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El autor no ha muerto.
La buena literatura
propone permanentes revisitaciones y
redescubrimientos. A
ellos contribuyen los
aficionados sagaces y
los investigadores que
ensayan con nuevas
herramientas teóricas.
En el caso de Alejo
Carpentier, su narrativa
ha sido asediada por
acercamientos diversos
que acrecientan cada año
su bibliografía pasiva.
En el mundo académico,
pródigo en la apertura
hacia interrogantes en
líneas poco
frecuentadas, las tesis
de doctorado se
convierten en libros y
las ponencias para
congresos anuncian
compilaciones de
ensayos.
Existen, sin embargo,
áreas inexploradas por
los estudiosos de la
obra de Carpentier. La
tendencia a la
especialización conduce
a aislar el análisis de
su producción
novelística del conjunto
que incluye una
imprescindible labor
periodística y
musicológica. Las
relaciones
intertextuales entre
unos y otros son obvias
y resultan, además,
indicadores de la
evolución de un
pensamiento con
perspectivas estéticas,
sociales, históricas y
aun antropológicas. Como
suele suceder, el propio
escritor no advirtió el
alcance de textos
concebidos al calor de
las exigencias de la
cotidianidad.
Por
otra parte, en sus
desplazamientos
sucesivos, tras largas
estancias en París,
Caracas y La Habana,
Carpentier tuvo que
andar ligero de
equipaje. Es de suponer
que en cada etapa,
acicateado por
impenitente curiosidad,
perseguidor de libros
raros y de testimonios
insólitos, acumulara
enormes bibliotecas,
enriquecidas con los
envíos de quienes
aspiraban a obtener
alguna reseña suya. Una
parte de ese legado se
conserva en su casa del
Vedado. El remanente,
catalogado ahora por la
Fundación Alejo
Carpentier, responde a
una selección personal y
también a circunstancias
azarosas. Las marcas y
anotaciones que
contienen, revelan las
inquietudes del lector
aparejadas a sus
distintos procesos
creativos.
Algunos, como Camilo
José Cela, se dedicaron
a construir
metódicamente el
mausoleo de su
posteridad. Por no
desechar nada,
conservaron hasta las
etiquetas de las
medicinas consumidas a
lo largo de la vida.
Menos precavido,
Carpentier se preocupó
tan solo por depositar
en la Biblioteca
Nacional las versiones
de los manuscritos de
sus novelas, material
indispensable para el
estudio de la génesis de
sus procesos de
creación. Lo otro fue
abandonado al azar. De
su correspondencia
subsisten testimonios
desgajados de su
contexto. Las cartas
habrán de recuperarse,
en parte, en los
archivos de
destinatarios más
acuciosos. A pesar de
todo ello, la
documentación salvada
ofrece vías para la
apertura de nuevas y
prometedoras
investigaciones. En la
maleta de su madre,
escondida bajo la
ocupación nazi de
Francia y recuperada
milagrosamente en los 80
del pasado siglo, hay
piezas reveladoras de
información útil para el
conocimiento de zonas
ocultas de la vida y la
obra del escritor. Lo
rescatado por
Lina
Valmont, la madre de
Carpentier, y por su
viuda Lilia Esteban
constituye, a pesar del
descuido del escritor,
un significativo
conjunto documental. Hay
que agradecer a Lilia la
constancia en la
preservación de los
documentos que llegaron
a sus manos. Por
decisión propia, muchos
de ellos, incluida la
referida maleta
descubierta en Francia,
se incorporaron al
depósito situado en la
Biblioteca Nacional.
Otros se acumularon en
su casa, donde la
Fundación Carpentier se
empeña hoy en unificar y
ordenar el conjunto para
facilitar el acceso a
los investigadores
mediante la necesaria
digitalización. Para
mayor divulgación,
algunos se están
publicando en revistas
culturales. Cine
Cubano reprodujo la
interesante carta de
Carpentier a Tyrone
Power acerca del guion
de la proyectada
película inspirada en
Los pasos perdidos.
En el primer número
correspondiente al 2011,
La Gaceta de Cuba
dará a conocer una
Historia de luna,
hasta ahora perdida, que
establece lazos
comunicantes con ¡Écue
Yamba-O! Volúmenes
en preparación se
orientarán hacia la
labor del musicólogo y
sus relaciones, a veces
polémicas, con los
músicos.
La
biografía de Carpentier
es una asignatura
pendiente. El autor de
El arpa y la sombra
no fue dado a cultivar
el género
autobiográfico, aunque
algunas pistas pueden
encontrarse en sus
novelas, sobre todo en
La consagración de la
primavera. Para
reconstruir su
trayectoria habrá que
pasar, con toda
seguridad, por Francia y
Venezuela. Pero, desde
ahora, la Fundación
Alejo Carpentier dispone
de un rico material
inexplorado.
Controvertido durante un
tiempo, el lugar de
nacimiento del escritor
ha sido definitivamente
aclarado. El cubano vio
la luz primera en
Lausana, Suiza, el 26 de
diciembre de 1904. De
puño y letra del
escritor, aparece en su
hoja de matrícula para
estudiar Arquitectura en
la Universidad de La
Habana. Encarcelado por
el “Machadato”, corría
el riesgo de ser
deportado como
extranjero. Alegando
pérdida de la
inscripción original,
con la ayuda de Enrique
Roig San Martín, la
madre firma un documento
acreditativo de su
nacimiento en La Habana.
Carpentier asumió esa
verdad durante el resto
de su vida, como nos ha
tocado hacer a muchos,
requeridos por distintas
circunstancias de
falsificaciones de esta
índole. Luego, su
imaginación debió
sentirse cautivada por
Maloja, el nombre de la
calle habanera donde
supuestamente nació, tan
asociado a su mirada
particular de
redescubrir y reinventar
la capital de Cuba.
A
partir de ahí, casi todo
queda por investigar.
A esa
indagación contribuirá,
sin duda, la reciente
publicación de Cartas
a Toutouche,
correspondencia
sostenida con su madre
durante su primera
estadía en París. Por lo
que dice y por lo que
soslaya, el epistolario
revela ángulos
singulares de la
personalidad de un joven
que, cumplidos apenas
los 23 años, movido por
una vocación poderosa,
daba los primeros pasos
en el ejercicio de una
carrera profesional.
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Facsímil de una
de las cartas
originales de
Alejo Carpentier
a su madre Lina
Valmont |
Todo
corresponsal está
sometido al carácter de
su destinatario,
determinante de la
naturaleza del mensaje
por sus relaciones y
expectativas. La madre,
extranjera y de
personalidad compleja,
había quedado sola en La
Habana en condiciones
materiales muy
precarias. Consciente de
ese panorama, el hijo
tiene que proyectar, en
todo momento, la
perspectiva de un futuro
mirífico. Entre ambos se
consolida un vínculo de
dependencia y
complicidad, afianzado
después de la súbita y
hasta ahora inexplicable
desaparición del padre.
En efecto, el arquitecto
Georges Julien
Carpentier embarcó un
buen día hacia América
Latina sin dejar rastros
y al parecer, sin volver
a dar señales de vida.
La época signada por el
derrumbe de los precios
del azúcar en el mercado
mundial al término de la
gran guerra del 14 al 18
conduce a pensar en una
quiebra financiera unida
a una crisis de las
relaciones
matrimoniales. En esa
coyuntura, corresponde
al hijo garantizar el
sustento de la madre,
por lo cual la rendición
de cuentas en pesos y
centavos atraviesa toda
la correspondencia. El
joven justifica su
ausencia en términos de
inversión con vistas al
futuro, al que se acerca
rápidamente en virtud de
su éxito profesional.
Esta afanosa conquista
de un espacio propio,
con el correspondiente
reconocimiento público
tiene, a la vez, otro
destinatario. Es la
figura paterna ausente,
pérdida dolorosa, por
cuanto el novelista
reconoció siempre cuánto
le debía en términos de
formación literaria y
musical, así como
respecto a las bases de
su cosmovisión. Más que
Lina Valmont, el
arquitecto Carpentier
hubiera podido ser su
interlocutor, con toda
probabilidad, polémico,
puesto que su saber y su
sensibilidad, enraizados
en los finales del siglo
XIX, lo hubieran alejado
de tentaciones
vanguardistas.
Perdidas sus cartas, no
podemos escuchar la voz
de Toutouche, aunque no
resulte difícil adivinar
frecuentes
recriminaciones. Para el
joven instalado en
París, la madre se
constituyó en eficaz
corresponsal en La
Habana. Cumplía
puntualmente sus
encargos. Tramitaba
entrega y cobro de
artículos. Procuraba la
información necesaria
para la preparación de
sus trabajos. Era su
correa de transmisión
hacia el país con el
cual no deseaba perder
contacto. Aseguraba una
vía de comunicación
indirecta con amigos,
indispensable para
esclarecer entuertos y
pequeñas intrigas
aldeanas.
Cartas a Toutouche
recoge integralmente en
un volumen la
correspondencia de
Carpentier con su madre
entre 1928 y 1937
encontrada por la
Fundación Carpentier en
los fondos depositados
en la Biblioteca
Nacional. Con el andar
del tiempo, es posible
que algún documento se
haya traspapelado, como
lo evidencian dos de las
cinco cartas incluidas
por Wilfredo Cancio Isla
en su reciente estudio
sobre el periodismo del
novelista, las cuales no
añaden elementos nuevos.
El conflicto de
Carpentier con Toutouche
en relación con sus
vínculos amorosos con
Maggie se expresa con
toda claridad en el
epistolario. La relación
entre ambos fue muy
conocida entre quienes
compartieron con el
escritor la bohemia
parisiense de los 30 del
pasado siglo. Mi madre
evocaba con particular
simpatía a quien fue,
sin duda, una compañera
leal en tiempos
difíciles.
La
correspondencia ilumina
la cotidianidad de un
trabajador incansable,
inmerso en multitud de
proyectos: editor,
corresponsal, aprendiz
de todos los oficios
nacidos de la
modernidad, como la
radio y el cine. Es el
hombre de letras que no
ha renunciado a empeños
de creación musical,
apremiado siempre por la
necesidad de ganar el
sustento. Su arraigo en
la Isla y su
preocupación por no
perder de vista lo que
allí sucede se
manifiesta en los
mensajes apremiantes que
envía a la madre y en el
tiempo que invierte
prestando servicios a
los cubanos que viajan
la ciudad, tanto como
cumpliendo encargos de
cada uno de ellos.
Los lectores que han
podido conocer las
primicias de este
volumen, disfrutan la
dosis de petite
histoire que asoma
en el transcurso de los
días. Descubren al
escritor en las zonas
acalladas de hombre de
carne y hueso, y
encuentran pautas
psicológicas para
empezar a construir la
novela del novelista.
Las notas y los
apéndices contribuyen a
ofrecer las
indispensables
referencias de contexto.
Con libros como este
nace un Carpentier
viviente, abierto a la
curiosidad de los
investigadores actuales
y los por venir. |