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Obama, al comenzar su
mandato en enero de
2009, no podía negarse a
darle otra prioridad al
rescate de la banca, que
el que tuvo. Tratándose
del sector más poderoso
de la sociedad
norteamericana, el
compromiso del
Presidente era más que
evidente.
Sin embargo, la
prioridad concedida a
Main Street fue débil,
no solo comparándola con
la atención dada a la
banca, sino también por
lo que hubiera exigido
dar un tratamiento mejor
al altísimo nivel de
desempleo existente.
No es un secreto para
nadie la terrible
irresponsabilidad con
que habían actuado los
banqueros, no solo en el
manejo de las hipotecas,
sino más que ello, en la
forma en la que habían
especulado, echando
abajo todas las
previsiones legales con
que el presidente
Rooselvelt había actuado
para evitar la
especulación, con
posterioridad a la
Crisis de 1929.
Tratándose entonces no
solo de hipotecas de
alto riesgo, sino de
haber generado un
sistema financiero de
alto riesgo.
En realidad Obama evitó
el colapso del sistema
financiero a nivel
nacional, solo que a un
costo demasiado alto y
prácticamente sin apoyo
de la banca. Esta solo
esperaba que la
rescataran del “hoyo
negro” que su propia
irresponsabilidad
especulativa había
creado. No era difícil
esperar tampoco que
Obama actuara
trasladando las inmensas
masas de dinero
recaudadas por el estado
a los dueños del
capital. Para eso, los
sectores de poder le
habían llevado a la
presidencia. Presentaba
todas las
características para
jugar su papel,
engañando dulcemente a
los que le habían
elegido.
Pero la gente que votó
por Obama había
imaginado el cambio con
más empleos, mejores
salarios y menos
desahucios. En eso
consistía el “Yes We
Can” para ellos.
Nada de eso llegó. Obama
priorizó a la banca, y
las supuestas
intenciones de mejoras
socioeconómicas
quedaron en el saco de
las promesas de campaña.
A pesar de que Obama
apostó por un cambio
estructural, centrado en
mejor salud, educación y
energías alternativas,
junto con mejorar la
institucionalidad
democrática para variar
el modelo de política en
Washington, en realidad
fracasó. Por eso, al
comenzar el 2010,
reconsideraba, al no
haber encarado su reto
fundamental: solucionar
la crisis de la economía
real.
Ciertamente, como saldo
principal, el Sr.
Presidente Obama, en lo
que a economía se
refiere, perdió su
primer año de mandato.
No solo con la economía,
perdió la pelea también
con los seguros y los
intereses creados, por
lo que el plan de salud,
no es ya lo que era al
principio, y no podrá
mover a la economía por
esa vía. Pues la Reforma
de Salud ―634 mil
millones a gastar en
diez años― hubiera
significado una
inyección de gasto
público, que a pesar de
la especulación con los
seguros, de todos modos,
hubiera representado un
factor de estimulación
del empleo. Pero la
cobertura del sistema
de salud ahora abarca
solo a 31 millones,
mientras las necesidades
están entre 46 y 47
millones de ciudadanos.
Aunque hay que decir que
a pesar de lo erosionado
que ha salido del
debate, el Plan de
Salud, coyunturalmente,
ha resultado ser una
victoria política sin
precedente para Obama.
Aunque está todavía por
ver el beneficio real
que va a producir
Aunque el Presidente
comenzó declarando,
inteligentemente, que le
daría a Wall Street,
pero también a Main
Street, sin embargo,
Wall Street no solo
dominó el escenario de
la política económica,
sino funcionó para
desprestigiar los
esfuerzos de Obama por
echar hacia delante la
economía. ¿Que ocurrió
en la práctica?
Los banqueros se
repartían el dinero del
gobierno, que es decir,
el de los
contribuyentes, bajo la
forma de bonificaciones
entre sus principales
ejecutivos; no daban los
créditos ni mínimamente
necesarios para levantar
la economía y se iban
con los bolsillos llenos
para su casa. Como
muestra de debilidad con
la banca, el Presidente
no hizo prácticamente
nada. Así transcurrió el
primer año de Obama en
sus esfuerzos
principales por reanimar
la economía. Colofón
trágico: la tasa oficial
de desempleo en
diciembre de 2009
sobrepasaba el diez por
ciento y los problemas
hipotecarios no se
resolvían. Finalizando
septiembre de 2010, todo
continuaba igual, la
banca apenas daba
créditos y la tasa de
desempleo se mantenía en
el 9,6 por ciento.
Acto seguido entonces,
el Presidente
despreciaba la
alternativa de
nacionalizar a la banca
en quiebra, por no
considerarlo en el
espíritu del gran
capitalismo
norteamericano. Aunque
en la práctica llegó a
hacer cosas muy
parecidas con AIG y
Lehman Brothers.
Ya T.Geithner y B.
Bernanke, Tesoro y
Reserva federal, habían
sido criticados,
acusándolos de
defensores de los
intereses de Wall
Street y de haber
arrastrado al Presidente
con ellos. Entonces,
ante tal situación,
Obama asumió la idea de
Paúl Volcker, su asesor
económico, consistente
en no permitir a los
bancos invertir ni
especular con el dinero
de los clientes. Algo
que ya había creado un
verdadero maremoto
financiero durante la
Gran Depresión de los
años 30, pero que
durante los 90 había
quedado a la voluntad de
los especuladores,
cuando prácticamente
habían dejado a Wall
Street que se
autorregulara. Fenómeno
este último, que está en
el centro de la lógica
explicativa de la crisis
financiera mundial que
se desató y la
responsabilidad central
que EE.UU. ha tenido en
su ocurrencia.
Obama no ha podido
zafarse de los “perros
de la guerra” ni
tampoco lo ha podido
hacer de los “buitres de
Wall Street”. Es que, no
es solo la perversidad
de la banca, sino que
los intereses
individuales aparecen
con aplastante
frecuencia detrás de las
mismas personas que
ocupan las principales
posiciones
gubernamentales.
Generales, congresistas,
senadores, miembros del
gobierno, a todos los
niveles de la estructura
de poder, resultan ser
propietarios de inmensos
intereses dentro de la
economía y del Complejo
Militar-Industrial en
particular.
Grandes Bancos han sido
continuamente
proveedores de
secretarios del Tesoro,
jefes de la Reserva
Federal, etc. Por medio
de un continuo
intercambio de
posiciones entre la gran
economía y los cargos
gubernamentales. Muy
típico de la dinámica
más íntima de la
estructura de poder
norteamericana.
Obama, en particular,
llegó a la presidencia
prisionero de las ideas
de Bernanke, jefe de la
FED, Hank Paúlson
(artífice del rescate
bancario), y de T.
Geithner (actual
secretario del Tesoro).
Bernanke toleró que los
bancos cometieran las
peores atrocidades,
consideradas como
innovaciones
financieras. Ahora,
cínicamente, se declara
como el mayor
regulacionista.
Al final de todas las
andadas de tan ilustres
personajes, la economía
continúa sin crecer lo
suficiente, debido al
altísimo desempleo (real
del 17 por ciento) la
crisis hipotecaria
continua y el esfuerzo
de inyección mediante el
gasto público de los 787
mil millones, termina
diluyéndose en un
cuestionado detenimiento
de la crisis, que ya
muchos dicen, apunta
hacia una nueva
secesión.
Entre finales de 2009 y
principios de 2010, ya
con un 25 por ciento de
empleos irrecuperables,
y en medio del debate de
la Ley de Salud, el
Presidente llamaba a
acciones más modestas,
pues consideraba el
momento “no como para
las transformaciones
profundas que se habían
prometido” en salud,
educación y energía, por
considerar que los
grandes planes son más
fáciles de caricaturizar
como operaciones de
agrandamiento del
estado. Apareciendo así,
sobre todo después de la
muerte de Eward Kennedy,
las preocupaciones y
ajustes propios de la
entrada en el año
electoral congresional.
Proceso este último, que
no pinta bien para los
demócratas, a punto de
perder la mayoría en la
Cámara e, incluso, en el
Senado.
Como contexto más
general, todo ello
transcurría en medio de
una crisis económica que
viene agravándose y ha
cambiado el panorama
económico y financiero
del mundo en distintas
formas fundamentales,
pero que todas afectan a
la economía global, a la
velocidad potencial a la
que pueden crecer las
economías, a la
flexibilidad de la
política económica y a
los procesos de
operación y regulación
para los bancos. Hoy,
los aliados principales
de EE.UU. en Europa se
hayan en una situación
peor que hace un año
atrás, con la ligera
excepción de Alemania,
que se resiste a cargar
con el “muerto”. Luego
el biunívoco auxilio que
antes ayudaba a la
economía capitalista
mundial a salir de los
momentos difíciles, hoy
ya no puede producirse.
Todos están mal. Y
EE.UU. hoy ya no puede
hacer el papel de
locomotora.
En medio de tales
circunstancias, Obama
reinicio sus esfuerzos
para lograr que le
aprobasen un Plan para
Controlar la Actividad
Financiera; sin embargo,
aún se debate dentro de
un conjunto de
prioritarios retos y
contradicciones que no
ha logrado resolver.
1- ¿Cómo lograr los
buenos y seguros
empleos que prometió a
la clase media, sobre
quien reconoce estar
metida en una crisis sin
precedentes?
2- ¿De dónde va a
salir el dinero para las
guerras, que no apuntan
a solucionarse, sino a
agravarse, sin continuar
incrementando los altos
niveles del déficit?
3- ¿Qué medidas
adoptar para mejorar
los niveles de
popularidad
presidencial, con vistas
a las próximas
elecciones?
4- ¿Cómo va a lidiar
con los altos niveles de
déficit y el desempleo
al mismo tiempo?
Al respecto existe una
gran polémica entre los
defensores de las
políticas neoliberales
restrictivas y los de
los estímulos a la
expansión a pesar de los
déficit.
En realidad, el tamaño
del déficit es un tema
muy complejo en un año
electoral, como lo es el
2010. Mientras los
republicanos acusan a
Obama de un liberal
derrochador; este se
defiende recordando a la
oposición que el
Presidente heredó un
déficit de 1,3 billones
al asumir el cargo. Pero
de todos modos, ahora es
Obama el dueño del
problema.
Obama plantea la
creación de empleos,
pero dijo además que es
crucial frenar el
déficit record del
presupuesto, pues este
amenaza la recuperación
económica.
Obama zigzaguea ante el
problema. En febrero
habló de reducirlo en un
50 por ciento, pero acto
seguido, por la radio,
expresó “frenar el
déficit”, que no es lo
mismo. Entonces dijo que
congelará el gasto de
tres años para algunos
programas nacionales. En
fin, es evidente que no
cuenta con la potencial
solución de un asunto
crítico para la economía
norteamericana.
Obama considera posible
generar empleo y a la
vez reducir el déficit.
Habría que ver cómo lo
va a hacer.
Un 60 por ciento
consideraba prioridad
reducir el déficit para
2010, frente a un 53 por
ciento que consideró lo
mismo en 2009. Aumenta
el criterio de que el
asunto es reducir el
déficit. Lo cual
personalmente considero
que sería un gran error.
No es la reducción del
déficit el camino
directo hacia la
recuperación económica.
Cuando se trata de
explicar cómo una crisis
de naturaleza financiera
ha producido una alta
tasa de desempleo en la
industria, las repuestas
apuntan a los efectos
negativos de la
restricción del crédito.
De todos los retos que
Obama enfrenta hoy,
disminuir sensiblemente
el desempleo, haciendo
crecer la economía,
tiene que ser su
principal preocupación.
Por lo que entiendo
debemos concentrarnos en
este último aspecto.
Dado que en el se
sintetizan muy bien los
retos de Obama,
especialmente, para su
segundo año de mandato,
pero también hacia el
futuro, porque la
recuperación económica
no está asegurada.
Obama debe lidiar con
muy altos niveles de
desempleo y altos
déficit, en medio de un
año electoral, en el
que, al mismo tiempo,
debe tomar medidas de
beneficio socioeconómico
que le ayuden a
incrementar su
popularidad, en el
contexto de una
situación en que debe
tratar de mantener a
toda costa la supremacía
demócrata dentro del
Congreso.
Hasta ahora, las medidas
de política económica
adoptadas por Obama,
apenas han logrado
detener la crisis
económica, junto con un
muy tenue repunte del
crecimiento. Pero lo ha
hecho, manteniendo muy
altos niveles de
desempleo, lo que
compromete tanto el
objetivo político de
Obama de incrementar su
popularidad, como la
necesidad de estabilizar
la leve recuperación de
la economía. Ambas muy
coaligadas.
Tenemos la impresión, de
que ante una situación,
en que todavía la banca
no da los créditos
necesarios para desatar
el proceso
inversionista, Obama no
tiene otra alternativa
que impulsar el
crecimiento del empleo
por la vía del
incremento del gasto
público. Es decir, si el
impulso a la inversión,
que reduce el desempleo,
no viene del capital
privado de la banca, el
estado se ve obligado a
suministrarla.
Ante tal situación,
Obama tropieza con altos
déficit. ¿Qué hacer
entonces? Diría que
olvidarse de este por
ahora. Porque en
definitiva, no es el
déficit el que ha
generado el desempleo.
Todo lo contrario, es el
desempleo y
fundamentalmente la
lentitud del crecimiento
económico lo que ha
generado el déficit.
Es decir, mientras más
alto es el desempleo,
más débil y lento crece
la economía, más débil
es el crecimiento de la
demanda masiva de
consumo y menos crece el
PIB; lo cual produce una
sensible disminución de
la recaudación
impositiva del estado,
generándose la dinámica
para un potencial
crecimiento del déficit.
Los sectores de poder
neoliberales, tienden a
resistirse muy
fuertemente al
incremento del gasto
público para la
generación de empleo y
de bienestar en general.
Pero ante la debilidad
del crédito privado, que
genera debilidad a su
vez en el proceso
inversionista de capital
privado, al estado no le
queda más remedio que
suplir esa debilidad de
la inversión de capital
privado con la del
capital estatal, por
mediación del incremento
del gasto público.
Luego, si Obama quiere
crecimiento de buenos y
seguros empleos, tendrá
que generarlos, al menos
como impulso inicial,
con el incremento del
gasto público, echando a
un lado, al menos de
momento, los peligros
del déficit creciente.
El déficit entonces
crecerá más, por el
incremento de los gastos
fiscales, pero lo estará
haciendo dentro de un
contexto de política
fiscal en el que exista
la esperanza de
revertirlo. Algo muy
necesario, si tomamos en
consideración, que el
capital privado externo
no está en condiciones
de hacer aportes
significativos, porque
el resto de los países
están en similar
situación, sin poder
contar además, con el
papel de “locomotora”
que antes desempeñaba la
economía norteamericana.
Si los gastos de consumo
de la economía
norteamericana no crecen
significativamente, ello
compromete el
crecimiento para el
resto de las economías.
Solo una operación de
fuerte utilización del
gasto público, va a
generar el resultado que
hace falta para hacer
crecer el empleo, el
consumo y por esa vía
poner a la economía en
condiciones de comenzar
un serio ataque contra
el déficit.
En realidad, dentro de
una situación de crisis
económica o de tenue
recuperación, no existe
evidencia empírica que
nos diga que atacar el
déficit, para
disminuirlo, lleve
implícito disminuir el
desempleo y si lo
contrario. En 1937,
saliendo ya de la Gran
Depresión, F.D.
Rooselvelt se preocupó
por el alto déficit y
disminuyó el gasto
público, la economía
cayó nuevamente y solo
comenzó a recuperarse en
medio de los momentos
finales del conflicto
bélico.
Es que, en realidad,
reducir el déficit
requiere la acción de un
recorte del gasto
público que, si por el
contrario, fuera
inyectado a la economía,
daría más empleo,
ayudando a disminuir el
desempleo. Por lo que
reducir el déficit, en
realidad, lo que hace es
generar un retraso de la
recuperación económica.
Haciéndose posible
afirmar, que si durante
su primer año de
mandato, Obama hubiera
hecho el esfuerzo mayor
con el gasto público,
para generar empleo y no
un esfuerzo tan
desmedido para rescatar
a la banca, sin haber
obtenido en definitiva
los créditos que
necesitaba, la economía
norteamericana, pudiera
estar ahora en medio de
un verdadero proceso de
recuperación.
Es cierto que Obama no
podía negarse a rescatar
a la banca, pero su
esfuerzo por generar
empleo, actuando de
manera directa con el
gasto público, asunto
sobre el que economistas
como Krugman y Stiglitz
le habían aconsejado
tanto, habría generado
una situación económica
mucho mejor que en la
que ahora está inmerso.
Por eso decimos que, en
lo referido a la
economía, el presidente
Obama perdió su primer
año de mandato y está
perdiendo el segundo.
¿Sabrá utilizar ahora el
plan que recientemente
le ha aprobado el
congreso? Veremos más
adelante cuando estemos
en condiciones de
evaluar los resultados.
Octubre de 2010
Nota
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