La Habana. Año IX.
19 al 25 de FEBRERO
de 2011

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El Sucu suco, baile pinero por excelencia
Josefina Ortega • La Habana

Hacia 1844 habitaba en Nueva Gerona un corregidor con fama de tener malas pulgas llamado Francisco Rasco, y quien, harto ya de los lamentos de la población nativa contra la opresión y la pobreza, les increpó: ¿Por qué rayos no cantan, en vez de llorar y no tocan alguna música en vez de meter tanto ruido? Y aquella misma noche, —al decir de la tradición—, los de los lamentos organizaron el Sucu suco.

Como instrumentos musicales disponían de un caracol marino llamado guamo, una vieja filarmónica y un trozo de machete usado, que percutían para llevar el ritmo. “La música resultante no era más que un falsete muy prolongado y descompasado presidido por un vocerío infernal lleno de risas extrañas, forzadas por el ron de mala ley y las implicaciones libertinas de la oscuridad en que bailaban las parejas.”

La algarabía fue de las grandes. No había cristiano que pudiese conciliar el sueño. Y el corregidor de marras, en paños menores, se presentó en el jolgorio sable en mano, gritando a voz en cuello: ¡Largaos, bellacos de todos los demonios, largaos al infierno, a la ciénaga, y al monte, y a donde queráis con tal de que yo no os oiga, ni os vea nunca más!

Quizá sea esta la historia de la primigenia interpretación musical del ritmo tradicional pinero, la que fue narrada por Filiberto Ramírez Corría en su libro Excerta de una isla mágica o biografía de un latifundio, luego de entrevistar en 1946 a los ancianos de la Isla de Pinos, (actual Isla de la Juventud), también llamada El Evangelista, por Colón, y luego por otros pilotos Santa María, en el siglo XVI.

De origen rural, surgido a finales de la primera mitad del XIX, el Sucu suco (como lo llaman los lugareños) o Sucu sucu (para otros, en su generalidad, no pineros), es considerado, al decir de Juan Carlos Jiménez y Guadalupe Martínez, como “patrimonio de una pequeña ínsula y parte inseparable de la familia pinera”.  

“Si no fuera por campana”   

Las parejas se entrelazan tomándose por el talle y la cintura, inmóviles los hombros y las caderas, sin levantar los pies del piso.  Un corto paso hacia delante, con un pie y luego con el otro, lo mismo se hace para atrás, girando alrededor del cuerpo. Así se baila el contagioso ritmo del Sucu suco, que era “al propio tiempo un divertimento y una forma de expresión de las ideas críticas del pueblo”. Su nombre procedía del ruido especial que hacen los bailadores sobre el piso, al deslizar rítmicamente los pies.

Las letras estaban, la mayoría de las veces, compuestas de una sola estrofa como aquella, según se cree, de su primera interpretación musical, y la que, por cierto, se adopta como su patrón rítmico: “Campana, campana, / Campana, sube la loma / si no fuera por campana, / naide subiría la loma! / si no fuera por campana, / naide bajaría la loma!” 

Todavía hay quienes recuerdan en la pequeña ínsula pinera aquellos tradicionales festejos donde se cantaba y bailaba hasta el amanecer al ritmo del Sucu suco. Las mujeres vestían unas batas largas, acicaladas con cintas y vuelos; los hombres, guayabera blanca y sombrero de yarey.

Ya en 1848, existía la certidumbre de un ritmo y baile diferentes a los interpretados en la isla principal de Cuba. De ello da fe un cronista anónimo, quien visitó la región pinera en la data de referencia y se impresionó con aquel “bailecillo” en nada parecido a los valses, las habaneras y las contradanzas de La Habana de entonces.

Es de lamentar que el susodicho no profundizó acerca de sus particularidades, aunque sí hizo hincapié en su carácter tradicional propio de la entonces Isla de Pinos, ubicada al suroeste de Cuba, expuesta a los embates del mar Caribe. La que recibió diferentes nombres, el más altisonante, sin duda, el de Isla del Tesoro, de cuando fue refugio de los piratas ávidos de las riquezas del Nuevo Mundo. 

Con la peculiaridad pinera  

Para una autoridad como la musicóloga María Teresa Linares, el Sucu suco “es una variante del son, muy similar al montuno en la estructura formal, melódica, instrumental y armónica. Alterna un solista con el coro que canta un pasaje fijo acompañado del conjunto. El solista entona improvisaciones sobre una cuarteta o una décima”.

Según consideran otros, es el baile pinero por excelencia, representado por sus pasos cortos y ritmo particular, que tiene de guajira y de criolla, todo entremezclado de son y de danzón, sin ser uno ni otro, pues, fue primero que los dos.

Para Juan Carlos Jiménez y Guadalupe Martínez —ninguno de los dos pineros, como pudiera creerse, sino de Las Villas y de La Habana, respectivamente—, autores de un profundo estudio sobre el tema, “el Sucu suco tanto ayer como hoy, es el ritmo autóctono que tradicionalmente ha amenizado los guateques en esta ínsula (hoy Isla de la Juventud) que constituyen todo un acontecimiento en el cual el hecho social tiene una importante significación. En estos guateques, se bailaba, había banquetes, se desarrollaban los más variados juegos, se tomaba vino, hábito este que se fue transformando hasta llegar al ron y la cerveza, todo con la peculiaridad pinera y el protagonismo fundamental de su ritmo tradicional, el Sucu suco”. 


Eliseo Grenet, uno de los músicos que popularizó el sucu suco

“Y Maceo se la quitó, se la quitó”  

Por cierto, el más famoso de todos los Sucu suco, recogido del folclor pinero por Eliseo Grenet, y que posee, acaso, el mayor número de versiones —incluso una de los españoles— es una sátira contra el delator Felipe Blanco. Este, según se cuenta, llevó a los sublevados del 26 de julio de 1896 a su propia casa, donde les dio comida y abrigo solo para entregarlos después a la soldadesca colonial. En esa cobarde acción, fueron asesinados los hermanos Pimienta y un poeta de apellido Iturriaga.

Dicen que los pineros entristecidos por la traición cantaban: “Ya los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco los traicionó/ Los traicionó, los traicionó/ Los traicionó, que lo vide yo/ Martínez Campo tenía una flor/ Y Maceo se la quitó, se la quitó/ Se la quitó, que lo vide yo”.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.