La Habana. Año IX.
22 al 28 de ENERO
de 2011

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Cartas a Toutouche

Graziella Pogolotti • La Habana

El autor no ha muerto. La buena literatura propone permanentes revisitaciones y redescubrimientos. A ellos contribuyen los aficionados sagaces y los investigadores que ensayan con nuevas herramientas teóricas. En el caso de Alejo Carpentier, su narrativa ha sido asediada por acercamientos diversos que acrecientan cada año su bibliografía pasiva. En el mundo académico, pródigo en la apertura hacia interrogantes en líneas poco frecuentadas, las tesis de doctorado se convierten en libros y las ponencias para congresos anuncian compilaciones de ensayos. 

Existen, sin embargo, áreas inexploradas por los estudiosos de la obra de Carpentier. La tendencia a la especialización conduce a aislar el análisis de su producción novelística del conjunto que incluye una imprescindible labor periodística y musicológica. Las relaciones intertextuales entre unos y otros son obvias y resultan, además, indicadores de la evolución de un pensamiento con perspectivas estéticas, sociales, históricas y aun antropológicas. Como suele suceder, el propio escritor no advirtió el alcance de textos concebidos al calor de las exigencias de la cotidianidad. 

Por otra parte, en sus desplazamientos sucesivos, tras largas estancias en París, Caracas y La Habana, Carpentier tuvo que andar ligero de equipaje. Es de suponer que en cada etapa, acicateado por impenitente curiosidad, perseguidor de libros raros y de testimonios insólitos, acumulara enormes bibliotecas, enriquecidas con los envíos de quienes aspiraban a obtener alguna reseña suya. Una parte de ese legado se conserva en su casa del Vedado. El remanente, catalogado ahora por la Fundación Alejo Carpentier, responde a una selección personal y también a circunstancias azarosas. Las marcas y anotaciones que contienen, revelan las inquietudes del lector aparejadas a sus distintos procesos creativos. 

Algunos, como Camilo José Cela, se dedicaron a construir metódicamente el mausoleo de su posteridad. Por no desechar nada, conservaron hasta las etiquetas de las medicinas consumidas a lo largo de la vida. Menos precavido, Carpentier se preocupó tan solo por depositar en la Biblioteca Nacional las versiones de los manuscritos de sus novelas, material indispensable para el estudio de la génesis de sus procesos de creación. Lo otro fue abandonado al azar. De su correspondencia subsisten testimonios desgajados de su contexto. Las cartas habrán de recuperarse, en parte, en los archivos de destinatarios más acuciosos. A pesar de todo ello, la documentación salvada ofrece vías para la apertura de nuevas y prometedoras investigaciones. En la maleta de su madre, escondida bajo la ocupación nazi de Francia y recuperada milagrosamente en los 80 del pasado siglo, hay piezas reveladoras de información útil para el conocimiento de zonas ocultas de la vida y la obra del escritor. Lo rescatado por Lina Valmont, la madre de Carpentier, y por su viuda Lilia Esteban constituye, a pesar del descuido del escritor, un significativo conjunto documental. Hay que agradecer a Lilia la constancia en la preservación de los documentos que llegaron a sus manos. Por decisión propia, muchos de ellos, incluida la referida maleta descubierta en Francia, se incorporaron al depósito situado en la Biblioteca Nacional. Otros se acumularon en su casa, donde la Fundación Carpentier se empeña hoy en unificar y ordenar el conjunto para facilitar el acceso a los investigadores mediante la necesaria digitalización. Para mayor divulgación, algunos se están publicando en revistas culturales. Cine Cubano reprodujo la interesante carta de Carpentier a Tyrone Power acerca del guion de la proyectada película inspirada en Los pasos perdidos. En el primer número correspondiente al 2011, La Gaceta de Cuba dará a conocer una Historia de luna, hasta ahora perdida, que establece lazos comunicantes con ¡Écue Yamba-O! Volúmenes en preparación se orientarán hacia la labor del musicólogo y sus relaciones, a veces polémicas, con los músicos. 

La biografía de Carpentier es una asignatura pendiente. El autor de El arpa y la sombra no fue dado a cultivar el género autobiográfico, aunque algunas pistas pueden encontrarse en sus novelas, sobre todo en La consagración de la primavera. Para reconstruir su trayectoria habrá que pasar, con toda seguridad, por Francia y Venezuela. Pero, desde ahora, la Fundación Alejo Carpentier dispone de un rico material inexplorado. 

Controvertido durante un tiempo, el lugar de nacimiento del escritor ha sido definitivamente aclarado. El cubano vio la luz primera en Lausana, Suiza, el 26 de diciembre de 1904. De puño y letra del escritor, aparece en su hoja de matrícula para estudiar Arquitectura en la Universidad de La Habana. Encarcelado por el “Machadato”, corría el riesgo de ser deportado como extranjero. Alegando pérdida de la inscripción original, con la ayuda de Enrique Roig San Martín, la madre firma un documento acreditativo de su nacimiento en La Habana. Carpentier asumió esa verdad durante el resto de su vida, como nos ha tocado hacer a muchos, requeridos por distintas circunstancias de falsificaciones de esta índole. Luego, su imaginación debió sentirse cautivada por Maloja, el nombre de la calle habanera donde supuestamente nació, tan asociado a su mirada particular de redescubrir y reinventar la capital de Cuba. 

A partir de ahí, casi todo queda por investigar. 

A esa indagación contribuirá, sin duda, la reciente publicación de Cartas a Toutouche, correspondencia sostenida con su madre durante su primera estadía en París. Por lo que dice y por lo que soslaya, el epistolario revela ángulos singulares de la personalidad de un joven que, cumplidos apenas los 23 años, movido por una vocación poderosa, daba los primeros pasos en el ejercicio de una carrera profesional. 
 


Facsímil de una de las cartas originales de Alejo Carpentier a su madre Lina Valmont

Todo corresponsal está sometido al carácter de su destinatario, determinante de la naturaleza del mensaje por sus relaciones y expectativas. La madre, extranjera y de personalidad compleja, había quedado sola en La Habana en condiciones materiales muy precarias. Consciente de ese panorama, el hijo tiene que proyectar, en todo momento, la perspectiva de un futuro mirífico. Entre ambos se consolida un vínculo de dependencia y complicidad, afianzado después de la súbita y hasta ahora inexplicable desaparición del padre. En efecto, el arquitecto Georges Julien Carpentier embarcó un buen día hacia América Latina sin dejar rastros y al parecer, sin volver a dar señales de vida. La época signada por el derrumbe de los precios del azúcar en el mercado mundial al término de la gran guerra del 14 al 18 conduce a pensar en una quiebra financiera unida a una crisis de las relaciones matrimoniales. En esa coyuntura, corresponde al hijo garantizar el sustento de la madre, por lo cual la rendición de cuentas en pesos y centavos atraviesa toda la correspondencia. El joven justifica su ausencia en términos de inversión con vistas al futuro, al que se acerca rápidamente en virtud de su éxito profesional. Esta afanosa conquista de un espacio propio, con el correspondiente reconocimiento público tiene, a la vez, otro destinatario. Es la figura paterna ausente, pérdida dolorosa, por cuanto el novelista reconoció siempre cuánto le debía en términos de formación literaria y musical, así como respecto a las bases de su cosmovisión. Más que Lina Valmont, el arquitecto Carpentier hubiera podido ser su interlocutor, con toda probabilidad, polémico, puesto que su saber y su sensibilidad, enraizados en los finales del siglo XIX, lo hubieran alejado de tentaciones vanguardistas. 

Perdidas sus cartas, no podemos escuchar la voz de Toutouche, aunque no resulte difícil adivinar frecuentes recriminaciones. Para el joven instalado en París, la madre se constituyó en eficaz corresponsal en La Habana. Cumplía puntualmente sus encargos. Tramitaba entrega y cobro de artículos. Procuraba la información necesaria para la preparación de sus trabajos. Era su correa de transmisión hacia el país con el cual no deseaba perder contacto. Aseguraba una vía de comunicación indirecta con amigos, indispensable para esclarecer entuertos y pequeñas intrigas aldeanas.

Cartas a Toutouche recoge integralmente en un volumen la correspondencia de Carpentier con su madre entre 1928 y 1937 encontrada por la Fundación Carpentier en los fondos depositados en la Biblioteca Nacional. Con el andar del tiempo, es posible que algún documento se haya traspapelado, como lo evidencian dos de las cinco cartas incluidas por Wilfredo Cancio Isla en su reciente estudio sobre el periodismo del novelista, las cuales no añaden elementos nuevos. El conflicto de Carpentier con Toutouche en relación con sus vínculos amorosos con Maggie se expresa con toda claridad en el epistolario. La relación entre ambos fue muy conocida entre quienes compartieron con el escritor la bohemia parisiense de los 30 del pasado siglo. Mi madre evocaba con particular simpatía a quien fue, sin duda, una compañera leal en tiempos difíciles. 

La correspondencia ilumina la cotidianidad de un trabajador incansable, inmerso en multitud de proyectos: editor, corresponsal, aprendiz de todos los oficios nacidos de la modernidad, como la radio y el cine. Es el hombre de letras que no ha renunciado a empeños de creación musical, apremiado siempre por la necesidad de ganar el sustento. Su arraigo en la Isla y su preocupación por no perder de vista lo que allí sucede se manifiesta en los mensajes apremiantes que envía a la madre y en el tiempo que invierte prestando servicios a los cubanos que viajan la ciudad, tanto como cumpliendo encargos de cada uno de ellos.
 

Los lectores que han podido conocer las primicias de este volumen, disfrutan la dosis de petite histoire que asoma en el transcurso de los días. Descubren al escritor en las zonas acalladas de hombre de carne y hueso, y encuentran pautas psicológicas para empezar a construir la novela del novelista. Las notas y los apéndices contribuyen a ofrecer las indispensables referencias de contexto. Con libros como este nace un Carpentier viviente, abierto a la curiosidad de los investigadores actuales y los por venir.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.