
agradecer. En el año
1971, comencé a hacer
mis propios diseños de
carteles porque antes ya
había realizado algunas
portadas de libros.
Es decir, comienza a
transitar por la esfera
del libro y luego se
abre la puerta del
cartel. ¿Qué le aportó
el trabajo en el mundo
editorial?
Según mi opinión, la
diferencia del libro y
el cartel es el formato.
Es decir, el libro se
trabaja en 8 ½ x 11 o 5
x 7, que son tamaños
pequeños, y el cartel se
concibe en un formato
mayor: es la única
diferencia porque la
portada de un libro
tiene que tener un
mensaje como lo tiene
que tener un cartel.
¿Quiere decir que los
códigos del cartel son
similares a los del
libro?
Exactamente, pero el
libro es más severo o,
quizá, más exquisito,
porque no puedes pasarte
de una medida
—aunque
hay que reconocer que el
mundo de la computación
ya ha permitido ciertas
licencias—.
Pero, una caja
tipográfica no puede
pasar de más de 30 picas
o de cinco o seis
pulgadas porque es
incómodo a la hora de la
lectura… los terminales
de los párrafos hay que
tenerlos en cuenta y,
tal vez, en un cartel se
puede ser más atrevido.
De todos los libros
hechos por usted, ¿por
cuál tiene un recuerdo
especial?
Hubo un libro titulado
Las obras escogidas
de Sigmund Freud,
que fue un verdadero
reto: se puso en
concurso y se convocó a
un grupo de diseñadores.
Raúl Martínez, quien
tenía que elegir, no
encontraba la portada
adecuada. Yo ―que
entonces era muy joven―
había entregado tarde el
trabajo y cuando llegó a
manos de Raúl dijo:
“¡ah, pero esto es otra
cosa! ¿Quiénes son los
autores de estos
diseños?”: había
entregado tres y eso da
la medida de que no
estaba formado aún,
porque eran tres estilos
diferentes. Raúl escogió
el que entendió mejor y
a partir de ahí comencé
a trabajar con él como
realizador. Ese libro me
abrió una gran puerta.
Cuando la temática de un
libro es tan complica y
especializada como en el
caso específico de
Las obras escogidas de
Sigmund Freud, ¿cómo
es que se llega a la
portada adecuada?
Hay que estudiar las
notas al libro,
analizarlas, entenderlas
y ―si es posible― leer
todo el original,
entrevistar al autor
para conocer qué es lo
que quiere ―el diseñador
está en la obligación de
complacerlo sobre todo
en los libros de
textos―. Hubo un volumen
titulado Horticultura
cubana,
de Guenko Guenkov
que, obviamente,
tenía una temática muy
compleja y tuve que
entrevistarme con el
autor ―apoyado por un
traductor―. Recuerdo que
hicimos un hermosísimo
trabajo de mesa y
preparé los 14
capitulares. De ahí
saqué una gran lección
que se encargó de darme
mi maestro Esteban
Ayala: “un diseñador
siempre tiene que tener
una idea fija y no deben
hacerse 14 diseños
diferentes para un mismo
libro, sino defender un
principio único con
variantes”. Ese libro
también me marcó porque
lo hice completo y digo
esto porque en otras
oportunidades había
hecho solo la portada.
¿Qué se siente al ver el
libro publicado?
Sinceramente, me parecía
mentira que hubiera
hecho eso y me dio mucha
fuerza para continuar
trabajando; me dije:
“esto es lo que quiero,
esto es lo que me gusta,
¡sirvo para esto!”.
¿Cómo llega el cartel a
su vida?
Reconozco que
estaba y aún estoy muy
influido por la estética
de Ayala ―que era un
magnifico tipógrafo―,
quien utilizaba la
tipografía como elemento
de comunicación, y mis
diseños eran muy
tipográficos. Se convoca
a un concurso para
homenajear al Che y
alguien me dice:
“¡lanzaron un concurso,
pero seguro a ti no te
interesa porque es muy
difícil hacer un cartel
con este tema usando la
línea que empleas”.
Sinceramente, aquello me
picó e hice un cartel
tipográfico para el Che
y ¡obtuve el Primer
lugar! Esa experiencia
me sirvió para entender
que con la tipografía
uno puede hacer lo que
quiera, que es un arma
tremenda aunque se
pueden usar otras
herramientas.
La tipografía tiene una
personalidad muy
definida y su lenguaje
propio. Por ejemplo, la
que se usa para un
cartel de un reguetonero
no es igual a la que se
emplea para el ballet
Giselle porque son
manifestaciones
distintas y no
funcionaría. Cada
tipografía tiene su
significado y su
leyenda.
Además del libro y el
cartel también ha
trabajado mucho la
esfera del disco…
El disco lo veo,
simplemente, como otro
formato. Durante la
época en que se
producían los discos de
pasta, hice varios para
las orquestas Aragón,
Irakere, Los Van Van, y
al llegar la era
digital, también he
continuado este trabajo.
Recuerdo un precioso CD
que nació luego de un
concierto en vivo en el
Teatro Mella a cargo de
Xiomara Laugart con el
que obtuve el Premio de
la Feria Internacional
del Disco, Cubadisco.
También he trabajado
mucho el llamado cartel
de artista que ―en
cuanto a formato― es
igual, pero tiene otras
especificidades porque
hay que reflejar la
personalidad del artista
que se está
promocionando. Todo es
más focalizado.
También ha trabajado
mucho en la imagen de
festivales y eventos…
¡Muchísimos!, pero
especial cariño les
tengo a los festivales
dedicados a Beny Moré,
al Son, a los Coros y a
la imagen del Cubadisco.
Esencialmente, mi
trabajo ha estado
vinculado con el mundo
de la cultura y eso me
hace muy feliz porque es
el espacio donde he
crecido como diseñador:
la vida me ha llevado
por ese camino y lo he
seguido con gran
satisfacción.
¿Cuál es el cartel que
no ha hecho y que le
gustaría hacer?
Me quedan unos cuantos
todavía por hacer, pero
me siento muy conforme
con lo que he realizado.
No obstante, me
encantaría trabajar en
algo para el cine porque
aún no he tenido esa
oportunidad; solamente
he preparado un cartel
para un documental. Nada
más.
Según tengo entendido,
usted también ha hecho
importantes
ambientaciones en Cuba y
fuera de la Isla.
¿Existe algún punto de
contacto entre esa
especialidad y el mundo
de la gráfica?
Sí. Un ejemplo es el
Jazz Café, de La Habana.
Cuando me llamaron para
hacer la ambientación, me
informaron que aquel
lugar maravilloso se iba
a convertir en un
espacio para vender
hamburguesas. No tengo
nada en contra de las
hamburguesas, pero al
llegar a ese sitio con
vista al mar ―y con la
mirada que tengo desde
el diseño― comenté que
era ideal hacer allí un
club de jazz. La idea
prendió inmediatamente y
me dijeron que hiciera
una propuesta. Con esto
quiero decir que cuando
un diseñador ve unos
paneles, lo que observa
es una pared, un cartel
o una portada de libro;
es decir, es un formato,
pero de distintos
tamaños. Tiene que
componer de acuerdo con
su aire, con su balance,
con su contrabalance: es
la misma técnica que, al
menos yo, utilizo lo
mismo para hacer un
cartel, que un libro,
que una ambientación.
Son los mismos códigos.
Ha trabajado en
ambientaciones en
España, Hungría y
México, entre otros
países. ¿Le ha resultado
interesante esta labor
fuera de la Isla?
Sinceramente ha sido muy
cómodo y me he sentido
muy cubano haciéndolas.
Todos los trabajos fuera
de Cuba han sido en
lugares vinculados con
mi patria y
promocionando a mi país:
ahí ha estado el sol, el
colorido de esta Isla y
el movimiento que nos
caracteriza. Creo que he
logrado captar ese
espíritu de lo que
llaman “lo cubano” y lo
he plasmado fuera de
fronteras. Igual, me
siento muy contento con
el resultado.
¿Cómo ve el cartel para
teatro cubano?
El cartel tiene una
buena salud, lo que
sucede es que, como
sabemos, existen muchas
limitaciones económicas
y la impresión de un
cartel es muy cara
―solo
se hace un original y,
¡con suerte!, una tirada
corta―.
Muchas veces se cuenta
con un color, y las
máquinas disponibles
están prácticamente en
desuso. Pero, insisto,
la cartelística está muy
bien porque hay gente
muy joven con excelentes
ideas, que trabajan con
nuevos códigos y hacen
cosas muy inteligentes e
interesantes.
Pero el cartel de teatro
como memoria de un hecho
cultural creo que debe
de tener mayor atención…
Tengo que reconocer que
esa memoria se ha ido
perdiendo a pesar de
que, históricamente, en
Cuba existió un fuerte
movimiento del cartel
para teatro. Ahora me
viene a la mente ese
magnífico cartel del
maestro Rolando de Oraá,
de la obra ¿Quién le
teme a Virginia Wolf?:
ese cartel no se ve en
ninguna parte. Igual
pasa con el que hizo
para la zarzuela
Cecilia Valdés el
maestro Ayala, y con
muchos otros como los
realizados por Villita
―recientemente
fallecido y Premio
Nacional de Diseño del
Libro Raúl Martínez,
2009.
Sería muy bueno que
existiera un lugar fijo
que, a manera de
colección permanente,
mostrara esos trabajos
que se han hecho para el
teatro. En el fondo,
este desconocimiento del
cartel se debe a que
existe la tendencia de
no ver al diseño gráfico
como un arte, sino como
algo técnico, lo cual es
un grave error.
¿Planes?
En cuanto a ambientación
tengo un local que se va
hacer en Varadero
dedicado a la Década
Prodigiosa y estoy
trabajando intensamente
en esos bocetos; si todo
fluye, se comenzará a
implementar a fines de
este año. Por otro lado,
me hicieron el encargo
del cartel de El
jardín de los cerezos,
que es una obra que se
estrenará en la sala El
Sótano a cargo del grupo
de teatro Rita Montaner,
eso será en unos 15
días, ya poseo la idea
de fundir el limonero
con la caña de azúcar…;
además, con el grupo
Mefisto Teatro estoy
preparando Canción de
Rachel, de Miguel
Barnet, y adelanto que
Tony Díaz está haciendo
un trabajo magnífico de
puesta en escena. Me
siento muy motivado con
esta labor y también
estoy involucrado en una
exposición dedicada al
Centenario de Bola de
Nieve (Ignacio Villa),
que será para
septiembre.
OPINIONES SOBRE LA OBRA
DE SANTOS TOLEDO
José Gómez Fresquet,
“Frémez”.
Artista de la plástica
“Conjugando las más
recientes posibilidades
del diseño gráfico
internacional, con
elementos de raigal
cubanía, donde
sobresalen el colorido
armonioso de nuestro
paisaje y el equilibrio
entre las formas
utilizadas, Santos
produce un nuevo
concepto cartelístico,
que se distingue por su
valor comunicativo y
calibre estético.”
Jesús Gómez Cairo. Musicólogo
“Santos Toledo es el
artista plástico que más
ha enaltecido la música
cubana con sus
magníficas imágenes. El
conjunto de su obra
total es enorme, pero
dentro de ella destaca
muy especialmente el
amplio segmento que ha
dedicado a la temática
musical, aunque no solo
por su cantidad,
principalmente por el
tino de autenticidad y
la belleza de su visión.
Con Santos Toledo se
aprende a ‘ver’ nuestra
música.”
José M. Villa (Villita).
Premio Nacional de
Diseño del libro Raúl
Martínez, 2009
“Cuando Santos Toledo se
decidió por el cartel,
la cartelística cubana
ganó uno de sus mejores
cultores, su obra
profesional sólida y
efectiva es digna
heredera de la tradición
del Cartel cubano. En él
se da el saber hacer y
hacer bien.”
Pedro Quiroga. Periodista
“Santos vuelve a
sorprendernos, esta vez
con una muestra que se
vale del
arte digital como
vehículo para fusionar
en él diversas
manifestaciones de las
artes visuales: la
pintura, el grafiti, el
grabado y la fotografía.
Transgrede las barreras
de lo (pre)establecido y
juega con las
transparencias, las
texturas, el color sepia
y la tipografía textual
en un conjunto de piezas
que, lejos de la
anarquía, revelan otra
dimensión espacial donde
el hecho plástico cobra
autenticidad, sugiere
destreza, marca la
síntesis. Es evidente su
afán indagativo y el
encuentro de nuevos
derroteros para encausar
esa inquietud creativa
que lo ha convertido en
Maestro del diseño
gráfico.”
Teodoro Herrera.
Periodista
“Cada muestra personal
de este artista de la
plástica constituye una
escalada superior de su
fértil imaginación. Hoy
como ayer, lo patentiza.
Refleja, por así
decirlo, ese sentimiento
íntimo y sincero de
Santos hacia el legado
de Beny Moré: el
Bárbaro del Ritmo.
Cubanía, por encima de
cualquier aspecto,
refleja la exposición en
la que la figura del
lajero mayor arrebata y
se acrecienta. Santos
Toledo es mesurado en el
color en esta ocasión.
El sepia le aporta el
sendero de unión en su
fantasía del recuerdo,
donde el Beny se mueve
dentro de caracoles,
música, grabaciones,
bastones, sombreros,
victrolas… en constante
movimiento hasta llegar,
de manera plena, a una
modernidad del Sonero
Mayor, como si estuviera
cantando en este 24 de
agosto de 2009, por sus
90 años. Experimentación
artística que se aprecia
como un espectáculo
lleno de una voz
inolvidable.
“Santos hace revivir al
Beny a su imagen y
semejanza. Todo arte.
Todo
Música.” |