La Habana. Año IX.
26 de MARZO
al 1 de ABRIL de 2011

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Cuba y Japón: distantes y cercanos
Josefina Ortega • La Habana
Fotos y gráfica: Jorge Sariol

Mucha distancia separa a La Habana de la ciudad japonesa de Sendai*. Ambas están en lados opuestos del planeta. Y son en muchos aspectos totalmente diferentes.

Pero en algo se parecen. De cierto modo están acostumbradas a los riesgos, aunque también en ese sentido hay divergencias. La Habana es azotada regularmente por poderosos huracanes; Sendai —fundada en el año 1600 por el Daimyō  Date Masamune—,  aún siente el trepidar monstruoso de un terremoto —con el subsiguiente tsunami— que recién ha barrido gran parte del área y ha cortado la vida a muchísimos habitantes de esa urbe, capital de la prefectura de Miyagi.

El trecho es enorme entre La Habana y Sendai, es cierto. Sin embargo,  aunque separadas por 11 850 km, están cerca.  En Sendai no existe una señal que marque  la referencia;  y  a decir verdad, en Sendai no  hay hoy más referencia que a la muerte y la destrucción.

En La Habana en cambio existe un pequeño, sencillo, pero acogedor y luminoso parque, aledaño al canal de entrada a la bahía, que recuerda lo que unen a ambos pueblos.
 

El sitio rinde homenaje a la primera visita —que se recuerde— de un natural del país del sol naciente. Y el visitante era natural de Sendai, una población que hace culto a la sinceridad, a la austeridad y a la autonomía, y así lo enseña a sus hijos.

En un lugar preferencial del parquecillo se levanta una estatua —obra del artista Mizuho Tsuchiya—  de aquel primer japonés. Se trata del samurai Hasekura Rokuemon Tsunenaga quien llegó a la capital cubana procedente de México a bordo del navío San José una madrugada de julio de 1614, en tránsito hacia Europa.

El conjunto escultórico representa a Tsunenaga ataviado con ornamentos propios de un caballero medieval nipón, incluidas sus armas tradicionales.

El monumento granítico, inaugurado el 26 de abril del año 2001, fue donado a Cuba por la Escuela Sendai Ikue Gukuen, en honor a las relaciones fraternas entre Cuba y Japón.

Con el brazo extendido y en pose ceremoniosa la figura de Hasekura Rokuemon Tsunenaga empuña un tradicional abanico señalando la imaginaria línea recta que llevaría a Sendai, de donde había partido en el año de 1613, en calidad de embajador de buena voluntad, acción conocida como Misión de Keicho.
 

Tsunenaga salió del Japón por orden del entonces señor feudal de Sendai, Masamune, en un viaje que duraría siete años, durante el cual visitó  España y Roma, obtuvo audiencias con el rey Felipe III y el sumo Pontífice Paolo V y al final no tuvo los resultados que esperaba.

Veterano de las invasiones japonesas a Corea bajo el taiko Toyotomi Hideyoshi entre 1592 y 1597, Tsunenaga  era un samurai en el sentido estricto del término, de modo que empeño, responsabilidad y conocimientos no le faltaban. Fueron otras las razones del fracaso de su viaje.

Su breve estancia en La Habana, en verdad no tuvo que ver con la posterior emigración japonesa a Cuba, pero haber sido el primer dignatario de su linaje basta para marcar.

Muchos años tuvieron que pasar para que Cuba fuera de nuevo anfitriona de otros japoneses e incluso tomara como hijos amorosos a quienes llegaban, hacendosos y constantes.

Un grupo de los dekasegui —que tal era el nombre que le daban en Japón a quienes emigraban dispersos por el mundo— partió a Norteamérica, fundamentalmente a Tampa, Cayo Hueso y Washington DC— y otros a México y Brasil;  sin embargo, un pequeño grupo extendió su periplo hasta Cuba y a partir de 1898  y hasta  1943 se produjo una de las oleadas más grandes.

Se afirma que la etapa de mayor número de inmigrantes japoneses a Cuba sucedió entre 1924 y 1926, época en que una compañía de viajes titulada Oversea se encargó de facilitar el tránsito hacia la mayor de las Antillas.

En el caso de nuestro país, los japoneses no se limitaron a permanecer en una zona determinada, sino que se asentaron por toda la Isla, hasta llegar a estar presentes en 46 sitios de las seis provincias cubanas de entonces, además de Isla de Pinos. Se  aplicaban a disímiles labores, pero sobre todo en sectores productivos como la agricultura, las minas, la industria azucarera, la pesca, la agricultura, la mecánica, la electricidad y los servicios.

De Sendai —llamada “La Ciudad de los Árboles”—,  llegaron varios a Cuba.

Razones afectivas hay para que también Cuba llore el espanto que padece Sendai y con él, el pueblo japonés.

Las cosas que nos unen, permanecen;  mientras, la estatua de Hasekura Tsunenaga, ceremonioso y altivo parece hoy señalar la ruta para recordar la ciudad que sufre.

 

* Antes del terremoto, Sendai estaba considerada  la mayor ciudad de la región con una población superior a un millón de personas y de acuerdo con la clasificación creada por el Artículo 252, Sección 19 de la Ley de Autonomías Locales pertenece al grupo de 14 ciudades de más relevancia en Japón.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.