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Hoy no me iré muchos
años atrás en
impresiones y recuerdos.
Tengo una imagen de
finales de los 70. En
ella, una muy joven
Roxana Pineda hacía la
prueba de Teatrología, y
yo, alumno de cuarto
año, le servía de algo
así como apoyo o
compañía. Después, en
menos de lo que podría
imaginar, se convirtió
en una profesora
brillante, aguda en sus
análisis y líder de los
estudiantes que se
inscribieron, gustosos,
en la lista de sus
seguidores.
Otra sorpresa fue que
Roxana dejara La Habana
y se radicara en Santa
Clara para formar un
grupo, luchar por una
estética, ir creciendo
en la creación de una
sensibilidad, de un
público. Ahora toda esa
labor sostenida ―junto
con Joel Sáez― llega a
uno de sus puntos
culminantes con la
celebración del evento
Magdalena sin
Fronteras.
A veces me han gustado
mucho los espectáculos
del Estudio Teatral de
Santa Clara y a veces
mucho menos. En algún
debate público sobre la
escena nos hemos
enfrentado con opiniones
opuestas; en ocasiones
de forma muy “fina” y
elegantemente; otras,
sin ofendernos, pero
dejando lugar a la
pasión. Lo que sí se ha
mantenido siempre ―al
menos de mi parte― es la
admiración y el respeto.
Joel y Roxana han
dedicado sus vidas al
teatro: estudian,
entrenan, crecen. Ya me
gustaría que en líneas
estéticas más cerca de
mis ideales, abundasen
figuras que crearan,
organizaran y
gestionaran con similar
eficacia.
Me da alegría
abrazarlos. Me gustan
los apasionados, los
coherentes y los
persistentes. Con la
suma de esas virtudes ―y
con la colaboración de
mucha gente sensible―
están logrando que los
ojos del teatro miren
hacia Santa Clara, al
centro geográfico de
Cuba. Seguiremos
hablando. Soñaré con que
la formidable actriz que
es Roxana, haga una
pausa en la línea de sus
búsquedas y actúe en uno
de mis textos; pasar un
proceso al lado de Joel.
Y si seguimos
discrepando de vez en
cuando, ¿con quién
mejor? |