La Habana. Año IX.
26 de MARZO
al 1 de ABRIL de 2011

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Por amor al Amor y a la Vida
Yo soy el médico
Hilario Rosete • La Habana
Ilustración: Óleo póstumo, sin título, de Arturo Suárez Cobián, fallecido por sida
Fotos: Cortesía de autor

“Me enterraré en tus entrañas,
y el mundo me olvidará;
es doloroso tu abrazo,
pero yo quiero ser pan.”

“Zamba del grano de trigo”

“¿Qué es lo que he hecho? ¡Sobre todo trabajar y ocuparme de los pacientes!”, se preguntó y respondió a sí mismo Lorenzo Jorge Pérez Ávila, vicedirector del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK) en la presentación de su libro Sida: confesiones a un médico (Editorial Lazo Adentro, La Habana, 2006).

Bajo de estatura y grande de genio, dirigente, durante 12 años, del Sanatorio de Santiago de las Vegas [SSV (Los Cocos)], Jorge Pérez está entre las autoridades sanitarias que desde 1983 se prepararon para la detección de los primeros infectados por el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en Cuba —hecho que se produjo a finales de 1985— y que desde entonces combaten la epidemia en el país haciendo de tripas corazón para redimir a los enfermos del estigma del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) y evitar que este se constituya en un grave problema de salud en la Isla.

Aparte de la capacidad que tendría Jorge para escribir, y de la probabilidad de que alguien costeara la edición de Sida: confesiones..., su publicación fue un deseo largamente soñado y compartido por él con personalidades y amigos: “El texto no surgió de la nada”, explicó, “escribí cartas o hablé con mis pacientes cara a cara y guardé escritos, grabaciones, pruebas de mis nexos con ellos; ahora es una realidad, pero en el entretanto vivió y se conformó en mi mente, a la espera de que le dedicase el tiempo que él necesitaba”.

El tiempo, el implacable, le permitió a la postre tornarse en testigo-escribano, y para ello igual le concedió la suerte de rodearse de un grupo de espíritus, femeniles y fuertes, que le animaron a realizar su sueño: la sexóloga Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual; la editora Jacqueline Teillagorry, de la Casa Editora Abril; las doctoras María Isela Lantero y Rosaida Ochoa, directoras del Programa de Prevención y Control del VIH/sida, y del Centro Nacional de Prevención de las ITS/VIH/sida, respectivamente, y su compañera, la farmacéutica Maricela Trueba, que hoy cumple misión internacionalista en la República de Angola. Con todo, una cosa es con guitarra y otra con violín:

“Fue un encargo difícil”, se sinceró. “He escrito capítulos de libros de texto, decenas de informes, conferencias y artículos científicos, pero nunca un volumen de este corte; decidí empezar por dos historias, se las leí a los más cercanos, y al notar su interés seguí adelante, tan pronto como pude, redactando, y cabeceando, entre las 11 de la noche y las dos de la madrugada, sin poder librarme de reservas que me hacían dudar del valor de la obra.”

Fueron recelos vanos. Sida: confesiones... es un libro de importe profesional, social y ético, y le asiste por añadidura el raro valor del altruismo: su staff trabajó de forma voluntaria, gratis; el título es un regalo para los que se ocupan de la prevención y control de las infecciones de transmisión sexual, el VIH y el sida por amor al Amor y la Vida... ¡Feliz Día de los Enamorados!

UN FRUTO COLECTIVO

¿En qué momento Sida: confesiones... entró en la recta final?

Con la entrada a su equipo de la editora Jacqueline Teillagorry, mujer de un desinterés sin límites; con paciencia se leyó las primeras historias, le gustaron, aunque luego no dejaría de “enderezarlas”, ¡para eso están los editores!, y comenzamos a trabajar. Con posterioridad se nos sumó el diseñador Alexander Carcedo, estudiante del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), un joven talento.

Fue Jacqueline la que propuso ilustrar la tapa con el óleo póstumo de Arturo Suárez, un paciente mío que se infectó por VIH y falleció de sida años después, en 2003; la pintura es simbólica; los cuerpos desnudos, sin rostro, recordarían que el síndrome no es propio de nadie; el contagio del VIH, germen de la enfermedad, también es una infección de transmisión sexual, y suele adquirirse cuando en la cima del deseo corremos a desvestirnos y sostenemos relaciones desprotegidas; el ser humano portador del VIH no tiene una sola cara, fácil de identificar: ni el VIH ni el sida hacen excepción de personas.

Para ilustrar las presentes páginas de Alma Mater, Jacqueline de nuevo propuso una obra de Arturo que él me regaló antes de enfermarse; semeja un ojo omnividente, y el propio Arturo llegó a decirme, juicio grato y simpático, que lo asociaba con mi facultad para presentir los estados de ánimo y salud del prójimo, y realizar diagnósticos clínicos certeros. 

A la hora de escribir, ¿cuáles fueron sus grandes presupuestos?

Quise reconocer a los que apoyaron la lucha contra el sida en Cuba, presupuesto que fue una presunción: la lista de personas es interminable y como dijo el doctor Luis Estruch, profesor titular de la Escuela Latinoamericana de Medicina, tendría que escribir otro tomo para reconocerlas a todas. Asimismo, reflexioné sobre cómo agenciármelas para que el libro comunicara enseñanzas, ofreciera consejos o entrañara moralejas. Cuando entré en contacto con el mundo del sida, estaba lejos de ser la persona que soy. De entonces acá, aprendí mucho, sobre todo de mis pacientes; pensé que tenía la obligación moral de compartir dichas enseñanzas con otras personas, que los demás también tenían derecho a cultivarlas. 

Todo aprendizaje tiene un costo, ¿cuál fue el suyo?

Pude escribir este libro porque antes sufrí con mis pacientes y, en honor a la verdad... (se emocionó, hizo una pausa, tragó saliva y dominó su turbación), ¡sufrí bastante con algunos! Lo que uno no quiere para sí, tampoco debe quererlo para los demás; por eso siempre traté de estar a su lado, de evitarles que se enfermaran, padecieran o fuesen discriminados; tengo una deuda de gratitud con ellos, por lo que me enseñaron y confiaron, y los admiro por lo que han debido soportar. Gracias a que conversamos, lloramos y sufrimos juntos, y a que pude describir sus sentimientos, estamos aquí. A varios de ellos les mostré los originales y los hice partícipes de la redacción; ellos pasaron sus ojos y sus manos por estas hojas; para respetar su individualidad, los nombres propios se cambiaron, lo que importan son los hechos, no los nombres, y a la hora de la revisión algunos me dijeron “ese no es el nombre que a mí me gusta, prefiero este”... El libro es una obra colectiva. 

CUESTIÓN DE HUMANIDAD

Si bien Arturo aseguraba que usted tenía “ojo clínico”, la escritura de Sida: confesiones...  probó que usted también sabe escuchar —cosa distinta de saber oír.

Hay una frase célebre, “el mejor conversador es el que mejor escucha”; pero la esencia del asunto no está en callarse para que el otro hable, sino para escucharle con atención, de modo que luego podamos recordar lo que dijo. Al final “no van lejos los de buena memoria si los de atrás escuchan bien”. Hace un momento les comenté que logré escribir el libro porque antes sufrí con mis pacientes; tendría que agregar que pude hacerlo porque también supe escucharlos, y debería confesar que cuando participo de cualquier actividad en calidad de oyente, de alumno, de subordinado, suelo aprenderme los contenidos ejercitándome en esa escucha atenta, “con los cinco sentidos”.  

Según nuestras indagaciones, muchos lectores se han visto reflejados en el libro.

Esa era la idea, que la gente sienta que una parte o zona de su vida está contada aquí, que se vea retratada en los personajes y que el retrato le ayude a conocerse mejor, a intuir errores, a precisar aciertos y desaciertos, a saber qué, cómo y cuándo, a evitar riesgos. Se habla de conducta responsable, en ocasiones vemos ingeniosos spots por la televisión, pero las personas no se miran en ellos porque no siempre reflejan su verdad. Esperamos que el libro propicie cambios de vida, de comportamiento de los seres humanos con los seres humanos, de actitud de la gente respecto de la infección por VIH, el sida, los seropositivos y los enfermos, de conducta de unos seropositivos con otros. En esa línea, el texto tendría un vaya usted a saber qué; quizá la diferencia estaría en el punto de mira; quisimos poner al ser humano en el eje de la narración; el hombre es un ser social, vive en sociedad; no cabría en nosotros discriminar a nadie; pero se nos olvida, y nos la pasamos excluyendo a los demás por su carácter, su color, su preferencia sexual... 

Los prejuicios son más dañinos que el propio VIH.

Probar esa verdad fue otro de mis presupuestos. La discriminación, el estigma y el miedo solo pueden herir. Algunos creyeron que todo el sida, y con él todo el desamor, estaba en Los Cocos; pero yo repetía que en el sanatorio solo residían los seropositivos conocidos, que en su mayoría eran personas de gran sensibilidad, y que afuera, a la buena de Dios, deambulaba un número de “serodesconocidos”... El sida, atención con esto, es un conflicto humano, y como tal debemos abordarlo; para entender y atender todo lo que el sida entraña, debemos ser, ante todo, mejores seres humanos: ¡ese ha sido mi propósito! Desde que me pidieron que me ocupara del sanatorio, desde que puse un pie allí, lo primero que hice fue abrirles las puertas de mi oficina y de mi corazón a todos los pacientes, y también al personal médico especializado y de servicio; por encima de lo profesional debía primar la humanidad; así empezó mi aprendizaje; toda esa historia está en el libro. 

CAMINANDO EN LA LUZ

La obra igual reseña los pormenores de la detección del primer infectado cubano.

Fue un oficial que cumplió misión y contrajo el VIH en África; fue detectado a fines de 1985. Ningún especialista del país había estado nunca en el dilema de notificar semejante dictamen, pero no podíamos violar las normas de la ética médica. Aunque desconocíamos cuál sería su reacción y hasta temíamos que al enterarse el hombre se dejase llevar por un impulso y cometiese una locura, tenía derecho a saber su diagnóstico. Yo mismo me asusté cuando le di la noticia; pero bueno, él respondió con pertinencia. 

Usted habló del sanatorio, una de nuestras instituciones de salud más vituperadas.

Nunca se sabrá cuán bueno fue fundarlo; mientras estudiábamos el auge de la infección y la enfermedad, les garantizábamos a nuestros pacientes un servicio de salud de óptima calidad y condiciones decorosas de vida tanto en vivienda, como en alimentos; su consolidación coincidió con la entrada de Cuba en el período especial, pero el país no escatimó tiempo o recursos ni para el sanatorio, ni para el programa de prevención y control. La política seguida en la Isla referente al sida ha sido útil; el conjunto de acciones regidas por ella reporta frutos: hablo del estudio de casos, los controles, los seguimientos, los chequeos a las embarazadas, el arte de tratar la infección por VIH como una enfermedad más de transmisión sexual. Sin embargo, en los primeros momentos fuimos censurados. En ocasiones, acompañados por este o aquel otro compañero, incluso por pacientes, asistimos a conferencias internacionales donde fuimos literalmente atacados. Recuerdo una reunión a la que acudí con el doctor Terry; yo hacía una presentación oral, y Terry tuvo que ponerse duro con un increpador. Lo interesante es que con el paso del tiempo, esta persona se convirtió en amigo de Cuba, conoció la realidad insular, y se enamoró del programa cubano. 

Muchos se preguntan cómo es que Cuba presenta tales logros.

¿Y cómo no los tendría, si empezó a trabajar e hizo lo que debía hacer desde antes que llegara la infección a la Isla? Cuba ha tenido dos fortalezas: una, insisto, la voluntad política, el empeño personal del Jefe de la Revolución y del Estado de apoyar la lucha contra el VIH y el sida, factor que facilita y simplifica las cosas, y dos, la audacia de quienes han dirigido el mencionado programa nacional: muchas son las personas que han puesto su grano de arena en las esferas de la epidemiología, la dirección, la prevención y control, la educación, el trabajo social y la atención médica. Esto es lo que ha engrandecido y le ha dado eficacia al programa. Cuando uno camina por el mundo, ve otras realidades, comprende que aún con nuestras deficiencias, estamos a años luz de otros países. 

CARISMA Y CARIÑO

Al final, el trabajo de prevención es hoy día la gran y única cura del sida.

Es lo que todos deducimos de la XVI Conferencia Internacional sobre el sida celebrada en Toronto (Canadá, agosto de 2006). El mundo enfrentaría el síndrome aún por largo tiempo. Los trabajos para la obtención de la vacuna se hallan en cierto stand by; el VIH tiene una gran capacidad de resistencia y mutación, ya se conocen múltiples subtipos que exigen gamas de recombinantes para lograr la respuesta antigénica esperada; todavía desconocemos muchas cosas; las armas de la prevención, con el condón en y a la cabeza, constituyen la única forma eficaz de evitar la infección. 

Jocosa y realista manera la suya de hablar sobre el condón... Pero díganos,  ¿Sida: confesiones... tendrá segundas partes o una pronta segunda edición?

Nos gusta soñar despiertos; por ser soñadores es que pudimos escribir el libro, producir los genéricos —medicamentos que conforman la triterapia antirretroviral— y alcanzar mayor sobrevida entre los seropositivos. Hemos hablado con varias personas, entre ellas con Rosaida Ochoa, directora del Centro Nacional de Prevención de las ITS/VIH/sida, bajo cuyo dominio se estrenó, precisamente con Sida: confesiones..., la Editorial Lazo Adentro. Estudiamos la posibilidad de realizar otra edición, que incorpore nuevos pasajes y asuntos no tratados, hay que seguir divulgando estos temas, pero no he de ser yo el único autor. El propio Centro tendría mucho que contar, es una institución hermosa, allí laboran muchos de mis pacientes. Por mi parte, si el tiempo y la vida me lo permiten, si no hay más epidemias de dengue (se ríe de su propio ingenio), prepararía una segunda parte o una pronta segunda edición. 

Jorge Pérez, ¿podría autodefinirse con una palabra?

Los que me conocen, saben que no me gusta andar definiéndome, y menos con una palabra; es difícil hablar de uno mismo; amigos y conocidos me preguntan cómo deben llamarme o cómo me gustaría que me llamaran: ¿director, vicedirector, profesor, doctor, investigador? El amigo Estruch, al presentar Sida: confesiones... me nombró “Jorgito”, y explicó que me decía así porque, según él, soy tan carismático y cariñoso, que nadie me llama de otro modo. Pero, ¿quién soy yo?, ¿a qué me gustaba jugar desde niño?, ¿de qué me gradué en la Universidad?, ¿qué es lo que me gusta ser y hacer? Yo soy el médico y el ser humano Jorge Pérez; y por eso, al margen de mis tareas administrativas, y de que combiné durante varios años los cargos de vicedirector del IPK y director del SSV, siempre, hasta el día de hoy, he conservado la consulta, el pase de visita, la profesión de maestro de Medicina, y hasta hace poco hice guardias médicas de 24 horas. Me satisface definirme así: ¡yo soy el médico, esa es la razón de mi vida, primero he sido médico y después todo lo demás! 

 

Publicada en Alma Mater (Febrero 2007, No. 448), a tres meses de la presentación de la primera edición de Sida: confesiones a un médico.

La segunda edición de Sida: confesiones (Editora Abril, 2008), fue presentada el 21 de febrero en la Feria del Libro Cuba´08. En su portada aparece el “ojo omnividente”, obra de Arturo Suárez de la que habla en esta entrevista el doctor Jorge Pérez.


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