La Habana. Año IX.
2 al 8 de ABRIL de 2011

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José Tejedor
Josefina Ortega • La Habana

Confieso que en mis días de juventud, tal vez para no desentonar en el grupo, alegaba que el bolero me decía muy poco. Lo consideraba asunto de bares y cantinas, de amores contrariados…, y nada más lejos de mis preferencias de entonces.

Sin embargo, los bolerones de Tejedor, como yo les llamaba no me resultaban del todo indiferentes con su agridulce sabor. Las razones eran varias. Siendo alumna de Preuniversitario le escuché cantar “en vivo y en directo”  en animadas tertulias junto a su inseparable amigo Luis, en casa de la compositora y cantante Terina Martín.

Su estilo, matizado por una gran sensibilidad, no se le parecía al de nadie. Y pese a su fama, se mostraba una persona sencilla, amable y afectuosa. Recuerdo que no se dio ni un solo trago, dicen que abrazaba una forma de cristianismo que se lo prohibía.

Su programa Tejedor en la Tarde, que se transmitía, si la memoria no me falla, todos los días por la radioemisora COCO, era de los más escuchados, y tanto que se mantendría en el dial con el favor del público durante 20 largos años.

Pero creo que lo que más influyó en mis sentimientos favorables hacia su música, pese a que todavía el bolero no contaba con mi atención, fue, como bien dice el amigo Amado del Pino, que: “Nadie como Tejedor cantará aquello de “Me abandonaste en las tinieblas de la noche / y me dejaste sin ninguna orientación”, ni entonará el llamado al respeto por el amor, el romance de complicidad con los amantes que estalla cuando su voz, entre límpida y gruesa informa: “Porque tu amor es mi espina/ por las cuatro esquinas hablan de los dos / que es un escándalo dicen…”

Nacido en el barrio habanero de Santos Suárez, en agosto de 1922, lo cierto es que José Tejedor Sibates llegaría a convertirse con el paso del tiempo en una figura indispensable de la música romántica en Cuba.

Por supuesto, no todo sería un lecho de rosas para este destacado compositor, guitarrista e intérprete desde que en 1937 se presentó en el programa radial La Corte Suprema del Arte de la CMQ, donde, según cuentan, pese a su indiscutible talento, pasó sin pena ni gloria.

Su condición de negro, pobre y ciego en una sociedad racista conspiraba contra su sueño artístico. Pesaba más de 250 libras. Pero su vocación musical era innegable, y su entusiasmo contagiaba al más indiferente.

Con todo, uno de los sucesos que más influirían en su desarrollo artístico tuvo lugar, a mi parecer, cuando unió su voz a la de Luis Oviedo.

Años después, al reflexionar sobre el tema, el músico Senén Suárez, afirmó:

“Luis Oviedo siempre cantó con voz de falsete y no de segundo, como se ha comentado, quiere decir, una tercera o una cesta sobre la voz prima. También es correcto decir que él interpretaba la mitad de la obra sobre lo que cantaba Tejedor y el dúo resultaba muy agradable.”

En 1959, ya como cantante profesional, Tejedor realizó sus primeras grabaciones, que fueron todo un éxito en las victrolas del país.

El dúo se presentó en bailes populares y en centros nocturnos. La radio también le abrió sus puertas no así la televisión, donde, es de lamentar, pocas veces aparecieron.

Con la popularidad del ciego que cantaba de forma tan maravillosa los boleros y en especial, los boleros morunos, la disquera Areito también lo contrató para grabar. Lo mismo, la casa Siboney.

Sus discos se vendían como pan caliente: "En las tinieblas", “Escándalo”, “Como nave sin rumbo”, “Pasión sin freno”, “Llora corazón”, “Mi Magdalena”…

Para muchos, su arte era un misterio.

Como escribiera Amado del Pino: “Aquel negro gordo y ciego hizo soñar, recordar y llorar dulcemente a dos o tres generaciones”.

Murió en La Habana en noviembre de 1991.

Hoy apenas se le recuerda.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.