La Habana. Año IX.
26 de MARZO
al 1 de ABRIL de 2011

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Los jóvenes y la trayectoria
de la consternación en el cine cubano
Joel del Río • La Habana
Fotos: Cortesía de Gerardo Chijona

Boleto al paraíso, y las recientes Chamaco, Larga distancia y Casa vieja (de algún modo también José Martí, el ojo del canario) nos recuerdan que la temática juvenil es una de las pocas con similar preeminencia en el cine cubano a la racialidad y el machismo. En consonancia con el espíritu epocal predominante aparecieron los filmes colmados de jóvenes heroicos, absolutamente afines al proceso revolucionario, ávidos por entregarle lo mejor de su esfuerzo e inteligencia, como puede percibirse en el entusiasmo de los principales personajes que pueblan películas importantes de los primeros 30 años del ICAIC como El joven rebelde, Manuela, El brigadista, Guardafronteras, Tiempo de amar, Una novia para David, Lejanía y Clandestinos. Todas estas películas aspiraban, de algún modo, a divulgar valores positivos, la ética del hombre nuevo, a partir de los paradigmas conductuales propios de los jóvenes que hicieron la Revolución, o que participaron activamente en su afianzamiento, en los años 50 y 60.


Boleto al paraíso

Uno de los primeros puntos de giro en esta dramaturgia sobre la juventud vinculada a la épica, el heroísmo y la construcción de un mundo nuevo aparece en Clandestinos (1988), de Fernando Pérez, que se inspiró en hechos y personajes reales pero acertó a desmitificarlos, puesto que interesaba sobre todo el relieve íntimo, los deseos e impulsos particulares de quienes estaban dispuestos a sacrificarlo todo por dignificar la nación. Menos épica y mucho más intimista sería la segunda película de Fernando Pérez, Hello Hemingway (1990), en la cual se verifica en el argumento, con toda claridad, la disyunción entre los anhelos individuales de la joven protagonista y las corrientes sociales que intentan convocarla. Larita establece un paralelo entre su vida y la del escritor norteamericano vecino de ella, pero se distancia de metas ideológicas o programas políticos.

La misma intención de acentuar lo individual, privado y sentimental aparece en la comedia retro Una novia para David (1985), debut de Orlando Rojas, que revisa los conflictos, las ilusiones y conductas de un grupo de jóvenes becados a finales de los años 60, entre los cuales hay un joven que se enfrenta a la presión del grupo y rompe con prejuicios machistas generalizados. En la segunda película de Orlando Rojas, Papeles secundarios (1989), el núcleo del conflicto sigue siendo la pugna al interior de un grupo con intereses similares, en este caso un colectivo teatral, sin embargo, se declara abiertamente la lucha abierta entre las generaciones mayores y los jóvenes deseosos de imponerse. Hay varias actrices que se debaten por los mejores personajes de Réquiem por Yarini, pero la imagen de la juventud se matiza con la crítica al meretricio y la carencia de escrúpulos, pues la película presenta el supuesto relevo juvenil escindido en actitudes que incluyen el interés egoísta, la corrupción y el tráfico de intereses. El guion presentaba a tres generaciones de mujeres marcadas en diferente medida por la acción del poder: la directora del grupo, una mujer ambiciosa y sin escrúpulos; la joven arribista, dispuesta a hacerlo todo por llegar donde quiere, y la generación intermedia, con un pasado traumático que se evidencia en “la culpa” que paga Mirta cargando con suspicacias políticas de todo tipo, solo por haberse quedado en Cuba cuando su pareja había decidido emigrar.

Papeles secundarios le ponía colofón a uno de los grandes temas predominantes en el cine cubano en la década de los años 80, porque la nueva generación, el relevo juvenil y su búsqueda de un lugar satisfactorio en la sociedad aparecieron en el cine cubano mediante Se permuta (1983), de Juan Carlos Tabío, y Los pájaros tirándole a la escopeta (1984), de Rolando Díaz, dos comedias citadinas de sátira costumbrista que presentaba a los jóvenes en abierto conflicto de intereses con sus mayores. Auténticos muestrarios de las contradicciones generacionales resulta el cine de Juan Carlos Tabío, particularmente Se permuta y Plaff, pero también Lista de espera y El cuerno de la abundancia, en todas las cuales se respira la confianza en los de menor edad para renovar y mirar hacia adelante. Por ejemplo, en Se permuta el personaje de Rosa Fornés (uno de los primeros empeños por presentar un personaje femenino contemporáneo que no es agente de cambio social sino ejemplo de mentalidad acomodaticia y pequeño burguesa) fue contrarrestado por la hija (interpretada por Isabel Santos), una estudiante de Arquitectura con vocación dubitativa pero al final nítidamente proletaria. Plaff ofrece similar contraposición de actitudes entre suegra y nuera, la primera cerrada a cal y canto en su intolerancia, doble moral, sus esquemas y su temor a toda transformación, mientras que la muchacha representa una generación franca, activa, ávida de logros e innovaciones constantemente saboteadas por los burócratas de turno o mentalidades impermeables a la dialéctica.

Aunque aparecieran atrapados en la red de prejuicios y opiniones heredados de sus padres y abuelos, los protagonistas de estas películas cubanas ochenteras se las arreglaban para imponer sus naturales exigencias de flexibilidad e independencia, al tiempo que manifestaban sus anhelos de renovación y el cuestionamiento. Así ocurre no solo en Se permuta y Los pájaros tirándole a la escopeta, sino en otras comedias contemporáneas como En 3 y 2 y Como la vida misma, De tal Pedro tal astilla y Plaff o demasiado miedo a la vida, En el aire y Vals de La Habana Vieja; La vida en rosa y Venir al mundo. En la próxima década se adentran, naturalmente conectadas con las temáticas del decenio anterior, Alicia en el pueblo de Maravillas y Adorables mentiras, las cuales expresan diferentes niveles de la lucha y del relevo generacional, en el marco social y familiar, donde resultaba fuente de conflictos la dinámica acción de los jóvenes en contra de ancestrales prejuicios y dogmas retardatarios.

Como es posible percibir en la enumeración anterior, la aparición de los problemas generacionales va in crescendo a lo largo de una serie de títulos, desde Los pájaros tirándole al a escopeta y Se permuta hasta Plaff, Papeles secundarios y Alicia en el pueblo de Maravillas, pero en todas se alerta sobre la presencia y las exigencias de jóvenes concentrados en sí mismos, en sus relaciones amorosas e interpersonales, en busca del reconocimiento y el éxito personal, pero a veces desconectados del éxito o el fracaso del proyecto social, colectivo, como aparecen los personajes jóvenes de Madagascar, La vida es silbar, Suite Habana y Madrigal, todas dirigidas por Fernando Pérez, tal vez el cineasta cubano dedicado con mayor asiduidad a examinar el papel de los jóvenes en la sociedad.

El cine de los años 90 presentó, entre otros hallazgos, una perspectiva de comprensión hacia los jóvenes aunque se aparten del proyecto social de la Revolución y decidan emigrar, y al unísono, refuerza la crítica a los errores de las personas mayores que representan el poder o la moral caduca. Particularmente Alicia en el pueblo de Maravillas presenta demoledora sátira de la desorganización, la incompetencia, el cinismo y el acomodamiento de algunos dirigentes, el estado de vigilancia y delación entronizados, todo ello constatado por la joven instructora de arte que arriba a un pueblo cuyos hábitos demenciales la agobian y excluyen.

En aquella última década del siglo XX, con su carga de decepciones y naufragios, la que aportó conflictos no solo generacionales, o con determinados burócratas, sino de absoluto despego, o de incomprensión, respecto a lo que está ocurriendo al interior de la nación. Aunque la joven instructora de arte en Alicia en el pueblo de Maravillas todavía parece comprometida con el mejoramiento de su entorno, y arremete contra quienes desgobiernan e instauran el predominio de la mentira y la doble moral, aparece paulatinamente una nueva actitud de desencanto y amargura.

Los jóvenes que protagonizan películas de los años 90 como Madagascar, Fresa y chocolate, La ola, Amor vertical y La vida es silbar, y también los personajes principales de Nada, Noches de Constantinopla, Miradas, Video de familia, Entre ciclones, Frutas en el café, Barrio Cuba, Chamaco, Larga distancia y Boleto al paraíso, que pertenecen a las siguientes décadas, aparecen distanciados, enajenados, aplastados y desesperanzados, o indiferentes, respecto a la realidad sociopolítica y al proyecto mancomunado de eficacia colectiva. Debe decirse, no obstante, que algunos de estos títulos proponían el espacio de realización de la solidaridad, de los sueños, de la integridad personal, del sacrificio y el desprendimiento, o del aferramiento a experiencias individuales como el sexo, en tanto paliativos a tanta decepción y falta de alicientes o expectativas.


Boleto al paraíso

Madagascar y La ola aluden con franqueza poética a las razones que empujan a muchos jóvenes hacia la emigración o el exilio interior, mientras que Arturo Sotto en Amor vertical (1997), Humberto Padrón en Video de familia (2001), Juan Carlos Cremata en Nada (2001) y Viva Cuba (2006), o Humberto Solás en Barrio Cuba (2006) también se dedican a develar algunos orígenes de la frustración y el desencanto, al tiempo que postulan la posibilidad, e incluso la necesidad, de una reconciliación, en el marco de los valores espirituales, filiales, entre los cubanos de adentro y de afuera, entre los jefes de la familia y los más jóvenes.

Juan Carlos Cremata en Nada (2001) y Juan Carlos Tabío en Lista de espera (2000), se aplican a exponer —con un dejo final de confianza en los poderes regeneradores de la juventud altruista— los desafueros, las erosiones y el caos impuestos por el período especial.  Menos campantes, al punto de que la sonrisa buscada se convierte en mueca de ira o cansancio, Entre ciclones (2003, Enrique Colina) y Frutas en el café (2005, Humberto Padrón) manifiestan una suerte de inventario de miserias morales, actitudes marginales, irresueltas confrontaciones generacionales y transacciones con el decoro a que obligan las circunstancias. 

El decenio que se instaura en 2011 presenta un personaje juvenil que no solo ha perdido las ilusiones y renuncia a su capacidad redentora en términos sociales y colectivos, sino que además se aparta por completo de las plataformas programáticas del hombre nuevo y parece abocado a la desintegración, el pesimismo e incluso la crisis existencialista. Larga distancia, Chamaco y Boleto al paraíso están protagonizados por hombres y mujeres que, a pesar de su juventud, parecen sumidos en la impotencia, victimizados por las complejas circunstancias, inermes ante el cerco de miseria moral y decadencia material. Los últimos reflejos que ha ofrecido el cine cubano sobre el estado anímico de la juventud distan de todo convencionalismo tranquilizador, aunque los ignorantes sigan vociferando que nuestras películas padecen de oficialismo y propaganda política. La realidad de las pantallas está desbordando toda generalización esquemática y reductora.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.