|
En 2003, en ocasión del
XI Festival
Internacional de Teatro
de La Habana, vi por
primera vez en escena
una obra de Abelardo
Estorino, Las penas
saben nadar. Después
de diez años, conservo
en mi mente algunas
imágenes. Adria Santana,
con el maquillaje
desparramado por el
rostro y un vaso de ron
en la mano, es mi
recuerdo más vivo de
aquella experiencia.
Aquel día empecé a
sentir pasión por el
teatro. Era una niña y
los movimientos de esa
mujer, su voz, su manera
de mirar a los
espectadores, su
expresión, me cautivaron
para siempre. En el
saludo, un señor de
algunos años subió al
escenario. Esa es otra
vivencia nítida de
aquella experiencia.
Comprendí que el teatro
era un arte de
relaciones humanas.
Años después, creo que
cerca de 2006, conocí a
esa actriz sorprendente.
Con el tiempo la fui
descubriendo e,
inevitablemente y por
fortuna, llegué también
hasta el señor del final
del monólogo. Cuando
pude ver a Adria Santana
y Abelardo Estorino
juntos fuera del
escenario, fue que me
enamoré de ambos.
Si a alguien le debo
haberme decidido a
ingresar a esta carrera
es a ella —y a él, por
su maestría. Desde que
mi vocación se fue
inclinando hacia el
teatro, Adria me abrió
las puertas de su escena
y me dio impulso. Y en
aquel momento apareció
el montaje de Medea
sueña Corinto. No
pude creerle cuando me
invitó a los ensayos de
la obra. Formar parte,
aunque fuera pasiva, de
aquel proceso no solo me
entusiasmaba, también me
aterraba. No sabía cómo
actuar ante aquellas
presencias.
El primer día entré
tímida al local de
Calzada y B donde solo
tres personas —Estorino,
Adria y Luis Juan, el
asistente de dirección—
tramaban el nuevo
espectáculo. Cuál fue mi
sorpresa al ver la
sonrisa y el beso
cariñoso del dramaturgo
invitándome a pasar.
Solo pude acudir a
algunos encuentros, pero
fueron más que
suficientes. A partir de
entonces me apasioné con
las acotaciones del
director, las lecturas,
los pases de espacio,
las sugerencias de los
implicados en el
montaje.
Ojalá esta entrevista a
Adria Santana fuera una
vía para saldar mi deuda
eterna con ella y con
Estorino y, al mismo
tiempo, la satisfacción
de poder conversar con
una gran actriz de
nuestro teatro,
merecedora desde hace
algunos años del Premio
Nacional.
I.
El teatro
¿Cómo llega Adria
Santana a la vida de
Abelardo Estorino, o
viceversa, cómo llega
Abelardo Estorino a la
vida de Adria Santana?
Cuando me gradué de la
Escuela Nacional de Arte
(ENA) en octubre de
1970, me correspondía
hacer el servicio social
en Camagüey, pero la
provincia no tenía
hospedaje para que la
gente que vivía en La
Habana fuera a trabajar
allá. Me alegré, no
porque no me interesara
hacer el servicio
social, al contrario,
incluso, había hablado
con Sergio Corrieri para
que me dejara hacerlo en
el Escambray; pero mi
hijo Osamu era muy
chiquito y alérgico, y
tenía temor de dejarlo
con Pablo, mi marido.
Entonces, Raquel
Revuelta, que había sido
mi profesora en el
primer año de la ENA, me
dijo que fuera para
Teatro Estudio. Empecé
como actriz del grupo en
marzo de 1971, aunque yo
iba a los ensayos desde
que era estudiante.
En aquel entonces,
Estorino trabajaba como
asistente de dirección
de Raquel, como
codirector, porque sus
textos, como los de
Arrufat y muchos autores
de aquella época, eran
acusados de “problemas
ideológicos” y no podían
montarse por los grupos
de teatro.
Se planteó que Estorino
y Héctor Quintero
dirigieran cada uno una
obra, no de su autoría,
para hacer una gira
nacional. Y fue cuando
comencé a trabajar con
él, pero no teníamos una
buena relación. Yo era
un poco tímida y él
tenía sus actrices
preferidas. Una de ellas
era Anatilde de Paula,
actriz brasileña que
vivía en Cuba, pero
cuando comenzó a
organizarse la gira
salió embarazada de su
segundo hijo, por lo que
tuve que sustituirla —lo
mismo me sucedió en la
obra de Héctor con Ana
Viñas que estaba
filmando una película.
Luego, estuve en el
elenco de Los
pequeños burgueses,
de Máximo Gorki,
doblando con Miriam
Learra, a la cual él
adoraba.
Pero Estorino y yo nunca
tuvimos una relación
abierta, no había nada
que nos uniera, aunque
tampoco nos llevábamos
mal. Sencillamente
trabajaba conmigo por
recomendación de Raquel,
pero yo no era de su
incumbencia.
Tiempo después, hice el
personaje de La otra en
Ni un sí ni un no,
escrita y dirigida por
él y tuve muy buena
aceptación. Mario
Rodríguez Alemán, Magaly
Muguercia, Rine Leal,
gente que hacía crítica
de teatro, hablaron muy
bien de mi trabajo. Era
una comedia delirante.
La sala se repletaba.
Los domingos se hacían
funciones en la tarde, y
al terminar había un
encuentro con el
público, que era muy
rico porque los
espectadores — y es algo
que me fascina del
teatro— te daban un
sentido de tu trabajo,
te orientaban, y a mí me
encanta escuchar. Yo
había hecho Santa
Camila de La Habana
Vieja, dirigida por
Armando Suárez del
Villar, con Adolfo
Llauradó y habíamos
ganado Premio de
actuación los dos en el
Festival de Camagüey, mi
primer premio nacional
que agradezco
infinitamente a Adolfo
porque me apoyó y estuvo
siempre conmigo. Pero no
había establecido una
comunicación con
Estorino como sí había
hecho con Armando. A
partir del éxito de La
otra, empecé a trabajar
con él en casi todo.
Después nos fuimos
estableciendo y, por
ejemplo, cuando volvió a
montar Ni un sí ni un
no, me pidió que
hiciera Ella y no La
otra. Llegamos a tener
una comunicación tal que
al mirarnos, nos
entendíamos.
Posteriormente, mientras
visitaba a mi hijo Osamu
en el Servicio militar
en Las Tunas, Pablo, mi
marido, me comunicó que
Estorino me estaba
localizando. Me emocioné
muchísimo y llamé
enseguida a La Habana.
Fue entonces que me dijo
que había escrito un
monólogo, no para mí
como muchas personas
piensan, y que quería
que yo fuera la actriz
que lo interpretara. Era
la primera vez que
Estorino escribía un
monólogo, aunque en
todas sus obras dentro
de la estructura
dramática hay uno, y era
mi primera vez en una
experiencia como esa.
Así que me fui
rápidamente para La
Habana y una vez en su
casa, Raúl Martínez, él
y yo leímos Las penas
saben nadar.
Voy a decir la verdad,
cuando leí Las penas…
lo primero que pensé
fue: “¿y esto
cómo coño se hace?”.
Como no soy directora,
ni lo seré nunca, en lo
primero que pienso es en
el personaje, no en un
montaje. Pero ni muerta
decir nada. Estaba
emocionada, enloquecida
y miedosa. Mas, cuando
se empezó a montar, fue
realmente impresionante.
Empezamos a ensayar y
él tuvo la maravillosa
idea de invitar a los
ensayos generales a
personas que no
necesariamente eran
artistas — oficinistas,
vestuaristas, auxiliares
de limpieza del teatro,
arquitectos, médicos—
para que después nos
dieran sus opiniones
acerca de la obra. Y
esta experiencia fue muy
importante por las
críticas interesantes
que algunos hacían y nos
permitían hacer cambios
en la puesta. Nos dimos
cuenta de que las
frustraciones de este
personaje, que es una
actriz, eran las de
cualquier ser humano no
artista, y que,
generalmente, las
personas no somos
capaces de mirarnos
delante de un espejo e
identificar nuestros
problemas, más bien,
culpamos a los demás.
Creo que soy una antes y
una después de Las
penas…, sobre todo
como actriz, porque el
público comenzó a ver
que yo era trabajadora y
que esta obra implicaba
rigor, pero también
talento. En una puesta
te apoyas en otro actor
o en la escenografía,
pero aquí no había nada.
Estorino me pidió
escenario vacío y yo no
tenía de dónde asirme,
de dónde agarrarme. Por
eso tuve que darle
matices, que mover al
personaje partiendo de
mí misma y conmigo
misma.
El personaje de Greta me
enseñó, no solo como
actriz, sino como ser
humano, porque me di
cuenta de que Estorino
es una persona que lucha
mucho por que los seres
humanos seamos capaces
de enfrentarnos a
nosotros mismos y de
reconocer lo que tenemos
bien y lo que tenemos
mal. A partir de esa
obra, Estorino fue
esencial en mi vida.
Cada día aprendo con él.
Es una persona con un
sentido del humor
extraordinario,
absolutamente
inteligente, pero cuando
no sabe algo —porque
nadie lo sabe todo— no
lo niega, lo busca, lo
averigua. Es incapaz de
decir que sabe algo que
no sabe, y me ha
enseñado que la
inteligencia no radica
en decir que lo sabes
todo, sino precisamente
en aprender cada día
algo.
Así que mi relación con
Estorino comenzó a ser,
digamos, umbilical,
básica, esencial.
¿Qué diferenció el
trabajo con Estorino en
un proceso individual
como Las penas saben
nadar, al trabajo
con Estorino en un
proceso grupal como lo
fue posteriormente
Vagos rumores?
La diferencia está en
que en Las penas…
era yo solita
defendiéndome.
Pero Vagos rumores
es un caso particular,
pues es una obra donde
hay once personajes y
tres actores. Yo hacía
la madre de Milanés, la
novia de Milanés y la
hermana que lo cuidó los
20 años que guardó
silencio. Hay gente que
dice que él guardó
silencio porque se
volvió loco, pero hay
otros que dicen que
guardó silencio para ser
consecuente con lo que
lo rodeaba. Estorino
quiso que esta puesta
fuera sin concesiones.
Esta es una obra sobre
la parametración, en la
que hay un momento donde
Milanés hace una
desnudez total de su
cuerpo y de su alma y
dice: “¿dónde está mi
mancha?”. Y es que
siempre pensamos que las
manchas son por alguna
razón o porque algo nos
empuja a hacerlo. Y a
veces las manchas son
porque nosotros no
podemos cambiar lo que
nos rodea, y entonces
somos seres manchados.
Para mí Vagos rumores
es la obra maestra de
Estorino, por
estructura, por
narración de la
historia, por cómo él
logra que los personajes
se cambien en el
escenario sin cambiar
nada externo, solo
cambiando lo interno, o
sea, la actitud frente
al momento, a la
situación. Creo que esta
obra nos enseñó mucho
porque tenías que
conocer la poesía de
Milanés y tenías que
saber qué había pasado
en un contexto histórico
donde las personas para
sobrevivir y no perder
su manojo, como dice
Silvio Rodríguez, tenían
que ser oportunistas.
Vagos rumores
es una de las obras más
importantes que he
hecho. Me desarrolló
como actriz, pues hacía
tres personajes
completamente
diferentes, partiendo de
mi tripa, de mi corazón,
de mi alma, sin
maquillaje ni vestuario
ni nada que me apoyara
para cambiar de
personaje, y eso es
gracias a Estorino.
Cuando estábamos
haciendo temporada, supe
que un amigo mío que
había sido actor de
Teatro Estudio, Ricardo
Barberi, me estaba
localizando. Yo no sabía
que él vivía en Nueva
York ni que había venido
con unos productores y
directores de Repertorio
Español en esa ciudad.
Entonces, ellos fueron a
ver la obra e hicieron
el primer intercambio
cultural con nuestro
país.
Cuando se puso Vagos
rumores en Nueva
York, el New York
Times, el Back
Stage —periódico
único para
profesionales—, el
Daily News
publicaron comentarios
sobre la obra. Y fue muy
importante para
nosotros, pues siempre
imaginamos que irían a
vernos la prensa y el
mundo latinos, no los
anglos.
Vagos rumores
y Las penas saben
nadar, que también
formó parte de la gira,
ganaron el Premio de la
ACE (Asociación de
Cronistas de
Espectáculos), el premio
más importante del mundo
latino y el más
importante que ganamos
todos, Estorino como
director y dramaturgo,
la producción de
Repertorio Español y los
tres actores.
Vagos rumores
es la única obra cubana
que está dentro de los
archivos de EE.UU., y
con esto no estoy
sobrevalorando a EE.UU.,
sino estoy dándole valor
a un Primer Mundo que
archiva el mejor teatro
mundial e incorpora por
Cuba a Vagos rumores,
de lo cual jamás habla
Estorino.
Una de las obras con más
nivel que recuerdo haber
hecho es Vagos
rumores y junto a
Las penas… es lo que
más me ha desarrollado
como actriz y como ser
humano en el teatro.
Después de haber tenido
una experiencia similar
con Las penas saben
nadar, ¿cómo te
enfrentaste nuevamente
al trabajo con Estorino
como la actriz del
monólogo Medea sueña
Corinto?
Medea fue muy difícil
físicamente, muy
difícil. Ya yo no tenía
15 años ni 30 ni 40 ni
50, y era una obra muy
intensa (subir y bajar
de una plataforma, coger
una soga). Yo estoy
enferma y cuando mi
médico vio la obra, se
horrorizó al ver que
estaba haciendo
esfuerzos que mi
enfermedad no me
permitía. Pero los hice.
En Cuba no tuvo mucha
promoción. Las
instituciones de las
artes escénicas no se
preocupan
suficientemente por el
trabajo de los actores,
y lo digo con toda
responsabilidad. Y como
la obra era muy crítica,
muy pocas personas
conocieron la puesta.
Por suerte, vino el
director de uno de los
grandes festivales del
mundo hispano, en Sao
Paulo, Brasil, vio la
obra y nos invitó.
Fuimos solo con el apoyo
brasileño porque las
instituciones cubanas no
tenían manera de
ayudarnos, por eso solo
me llevé el vestido, y
el resto de la
escenografía y el
vestuario los armamos
allá. Nos fuimos un
viernes, el sábado vimos
el teatro y empezamos a
buscar materiales, y el
domingo a las siete de
la mañana fuimos Carlos
Repilado —que estaba
cumpliendo función de
jefe técnico— y yo para
el teatro a montarlo
todo.
Hicimos la función para
800 personas. Fueron muy
pocos cubanos, uno de
los funcionarios de la
embajada, un escritor.
Pero cuando oímos al
público parecía que
estábamos en Cuba. Fue
maravilloso haber dado
una función en español y
no en portugués, y que
los espectadores se
rieran en los momentos
que se tenían que reír.
Al final de la función,
y me emociona pensarlo,
cuando nos fuimos para
el camerino, después de
aquel aplauso
impresionante, no
podíamos entrar. Todos
los directores de teatro
de Brasil, actores de
telenovelas brasileñas,
se nos tiraban en el
piso. Recuerdo que
Estorino, que tiene
mucho sentido del humor,
me dijo: “¡cómo están
los paparazzi!”. Fue una
experiencia maravillosa,
solo que comparándola
con la poca promoción en
mi país me dio tristeza.
Pero fue rico saber que
había un público que le
interesaba y lo
demostraba.
Ellos querían que
hiciéramos una gira por
todo el estado de Sao
Paulo, Valiño y una
serie de ciudades. A mí
me hubiera gustado
volverla a hacer, en
cualquier parte, pues es
una obra que toca la
relación entre el poder
y nosotros, que no
solamente habla de la
historia. Es una mujer
que va buscando el
sueño, en este caso no
americano, aunque este
sea a fin de cuentas el
significado de sueño
para muchos cubanos. Es
nuestra realidad,
partiendo de una
realidad histórica.
Medea fue muy difícil,
físicamente difícil,
tanto que mi oncólogo no
me permite volverla a
hacer. Y lo lamento
mucho, porque es un
excelente texto, también
sin concesiones, y una
excelente puesta. Me he
sentido siempre muy
feliz y orgullosa de que
Estorino piense en mí
para hacer personajes
como esos, pues aunque
me he divertido
muchísimo haciendo
comedias con él, también
he disfrutado estas
puestas que requieren un
gran esfuerzo físico y
psíquico.
II.
El cine
Hace bien poco se
estrenó la película
Casa vieja,
adaptación del conocido
texto de Estorino.
¿Cuánto extrañaste al
autor de la obra en el
rol de director en este
trabajo?
Te voy a decir la
verdad, no lo extrañé,
porque Lester y Mijail,
un muchacho muy joven,
escribieron el guion
respetando digamos que
el 90 por ciento del
diálogo, la estructura;
pero trayéndola a la
contemporaneidad. Y lo
cierto es que Estorino
cuando escribió y
estrenó la obra en 1964,
hablaba de un hombre
cojo para señalarlo como
diferente al resto de la
sociedad, pues en el 64
no podía decir que
Esteban era homosexual
porque entonces no podía
poner la puesta en
escena.
|
 |
A mí me encantó el guion
de la película, porque
siempre digo que mi hijo
nunca va a pensar como
yo, porque yo no pienso
como mi madre, y mucho
menos como mi abuela, es
decir, que los seres
humanos van cambiando
junto con el contexto
que los rodea. Respeto
mucho a los jóvenes que
piensan y están
interesados por lo que
tienen alrededor, de una
manera “más profunda” o
de una manera “menos
profunda”; pero que son
capaces de saber qué es
lo que sucede, porque
hay muchos jóvenes, y
también viejos, a
quienes no interesa lo
que sucede y solo
piensan en resolver su
problema.
El guion también me
fascinó porque Onelia en
la obra no tiene la
presencia que tiene en
la película. Mientras
filmábamos, Lester habló
conmigo y me dijo que
creía que Onelia era una
mujer que nunca había
sido capaz de enfrentar
los problemas, aún
conociéndolos, para que
los demás no supieran
que ella sabía cuál era
la situación de su
familia, de su casa, de
su barrio, de todo lo
que le rodeaba. Personas
como esas
desgraciadamente abundan
en nuestro país, que no
les gusta enfrentar el
problema y piensan que
ignorándolos, se
arreglan de alguna
manera. Y yo estuve
totalmente de acuerdo
con él.
Entonces me dice que
quería que Onelia,
cuando terminara la
funeraria se negara a ir
al entierro y fuera para
su casa, se desnudara y
se rajara en gritos.
Sería el único momento
sola en el que iba a
tener la posibilidad de
sacarlo todo con ella
misma. Esa idea me puso
nerviosa, porque tengo
62 años y el seno
derecho no lo podía
enseñar porque está
operado. Pero lo hice
porque estaba de acuerdo
con él y si solo
enseñaba el seno
izquierdo y me
desgarraba, no me
importaba lo que los
demás pensaran de mi
edad. Por eso, no me
arrepiento de haberlo
hecho, además, agradezco
a Lester esa idea,
porque creo que me dio
puntos para profundizar
en este personaje que en
la obra no tiene tanto
protagonismo.
Igualmente me ayudó
mucho trabajar con
actores como Alberto
Pujols, que está
excelente, con Porto,
con Daysi, con Yadier,
con Isabel Santos, que
está requetebién, con
Susana Tejera, lo cual
agradezco también a
Lester, que hizo que la
película tomara un
sentido para cada uno de
nosotros.
|
 |
A Estorino cada vez le
gusta más. Al principio
estaba temeroso de que
le cambiaran el sentido
a una obra escrita en el
64, pero no se lo
cambiaron, se lo
afincaron para este
contexto, para esta
realidad.
Entonces, no extrañé a
Estorino como director,
porque además él estuvo
cerca de la película
todo el tiempo. Fue una
experiencia riquísima
porque Estorino formó
parte de esa experiencia
también.
III.
La vida
Unas palabras a Estorino
Estorino y yo hemos
viajado mucho juntos,
nos hemos acostado en la
misma cama, hemos
compartido todo, el
baño, los problemas
personales, los gritos
de felicidad.
Él para mí es una
persona importante, no
solo como dramaturgo y
director, sino como ser
humano. Es una persona
muy inconforme con su
trabajo y con la vida, y
me ha enseñado que hay
que ser inconforme,
porque en el trabajo
artístico cuando piensas
que eres un genio, te
pudres. Lo importante
que tiene el arte es que
tienes la oportunidad de
hacerlo mejor al otro
día y no te lo digo para
ser modesta, sino porque
es la pura verdad y lo
tengo demostrado. Nadie
en este mundo ni los
actores más grandes, ha
hecho todo bien. Creo
que todos nos
equivocamos porque somos
seres humanos.
Estorino me ha ayudado
en mi vida. Cuando he
tenido problemas, con la
única persona en este
mundo que me he sentado
y he llorado a mares es
Estorino, y cuando él ha
tenido problemas, con la
única persona que se ha
sentado a llorar con
convulsiones es conmigo.
Nosotros hemos llegado a
una intimidad total y
absoluta de decirnos lo
que sea que nos suceda,
no solo que nos
destruya, sino también
que nos glorifique o nos
ayude. Y esta intimidad
la heredamos del teatro.
Él me dice cuándo no le
gusta el camino que va
tomando el trabajo, me
lo dice con respeto, no
me grita, no me
subvalora. Me dice
cuándo estoy haciendo
las cosas mal, cuándo no
le gusta, cuándo no
funciona. En la película
le gustó mi trabajo. Yo
tenía mucho miedo de mi
resultado frente a él en
una de sus obras más
importantes.
Él es una parte básica
en mi vida —para lo
bueno y para lo malo—
para todo, es mi
familia, y la familia de
él es la mía. Me
costaría trabajo
prescindir de él y creo
que a él le costaría
trabajo prescindir de
mí. |