La Habana. Año IX.
26 de MARZO
al 1 de ABRIL de 2011

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Viajando con Martí
Yamil Díaz Gómez • Santa Clara

Cuenta el Apóstol que una buena señora le tendió una trampa. Comentaba con ella el texto de La Edad de Oro “La exposición de París”, y la dama acotó:

—Yo he estado en París.

—¡Ah, señora, qué vergüenza entonces! —replicó él, con temor de haberle resultado pedante—; ¡qué habrá dicho del artículo!

—No —aclaró ella—: yo he estado en París, porque he leído su artículo…

De igual manera, me atrevería hoy a decirle al ensayista, crítico de arte, investigador, novelista, poeta y, sobre todas las cosas, profesor Jorge R. Bermúdez: “Profe, yo he estado en Cayo Hueso, gracias a que he leído esa preciosa joyita de su libro titulado Yo dibujé a Martí. Diario de un viaje Cayo Hueso-Nueva York”.

Junto con un delicioso prólogo y un abundante aparato de notas del profesor Bermúdez, este libro recoge el diario que escribió el adolescente Bernardo Figueredo Antúnez entre diciembre de 1893 y enero de 1894, cuando era el privilegiado compañero de viaje del Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC), así como otros testimonios de este patriota acerca de sus vivencias al lado de Martí.

De modo que tenemos delante un libro con tres protagonistas.

El tercero de ellos, Bermúdez, hace gala de su oficio de historiador con sobrada maestría para hallar y manejar las fuentes bibliográficas, con extremo rigor para cumplir el mandato ortegueano de entregarnos al hombre y a la vez su circunstancia, con suficiente lucidez y valentía intelectual a la hora de rectificar errores en las fuentes primarias, y precisar un nombre, un lugar, una fecha; como también para cumplir esa difícil obligación de llenar con hipótesis los momentos de los que no se dispone de información fidedigna.

El esfuerzo del investigador es aquí comparable al que paralelamente hace el equipo de de la edición crítica de las Obras completas del Apóstol, quienes siguen la línea que esbozó Marinello al plantear la necesidad de ofrecer a los lectores el hombre y su tiempo: exactamente todo el tiempo y todo el hombre. Seguro la edición crítica de las Obras completas —en mi opinión el proyecto editorial más importante de Cuba en este momento— tendrá que beber de la acuciosa investigación de Bermúdez al abordar el paso de Martí por Cayo Hueso, una de las paradas capitales del vía crucis martiano.

El Cayo Hueso de la última década del siglo XIX ocupaba cinco millas cuadradas desbordantes de patriotismo, donde existían nada menos que 64 clubes revolucionarios. Era el “peñón heroico” donde nació el Partido Revolucionario Cubano y se instituyó, conmovedoramente, el Día de la Patria; donde Martí halló una variopinta familia espiritual de la que igual formaban parte Fernando Figueredo y la negra Paulina Pedroso.

El segundo protagonista de este libro, Bernardo Figueredo Antúnez, hijo del entonces coronel mambí Fernando Figueredo Socarrás, tenía 14 años cuando se lanzó a esta aventura. Era un muchacho vivaz y observador que por entonces estudiaba Artes Plásticas —lo que le permitiría legarnos cuatro dibujos con Martí como modelo, incluido su perfil jamás fotografiado y un Apóstol dormido —Bermúdez lúcidamente prefiere decir que está soñando—. Bernardo nunca se había alejado de su familia, y resultó que su primer viaje sería nada menos que a Nueva York y en compañía del Maestro. Se trataba de una especie de paseo por la modernidad con el mejor guía turístico imaginable. Así comenta:

“[…] fuimos al INN, y allí estaban dos locomotoras —La primera que veo en mi vida […] Después fuimos a Ocala […] Vi el templo metodista, el First National Bank, el teatro, el correo, el parque, el hotel Moctezuma, la joyería y la estación de ferrocarril, la casa de la luz eléctrica, el acueducto con sus pozos artesianos y una relojería que tenía caimancitos vivos en la vidriera. Las zapaterías con unos zapatos grandísimos de muestra, la casa de fotografiar […] fuimos a las 7 al meeting, a la tabaquería de Barreto. La habían arreglado muy bonita. Aquí uno interrumpió a Martí, cuando hablaba, diciendo que los obreros no podían dar más dinero. Este hombre es un espía. […] Desde el vapor se veía Nueva York, como un cuadro que no está coloreado. […] Decía Agramonte que anteayer fueron a su casa tres muchachas de visita y que cuando se iban le preguntaron que si no sabían la moda de ahora, que es la de que los jóvenes le dieran un beso a las muchachas cuando se iban. […] Martí me explicaba todo lo que me llamaba la atención. A lo lejos se veía la estatua de la libertad.” (37, 41-42, 47, 57, 64)

Bernardo, como explica Bermúdez:

“Todo lo observa como si fuera el primer día del mundo, aun cuando su prosa no tiene palabras suficientes para expresar con toda justeza su asombro. […] La amistad entre un adolescente de 14 años y un hombre de 40, no es común, a no ser que este sea un ser excepcional. […] En todo el relato no se habla, por el muchacho, del objetivo de su viaje, y no hay más indicio que el aparente de acompañar al Maestro, que acababa de salir de una enfermedad […] Cabe la posibilidad de que Martí pretendiera despistar a los espías españoles aparentando que llevaba al jovencito a la escuela de Central Valley y, de ahí, la visita a ese lugar, en el que Martí solo estuvo minutos, para partir casi inmediatamente, rumbo a Filadelfia […]”  (26, 27, 73)

Con sana envidia acompañamos a Bernardo Figueredo en su descubrimiento de la locomotora, los trenes elevados, los coches Pullman, el tranvía, las carreras de velocípedos, la linterna mágica y el elevador, así como de la naturaleza continental. Con sana envidia, nos asomamos junto a Bernardo a la vida cotidiana de los emigrados cubanos; entramos con él a la oficina de la calle 120, a la casa de Carmen Miyares —es decir, a la casa del Delegado— y allí vemos al Apóstol apagar un fuego. Con sana envidia somos testigos de su mejor descubrimiento, que es el descubrimiento de Martí.

Este Martí —primer protagonista del libro— que nos entrega Bernardo, es un hombre de pobre salud, voz agradable y buen olfato para descubrir agentes enemigos. Aficionado al café y a la comida italiana. Que gusta de leer en cama y puede regresar del trabajo pasada la medianoche. Que no deja jamás de ser maestro y así responde a sus curiosidades, pero, además, le enseña palabras del francés, le habla de historia, le orienta lecturas de geografía y otras ciencias. Este Martí le cede la ventanilla en los trenes, se cepilla los dientes al lado suyo sobre el mismo lavabo, le regala un reloj y le hace ese otro regalo de maravilloso de permitirle, al menos cuatro veces, escucharlo reír. Ese Martí que prefería ser tuteado por su joven compinche y que, desgarradoramente, según cuenta Bernardo, “soñaba mucho con su hijo y decía que yo se lo recordaba” (109).

Se sabe que el Apóstol puso su amor de padre en muchos hijos prestados, como Bernardo, todos los de Carmen Miyares, Cocola Fernández y señaladamente en Pachito Gómez Toro, quien —unos meses después que Bernardo— nos lo regala en un diario primo hermano de este, en medio de la agitada travesía centroamericana.

Especialmente aportadora resulta la mirada sobre Martí que nos dejaron quienes lo conocieron siendo niños o adolescentes… Su condiscípulo en el colegio de San Pablo, Dionisio M. Rossié, fijó en su memoria aquel rostro adolescente donde había más tristeza que alegría, pues parecía que siempre le preocupara algo. María Mantilla nos contó la afición del Apóstol por sacar a bailar a las más feas… Alfonso Mercado se preguntó si era un loco aquel extraño visitante que llegó a la entrañable casa mexicana donde, rodilla en tierra, besó la mano de doña Lola; la misma casa donde confesó que le decían “El Suspirón”… Otro hijo de Mercado (Ernesto) se asombró de que el Delegado pudiese escribir horas y más horas sin necesidad de levantar la vista del papel… El propio Bernardo Figueredo —en declaraciones de 1968— asegura que nunca vio al Delegado sudar…

Ahora Bernardo, Martí y Jorge Bermúdez se confabulan en estas páginas para entregarnos una obra que resalta por su interés humano, su efecto de presencia e, incluso, su valor antropológico.

El maestro Bermúdez —cuyo fervor martiano nos ofreció en 2004 un gran fruto en su cuidada, curiosa y brillantemente comentada Antología visual José Martí en la plástica y la gráfica cubanas— no se conforma con habernos acercado al estudio de la imagen externa de Martí, y ahora se apoya en la memoria y la palabra de Bernardo para ofrecernos también la imagen interior del Apóstol. El Martí íntimo, cotidiano, de cuya irradiante compañía disfrutaron tantos en Cayo Hueso o Nueva York, regresa jovialmente en este libro. Y Bermúdez —ejemplo vivo de la humildad y generosidad que no abandona a los verdaderamente grandes en el trabajo intelectual— hace con los lectores igual que hizo el Maestro con el joven Bernardo: nos explica ese fragmento de mundo del que también procedemos, nos permite regresar a la Nueva York martiana, pasear por el vibrante Cayo Hueso de finales del siglo XIX, y nos hace sentir mucho más cercano a nuestro Apóstol de todos los tiempos.

Ahora Martí, Bermúdez y Bernardo nos invitan a un viaje que no podremos olvidar, y ya nos ceden generosamente el mejor puesto, al lado de la ventanilla…

 

23 de febrero de 2011

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.